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Autor: apachon
LA LA LAND. CIUDADES CON MUSICA
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Alejandro Pachón Ramírez | 14-01-2017 | 11:58| 0

No es que el musical se hubiera ido de las pantallas, pero la verdad es que las últimas apariciones de este género eran adaptaciones fílmicas de éxitos escénicos como “Los Miserables” o “Into the Woods”. De ahí el valor añadido de esta fascinante e inesperada película, que se trata de un musical expresamente hecho para el cine. Grata sorpresa porque uno no espera en estos tiempos de mal gusto y fórmulas repetidas un homenaje  tan luminoso al cine y a la música romántica sin caer en la cursilería.

Damien Chazelle tenía entre sus manos un material que corría el peligro de pasarse de azúcar, de empacharnos, pero gracias a su gran sentido del “tempo” narrativo y a la utilización de coreografías dinámicas y atractivas consigue deslizarse con buen gusto por una historia de amor muchas veces vista, pero contada como si fuera la primera vez. De hecho la trama principal es la misma que la de “New York, New York”, otro musical con nombre de ciudad – el “LA” del título que nos ocupa hace alusión a Los Angeles- , en la que un saxofonista de jazz trata de hacer prevalecer su idea de pureza musical frente a estilos más comerciales.

Evidentemente el enfoque es radicalmente distinto al de la película de Scorsese con Robert De Niro. En “La la…” hay colorido, ilusión, arte pop, y sobre todo, muchos homenajes al cine clásico, especialmente a “Casablanca” y a “Rebelde sin causa”.  Para citar con soltura lo que en manos de otro hubieran resultado tópicos, hay que estar muy seguro de lo que se está haciendo y contar con el encanto y la pericia de la pareja protagonista, Ryan Gosling y Emma Stone, que parece como si no hubieran hecho otra cosa en su vida que bailar al estilo de Gene Kelly y Cyd Charisse o cantar maravillosas baladas. El tono entre humorístico y nostálgico de estos dos actores está en consonancia con el de la historia de amor del guión y el estilo musical de la partitura.

Aunque podemos encontrar algún bajonazo de ritmo en la última parte de la película, cuando se hace más realista, el director se asegura que la boca abierta que nos había dejado en el increíble plano-secuencia inicial, una coreografía apabullante en un atasco a la entrada de Los Angeles, se nos vuelva a abrir en la secuencia final, un falso “flashback”, en el que lanza toda su pirotecnia a base de un imaginario popular que va desde la pintura de Edward Hopper a las portadas de Vogue.

He leído y oído en varios sitios que la referencia más importante de la película es “Corazonada” de Coppola. Está claro que el uso de los fuertes cromatismos escénicos y alguna coreografía pueden hacernos pensar en aquella historia de amores perdidos  que también tenían una ciudad como protagonista, Las Vegas. Pero la música de Tom Waits iba por otro camino más existencial y desesperanzador que el de los luminosos temas de “La La Land”. A lo largo de toda la proyección no he dejado de acordarme de un musical francés, “Las señoritas de Rochefort”, – de nuevo una ciudad en el título- de Jacques Demy, con una partitura de Michel Legrand que es la clara inspiración de los compositores. Una brillante mezcla entre jazz y vals de acordeón y un uso del vibráfono típico del gran maestro francés. Creo que  esta película le debe más a Demy y a Legrand, sobre todo en el concepto recitativo de sus canciones y en su optimismo conceptual que a Minnelli o a Donen.

Sea como fuere y quitando alguna cosilla que se podría haber evitado, como el baile flotante en la cúpula del planetarium que ya se ha hecho hasta en películas españolas, “La la land” es el recordatorio de que la música puede servir al cine no sólo como soporte o ritmo, sino como temática, motor narrativo o fuerza lírica. Que es a fín de cuentas de lo que están hechos los grandes musicales.

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ASSASSIN’S CREED: Una Andalucía virtual.
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Alejandro Pachón Ramírez | 26-12-2016 | 12:17| 0

Se suele decir mucho eso de “el libro me gustó más que la película” e incluso al contrario, pero no conozco ningún caso en el que se diga que gustó más la película que el videojuego.

El libro de Lluís Anyó titulado “El jugador implicado” (Laertes, 2016), trata de una nueva línea de investigación en el terreno de la comunicación llamada la “ludología” y de cómo el lenguaje de los videojuegos tiene poco que ver con el del cine. Resumiendo, que hay otras categorías espaciales y temporales y, sobre todo, factores de interactividad y aleatoriedad que no son los mismos que experimenta el espectador de cine o el lector de cómics o novelas.

Assassin’s creed” es, para mí, una de las mejores saga de juegos de la historia, junto con las de “Age of empires”, “Call of Duty” y “Total War”, cada una en su época.  A excepción del título que nos ocupa, ninguno de los otros tiene posible adaptación. El primero de los citados, por el desarrollo de líneas históricas paralelas y cronológicamente incompatibles ya que pueden competir culturas neolíticas con civilizaciones modernas, el segundo porque es una antología de acciones sacadas de conocidas secuencias de películas bélicas y “Total War” porque es Historia pura y dura, rigurosa y didáctica, con la única salvedad de que, si eres hábil, Napoleón puede vencer a Wellington en Waterloo.

 

 

La saga de “Assassin’s”, que he jugado hasta que mi ordenador se ha quedado corto para soportar los requisitos técnicos de las  últimas entregas, además de la trama principal -la lucha entre Templarios y Asesinos- ofrece una detallada ambientación en lugares históricos como la Florencia de los Médicis, el Estambul de Soleimán o el Boston de la Guerra de Independencia americana. Los edificios más conocidos, el vestuario, etc, incluyen enlaces enciclopédicos que pueden animar a los usuarios a adentrarse en la Historia Universal y del Arte y comprobar el rigor de los escenarios diseñados por los de Ubisoft.

Lo malo es que ese rigor falta en la película, que transcurre en un escenario que no había salido en los juegos: la Andalucía de 1492. Anacronismos como la celebración del Auto de Fe del cuadro de Rizzi, que tuvo lugar en el Madrid del siglo XVII, y no  junto a un puerto mediterráneo del siglo XV y que creo que es Malta, con figurantes ataviados al estilo Conan el Bárbaro, seguido de una cabalgada por el desierto de Tabernas al más puro estilo Indiana Jones o a una persecución por los tejados de Sevilla en medio de cúpulas y fachadas barrocas.  Rodada en España – también salen la Alhambra y la catedral de Sevilla- y con la presencia de unos casi (afortunadamente) irreconocibles Javier Bardem y Javier Gutiérrez, la alternancia entre las secuencias del presente en el complejo científico que alberga el “Animus”, en un supuesto Madrid a lo Blade Runner, quedan inconexas con las del pasado y, lo que en el juego sirve de unión entre escenas de acción, esos trozos en los que el jugador no puede intervenir, aquí se convierten en un tedioso “standby” donde se echan de menos los mandos del ordenador para hacer tú mismo un  “salto de fe” o apuñalar a unos pocos con las dagas ocultas. Esta falta de coherencia narrativa y visual hace que, ni aun siendo jugador de la saga, te enteres muy bien de qué va el asunto.

El caso es que el director, autor de una magnífica versión de Macbeth con los dos mismos grandes actores que aquí, Michael Fassbender y Marion Cotillard, tiene un excelente gusto visual y se le notan ganas de que esto sea el inicio de una saga cinematográfica, pero lo veo difícil. Yo por mi parte voy a intentar cambiar de ordenador en cuanto pueda – soy de los de PC de toda la vida- para poder seguir la lucha a través de la Historia entre Templarios y Asesinos, que creo que en la próxima entrega tendrá lugar nada menos que durante la I Guerra Mundial. Lo malo es que cada vez que me envicio con uno de estos juegos, mis cervicales se resienten más, como si yo mismo hubiera luchado contra los soldados de la Inquisición en los tejados de Sevilla y saltado por las almenas de Jerusalén.

 

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EL CINE BELICO Y JUAN MANUEL DE PRADA
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Alejandro Pachón Ramírez | 10-12-2016 | 12:10| 0

 

“Cuando ya parecía muerto y enterrado, vuelve Mel Gibson a la dirección con “Hasta el último hombre”, una película que mientras escribo estas líneas aún no he visto; pero ni siquiera necesito verla para intuir (¡para saber!) que será grandiosa…Mel Gibson está inspirado por Diós, alumbrado y calcinado por Diós…” La semana pasada aparecía este texto del novelista De Prada en su sección en XL Semanal, en un tono apocalíptico muy divertido, a la par que beligerante, y que vale la pena leer completo en este enlace.

Yo sí he visto “Hasta el último hombre” y no me ha parecido grandiosa, pero sí muy buena. Para mí sus virtudes no residen en el discurso acerca de la voluntad de ayudar a la patria incluso sin armas, como es el caso real del objetor de conciencia que aquí se cuenta, ni del poder resolutivo de las creencias religiosas, sino en las habilidades de Mel Gibson como director que se conoce al dedillo todos los ritmos narrativos, los recursos emocionales y la filmación de la acción típicos de los grandes clásicos; la épica de John Ford y Spielberg, la narración lineal y sin fisuras y los mensajes directos y sin ambigüedades son sus armas como gran realizador. De esta manera, nos conduce desde esa América profunda que se inspira en sus iconografías en los cuadros de Norman Rockwell a un infierno prácticamente en grís ( el del humo y la tierra calcinada) y rojo (el de la sangre y el fuego de los lanzallamas) durante una de las batallas por la toma de la isla de Okinawa. Ese largo tramo final de guerra brutal y sin concesiones, pasará a la historia del cine bélico sin lugar a dudas. Aunque para muchos lo más valioso de la película sea su mensaje moral y patriótico, ese mensaje que ya estaba presente en “El sargento York”.

En la otra cara de la moneda tenemos también a Juan Manuel de Prada cuya excelente novela “Morir bajo tu cielo” aborda el tema de otra guerra, ésta en su vertiente más crítica y antibelicista, la que se refleja en la película española “1898: Los últimos de Filipinas. Aquí estamos lejos de esas guerras justas de Ford, Spielberg o Gibson. Es la absurda resistencia de los héroes del Baler, ignorando tozudamente las noticias que les enviaban los rebeldes de que la guerra había terminado, lindando con la locura y el suicidio y olvidados por esa generación de incompetentes altos mandos militares y políticos de finales del siglo XIX que dieron al traste con nuestro imperio colonial. El episodio fue utilizado y glorIficado durante el franquismo en la película del mismo título dirigida por Antonio Román en 1945 como símbolo de la resistencia aguerrida de los soldados españoles contra lo que fuera, aunque no tuviera sentido.

La nueva versión que ahora está en pantalla tiene el mismo tono de escepticismo, de decadencia y de ¿qué narices pintamos aquí? que las películas que se hicieron sobre Vietnam. El plano inicial en el que los soldados vadean un río en medio de la selva nos introduce de lleno en ese ambiente tropical sobre el que tanto cine antibelicista hicieron los americanos en la era Nixon.

“1898: Los últimos de Filipinas” no es tan buena como la Mel Gibson ni de lejos, de hecho tiene una parte intermedia un tanto pesada y reiterativa, pero el rigor de los combates, la excelente fotografía y el reparto de actores, así como la afortunada interpretación histórica de los acontecimientos, la convierten en una de las películas españolas que hay que ver este año. Para los nostálgicos hay que añadir que se mantiene la famosa canción de la versión antigua, “Yo te diré”, interpretada en esta ocasión por Carmen París.

En cualquier caso coinciden en pantalla los dos extremos más significativos del extenso género bélico, demostrando que la Historia Militar y la de sus protagonistas puede ser reflejada e interpretada  desde prismas ideológicos múltiples y contradictorios.

 

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LA REINA DE ESPAÑA : El anacronismo como recurso
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Alejandro Pachón Ramírez | 28-11-2016 | 12:26| 0

En contra de lo que se piensa, los anacronismos históricos en las películas no están causados por la ignorancia de sus autores, sino porque suelen convenir  a la dinámica del guión y a los convencionalismos del imaginario popular. Por eso cuando a Howard Hawks le dijo el asesor histórico de “Tierra de faraones” que en el antiguo Egipto no había camellos, respondió que no pensaba rodar una película en la que salieran palmeras y arena y ningún camello.

Aunque sólo nos centráramos en la época medieval y moderna de la Historia de España, tendríamos para hacer una tesis sobre dichos anacronismos y otras tergiversaciones históricas: desde esa música flamenca que compuso Vangelis para “1492: La conquista del paraíso” – en esa época no existía el flamenco- hasta la glamourosa Sigourney Weaver haciendo de Isabel la Católica en la misma película, pasando por las películas de Cifesa con Aurora Bautista e incluso los rostros y diálogos excesivamente modernos y afectados de la  serie “Isabel”.

No olvidemos que el estilo arquitecto y decorativo denominado “isabelino” es uno de los hitos de un elaborado pastiche, que ha reaparecido en muchos monetos de la historia del arte español, en el que hay elementos góticos, mudéjares y renacentistas, sublimado en escenografías de Hollywood como la de “Ciudadano Kane”.

Así que Fernando Trueba ha optado por seguir la onda del anacronismo “isabelino”, justificado por la condición cómica de la película y jugando con una peculiar visión de la historia del cine español en la que las Conversaciones de Salamanca y las primeras películas de Berlanga conviven con la llegada de las primeras producciones americanas a nuestro país de manos de Samuel Bronston. Es decir, en “La reina de España” se funden los años cincuenta con los sesenta para llenar de referencias un guión a ratos divertido y a veces tópico.

Por un lado tenemos a la estrella encarnada por Penélope Cruz encarnando a una actriz española que ha triunfado en América (¿Sara Montiel?) y que interpreta a Isabel la Católica en una España en la que aún se está construyendo el Valle de los Caídos. El director de esta película épica es una mezcla entre John Ford y Raoul Walsh, con una caracterización de anciano demasiado mayor como para haber luchado en Normandía, de lo que se vanagloria frente al propio Franco.

Si tenemos en cuenta que la biografía de la reina Isabel fue el último proyecto que pensaba llevar a cabo Samuel Bronston en nuestro país a finales de los sesenta y que nunca se llevó a cabo, el anacronismo temporal está servido.

Prescindiendo de tales licencias históricas, la película de Trueba es bastante irregular pero divertida. Tiene buenos momentos, como el del reencuentro entre los personajes de Ana Belén y Antonio Resines, que nos recuerda a grandes títulos sobre la postguerra española como “La Colmena” pero otros, en los que Jorge Sanz se lleva la peor parte, que buscan la comercialidad más vulgar.

Los cinéfilos nostálgicos apreciarán la cantidad de homenajes, subrayados por la abundante cartelería peliculera que decora las secuencias, pero no aceptarán la falta de cohesión y ritmo en el conjunto, y la historia tampoco funciona como secuela de “La niña de tus ojos”. El intento de Trueba de aunar el cine español del franquismo con la comedia popular actual se queda a medio camino, por mucho que  cada aparición de Penélope Cruz, incluso cantando “Granada” en inglés, eleve la calidad del conjunto.

 

 

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CRITICOS DE CINE: NUESTRAS TONTUNAS.
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Alejandro Pachón Ramírez | 17-11-2016 | 1:15| 0

 

No recuerdo qué película era, probablemente “Corazonada”, de Coppola, pero el caso es que, quizás entusiasmado por la música de Tom Waits, la presencia de Natasha Kinsky  y sus innovaciones visuales, escribí en mi crítica del diario HOY una frase que decía algo así como “una apoteósis de luz, sonido y color”. Esto sirvió durante cierto tiempo para que me recordaran sin piedad y con todo el recochineo del mundo  lo “moña” de la frase mis amigos Angelito el de Universitas y Jaime Alvarez Buiza. Desde entonces decidí medir el nivel laudatorio de mis comentarios.

Si me pongo a mirar los cientos de críticas que he publicado tendré también cientos de motivos para avergonzarme de mis apreciaciones, de mis redacciones o de ambas cosas. Así que, de momento, ahí se quedan. Esto viene a cuento de la revisión de viejas revistas de cine con motivo de un libro que estoy tratando de escribir y me he encontrado con opiniones y textos que, por sí solos, valdrían para hacer una divertida monografía sobre lo mal que envejece la crítica, no ya de cine, sino de cualquier arte, tanto en el estilo literario como en la valoración.

No me resisto a citar algunos ejemplos:

¿Está seguro Terenci Moix que sus “Hollywood Stories” son solamente para amantes de mitos?. Porque leyendo ahora las historias que nos cuenta hay una afán tal de epatar, de rizar el rizo, de poner el cascabel al cuello del gato de madera que no entiendo de verdad el éxito del que goza su autor”, escribe un crítico clásico cuyo nombre omitiré, en la revista Cinestudio en Abril de 1972 y continúa comparando dichos textos – por entonces el libro de cabecera de muchos de nosotros- con las revistas del corazón. Moix, sin embargo inauguró una tendencia, una forma de escribir sobre cine, entre la ironía, la poesía y el didactismo, que ha creado escuela hasta nuestros días.

El mismo autor, especialista en música de cine, publicaba con respecto a la banda sonora de Cleopatra en Cinestudio, Junio de 1972, el siguiente comentario:

“Antes que nada debemos decir que cualquier parecido entre la música compuesta por Alex North para la Cleopatra de Mankievickz y la música que en la época histórica de Cleopatra se estilaba en Egipto es mera coincidencia…

Y es que aún no habían triunfado Hans Zimmer y sus fanfarrias nada romanas para “Gladiator”.

 

Una de las cosas más divertidas que he encontrado proceden de un escritor de Badajoz, más conocido por ser el autor del guión de la internacionalmente premiada producción televisiva “El asfalto”, realizada por Narciso Ibáñez Serrador  para TVE en 1966. Me refiero a Carlos Buiza, hermano del susodicho Jaime que se pitorreaba de mi “apoteósis cromática” y que escribía crónicas de festivales para Cinestudio – Carlos, no Jaime- a finales de los sesenta. En un reportaje sobre el V Certamen Internacional de Cine para niños de Gijón, además de algunas otras sarcásticas perlas, publicó lo siguiente sobre el Premio del Jurado Infantil, otorgado a la película británica “La foca Sandy”.

“La película es anodina y gris, aunque en color; aburrida hasta los bigotes-de la foca, claro- y con una dosis para adultos de merengue empalagoso. Los niños, pedantes y repelentes; los padres, igual…Y asimismo, hasta las focas se hacen antipáticas, quitando a Sandy y a otra que no sé cómo se llamaba;  las demás gordotas y gruñonas”. 

Eso es análisis semiótico y lo demás son tonterías. “Chapeau” para el excéntrico escritor, y uno de los iniciadores de la literatura de ciencia ficción en nuestro país en la revista “Nueva Dimensión”.

 

 

 

 

 

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.