Hoy
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Cuando algo se quiere, se puede
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Antonio Tinoco Ardila | 14-02-2018 | 07:12| 0

 

Leo siempre la crónica que escribe cada año en este periódico Natalia Reigadas sobre el desfile del Carnaval de Badajoz. Me fijo en las descripciones que hace de los trajes de cada comparsa, de los complementos de bisutería, plumas, estandartes…, así como de sus ritmos, su percusión, los elementos auxiliares de que se valen para llevar a la avenida de Santa Marina (el ‘sambódromo’ de Badajoz por excelencia) su espíritu carnavalero. Y también me fijo en la procedencia de las comparsas. En la crónica del domingo, Reigadas mencionó a comparsas de Miajadas (la ganadora: Los Colegas); de Olivenza (la segunda: Donde vamos la liamos); de Talavera la Real (Los Lingotes, que quedó en tercera posición); de Torremegía (la mítica Las Monjas, que ha ganado siete veces el concurso y que este año se quedó sin premio), de Barbaño, Valdelacalzada, Alange, Quintana de la Serena, Gévora, Barcarrota, Pueblonuevo del Guadiana, Puebla de la Calzada, Villafranco, Guadiana, Calamonte, Arroyo de San Serván, Don Benito, La Garrovilla… De algunas de estas localidades había más de una comparsa en el desfile, sin olvidar también que había muchas otras cuyo origen no mencionó la periodista en su crónica. Fueron 7.000 personas de muchas localidades de la región, organizadas en 94 agrupaciones, bailando al ritmo de la percusión, en un río de música y color que se inició a las 12 de la mañana y que no paró hasta bien entrada la tarde, y a cuyo espectáculo asistieron otros cuantos miles de personas en todo el recorrido.

Lo que ocurre el domingo de Carnaval en Badajoz (y también en otras localidades extremeñas y no necesariamente el domingo, en las que hay nutridos desfiles) puede verse como una gran explosión festiva: un canto al baile y a la música, al disfraz y a la alegría de vivir. Todo eso es lo primero que salta a la vista en el desfile y con su participación, en unos casos, y su contemplación, en otros, ya nos sentimos satisfechos. ¿Pero por qué no verlo de otro modo? ¿Por qué no verlo como el resultado de un ingente trabajo hecho por equipos conectados entre sí alimentados por la misma ilusión y que confluyen físicamente ese día, que unen sus fuerzas y que, todos juntos, dan como resultado una gran manifestación… en este caso de amor y júbilo por el Carnaval? Son equipos, además, que muchas veces representan un porcentaje muy significativo de la juventud de una localidad, que al juntarse en torno a una comparsa demuestra que es capaz de realizar un esfuerzo sostenido durante meses para lograr el objetivo de expresarlo ese domingo lo mejor posible a través de sus disfraces, sus ritmos y su coreografía. El desfile del Carnaval es, por tanto, también una concentración de energía alimentada por fuentes de procedencia diversa y unidas por el objetivo común de convertir un pasacalles en el mejor espectáculo. ¿Por qué no verlo como un modelo de colaboración y de confluencia de voluntades que podría trasladarse a otros afanes colectivos más enjundiosos y decisivos para el conjunto de los ciudadanos? Quizás es cuestión de proponérselo. El desfile del Carnaval demuestra que cuando algo se quiere, se puede.

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Hacia la ciudad sin ciudadanos
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Antonio Tinoco Ardila | 07-02-2018 | 07:09| 0

No me pierdo nunca las columnas de la sección ‘Así nos va’ que el periodista J. López-Lago escribe en la edición de Badajoz de este periódico. Esa mirada suya distante pero  cálida al mismo tiempo, sardónica y cariñosa, a veces cruda pero nunca áspera sobre las cosas que pasan en Badajoz, no es fácil de sostener sin interrupción. López-Lago lo logra siempre y de sus columnas saco, además de una sonrisa, la pincelada costumbrista que humaniza la ciudad. El pasado jueves se hacía eco en su columna de que algunas asociaciones del Casco Antiguo, en su afán de tener un Carnaval lo menos ruidoso posible, se oponen a que los artefactos, con sus insistentes tambores, lleguen al barrio, por lo que el periodista concluía que a este paso el Carnaval de Badajoz, la mayor propuesta de la ciudad para atraer visitantes, la pregonada Fiesta de Interés Turístico Nacional aspirante a Internacional (las mayúsculas no son mías; son las que ella misma se atribuye) se tendría que hacer en el Charco de los Pollos, es decir, cerca de la confluencia del Guadiana con el Caya, a casi diez kilómetros de la ciudad. Y aún así, decía López-Lago, los pescadores o los amantes de los pájaros podrían expulsarlo (¿en ese caso, qué le quedaría al Carnaval: tirarse al río?) porque les molesta para el ejercicio de sus aficiones.

Sé que en el Casco Antiguo de Badajoz están hartos de los ruidos porque son excesivos y continuos. Y tienen toda la razón: se trata de una zona oficialmente saturada hasta el punto de que la pasada semana el Ayuntamiento aprobó no dar más licencias de bares hasta 2021. Pero deberíamos distinguir el ruido ordinario (muchas veces ordinariamente irregular y susceptible, por tanto, de que se le aplique la ordenanza o el código correspondiente y se le ataje con sanciones y cierres) del ruido extraordinario. La ciudad es una invención definida por la diversidad: nació como el resultado de las ventajas de vivir juntos y muy pronto se reveló como refugio de la disidencia, que con el tiempo ha resultado ser la mejor expresión de su modelo civilizado. Si comenzamos a suprimir lo que circunstancialmente nos incomoda –ahora el Carnaval por el ruido; después la media maratón Elvas-Badajoz, porque nos impide durante varias horas ¡al año! no transitar por algunas calles; o la San Silvestre, que ya ha sido relegada al río para que no moleste; o la Semana Santa, que llena las calles de la cera derramada de los cirios– estaremos desandando ese camino y dirigiéndonos hacia una ciudad sin ciudadanos, porque eso sería vivir sin decir ni hacer nada por temor a causar molestias.

Ser libre no tiene mérito: afortunadamente nacemos libres e incluso la ley nos protege para que ejerzamos la libertad. Lo que sí tiene mérito es ser tolerante, que es el resultado de un aprendizaje cuyo prácticamente único material pedagógico es la consideración hacia la libertad de los demás. Y la locución ‘libertad de los demás’ siempre significa lo mismo: libertad para que los demás hagan lo que a mí no me gusta. Respetarla tal vez incomoda, pero es una de las llaves de la civilización.

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Malas amistades
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Antonio Tinoco Ardila | 31-01-2018 | 06:33| 1

Quienes sigan esta columna tal vez recuerden que de vez en cuando traigo a ella a Augusto Monterroso, el escritor guatemalteco autor del célebre cuento de siete palabras “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Monterroso odiaba la impostura tanto como amaba la libertad para escribir. En una de sus fábulas cuenta cómo un mono, que era gracioso y rápido de mente, quería ser escritor, para lo cual se relacionaba con todos los animales de la selva con el fin de conocer mejor la naturaleza del alma humana. Fue a muchos cócteles y todo el mundo ponderaba lo ocurrente que era. Cuando ya creyó tener los conocimientos suficientes para escribir con propiedad puso manos a la obra. Un día se le ocurrió escribir en contra de los ladrones y pensó en las urracas. Empezó a escribir cosas de las urracas que le parecieron muy ingeniosas y bien traídas pero pronto cayó en la cuenta de que, entre quienes compartía cócteles, había urracas que le agasajaban. Y decidió no seguir escribiendo sobre las urracas para que no se sintieran aludidas. Le pasó lo mismo cuando quiso escribir sobre los oportunistas y pensó en las serpientes: también las había entre los participantes de las fiestas a las que iba, igual que cuando quiso escribir sobre la laboriosidad compulsiva y pensó en las abejas: también eran sus amigas y también lo habían adulado. Así hasta que finalmente, escribe Monterroso, “elaboró una lista de los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos con los que compartía mesa y en él mismo”. La fábula del mono que quería ser escritor acaba cuando, cercado por los amigos, renuncia a serlo.

Recordé esta fábula de Monterroso viendo la película ‘Los archivos del Pentágono’, la última de Steven Spielberg, que cuenta los días vividos en el ‘Washington Post’ cuando, en junio de 1971, se filtraron los papeles secretos sobre la guerra del Vietnam. El tema central de la película es la lucha de los periódicos por difundir un material relevante, nada menos que los informes que ponían de manifiesto que el Gobierno de Estados Unidos sabía, desde el principio, que perdería la guerra del Vietnam, a pesar de lo cual siguió mandando soldados al matadero. Los periódicos ganaron el pulso judicial al gobierno (Nixon era el presidente) y aquel episodio ha quedado para la historia como una de las grandes batallas de las que el periodismo y la libertad de expresión salieron triunfantes. La película tiene, aunque apenas se detiene en él, un momento insuperable cuando la dueña del periódico, (Katherine Graham, interpretada por una colosal Meryl Streep) tiene que sobreponerse al cargo de conciencia que le da publicar esos papeles porque afectan de lleno a Robert McNamara, que además de secretario de Defensa durante Vietnam, era amigo suyo y consejero de su periódico.

Katherine Graham, como el mono que quería ser escritor, se vio frente a la tesitura de escribir mal de sus amigos. Afortunadamente para la opinión pública de su país, la dueña del ‘Post’, a diferencia del personaje de Monterroso, traicionó la amistad por no traicionar su deber. La moraleja de esta fábula es que los periodistas, si quieren ejercer bien su oficio, deberían tener a los poderosos de cualquier clase de poder por malas amistades.

 

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La privatización del Código Penal
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Antonio Tinoco Ardila | 24-01-2018 | 07:21| 0

El diario ‘Abc’ publicó el pasado miércoles una encuesta según la cual el 80% de los españoles son partidarios de mantener en el Código Penal la figura de la prisión permanente revisable para delitos de asesinato con circunstancias agravadas, tales como que la víctima sea menor de edad o especialmente vulnerable; que haya sido violada por su asesino, o cuando el crimen sea de lesa humanidad o genocidio… Quien haya sido condenado en aplicación de ese artículo es sentenciado, en principio, a una cadena perpetua (la prisión permanente), cuyos efectos se revisarán a partir de los 25 años en prisión si el juez lo permite. Cabe señalar que el Código Penal, antes de que se introdujera la prisión para siempre, ya contempla la reclusión por hasta 40 años, es decir, 15 años más que el tiempo mínimo a partir del cual un condenado a prisión permanente puede obtener la libertad. Es teóricamente posible, por tanto, que alguien condenado a prisión permanente revisable obtenga la libertad con un tiempo de cárcel menor que otro al que se le aplique el tope máximo de los 40 años. Lo que quiero decir es que el fondo de la cuestión que se está ventilando aquí no son los años de condena efectiva, sino que nuestro Código Penal incluya, o no, la cárcel de por vida.

La encuesta de ‘Abc’ se ha publicado en el momento más oportuno: cuando el Congreso tiene pendiente de discutir si se deroga o no esa figura, que introdujo Alberto Ruiz Gallardón con los exclusivos votos de su partido, y cuando los familiares de víctimas que han sufrido asesinatos particularmente atroces y de gran impacto en la opinión pública, como los de Diana Quer, Mari Luz, Marta del Castillo, Ruth y José… piden conjuntamente desde la plataforma Change.org que se mantenga la prisión permanente revisable, para lo cual ya han logrado más de 1.300.000 firmas de apoyo.

Es fácil entender el dolor y la desesperación de estas personas; y que, por ello, encuentren más consuelo cuanto más duro sea el castigo. Pero el Estado no puede admitir que sean las víctimas de los delincuentes las que marquen el alcance de la justicia porque si lo hace estará admitiendo también la privatización del Código Penal, que es el marco coercitivo definido por la sociedad en su conjunto y no por determinados grupos de presión. Y sobre todo porque un Estado que consagre la libertad, junto a la vida, como el bien jurídico más alto y, por tanto, más sujeto a protección, no debería dejar que por cualquiera de sus rendijas se cuele la negación de la esperanza en la reinserción. Si una sociedad renuncia –y, sobre todo, como este caso, lo hace de antemano– a recuperar para la vida ciudadana incluso al peor de sus miembros, inmediatamente deja de cumplir uno de sus destinos más honorables: el de ser espacio de redención. Soy pesimista porque me da la sensación de que poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos estamos convirtiendo en un Estado desalmado, que lo mismo condena a gente a que siga presa de por vida que niega a otras asistencia sanitaria por el aquel de que no ha nacido aquí. El humanismo que alumbró el Estado de derecho parece ser una antigualla.

 

 

 

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Nuestros hombres en el CERN
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Antonio Tinoco Ardila | 17-01-2018 | 06:49| 0

El pasado sábado este periódico publicó un reportaje sobre cuatro jóvenes científicos extremeños que están trabajando o formándose en el CERN, el Centro Europeo para la Investigación Nuclear, el inmenso laboratorio de partículas elementales situado entre Suiza y Francia, que posiblemente suponga el mayor esfuerzo internacional (participan en él 22 países, entre ellos España) centrado en el estudio de las condiciones físicas que dieron lugar al Universo. El CERN, entre otros logros, ha conseguido demostrar la existencia del bosón de Higss, una partícula subatómica que explica el origen de la materia (por eso se le llama ‘la partícula de Dios’) y por cuya formulación décadas antes de su descubrimiento Peter Higgs obtuvo el Nobel de Física. Para un físico, un ingeniero o un informático (esa es la formación de José Antonio Briz, Sara Benítez, Joaquín Terrón y Daniel Lanza, los cuatro jóvenes protagonistas del reportaje), trabajar en el CERN debe ser como para un futbolista fichar por el Barcelona o por el Real Madrid. Es decir, lo mejor de lo mejor.

El reportaje, tan bien contado por el periodista Álvaro Rubio, podía leerse como una historia del éxito al que conduce el esfuerzo y el talento de cuatro jóvenes de la región. E indudablemente lo es: están ahí por sus méritos. Pero también puede leerse como la historia de un éxito colectivo. No olvido lo lacerantemente actual que sigue siendo Ramón y Cajal cuando dijo que “en España investigar es llorar”, y tampoco que José Antonio Briz y Sara Benítez ya han dado los suficientes tumbos por no tener en nuestro país posibilidades de desarrollar sus capacidades como para poder hablar en primera persona de su particular llanto por la investigación. Pero también creo destacable señalar que estos cuatro jóvenes científicos han salido de la Universidad de Extremadura.

La Uex es una institución manifiestamente mejorable, está por debajo de la mitad de la clasificación de las universidades españolas por la calidad de su docencia e investigación. Me parece, además, que su profunda reforma debería ser una de las tareas más urgentes y necesarias de cualquier responsable, político y académico, con competencia en su destino, para que contribuya a enderezar el rumbo de esta región. Sin embargo, esta crítica no quiero que oculte lo que significa que la palabra Extremadura y la palabra investigación vayan en la misma frase y con una conjunción copulativa entre ambas. Nuestra región tiene universidad desde hace 45 años que, para una vida, quizá sea mucho, pero en términos históricos es como si la tuviera desde hace apenas cinco minutos. Yo he conocido los albores de la Uex, cuando la Facultad de Ciencias cabía en unas modestas aulas del colegio Salesianos de Badajoz. Y ahora es todo lo que he dicho aquí: una institución que precisa un profundo cambio… pero también una institución que ha hecho que jóvenes de la región miren a la comunidad científica internacional sin tener que elevar la mirada. En una comunidad tan maltratada por la Historia como la nuestra no quiero olvidar lo que significa esa mirada horizontal: que gente formada aquí puede participar en las tareas más exigentes, por ejemplo, en la de descifrar los misterios del Universo. Eso, que parece mucho, lo es.

 

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El bote de canela
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Antonio Tinoco Ardila | 10-01-2018 | 07:51| 0

El pasado domingo, este periódico informaba de que nuestra región ha perdido 30.000 habitantes desde 2011. Ese año superamos los 1.109.000 y establecimos el récord desde 1998, cuando empezó a haber datos oficiales. Ahora somos la tercera comunidad en tasa de disminución de su población, superada únicamente por Asturias y Castilla-León. La información señalaba también que 2016 –el último año del que el Instituto Nacional de Estadística tiene registros, toda vez que el Gobierno aprueba a final de diciembre los datos correspondientes al 1 de enero anterior–, fue el peor de la serie, hasta el punto que de esos 30.000 habitantes, casi 8.000 los perdió Extremadura ese año. Y añadía un dato que acentúa lo sombrío de este panorama: la mayoría de esos 8.000 habitantes perdidos no se debió a que hubiera más muertes que nacimientos, sino porque la gente se fue: en 2016 se fueron de Extremadura 5.467 personas, 1.069 de ellas al extranjero y las 4.398 restantes a otras comunidades autónomas. La emigración, ese monstruo que se basta para explicar la decadencia de una tierra y que creímos definitivamente muerto algún tiempo atrás, goza en Extremadura de una excelente lozanía.

La emigración no son cifras. Siempre que me topo con ella reaparece en mi cabeza una imagen que creo que sólo se irá de mi memoria cuando la pierda entera: una mañana, tendría yo siete u ocho años, vi aparcado un camión delante de la puerta de la casa de enfrente a la mía y al señor Antonio Antequera, a su mujer, Guadalupe, y a su hijo Amador, que vivían en ella, sacando cosas de la casa y subiéndolas al camión. Pregunté a mi madre y me dijo que se iban. “A Irún”, me diría, aunque yo no entendí su respuesta hasta años después, cuando supe dónde estaba Irún.

Lo que yo veía, y eso no tuve que hacer el esfuerzo de comprenderlo, es que la casa se iba vaciando: una mesa, sillas, lámparas, somieres, los colchones de borra enrollados y atados con cuerdas, los cabeceros de las camas, una cómoda, un aparador, la loza, la espetera… todo iba al camión. Los niños de la calle nos juntamos a ver la mudanza y recuerdo vívidamente cuánto estorbamos mientras duró. No sabíamos qué significaba, pero sí que lo que estaba ocurriendo tenía el aire de un dolor desconocido por el silencio de los adultos mientras subían las cosas al camión y por lo sola que se estaba quedando la casa. Lo último que recuerdo fue a la señora Guadalupe deambulando por ella, como perdida, cuando ya no quedaba nada. Si yo hubiera sido más listo habría comprendido que se estaba despidiendo y la habría dejado sola, pero me quedé en la puerta y cuando reparó en mí se acercó y me puso en la mano lo que en ella llevaba: era un bote de canela. “Toma, que lo aproveche tu madre”. Fue lo último que me dijo. Me acarició la cabeza, cerró la puerta de su casa y, con ayuda de su marido Antonio y su hijo Amador, se subió en el camión.

No volvimos a verlos.

El bote de canela lo tuvo mi madre algunos años en el especiero que tenía en la cocina. Nunca lo abrió, quizás para que no se desvaneciera el recuerdo de la señora Guadalupe y de su familia.

Pero se nos perdió cuando hicimos la mudanza.

 

 

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Homilías, las precisas
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Antonio Tinoco Ardila | 03-01-2018 | 07:16| 0

Estoy dispuesto a dar mi próximo voto al político que prometa abstenerse de pronunciar discursos de los que llaman ‘institucionales’ en estas fechas navideñas. Tan grande es el hartazgo que siento por este género, al que no logro encontrarle la más mínima utilidad para los ciudadanos. Bien sé que si abstenerse de hacer discursos de Navidad o de fin de año fuera lo único que me guiara para votar a un político, desde ahora y para los restos podría declararme abstencionista o militante del voto en blanco. Y es que miro a mi alrededor y no atisbo a ningún político capaz de no caer en la tentación de endilgarnos sus balances (recuerdo a Franco que, a falta de algo mejor, hacía una especie de arqueo y llenaba los discursos con las toneladas de trigo cosechadas, carbón extraído o barcos que habían salido ese año de los astilleros españoles y su comparación con el año anterior), cuando no (¡horror!) de pedirnos que prestemos atención a sus ‘reflexiones’. He aquí, dicho sea de paso, una palabra –reflexión—cuyo prestigio está perdiéndose a chorros en buena parte porque muchos de estos políticos denominan así los lugares comunes con que llenan esos discursos, a los que se les quiere dar tanto énfasis que menudean los casos en que, para pronunciarlos, sus protagonistas se rodean de algún marco incomparable que les preste solemnidad y, seguramente también, alguna suerte de iluminación con la que confían que se disimulen sus fruslerías.

Pero no crean, mi alergia a este tipo de discursos no es por su abundancia, con ser ya mucha (¿qué político, del nivel que sea, no se considera hoy impelido a hacer estos discursos y propagarlos por todos los medios de comunicación posibles?); ni siquiera por su banalidad, que también es abundante, sino porque considero que forman parte de una manera de ejercer la política que tiene bastante de impostura.

Yo creo que las homilías tienen su sitio en las iglesias y están destinadas a una feligresía que, por el hecho de serlo, las espera con interés, pero me parece un abuso que un político, aprovechando las fiestas, nos meta un discurso cuyo tenor es más propio de los púlpitos que de la arena política, porque una vez y otra se trata de monólogos de buenas intenciones pronunciados, sobre todo, a mayor gloria del pronunciador, para echarse flores a sí mismo por lo estupendamente bien que hace las cosas, trufándolas con algunas gotas de autocritica en la dosis precisa para redoblar el efecto de veracidad de sus pretendidos logros.

Lo que se esconde detrás de los discursos de últimos de diciembre, motejados de ‘institucionales’, es la ocupación de un espacio por parte de la propaganda, una simple rueda de prensa sin preguntas, que es la comparecencia de un político que más se parece a la comparecencia de un clérigo porque está orientada a que los ciudadanos –paradójicamente los ciudadanos de una democracia, que en teoría es el reino de la confrontación de las ideas y de la crítica—no tengan otro cometido que decir amén.

 

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La toquilla celeste (un cuento de Navidad)
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Antonio Tinoco Ardila | 27-12-2017 | 07:28| 0

En el centro de la mesa había langostinos y jamón y unos saquitos de esos modernos, hechos de hojaldre, que tienen marisco por dentro o setas y que todo el mundo devoraba. Había vino de Oliva de la Frontera (“buenísimo, buenísimo”, decía alguien mientras le daba a la copa un trago tan generoso que cualquier sumiller lo hubiera censurado posando sobre el bebedor la fría mirada de su suficiencia), y pasaba de mano en mano un plato con un lomo doblao en manteca blanca y ajo que era, para la mayoría de los que estaban allí, el sabor que los conectaba con la infancia.

Los niños, mientras, jugaban a perseguirse blandiendo esos churros que sirven para ayudarlos a aprender a nadar y que su madre, muy ingeniosamente con sólo pintarles una empuñadura, los había transformado en espadas láser de la Guerra de las Galaxias con las que se zurraban sin descanso pero sin peligro. Y los adultos, todavía de pie y formando corros antes de sentarse a la mesa, hablaban de esto y de aquello.

Salió en la conversación, cómo no, Puigdemont y Arrimadas, Cataluña y ahora qué; también el discurso del Rey, recién oído. Salió Zidane y Ernesto Valverde, y el admirable Busquets, y también salió en la conversación la última polémica sobre los nombres de las calles. Había partidarios y otros que no lo eran. Alguien recordó la entrevista que la periodista Rocío Romero había hecho en HOY al portavoz de la comisión de expertos que había decidido qué tenían los ayuntamientos que hacer con los vestigios franquistas, y se preguntó por qué ese experto no había logrado explicar si un pasillo de la sede de la Diputación es zona pública o privada y, por tanto, si la exhibición de los retratos de los presidentes durante el franquismo es o no exaltación de la dictadura. “Patético”, resumió alguien y todo el mundo pareció asentir.  Quizás fue entonces la primera vez en que repararon que en el tocadiscos Frank Sinatra, Nat King Cole y su hija Natalie pretendían, como el vino, mecerles el espíritu.

Nadie pareció advertir que salió del comedor y fue al cuarto de baño. Se lavaba las manos cuando al mirarse en el espejo del lavabo reparó en la prenda que estaba colgada a su espalda, tras la puerta. Era la toquilla celeste de su madre. Tenía tantos años (al menos, cincuenta) que había visto a su madre con ella puesta mientras le daba el pecho a sus hermanos pequeños. La olió. Olía a colonia de bebé. Se la puso sobre los hombros y se miró al espejo. Con ella puesta se acentuó el parecido: la misma nariz, los mismos ojos, el mentón idéntico, sólo si sonreía se retiraba esa huella y emergía la de su padre. Salió del cuarto de baño y enfiló el pasillo hacia el comedor.

Mientras se acercaba oía el murmullo de su familia. Cuando entró en el comedor se hizo el silencio tan de pronto que parecía que sobre la conversación se había abatido el punto final. Sólo parecía existir la cercana calidez de la voz de Pablo Milanés, ajeno  a aquello, cantando ‘Yolanda’. Ella, con un gesto mecánico, cogió los cordones de la toquilla e hizo un lazo, después se la ajustó al cuello, y a los brazos. Tardó en darse cuenta de que estaba llorando. Pero no se arrepintió: por fin estaban todos.

 

 

 

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Tiempo de convalecencia
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Antonio Tinoco Ardila | 20-12-2017 | 07:11| 0

Uno no sabe si el próximo viernes, día siguiente de las elecciones en Cataluña, va a ser tan decisivo como para que en lo sucesivo nada sea igual en la política española (algo así como “el primer día del resto de nuestras vidas”, que dijera el exministro socialista Carlos Solchaga el día que abandonó la política). Pero sí creo que la España constitucional se la juega el jueves porque las elecciones en Cataluña van a suponer la mayor prueba de esfuerzo a la que se habrá sometido la Constitución del 78. Y comoquiera que, a tenor de lo que vaticinan las encuestas, la diferencia entre los bloques será muy estrecha, el rumbo de nuestra política no la van a marcar los resultados de esa prueba sino las interpretaciones que se hagan de ellos.

De las declaraciones de los independentistas se deduce que si volvieran a obtener la mayoría absoluta lo interpretarán como un aval al ‘procés’ y, por consiguiente, tratarán de legitimar en el nuevo Parlament lo que el viejo perpetró. Más les valdría que esas bravatas de Forcadell, Rovira y Puigdemont se queden en material fungible de campaña electoral porque si algo ha demostrado este tiempo convulso es que el independentismo catalán no tiene fuerza suficiente para alumbrar una República por mucho que intenten hacérnoslo creer mientras se golpean el pecho como King-Kong.

Las naciones y las revoluciones son algo parecido a lo que era la poesía para el cartero de Neruda: que no son de quien las crea, sino de quienes las necesitan. Los independentistas catalanes pueden manifestarse con mucha unión y en mucha compaña por la causa; pueden ponerse lazos amarillos y encender las linternas de sus teléfonos para lanzar al cielo un grito de libertad que parezca un anuncio navideño de Coca-Cola (‘la independencia de las sonrisas’ ¿recuerdan?); pueden incluso interpretar como un mal necesario que tres mil empresas cambien de sede…Todo será cohetería, maneras de ocupar el tiempo, porque si los catalanes hubieran necesitado verdaderamente la independencia como el cartero necesitaba la poesía de Neruda para enamorar a su amada, al día siguiente de declararla la plaza de Sant Jaume hubiera sido una olla hirviendo (y al siguiente, y al siguiente…) y no el espacio anodino que era, en el que la gente iba y venía como un sábado cualquiera y los recién casados se hacían las fotos para el álbum de su boda con la puerta del palacio de la Generalitat como atrezzo.

Pero si los constitucionalistas ganaran el jueves podrían caer en el error contrario: pensar que su victoria es el acta de defunción del ‘procés’. Sería un error porque el ‘procés’ es un asunto político, pero también mental en la medida que es la expresión de un delirio masivo. Su solución, por tanto, no se mide sólo en el tiempo de la política sino en el tiempo de la convalecencia. Es conocida la solución que Julio Caro Baroja proponía para el nacionalismo vasco: mandar a Euskadi trenes llenos de psiquiatras. No le faltaba razón al antropólogo: el nacionalismo es, al fin y al cabo, la expresión de un narcisismo epidémico y, como tal, lo que necesitan los ‘indepes’ es un diván en el que reclinarse y un psiquiatra. Pero ninguno se presenta a las elecciones del jueves.

 

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La nieta del ‘Hombrecino’
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Antonio Tinoco Ardila | 13-12-2017 | 07:18| 0

No sé si han leído el reportaje titulado ‘La lista del ‘Hombrecino’ de Almendral’. Lo publicó el pasado sábado este periódico. Si no lo han leído, pueden encontrarlo sin dificultad en la edición digital. Se lo recomiendo vivamente, no se arrepentirán. No sólo porque esté escrito con magnífica sobriedad por la periodista Miriam F. Rúa, aunque ya por eso valdría la pena leerlo; tampoco se lo recomiendo sólo porque cuente la historia de Francisco Rodríguez Gómez, el ‘Hombrecino’, a pesar de que sólo esa historia me vale al menos a mí para que no tenga necesidad de explicar para qué existen los periódicos.

El ‘Hombrecino’, que tenía 17 años cuando estalló la Guerra Civil, era un bracero bajito, un muchacho que trabajaba como un hombre y que tuvo que escapar a la sierra de Monsalud cuando el 19 de agosto de 1936 las tropas franquistas entraron en Almendral. Fue capturado una noche en que bajaba al pueblo por comida y tuvo que elegir entre el paredón o ir al frente a luchar al lado de los que se sublevaron contra la República. Eligió seguir vivo y, además, se impuso la tarea de hacer una lista con los nombres, apellidos y motes de todos los amigos que fueron asesinados durante la contienda en Almendral, un pueblo especialmente castigado por los franquistas, que asesinaron a 250 de los 3.700 vecinos que tenía. Esa lista la llevó el ‘Hombrecino’ durante más de 30 años en el bolsillo del pantalón como un secreto, sin enseñársela a nadie porque en su casa –como en tantas y sobre todo en las de los que la perdieron–, se había impuesto la ley del silencio sobre la guerra. Hasta el día en que su nieta, que había nacido un año antes de que muriera Franco, empezó a hacer preguntas (¡dadme una pregunta y moveré el mundo!) y todo se desbordó: Francisco acabó sacando del bolsillo aquel papel ajado por los años, cuya existencia nadie conocía, y empezó a contar la vida de los que mataron en su pueblo.

Es fácil imaginar que el ‘Hombrecino’ empezó a vivir de nuevo el día en que sacó del bolsillo la lista de sus amigos y –en contra de la opinión de su mujer, que no quería remover la historia–, fue poco a poco y con detalle hablándole de cada uno de ellos a su nieta, Susana Cabañero.

Es Susana la persona por la que sí les recomiendo que lean el reportaje del sábado en HOY. Porque si su abuelo tenía la memoria quieta en el bolsillo del pantalón Susana la cultivó, la transformó, hizo de ella no el amargo recuerdo de un viejo comunista que tuvo que luchar en el bando contrario para salvar la vida, sino memoria viva que hizo posible que, por aquel papel amarillento, pudieran salir de la fosa común y conquistar la dignidad que los ganadores de la guerra negaron a los que en él aparecían.

La memoria es como un hilo que se comparte y que va, de nudo en nudo, de unos a otros, formando una cadena interminable que no se rompe jamás si hay amor. Porque el reportaje del sábado en HOY es, sobre todo, un relato de amor: el de Susana Cabañero por su abuelo, Francisco Rodríguez Gómez, ‘el Hombrecino’, que se ganó el recuerdo eterno de su nieta porque se negó a olvidar.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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