Hoy

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Unas palabras que me encantaría comerme
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Antonio Tinoco Ardila | 02-08-2017 | 06:30| 0

El pasado miércoles, el Pacto por el Ferrocarril acordó convocar una manifestación en Madrid, aún sin fecha pero en todo caso el próximo octubre, para exigir un ferrocarril para nuestra región a la altura de la fecha en que vivimos. Dio la casualidad de que el anuncio se hizo después de que en días anteriores coincidieran en los trenes que conectan (cuando lo hacen) Extremadura y Madrid averías, retrasos, incomodidades hace décadas olvidadas en otras partes de España… incluso un accidente mortal, que colocaron en el primer plano de la actualidad las indignas condiciones en que el Estado presta en Extremadura el servicio ferroviario.

Sin embargo, no sé si de haber estado yo en la reunión del Pacto hubiera votado a favor de esa manifestación en octubre. Pero no porque no esté de acuerdo con ella, sino precisamente por estarlo sin la menor reserva. Protestar en Madrid no es cualquier cosa. Protestar en Madrid para exigir que ferroviariamente hablando se nos deje de considerar de una vez y para siempre algo así como una reserva india es tan importante, puede ser tan decisivo, que la manifestación de Madrid tiene que ser entendida como la expresión inequívoca de la movilización total de los extremeños. Madrid es una bala que, si se gasta en balde, rebota. Hay que dar en el blanco y hacerlo es conseguir que la capital del reino, es decir el Gobierno de España y el Congreso y el Senado, oigan como un estruendo la voz de Extremadura.

¿Pero estamos en condiciones de hacerlo? De esta pregunta nacen mis dudas. No sobre la manifestación, no sobre su necesidad, sino sobre nuestra capacidad de impacto. Porque ya nos hemos manifestado por el tren en las ciudades extremeñas más pobladas y lo que hemos visto es que, a pesar de que han sido de las más numerosas de los últimos años, esta reivindicación no ha alcanzado al conjunto de los ciudadanos. Si no nos hemos manifestado a la puerta de nuestras casas en la medida que el asunto merece, ¿vamos a poder hacerlo en Madrid? Y es que ¡Tren digno, ya!, el eslogan que aglutina esta exigencia, todavía es un asunto de las élites políticas y de la minoría ciudadana informada: insuficiente para dar un puñetazo en medio de la Castellana.

Me encantaría que en octubre estuviéramos en Madrid decenas de miles de extremeños exigiendo el tren. Me encantaría mucho más si la movilización sobre el tren digno llegara a ser no la movilización sobre el tren digno, sino la ocasión en que Extremadura midió sus fuerzas y descubrió de una vez que tiene las suficientes para levantarse definitivamente del suelo. Ojalá el tren termine siendo el pretexto para empezar a exigirle al Estado que salde la larga cuenta del olvido que tiene contraída con esta tierra, pero me temo que en un par de meses no vamos a conseguir superar lo que con tino Javier Figueiredo llamó hace días en este periódico ‘el síndrome de Theon Greyjoy’, ese personaje de ‘Juego de Tronos’ que, incapaz de rebelarse, se ha hecho a vivir sometido a las crueldades del amo. Ojalá me equivoque. Ojala tenga que comerme estas palabras. Me encantaría hacerlo pisando firme en la Castellana.

 

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Los acosos disculpados
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Antonio Tinoco Ardila | 26-07-2017 | 04:37| 0

El pasado jueves apareció en televisión un grupo de fotógrafos, camarógrafos y reporteros. Todos corrían, se daban codazos, tropezaban entre sí. Nada que no hubiera visto otras veces. En esta ocasión el objeto del interés de aquel enjambre resultó ser una muchacha que trataba de esquivarlo como podía. Cuando apareció su cara en la pantalla había en ella miedo y un gesto de resignada derrota. La muchacha era Andrea Janeiro, hija de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban, que ese jueves cumplía 18 años y, por tanto, abandonaba su condición de menor. A partir de ese día ya se podía difundir su imagen, un acontecimiento que, a tenor del afán del enjambre por retransmitirlo, debía tener pendientes a millones de españoles. Seré raro, pero yo allí no era capaz de ver otra cosa que acoso. Un acoso doloroso incluso para mí porque los acosadores conforman la imagen que millones de personas identifican con el oficio del periodismo. Y sobre todo doloroso para la víctima porque su queja, si la expresa, no obtendrá el amparo de nadie: esta muchacha, por ser hija de quien es, sufrirá el acoso que quieran los acosadores, que están socialmente disculpados.

Es llamativa la vara de medir que empleamos ante el acoso. Estamos vigilantes, como debe ser, ante el que sufren los niños en la escuela de manos de los alevines de matones, pero hasta implícitamente lo jaleamos porque lo hacemos objeto de consumo cuando ese periodismo de cloaca persigue a gente; incluso a los que acaban de dejar su condición de niños y estrenan mayoría de edad con el primer episodio del acoso que les espera.

Al día siguiente del acoso a Andrea Janeiro, Julia Timón, la concejala de Ciudadanos en Badajoz, sufrió un escrache. De madrugada, un grupo de personas se concentró ante la puerta de su casa para criticarle su apoyo a los Presupuestos municipales. En Badajoz ha arraigado un matonismo que campa a sus anchas en las redes sociales. Deberíamos tratar de evitar que el escrache a Timón sea la inauguración de un peldaño más en su escalada y que, por falta de coraje o por cálculo político, también lograra entrar en la lista de los acosos disculpados. Hasta ahora, PP y Ciudadanos han sido el objeto de sus escarnios, algunos tan miserables como hacer burla de un problema de salud sufrido por el alcalde, fíjense qué se llega a entender por crítica política. Se equivocarán PSOE y Podemos si piensan que como no son ni el PP ni Ciudadanos el asunto no va con ellos. Los matones ni tienen ideología ni obran por lealtad. El único idioma que entienden es el de la sumisión, de tal manera que sólo quedan a salvo de sus acciones quienes les ríen las gracias y quienes les dejan hacer. El pleno del pasado viernes fue una magnífica ocasión para que, como hizo Francisco Fragoso, Ricardo Cabezas y Remigio Cordero hubiesen puesto pie en pared ante los acosadores de Julia Timón. Lo hicieron después, y estuvo bien, pero hubiera estado mejor si lo hubieran hecho en el Pleno, el órgano donde se discuten las cosas que importan al común. Y es que no podemos dar ni un centímetro de ventaja a los acosadores porque, si se sienten disculpados, pasito a pasito y casi sin darnos cuenta harán que la democracia se nos vaya por el desagüe.

 

 

 

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¿Por qué se callan?
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Antonio Tinoco Ardila | 19-07-2017 | 05:41| 0

Imagino que, como yo, ustedes estarán siguiendo con preocupación lo que ocurre en Cataluña. Yo, además, estoy perplejo. Y no alimenta mi perplejidad las tensiones en el Govern, esos cambios de consejeros de un día para otro, esa inquietante pureza de sangre independentista que se les exige últimamente.

No estoy perplejo por eso. Estoy perplejo por el silencio. Porque en medio del fragor de los independentistas cada vez es más audible el estruendoso silencio de los que no lo son. Que, además, voto sobre voto y hasta la fecha, son mayoría.

De todas las preguntas que surgen a raíz del proceso independentista de Cataluña, la que me parece más preocupante es esta: ¿por qué no han dicho hasta la fecha esta boca es mía quienes no quieren la independencia o, por lo menos, ‘esta’ independencia? ¿por qué se callan? Como si no sobraran los motivos para decir ¡basta ya! ante el abuso que supone que una mayoría parlamentaria pero minoría electoral esté birlándoles la comunidad, secuestrándoles el Parlamento, elaborando leyes que eliminan la separación de poderes, amenazando a los medios de comunicación que no defiendan lo que ellos defienden con el ardor que ellos quieren que lo defiendan… Lo que ha trascendido sobre el edificio jurídico del futuro estado catalán es para echarse a temblar. No por independentista, sino por antidemocrático. ¿Entonces, por qué se callan los que callan, que no son precisamente súbditos atemorizados de una república bananera, sino ciudadanos libres de una comunidad desarrollada y culta que, en términos históricos, ayer mismo por la tarde estaban defendiendo en las calles la libertad y el autogobierno? ¿A qué viene ahora este silencio?

La única razón que me cabe en la cabeza para entender ese silencio es que la mayoría de los catalanes está asistiendo al ‘procés’ como si fuera un espectáculo. Es decir, una representación, no un acontecimiento real. No faltan argumentos para considerarlo así y no sólo porque en democracia tantas veces pasa que lo que no es legal es un delirio, sino porque el camino hacia la independencia que ha emprendido la Generalitat es una chapuza tan colosal, tan increíble, que es imposible que desemboque en ese ‘Estado independiente en forma de república’ cuya creación se quiere ventilar de cualquier forma en el referéndum del 1-O.

El problema es que aun así, aun considerando que todo es teatro, el público debería empezar a silbar a los actores, debería empezar a patear en el patio de butacas hasta detener la función porque ya se ve cómo están acabando los espectáculos políticos desde no hace tanto: el ‘Brexit’ también parecía que era sólo un espectáculo y hoy es un gran embrollo que el Reino Unido no sabe cómo lidiar. Y Donald Trump también lo era y ya ven dónde está ahora, comprometiendo la viabilidad del planeta al negar el cambio climático.

Hay espectáculos, lo estamos sufriendo, que pueden acabar en pesadilla. ¿Por qué no evitar ese peligro? ¿Por qué no exigir que se ponga fin al espectáculo de esa consulta que adentrará a Cataluña en un laberinto del que largamente podemos arrepentirnos, en primer lugar los propios catalanes? ¿Por qué hay tanta gente en Cataluña que se calla?

 

 

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La maldición del verbo ser
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Antonio Tinoco Ardila | 21-06-2017 | 07:22| 1

 

 

Si yo fuera político llevaría atada una cuerda a un dedo para que me recordara en todo momento que hay algunas cosas que no puedo hacer ni decir. Y de entre todo lo que me prohibiría, trataría de llevar a rajatabla no utilizar el verbo ser en declaraciones públicas. Huiría de él como de la peste. Tal vez esté equivocado y no sé si a ustedes les ocurre lo mismo –insisto: no soy político–, pero cada vez que un dirigente de un partido utiliza el verbo ser dentro de una frase dicha con intención de definirse, automáticamente interpreto el mensaje al revés de lo que pretende.

He visto este fenómeno en el congreso del PSOE: ‘Somos la izquierda’, era el lema del cónclave y el gran mensaje que quería transmitir Pedro Sánchez en su segunda puesta de largo. Esa afirmación, una vez que ha sido desgraciadamente formulada significa el reconocimiento implícito de una derrota que, por referirse nada menos que al tuétano del partido, es una derrota más allá de lo coyuntural. Porque si el PSOE, después de 140 años y con el papel que ha jugado en este tiempo en nuestro país, se siente en la necesidad de colocar esa declaración en el frontispicio de su congreso, significa sencillamente que ha dejado de ser la izquierda más representativa de España, es decir, que ha dejado de jugar el papel para el que nació.

Quizás bajo el influjo del nefasto eslogan, la impresión que me deja el congreso socialista es que quien lo ha ganado no ha sido Pedro Sánchez; mucho menos el PSOE, sino Podemos. No porque Pedro Sánchez le haga ojitos a Pablo Iglesias a pesar de que a Iglesias lo que más le pirra es tirarle viajes a la yugular; no porque esté dispuesto a “trabajar sin descanso para que haya una mayoría parlamentaria alternativa que acabe con esta etapa negra del PP”. No es por nada de eso. Es porque todo lo importante que ha hecho el PSOE en el congreso del pasado fin de semana ha sido pensando en Podemos: cualquier decisión la ha tomado mirando de reojo al partido de Iglesias; cualquier posición la ha adoptado tomando como referencia la posición del partido de Iglesias. El congreso ha sido la búsqueda del sitio que, por el hecho de intentarlo, admite haber perdido a favor del partido de Iglesias. Mi conclusión es que el PSOE ya no se sabe la izquierda: por eso siente la necesidad de proclamarlo. ¿Ustedes creen que un partido que representara a la izquierda podría perder el tiempo en enredarse en el galimatías que supone definir a España como un ‘estado plurinacional’? Uno lo imagina en otras cosas, todas más importantes que hacerse trampas con la semántica. Pero como los nuevos dirigentes del PSOE creen que por ahí les lleva ventaja Podemos, pues… a imitar a Podemos.

El congreso del PSOE ha empezado a resolver la duda a quienes todavía no sabían muy bien qué partido representa a la izquierda en España. Cuál es el original y cuál es la copia. Yo tengo para mí un modo de averiguarlo: aquel que se vea en la necesidad de decir que lo es, es precisamente el que ha dejado de serlo.

Es la maldición del verbo ser, que derrota a quien lo emplea.

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Adel Najjar, imán de Badajoz
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Antonio Tinoco Ardila | 14-06-2017 | 05:42| 1

El pasado viernes, Adel Najjar, el imán de la mezquita de Badajoz, me invitó junto a otras personas de los medios de comunicación, de los grupos políticos de la ciudad y vecinos del barrio del Gurugú, donde está la mezquita, a que compartiéramos la cena que iban a tomar él y otros musulmanes para poner fin al ayuno del Ramadán.

Conozco a Adel Najjar desde hace, quizás, treinta años, cuando aún estaba reciente su decisión de dejar la carrera de Medicina, por la que había venido a Badajoz desde su Palestina natal, para crear una modesta mezquita en la que los escasos musulmanes que había en la ciudad pudieran reunirse en torno al Corán. La mezquita estaba en una casa de la calle Santa Lucía y allí hizo este periódico un reportaje que hablaba sobre qué significaba el Ramadán, sobre los musulmanes en Badajoz y también sobre aquel joven imán, Adel Najjar. Fue su primera aparición pública y siempre que puede recuerda el agradecimiento que tiene a HOY porque aquella información supuso para él y para la mezquita una feliz presentación de los musulmanes ante la sociedad.

Desde entonces, Adel Najjar, con la callada tenacidad de la hormiga, ha ido tejiendo una red de relaciones basadas en el respeto y en la defensa del valor de la convivencia, de tal manera que ha hecho de la mezquita de Badajoz, además del lugar de oración que es para los cada vez más numerosos musulmanes, un punto de encuentro en el que todos, tengan la religión que tengan o no tengan ninguna, se sienten como en casa. El sitio que la mezquita tiene y el papel que ocupa Adel Najjar en el Gurugú lo explicaban durante la cena del pasado viernes algunos vecinos, cuando contaban con un cierto tono zumbón que es este imán, que lleva ya allí veinte años, el que, cuando un nuevo cura llega a la parroquia, lo pone en antecedentes de lo que pasa y de quién es quién en el barrio.

La ciudad de Badajoz debería sentirse afortunada de tener entre sus vecinos a Adel Najjar porque su manera de tratar a los demás es un antídoto contra los prejuicios sobre el Islam. Najjar representa la oportunidad cercana de conocer los fundamentos de una fe que, como la cristiana, predica la paz y la concordia entre todos los hombres y –lo más importante- cumple con ese compromiso desde que abrió la mezquita.

No tengo la menor duda de que Ignacio Echeverría, el joven que trató de impedir con su monopatín que tres terroristas siguieran acuchillando gente en Londres y que pagó ese gesto de auxilio con su vida, es para el imán de Badajoz exactamente el mismo héroe que para usted y para mí, y que la única diferencia entre usted y yo y Adel Najjar ante este o cualquier otro atentado cometido en nombre del Islam, es que él tiene que añadir al dolor por las víctimas la rabia y la amargura de que los terroristas pongan como excusa para el asesinato al dios por el que él abandonó la carrera de Medicina y por el que ha edificado una mezquita.

A Adel Najjar no debería abandonarle el consuelo de que para quienes lo conocemos el Islam siempre será él, nunca los terroristas del Estado Islámico.

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Morales, ese hombre
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Antonio Tinoco Ardila | 07-06-2017 | 04:54| 0

Llámenme ingenuo, pero yo estaba atento al congreso provincial del PP de Badajoz, que ha tenido lugar durante el pasado fin de semana, porque esperaba que se produjera el relevo de Juan Antonio Morales como secretario general. Imaginaba que el congreso era la ocasión de quitárselo de encima menos costosa para la imagen de alguien que, al fin y al cabo, es diputado regional. He aquí una prueba más de mi arraigada incapacidad, por larga y por profunda, para entender la mayoría de las decisiones que toman los partidos políticos.

Y es que me había hecho a la idea, fíjense lo sansirolé que puedo llegar a ser, de que el PP, en el fondo, quería darle puerta. Me había creído que José Antonio Monago, cuando se preguntaba ‘¿qué le debo yo al franquismo?’ la respuesta era ‘nada’ y que precisamente por eso no iba a cargar con la factura que le había endosado Morales; me había creído a Fernando Manzano y a Francisco Javier Fragoso, cuando decían que le habrían impedido a Juan Antonio Morales ir a ningún sitio de haber sabido con antelación que se aprestaba a asistir a una asamblea de la Fundación Francisco Franco en la que, además, le iban a premiar con el título de ‘Caballero de Honor’ y, por si no había tenido suficiente con que lo llamaran así en aquel sitio, no iba a poner reparos a que añadieran que había tenido una “labor destacada en defensa de la verdad histórica y de la memoria del Caudillo y su gran obra”.

No sé por qué, la verdad, pero quizás sólo porque quería creerlo me había convencido de que los dirigentes del PP no es que fueran a hacer una manifestación por las calles de Lobón, el pueblo de Morales, ni por los pasillos de la Asamblea pidiendo que lo crucificaran, pero sí algún gesto que pudiera ser entendido como que le afeaban su fea conducta. Un gesto que esperaba que se produjera en el congreso.

Pero quia; nada de lo que me había imaginado en mis cortas luces ha ocurrido. Y aquí estoy, doliéndome del costalazo que me he dado al caerme del guindo y ver que ahí sigue Juan Antonio Morales. Quiero decir: ahí lo sigue llevando como mano derecha del partido en la provincia Francisco Javier Fragoso, quien podrá decir en su descargo que no está solo, pues le han dado su apoyo 856 de los 865 compromisarios sin ningún voto en contra, ni siquiera uno que pudiera haber emitido alguien aunque sólo hubiera sido en consideración a su naturaleza de especie en vías de extinción.

¿Qué pensará el PP que es la democracia? Es lo que se me ocurre después de que el congreso de este fin de semana en Badajoz (Bulgaria) haya refrendado a Morales. He aquí otra pregunta de ingenuo porque lo que piensa a la vista está: que es una cosa imprecisa, que unas veces sirve para un roto y otras para un descosido, que no hay mucha diferencia entre defender el estado de Derecho y defender suprimirlo. Que ser demócrata es según me caiga, según me convenga, según me peta: un día me envuelvo en la bandera constitucional y otro en la franquista. ¡Qué más da!

Que ser demócrata viene a ser lo que hace Juan Antonio Morales, ese hombre.

 

 

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Un tribunal que me representa
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Antonio Tinoco Ardila | 31-05-2017 | 06:09| 0

Seguramente saben, porque debido a lo llamativo de los resultados ha sido objeto de reiterada atención por parte de este periódico, que la última oposición del SES de Enfermería de Atención Continuada cubrirá cuatro de las 45 plazas que pretendía por la sencilla razón de que sólo cuatro opositores, de los 1.374 que se presentaron, la han aprobado.

Esos resultados, como era de esperar, han dado para mucha indignación y al SES están llegando decenas de escritos pidiendo la anulación y, consiguientemente, la repetición de este “examen vergonzoso”, según denominación de una de las opositoras que lo suspendieron. Incluso hay convocada una manifestación el próximo 8 de junio para exigirlo en la calle.

Faltaba por conocer la opinión de quienes aprobaron el examen y también de enfermeros con experiencia para tener una visión más detallada de lo que había ocurrido con esa oposición. La periodista Ana B. Hernández cubría esa laguna el pasado sábado con una información reveladora –incluso abría la portada del diario–, en la que se ponía de manifiesto que todas las preguntas del ‘examen vergonzoso’ estaban en el temario de la oposición; y que “el examen se aprueba si se estudia”. Purificación Sánchez y Raquel Álvarez, dos enfermeras que habían obtenido la segunda y tercera mejor nota, zanjaban la cuestión con esas siete palabras.

Estoy seguro de que los resultados han sido frustrantes para muchos de los opositores, que se habrán presentado a la prueba después de haberse estudiado el temario acuciosamente y, a pesar de ello, la han suspendido. Pero, salvados estos, me parecen improcedentes las reclamaciones por la dificultad del examen de personas que, por ejemplo, admiten no haberse estudiado el temario completo. Para ellas siempre, a no ser que medie la suerte, será una prueba difícil; e incluso imposible de todo punto si las preguntas del examen se refieren a contenidos de la mitad del temario que no han estudiado.

Hay una cierta indignación que está muy de moda: la dirigida contra los demás. Los culpables son siempre los otros. En este caso el tribunal que ha puesto un examen “vergonzoso”, no quien pretendía aprobarlo sin estudiarse el temario.

Yo, sin embargo, me siento muy bien representado por ese tribunal, porque su exigencia a los aspirantes a ocupar una de las plazas de Enfermería del Servicio de Atención Continuada de una cualificación excelente y de un profundo conocimiento de la actividad profesional que van a desarrollar es exactamente la misma exigencia de excelencia y de profundo conocimiento de su cometido que la de cualquier eventual usuario de dicho servicio: usted, yo o incluso los aspirantes suspendidos cuando, como cualquier ciudadano, necesitaran ser atendidos.

Un servicio público no es una empresa. Es el resultado de un formidable esfuerzo colectivo cuyos beneficios se miden en bienestar, en cohesión social… en derechos. Por eso, trabajar en un servicio público debería estar reservado sólo a los mejores. Por ejemplo, a los que saben que la única manera de aprobar un examen es estudiar y estudiar y estudiar.

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Miénteme, dime que el futuro será mejor
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Antonio Tinoco Ardila | 24-05-2017 | 06:45| 0

 

 

Julián Carretero, el ya ex secretario de Comisiones Obreras, decía cosas interesantes en la entrevista que publicó este periódico el pasado domingo. Una de las que me llamó la atención es que los extremeños nos mentimos mucho. Carretero se refería a que tenemos complejo de ricos a tenor de lo poco que exigimos (“nos creemos que no necesitamos el tren por la simpleza de tener coche”) y a pesar de que somos una sociedad palmariamente pobre. En este sentido es suficientemente elocuente el dato que daba de que la mitad de las 200.000 pensiones que se pagan en Extremadura tienen que complementarse a través de los Presupuestos del Estado porque con las cotizaciones a la Seguridad Social que habían hecho los beneficiarios en su vida laboral no alcanzarían a la cuantía mínima. Mes a mes y desde que tengo memoria en el periodismo, y van ya 36 años, el Instituto de Estadística constata que las pensiones de los extremeños son las más bajas de España. Podríamos ahora subirnos a la máquina del tiempo para situarnos dentro de otros 36 años: comprobaríamos que el Instituto de Estadística que haya entonces dirá exactamente lo mismo.

Pero también hablaba Carretero de la falta de valentía política –la segunda cara de esta moneda cuya primera cara es la atonía social– para abordar los desafíos que tiene una sociedad envejecida y dispersa como la extremeña. Unos desafíos cada vez más preocupantes porque Extremadura no puede hacerles frente sola y lo que ocurre alrededor no invita al optimismo: formamos parte de un Estado en el que cada vez hay más tensiones disgregadoras (¡madre mía, el delirante borrador de declaración de independencia de Cataluña!), cuya víctima principal es justo lo que necesita esta región: la solidaridad interna. Y, por si fuera poco, España forma parte de una Unión Europea a la que le ocurre exactamente lo mismo y con los mismos resultados.

El futuro, en comparación con lo que tenemos ahora, se presenta, por tanto, comprometido. Si utilizáramos el lenguaje épico de las películas de catástrofes planetarias podríamos decir que, con menos solidaridad del Estado y con pocos o ningún fondo europeo, se acerca a Extremadura un asteroide en trayectoria de colisión. El drama es que mientras tanto nadie, por falta de ese coraje político del que habla Carretero, nos ha dicho todavía que es preciso que dejemos de vivir como si no fuera a pasarnos nada.

Quizás lo prudente sería, antes de que se convierta en inexcusable, empezar a preguntarnos qué futuro nos espera y prepararnos para él si quienes nos podrían echar una mano para al menos desviar la trayectoria de ese asteroide disponen cada vez de menos fuerzas para atender esa misión.

Pero no hay visos de que alguien nos diga la verdad y seguimos como en la película ‘Johnny Guitar’: Johnny pidiéndole a Vienna, su viejo amor, que le mienta y que le diga que todavía lo quiere como él a ella. Y Vienna, hipócritamente compasiva, diciéndole que sí, que es exactamente como él dice, que lo quiere con el mismo amor que él le profesa.

Tal para cual: como nosotros, mintiéndonos.

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Un acontecimiento funesto
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Antonio Tinoco Ardila | 17-05-2017 | 05:58| 0

El escritor norteamericano Adams Johnson distingue entre sucesos y acontecimientos en ‘Huracanes anónimos’, uno de los cuentos que conforman su muy notable ‘George Orwell fue amigo mío’, la obra que le valió el Premio Nacional del Libro del 2015 en los Estados Unidos. Dice Johnson: “La vida está llena de sucesos: pasan y tú te adaptas, te apañas como puedes y sigues adelante, pero de vez en cuando (…) comprendes que hay sucesos que en realidad son acontecimientos. Si alguien deja un chaval en tus manos, acabas de darte de bruces con un acontecimiento. Si tu ex desaparece, no lo puedes ignorar como si nada, eso es un acontecimiento serio. A veces hay cosas que parecen acontecimientos dramáticos –te embargan los ingresos, tu viejo te manga el coche y se larga de la ciudad (…)-, pero con el tiempo te adaptas, encuentras otra forma de hacer lo que venías haciendo y te das cuenta de que en el fondo no te han hecho descarrilar. Que no eran más que sucesos”.

Esta distinción entre sucesos y acontecimientos y lo conveniente que en muchos momentos de la vida resulta distinguirlos porque es frecuente que se presenten enmascarados unos de otros, la deseché desde un principio para tratar de comprender la elección de secretario general socialista, prevista para el próximo domingo. Creo que acerté: no es necesario para este asunto andar con esas sutilezas y mucho más después de ver ayer [por el lunes 15] el debate entre los tres candidatos. Era imposible no percibir que lo que en aquella habitación se cocía (los tonos rojizos del decorado remitían a una cierta lumbre) era, sobre todo, el afilado afán de que el lunes que viene no llegara la paz a la calle Ferraz, sino la victoria. Por todo eso, es inútil preguntarse si la elección de Susana Díaz o de Pedro Sánchez al frente del partido socialista (descarto la posibilidad de victoria de Patxi López con pesar: es el único de los tres que para mí no desmerece el cargo) será un suceso o será un acontecimiento.

Esa pregunta podría haber sido pertinente en otras circunstancias; y también en otras circunstancias la respuesta obvia hubiera sido que la elección en primarias del secretario socialista es simplemente un suceso, es decir, una de esas cosas que pasan y a las que los militantes, el partido en su conjunto, se adapta sin que nada descarrile. Pero comoquiera que no hay ningún indicio que haga presagiar que después de la elección de Pedro o de Susana ese partido retomará el rumbo sin tensiones internas (al contrario: algunos vaticinan una fractura inminente; y hasta una escisión), la respuesta no puede ser otra que lo que va a ocurrir el domingo será un acontecimiento para el PSOE.

Porque el mal ya está hecho: el problema no es que gane Pedro o gane Susana; el problema es que Pedro y Susana se hayan presentado. Una vez formalizadas sus candidaturas, el resultado será el mismo: si gana Pedro habrá ganado el PSOE de Pedro sobre el de Susana; si gana Susana, será el PSOE de Susana el que haya ganado sobre el de Pedro. Gane uno u otra, el partido socialista perderá y se habrá dado de bruces con un acontecimiento funesto. Cuyas consecuencias no pagará sólo el partido socialista.

 

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Que se comprometan otros
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Antonio Tinoco Ardila | 10-05-2017 | 06:37| 0

Hubo un tiempo en que había una izquierda comunista cuya seña de identidad era, por encima incluso de su aspiración a hacer la revolución, su antifascismo. Casi todo podría suceder en aquel tiempo, pero lo que garantizaba esa izquierda que no habría de suceder nunca más mientras tuviera un aliento de vida era el renacer del fascismo: darle una oportunidad, aunque fuera por remota omisión, a que la bota se desperezara era considerado la mayor traición que se podía asestar a su ideología. Era aquella izquierda comunista que llevaba el ‘No pasarán’ en la masa de la sangre.

Me pregunto si ahora existe esa izquierda. Y no es una pregunta retórica. Es, sobre todo, una pregunta dolorosa: el mero hecho de formularla es un indicio, más que de duda, de tribulación. Y es que la respuesta a la pregunta: ‘¿existe una izquierda que se reclama comunista y que, al mismo tiempo, no sea antifascista?’ es, por desgracia, afirmativa: ‘sí, existe. ¿Un ejemplo palmario en los últimos días? La que representa la Francia Insumisa’, el partido de Jean Luc Mélenchon, el político que aglutinó casi el 20% de los votos en la primera vuelta de las Presidenciales de Francia (quedó cuarto, a apenas 2,5 puntos de la segunda posición) y que optó por aconsejar a sus seguidores el voto blanco o nulo en la segunda y definitiva vuelta entre el europeísta Emmanuel Macron y la neofascista Marine Le Pen. Afortunadamente, más del 40% de los votantes de Mélenchon en la primera vuelta no le hicieron caso y optaron por el único voto anti-Le Pen que se podía depositar en las urnas de Francia el pasado domingo: el voto a Macron.

No encuentro ni una sola razón de las esgrimidas por Mélenchon para ponerse de perfil ante la posibilidad cierta de que Francia fuera gobernada por una admiradora de Pinochet y de Trump. Tampoco sé si se sentirá juzgado por la Historia, si es que tiene interés en dar a su posición política en estas últimas semanas una perspectiva histórica, pero es muy difícil que se borre la evidencia de que lo que ha hecho el líder de La Francia Insumisa, que se proclama a la izquierda del partido socialista, es sencillamente un oprobioso ejercicio de equidistancia. Como si fuera lo mismo una Francia abierta a Europa que una Francia que diera un trato distinto a las personas en atención a su nacionalidad o color de piel.

Llega un momento en que los espíritus puros empiezan a dar miedo. Porque su aversión a mancharse con el barro de la realidad los convierte en aliados de los que se atribuyen la condición de heraldos del paraíso que –no falla nunca, la Historia es pródiga— acaban con la convivencia a base de hacerlo obligatorio. La actitud de estos inmaculados es la misma que la del irresponsable: que se comprometan otros. Que sean otros los que se encarguen de impedir el paso a los nuevos fascistas, que yo voto en blanco o no voto. Se trata de un comportamiento, por lo que se ve, pregonadamente muy de izquierdas, pero, mal que les pese a sus adeptos, calcado al del propietario absentista (vulgo, señorito): que trabajen otros. Yo me abstengo.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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