Hoy

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¿Hablemos?
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Antonio Tinoco Ardila | 11-10-2017 | 05:44| 0

El pasado sábado salieron a la calle miles de personas bajo un eslogan políticamente imbatible desde el punto de vista democrático: ‘hablemos’. La democracia es, por definición, el sistema político que trata de encauzar los conflictos mediante la negociación y el acuerdo y que, por esa razón, sacraliza la palabra hasta el punto de que no puede existir democracia sin libertad de hablar. Por eso exhortar a discutir, a acordar, a negociar… siempre va en la dirección de mejorar la democracia y la convivencia. Estoy seguro, además, de que la mayoría de quienes salieron a la calle manifestándose a favor del diálogo para solucionar la crisis de Cataluña –ese era el sentido de la invocación a hablar que justificaba el eslogan—lo hicieron convencidos de que sólo el diálogo puede solucionar ese conflicto. Yo estoy de acuerdo. Ya lo he dicho otras veces: los españoles tenemos que firmar un nuevo contrato que incluirá cambios con respecto a Cataluña y eso, necesariamente, tiene que lograrse hablando sin desmayo.

Sin embargo, creo que esas manifestaciones tan bienintencionadas del sábado se equivocaron porque dialogar no es confrontar ideas en el éter: el diálogo requiere de un espacio en el que los interlocutores estén en un plano de igualdad para que su resultado no sea una imposición –que es lo contrario al diálogo– de una parte sobre otra. ¿Llamaríamos diálogo a la conversación que entablan un secuestrador y su víctima para establecer los términos del pago del rescate, a pesar de que puedan ponerse de acuerdo sobre cómo entregar el dinero con el que el secuestrado compra su libertad? Pues, salvando las distancias, pedir que el Estado dialogue (es decir, que negocie una salida de común acuerdo) con la Generalitat de Cataluña sin que esta previamente vuelva al ordenamiento constitucional del que voluntariamente se ha ido es, en primer lugar, regalarle a la Generalitat un estatus que de ningún modo tiene, el de interlocutor de un gobierno con el que se podrá disentir hasta el tuétano pero que no ha roto el marco legal. En segundo lugar, es admitir que violar la ley tiene premio: el de colocar al gobierno catalán en la posición ventajista de forzar una negociación que sólo trabajosamente y muy despacio tal vez alcanzaría si defendiera sus aspiraciones sin romper la ley. Eso fue lo que, fuera o no su intención, hicieron los miles de personas que salieron el sábado a la calle proponiendo que hablemos: respaldar en la práctica a Puigdemont, decirle que pasar por encima de la Constitución y el Estatut no sólo no compromete su legitimidad sino que, ya puestos, la refuerza.

¿Hablemos? ¡Claro que sí! La democracia es hablar. De todo. ¿Pero se puede hablar con alguien que ayer, en la sesión del Parlament, insistió en romper con el Estado de derecho que lo ha amparado? ¿Se puede hablar con quien ejecuta un acto de fuerza declarando la independencia de Cataluña sin el más mínimo soporte legal, aunque luego pida su suspensión para dar, beatíficamente, una oportunidad al diálogo? En una democracia no se puede dialogar con cualquiera, sino con quien se haya ganado el derecho a sentarse a la mesa del diálogo. Y ese derecho sólo lo tiene quien cumple las normas. Fuera de ellas reina la soledad y el silencio.

 

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No reconozco mi patria
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Antonio Tinoco Ardila | 04-10-2017 | 06:16| 0

A la hora de escribir estas líneas no sé qué país tengo. Tampoco sé cómo será cuando, pocas horas después de escribirlas, lleguen estas líneas al lector: tantas cosas pueden cambiar en tan poco tiempo. Desde el domingo ando como un perro apaleado. No reconozco mi patria. Mi generación –la generación de quienes amanecimos a la mayoría de edad cuando Franco se murió y que pertenecemos de lleno a la de la Constitución del 78—sólo ha conocido la mejor versión de España y eso, aunque parezca mentira, es en estos momentos un problema. Porque hasta el domingo no habíamos pasado por la experiencia, tan frecuente en nuestra historia, de un fracaso colectivo. Las dificultades que se nos han ido poniendo en el camino las hemos ido sorteando: dejamos ejemplarmente atrás la dictadura, vencimos en un pispás el 23-F, derrotamos, aunque fuera tras mucho sufrimiento, a los terroristas. Hemos alumbrado una sociedad libre, un Estado de derecho, un país como nunca lo había sido en prosperidad e igualdad. Incluso se nos ha puesto de ejemplo ante el mundo por todo lo logrado en tan poco tiempo y por la manera en que lo hicimos.

Pero lo ocurrido el domingo ha hecho que me dé de bruces contra la realidad: ese éxito nos ha hecho complacientes con nosotros mismos. Creíamos –yo nunca lo creí y lo he escrito, pero eso ahora no importa: hay que ser leal: creíamos– que nos bastaba con aplicar las leyes. Ya se ha visto que no, porque sólo con las leyes el domingo sufrimos una derrota en toda regla. Más dolorosa porque nos ganaron ‘los malos’: los insolidarios, los supremacistas, esos a quienes el conjunto de los españoles les hemos consentido tener más derechos: por ejemplo, que puedan venir a emplearse en nuestra Administración pero nosotros no ir a emplearnos en la suya porque nos colocan la aduana de su lengua autóctona. Hasta eso les hemos consentido; no sólo les dimos nuestros brazos y nuestras inversiones para que prosperaran a nuestra costa. Qué triste paradoja: los mimados del Estado son los que se sienten ofendidos. Y qué doloroso: han sido esos los que nos han vencido.

Pero de nosotros todavía depende salir victoriosos de este difícil trance. Es mi consuelo. ¿Cómo? De la única manera que deberíamos hacerlo los dignos hijos de la Constitución del 78: con más democracia. A los anti-demócratas, a los que pasan por encima de las leyes y de más de la mitad de la gente de Cataluña, sólo hay una manera definitiva de ganarles: no con policías, sino con democracia; no con consultas vergonzantes, sino con un referéndum con todas las garantías, en pie de igualdad, con las oportunidades de expresión de los partidarios de la convivencia con España intactas. Cambiemos la Constitución para que permanezca: demos a los catalanes hijos del 78 la oportunidad de pararles los pies a los tramposos, a los que ni saben porque no quieren contar votos. Hagamos que los cuenten. No olvidemos que los que no creen en la democracia siempre nos ganarán si el partido se juega en condiciones sucias: basta recordar el domingo. Hagamos de nuevo reconocible esta patria democrática que tanto nos ha costado construir.

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La izquierda que el nacionalismo necesita
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Antonio Tinoco Ardila | 27-09-2017 | 05:55| 0

Es tal la maraña informativa en torno a la actualidad catalana que ha pasado inadvertido que el jueves 21 sindicalistas históricos de las Comisiones Obreras y UGT catalanas y antiguos dirigentes del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y del PSC se reunieron en ‘Las cocheras de Sants’ de Barcelona ante un millar de personas y difundieron un manifiesto de rechazo al referéndum del 1-O y en apoyo a la permanencia de Cataluña en España. Dijeron que esa consulta es una trampa nacionalista y que Cataluña no ha vivido mejor época en su historia que con la Constitución y el Estatut. En la reunión se oyeron cosas como “los problemas de un trabajador de Vic son los mismos que los de uno de Soria, nada le une a un rentista del Paseo de Gracia”.

Desgraciadamente, son palabras que suenan a batallas del abuelo y a las que nadie presta atención en Cataluña. ¿A quién se le ocurre hablar en estos momentos en que los símbolos más codiciados son las banderas de que la solidaridad entre los trabajadores está por encima de las rayas en el mapa? Las imágenes de esa reunión reforzaban la impresión de mensajes de otra época, toda vez que mostraban a gente cuya edad media frisaría los 70 años, gente orillada cuando no a trasmano ya de la corriente dominante, esa que tan irresponsablemente ha puesto a Cataluña en rumbo de desastre.

Pero lo dramático no es que no se les oiga, sino que entre la autoproclamada izquierda –para entendernos el Podemos de Pablo Iglesias y los ‘comunes’ de Ada Colau–, que reclama el mismo espacio que en otro tiempo tuvieron los reunidos, se haga todo lo posible para no escucharlos. Lo han demostrado con Joan Coscubiela, de quien el jefe de Podemos en Cataluña, Albano Dante, se apresuró a descalificarlo después de oír en el Parlament su defensa de la legalidad y de los derechos de las minorías. Aquel fue un discurso decente y que Dante no se sintiera representado por él lo retrata. Y yo lo entiendo: escuchar a Coscubiela o a Luis Romero (ex dirigente del PSUC de 87 años, que sufrió años de cárcel con Franco y que estaba en ‘Las cocheras de Sants), les escuece porque esa gente mayor es la voz que los pone frente al espejo que les devuelve la imagen que están dando de tontos útiles del nacionalismo.

Y es que no hay nada de lo que está pasando en Cataluña que produzca tanto estupor y tanta tristeza como ver de qué manera se está comportando esa pretendida izquierda ideológicamente tan perdida que hasta el nacionalismo le ha comido la oreja.

Nada ha habido en España más revolucionario desde que se murió Franco que la Constitución del 78. Y nada hay más revolucionario en el día de la fecha que defenderla porque hacerlo es la única manera legítima de pretender cambiarla. Eso es lo que proclamaron los reunidos en ‘Las cocheras de Sants’, gente que si tuviera espacio político en Cataluña nunca se hubiera permitido el nacionalismo sentirse tan sobrado de fuerzas que soñara con apropiarse de la voluntad de todo el país. Ha hecho falta para que eso llegara una izquierda con la cabeza vana, oportunista, codiciosa. La izquierda que el nacionalismo necesita, hecha a su imagen y semejanza.

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Tauromaquia
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Antonio Tinoco Ardila | 20-09-2017 | 04:59| 0

Michael Moore, uno de los directores de documentales de Estados Unidos más conocidos en el mundo y cuyos trabajos tienen la virtud de crear siempre polémica, hizo un documental en el 2004, –muchos lo recordarán porque tuvo un enorme éxito: se titulaba ‘Fahrenheit 9/11’ y con él logró la Palma de Oro en el Festival de Cannes— sobre las relaciones de amistad y de negocios petroleros del expresidente norteamericano George Bush con la familia real saudí e incluso con la familia de Osama Bin Laden, quien tres años antes se hizo responsable del mayor atentado terrorista de la Historia: el de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre del 2001.

De ese documental se ha quedado en mi memoria su impactante y simple inicio: durante los primeros minutos de ‘Fahrenheit 9/11’, lo único que nos muestra Michael Moore es la cara de George Bush cuando se entera de que unos terroristas han estrellado dos aviones contra el Trade World Center. Bush, esa mañana, estaba de visita en una escuela infantil de Florida en la que los niños lo recibieron recitando cuentos y poesías. En un momento, su jefe de gabinete se acercó y le dijo al oído que su país estaban siendo atacado. El presidente reaccionó al mensaje sin hacer ningún gesto ostensible, apenas se mordió los labios y sus ojos adquirieron un tono perdido. Tras unos segundos, alcanzó el libro de cuentos ‘Mi mascota la cabra’ que tenía sobre la mesa, lo abrió y se puso a leerlo como si nada extraordinario ocurriera en la nación de la que era presidente.

Considero que esos minutos (no llega a cuatro) son una cumbre del periodismo: son un retrato implacable de la talla política de George Bush. Las imágenes se conocían desde el mismo 11 de septiembre de 2001, pero ningún periodista supo verlas del modo que las vio el documentalista Moore cuatro años después: en el contexto preciso en que fueron tomadas. Desde entonces, esas imágenes son, para mí, el insistente recordatorio de que uno de los mayores retos del periodista es saber mirar.

Escribo este largo preámbulo porque en los últimos días he tenido la misma sensación que tuve cuando vi ‘Fahrenheit 9/11’ en el año 2004. Y también con un documental. En este caso con ‘Tauromaquia’, del fotoperiodista Jaime Alekos. ‘Tauromaquia’ cuenta lo que le pasa al toro en la fiesta de los toros, desde que sale de los toriles hasta que lo desuellan en la misma plaza tras arrastrarlo las mulillas. Su valor reside en que, como en el caso de la cara de George Bush en la escuela infantil de Florida, Alekos cuenta lo que está a la vista de todos cada vez que hay una corrida y que, hasta ahora, nadie había mostrado. Él lo ha sabido ver. Alekos no juzga, ni siquiera hace un documental antitaurino: sólo expone. Pero puedo asegurarles de que de esa exposición no se sale indemne. Se equivocarían si creen que mi intención al contarles esto es echar mi cuarto a espadas contra las corridas de toros. No. No me apunto a las prohibiciones. Y ni siquiera tengo claro que no me gusten las corridas. Entiendo que puede haber arte en el toreo. Sólo digo que ves ‘Tauromaquia’ y ahí encuentras el dolor del toro que, a tenor de cómo se expresan muchos aficionados, no parece que exista. Existe.

 

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Adelantando el futuro
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Antonio Tinoco Ardila | 13-09-2017 | 07:07| 0

Durante las primeras horas de la mañana del pasado jueves, la Cadena Ser difundió un dato que me llamó la atención: los periódicos Times y Guardian y Washington Post y New York Times, que son los de referencia en Gran Bretaña y Estados Unidos, habían dado en sus ediciones del día más relevancia informativa a que la gerundense Pilar Abel no es hija de Salvador Dalí, según los resultados de la prueba de cotejo de su ADN con el de los restos del pintor, que a la aprobación de la Ley del referéndum de autodeterminación de Cataluña, a pesar de que significaba el inicio de una de las crisis políticas más importantes desde la recuperación de la democracia en España.

La decisión de dar mayor relevancia al asunto de la paternidad del artista sobre la turbulenta sesión del Parlament del día anterior no parecía improvisada en el caso de los periódicos americanos porque sus corresponsales en nuestro país habían optado por ocuparse personalmente del chasco que se ha llevado Pilar Abel al no poder llevar el apellido del genio de Figueras (y sobre todo, imagino, al no poder hacerse con el 25% de la herencia, que correspondía a la legítima), mientras que habían dejado que fueran las agencias las que contaran cómo los diputados de Junts Pel Sí y la CUP, capitaneados por Carme Forcadell, se ponían la democracia por montera y sumían a Cataluña en el oprobio.

La valoración informativa que hicieron los cuatro ilustres periódicos ese día me pareció de inmediato un notable error; incluso una falta de respeto hacia nuestro país. Pero con el paso del tiempo he ido cambiando de opinión: el primer paso de esa mudanza lo di pronto: cuando caí en la cuenta de que también podría ser un notable error por mi parte meterme a juzgar desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, lo que esos periódicos consideran de mayor o menor interés para sus lectores, y concluí que había que dar por bueno su criterio a pesar de que, por muy incomprensible y doloroso que me pareciera, ese criterio apuntaba a que los británicos y los estadounidenses estarían más interesados en lo que de noticioso haya en torno al ilustre catalán Salvador Dalí, aunque no tenga que ver con su pintura, que en los ruidosos esfuerzos por nacer que hace la República de Cataluña y sus consecuencias para el conjunto de España e, incluso, para la Unión Europea.

Ahora, días después y viendo que el ‘Catalexit’ no logra prender en las agendas de los medios informativos internacionales en el sentido que les gustaría a Forcadell, Junqueras, Puigdemont y sus compañeros de ruta, me pregunto si todo se debe a que esos periódicos dieron un ejemplo de buen periodismo, que es aquel que nos adelanta el futuro, en el que siempre será más interesante conocer cualquier pormenor relacionado con Dalí que con esta aventura alucinógena en busca de la independencia de Cataluña como si fuera El Dorado, que está deviniendo en una nueva versión de la locura equinoccial de Lope de Aguirre, y que, por tratar de ser impuesta pasando por encima de la democracia, tiene ya su destino escrito: el de acabar con sus banderas en el polvo de la irrelevancia.

 

 

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Complacidos con el silencio
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Antonio Tinoco Ardila | 06-09-2017 | 10:10| 0

Créanme que busco algo a lo que agarrarme para no admitir que agosto ha sido uno de los meses más aciagos que ha vivido nuestro país. Me esfuerzo en la búsqueda, pero no lo encuentro. Bastaría para considerarlo así los atentados de Barcelona y Cambrils, que se han llevado por delante la vida de 16 personas entre las víctimas y de ocho miembros del comando terrorista, a seis de los cuales mató la policía. Pero no me refiero a los atentados en sí mismos, sino a que han traído consigo daños colaterales de los que hasta ahora nos habíamos salvado. En ese sentido, estos no han sido unos atentados como otros: han sido unos atentados que han provocado heridas nuevas.

Y no son esas heridas nuevas la división después de la matanza o el miserable aprovechamiento que se ha hecho de los muertos, pues ambos son fenómenos conocidos por aquí tan de antiguo que constituyen ya un género al que hay partidos que prestan tanto interés que parecería que por sus cañerías circulan manuales tendentes a lograr el máximo beneficio en el mercado de la infamia. En este sentido, únicamente a los ingenuos de profesión debió sorprenderles que el independentismo –una parte de él activamente y banderas al viento y otra farisaicamente mirando para otro lado y dejando hacer–, interpretara el homenaje a los muertos como una ocasión para hacer patente que hasta el hilo de unión de la solidaridad humana con quienes dejaron su vida en las Ramblas estaba justificado que ardiera en el altar de la futura República de Cataluña. ¿Qué otra cosa podría esperarse de un país tan fértil para el oportunismo rencoroso como el nuestro sino hacer de una marcha contra el terrorismo un ‘spot’ a favor, en este caso, de la independencia?

Cuando digo que estos atentados han provocado heridas nuevas me refiero a que como consecuencia de ellos se ha producido un fenómeno inédito que atañe a la calidad de la democracia y, pido excusas por la redundancia, a la libertad de información. Porque el atentado de Cataluña ha hecho visible, con una crudeza desconocida hasta ahora, la quiebra de lo que los periodistas hemos considerado siempre como la idea que da sentido a esta profesión: los hechos no se ocultan. La difusión, al día siguiente del atentado, de una imagen general de las víctimas esparcidas en las Ramblas (una imagen informativamente impecable puesto que informaba a la sociedad del alcance de la tragedia sin violentar la intimidad de ninguna) y, en los últimos días, el aviso que en mayo hizo la CIA a los Mossos de que podría haber un atentando en ese lugar, han sido contestados, no por los Mossos, por los partidos catalanes o por ciudadanos en las redes, sino ‘desde dentro’ de la profesión periodística. Lo ocurrido tiene importancia. Porque se ha roto el consenso en torno a los hechos. Desde el 17-A hay periodistas que defienden que a la opinión pública hay que proporcionarle, mejor que la realidad, sucedáneos de la realidad, cuando no sencillamente callar. El 17-A ha revelado que hay periodistas no sólo complacidos con el silencio, sino complacientes con quienes lo abanderan.

 

 

 

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La cultura viene en Leda*
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Antonio Tinoco Ardila | 24-08-2017 | 17:33| 0

No lo puedo evitar: cuantas veces pase por aquel cabezo, por la cuesta que me lleva al cambio de rasante que yendo a Táliga desde Valverde de Leganés aboca a encontrarte con la cancilla de entrada de la finca de La Chimenea, me acordaré del Leda, el autobús de línea de Badajoz a Oliva de la Frontera que hacía parada, además de en las nombradas, en Higuera de Vargas y Zahínos.

Y de aquel Leda, cuantas veces pase por ese cabezo así viva cien años, me acordaré de Julián, el cobrador, que nos traía el periódico todas las tardes a los que vivíamos en Mantillón, la finca de enfrente de La Chimenea.

Digo ‘vivíamos en Mantillón’ y no es verdad, en aquella finca yo sólo pasaba semanas durante los veranos, pero hacía tantas cosas allí –contaba las ovejas, recogía los huevos, limpiaba las lámparas de carburo, ordeñaba torpemente si me dejaban, tenía controlados los nidos de las rulas, cabreaba a los gansos hasta que me atacaban y tenía que salir pies para que os quiero, me revolcaba en la niara, ponía el garlito en la torrentera de la ribera, me bañaba acosado por las avispas en la alberca de fondos de légamo y agua helada, pintiparaba el papel de pardillo cuando el señor Román me llevaba a cazar gamusinos…– hacía tantas cosas en Mantillón que nadie podría decir que no era uno más de los que vivía allí y que sólo estaba de visita.

Una de las obligaciones que mi tío Manolo me había encomendado era ir por el periódico, así que cuando daban las cinco y veinte cruzaba la cerca de detrás del cortijo y me iba para el cabezo. El Leda llegaba, si no traía demora, a las cinco y media. Lo veía subir por la larga recta y a medida que se acercaba se iba pareciendo cada vez más a una ballena cansada. Se le notaban tanto las fatigas que había un momento a mitad de la cuesta en que, después de un esfuerzo, el motor callaba y se oía el cambio de marchas como si fuera un saco de huesos. Durante ese segundo todo el campo quedaba en suspenso y del aire se adueñaba una inminencia de catástrofe: el temor a que los engranajes no engranaran y se desbaratara el motor. Pero luego el autobús se rehacía, recobraba la compostura y cuando llegaba hasta mí, vencido el trago, era como un ogro ufano cuya velocidad acompasaba a la carrera de un niño.

Justo entonces se asomaba Julián. Abruzado sobre la ventanilla sacaba el brazo y extendía el periódico. Casi siempre caía al suelo, pero había veces que yo lo cogía de su misma mano, como se pasan el testigo los corredores de una carrera de relevos. Esas veces, con el periódico empuñado, tenía tiempo para ver cómo Julián se alejaba sonriendo y diciéndome adiós con los dedos extendidos. No sé por qué, -o quizás sí lo sé, pero esa es otra historia– ese instante de contacto, la sonrisa de Julián y su despedida mientras el autobús se perdía envuelto en humo en el cambio de rasante, lo guardo en mi memoria con la misma emoción como se guardan las gotas de un milagro.

Había veces en que me retrasaba. O el Leda se adelantaba a su horario y cuando llegaba el autobús al cabezo yo todavía no estaba. Entonces veía cómo Julián tiraba el periódico lo más lejos posible de la carretera para que no lo pisara algún coche , y si hacía viento cogía vuelo y luego se desmadejaba de modo que era como si de la estela del autobús surgiera un barullo de pájaros bobos, las hojas sueltas cayendo aquí y allá, unas en La Chimenea, del otro lado de la carretera; otras en Mantillón. Puedo verme ahora mismo, con cincuenta años menos, recogiendo las hojas y poniéndolas en orden: la primera, la de las páginas 1,2,23 y 24; la segunda, la de las páginas 3,4,21 y 22 y así sucesivamente hasta completar el ejemplar y llevarlo, como recién estrenado, al cortijo.

Lo dejaba en la cantarera y si me hubiera puesto a acechar habría reparado en que parecía que no, pero siempre había alguien esperándolo. Por ejemplo, la señora Isabel, que disimulaba: iba, venía, colocaba algo en una repisa, rebuscaba en un cajón, entraba en la despensa, salía… hacía la serena por allí dando vueltas como los repiones y cuando pasaban algunos minutos decía que estaba cansada, arrimaba una silla a la puerta del cortijo buscando la luz, cogía el periódico de la cantarera, se sentaba y se ponía a ojearlo. La señora Isabel se interesaba por las letras gordas y por las fotos. Leía despacio, bisbiseando, como quien reza. Y se ayudaba del índice, que iba deslizando debajo de las palabras. De vez en cuando hacía un comentario para sí misma y movía la cabeza. Para pasar las hojas se ayudaba del pulgar, que untaba en la saliva de la punta de la lengua.

Pero cuando el periódico triunfaba era después de cenar. No había electricidad entonces y cenábamos a la luz de los carburos. El carburo hace una claridad de leche pero muy insuficiente para leer. Por eso mi tío Manolo, cuando estaba recogida la mesa, cuando ya no quedaba nada por hacer, iba a la cabana a por el fanal de gas. Daba una luz tan intensa que cuando lo encendía y lo colocaba encima del topetón de la chimenea parecía como si en la cocina del cortijo brotara el día. Era en ese momento cuando mi tío extendía el periódico encima de la mesa y se ponía a leerlo. Lo hacía en voz alta. Primero los titulares de la primera página. Y después los textos. Lo leía todo, página por página, porque se gustaba oírse y también porque tenía un auditorio atento. La señora Isabel y el señor Román, siempre. Y casi todas las noches Ramón y Guillermo, dos hermanos de Olivenza que vivían en una casa al lado del cortijo y, en cuanto cenaban, se acercaban a oír las noticias. Alguna vez mi tío me dejaba leer y yo me enfrentaba al periódico sin saber muy bien qué cosas decía, pero fuera lo que fuera y sólo por la densa atención que en ese momento me prestaban todos, aprendí que algo había allí de un valor que no ha dejado de acompañarme en toda mi vida.

Por eso cuando me preguntan ¿qué es la información?, incluso ¿qué es la cultura?, mi recuerdo se va al cabezo de la carretera entre Valverde de Leganés y Táliga, al Leda y a Julián, el cobrador, tirándome el periódico, a aquellas noches de verano. No he asistido a un acto cultural más intenso y seguramente que más consecuencias haya tenido para mí en mi vida que aquel al que nos convocaba el periódico –el periódico HOY, para más señas– en la finca de Mantillón y al que acudíamos cinco adultos y un niño con la devoción con que se comparte una eucaristía. No encuentro mejor forma de responder a esas preguntas. Quizás sea una explicación que sólo sirva para mí y para nadie más. En ese caso pido disculpas al lector por hacerle perder el tiempo con estas cosas mías de hace tantos años ya.

 

*Este texto se ha publicado en la Agenda correspondiente a septiembre-octubre de la revista ‘Ámbito Cultural’, de El Corte Inglés de Badajoz

 

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Unas palabras que me encantaría comerme
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Antonio Tinoco Ardila | 02-08-2017 | 06:30| 0

El pasado miércoles, el Pacto por el Ferrocarril acordó convocar una manifestación en Madrid, aún sin fecha pero en todo caso el próximo octubre, para exigir un ferrocarril para nuestra región a la altura de la fecha en que vivimos. Dio la casualidad de que el anuncio se hizo después de que en días anteriores coincidieran en los trenes que conectan (cuando lo hacen) Extremadura y Madrid averías, retrasos, incomodidades hace décadas olvidadas en otras partes de España… incluso un accidente mortal, que colocaron en el primer plano de la actualidad las indignas condiciones en que el Estado presta en Extremadura el servicio ferroviario.

Sin embargo, no sé si de haber estado yo en la reunión del Pacto hubiera votado a favor de esa manifestación en octubre. Pero no porque no esté de acuerdo con ella, sino precisamente por estarlo sin la menor reserva. Protestar en Madrid no es cualquier cosa. Protestar en Madrid para exigir que ferroviariamente hablando se nos deje de considerar de una vez y para siempre algo así como una reserva india es tan importante, puede ser tan decisivo, que la manifestación de Madrid tiene que ser entendida como la expresión inequívoca de la movilización total de los extremeños. Madrid es una bala que, si se gasta en balde, rebota. Hay que dar en el blanco y hacerlo es conseguir que la capital del reino, es decir el Gobierno de España y el Congreso y el Senado, oigan como un estruendo la voz de Extremadura.

¿Pero estamos en condiciones de hacerlo? De esta pregunta nacen mis dudas. No sobre la manifestación, no sobre su necesidad, sino sobre nuestra capacidad de impacto. Porque ya nos hemos manifestado por el tren en las ciudades extremeñas más pobladas y lo que hemos visto es que, a pesar de que han sido de las más numerosas de los últimos años, esta reivindicación no ha alcanzado al conjunto de los ciudadanos. Si no nos hemos manifestado a la puerta de nuestras casas en la medida que el asunto merece, ¿vamos a poder hacerlo en Madrid? Y es que ¡Tren digno, ya!, el eslogan que aglutina esta exigencia, todavía es un asunto de las élites políticas y de la minoría ciudadana informada: insuficiente para dar un puñetazo en medio de la Castellana.

Me encantaría que en octubre estuviéramos en Madrid decenas de miles de extremeños exigiendo el tren. Me encantaría mucho más si la movilización sobre el tren digno llegara a ser no la movilización sobre el tren digno, sino la ocasión en que Extremadura midió sus fuerzas y descubrió de una vez que tiene las suficientes para levantarse definitivamente del suelo. Ojalá el tren termine siendo el pretexto para empezar a exigirle al Estado que salde la larga cuenta del olvido que tiene contraída con esta tierra, pero me temo que en un par de meses no vamos a conseguir superar lo que con tino Javier Figueiredo llamó hace días en este periódico ‘el síndrome de Theon Greyjoy’, ese personaje de ‘Juego de Tronos’ que, incapaz de rebelarse, se ha hecho a vivir sometido a las crueldades del amo. Ojalá me equivoque. Ojala tenga que comerme estas palabras. Me encantaría hacerlo pisando firme en la Castellana.

 

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Los acosos disculpados
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Antonio Tinoco Ardila | 26-07-2017 | 04:37| 0

El pasado jueves apareció en televisión un grupo de fotógrafos, camarógrafos y reporteros. Todos corrían, se daban codazos, tropezaban entre sí. Nada que no hubiera visto otras veces. En esta ocasión el objeto del interés de aquel enjambre resultó ser una muchacha que trataba de esquivarlo como podía. Cuando apareció su cara en la pantalla había en ella miedo y un gesto de resignada derrota. La muchacha era Andrea Janeiro, hija de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban, que ese jueves cumplía 18 años y, por tanto, abandonaba su condición de menor. A partir de ese día ya se podía difundir su imagen, un acontecimiento que, a tenor del afán del enjambre por retransmitirlo, debía tener pendientes a millones de españoles. Seré raro, pero yo allí no era capaz de ver otra cosa que acoso. Un acoso doloroso incluso para mí porque los acosadores conforman la imagen que millones de personas identifican con el oficio del periodismo. Y sobre todo doloroso para la víctima porque su queja, si la expresa, no obtendrá el amparo de nadie: esta muchacha, por ser hija de quien es, sufrirá el acoso que quieran los acosadores, que están socialmente disculpados.

Es llamativa la vara de medir que empleamos ante el acoso. Estamos vigilantes, como debe ser, ante el que sufren los niños en la escuela de manos de los alevines de matones, pero hasta implícitamente lo jaleamos porque lo hacemos objeto de consumo cuando ese periodismo de cloaca persigue a gente; incluso a los que acaban de dejar su condición de niños y estrenan mayoría de edad con el primer episodio del acoso que les espera.

Al día siguiente del acoso a Andrea Janeiro, Julia Timón, la concejala de Ciudadanos en Badajoz, sufrió un escrache. De madrugada, un grupo de personas se concentró ante la puerta de su casa para criticarle su apoyo a los Presupuestos municipales. En Badajoz ha arraigado un matonismo que campa a sus anchas en las redes sociales. Deberíamos tratar de evitar que el escrache a Timón sea la inauguración de un peldaño más en su escalada y que, por falta de coraje o por cálculo político, también lograra entrar en la lista de los acosos disculpados. Hasta ahora, PP y Ciudadanos han sido el objeto de sus escarnios, algunos tan miserables como hacer burla de un problema de salud sufrido por el alcalde, fíjense qué se llega a entender por crítica política. Se equivocarán PSOE y Podemos si piensan que como no son ni el PP ni Ciudadanos el asunto no va con ellos. Los matones ni tienen ideología ni obran por lealtad. El único idioma que entienden es el de la sumisión, de tal manera que sólo quedan a salvo de sus acciones quienes les ríen las gracias y quienes les dejan hacer. El pleno del pasado viernes fue una magnífica ocasión para que, como hizo Francisco Fragoso, Ricardo Cabezas y Remigio Cordero hubiesen puesto pie en pared ante los acosadores de Julia Timón. Lo hicieron después, y estuvo bien, pero hubiera estado mejor si lo hubieran hecho en el Pleno, el órgano donde se discuten las cosas que importan al común. Y es que no podemos dar ni un centímetro de ventaja a los acosadores porque, si se sienten disculpados, pasito a pasito y casi sin darnos cuenta harán que la democracia se nos vaya por el desagüe.

 

 

 

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¿Por qué se callan?
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Antonio Tinoco Ardila | 19-07-2017 | 05:41| 0

Imagino que, como yo, ustedes estarán siguiendo con preocupación lo que ocurre en Cataluña. Yo, además, estoy perplejo. Y no alimenta mi perplejidad las tensiones en el Govern, esos cambios de consejeros de un día para otro, esa inquietante pureza de sangre independentista que se les exige últimamente.

No estoy perplejo por eso. Estoy perplejo por el silencio. Porque en medio del fragor de los independentistas cada vez es más audible el estruendoso silencio de los que no lo son. Que, además, voto sobre voto y hasta la fecha, son mayoría.

De todas las preguntas que surgen a raíz del proceso independentista de Cataluña, la que me parece más preocupante es esta: ¿por qué no han dicho hasta la fecha esta boca es mía quienes no quieren la independencia o, por lo menos, ‘esta’ independencia? ¿por qué se callan? Como si no sobraran los motivos para decir ¡basta ya! ante el abuso que supone que una mayoría parlamentaria pero minoría electoral esté birlándoles la comunidad, secuestrándoles el Parlamento, elaborando leyes que eliminan la separación de poderes, amenazando a los medios de comunicación que no defiendan lo que ellos defienden con el ardor que ellos quieren que lo defiendan… Lo que ha trascendido sobre el edificio jurídico del futuro estado catalán es para echarse a temblar. No por independentista, sino por antidemocrático. ¿Entonces, por qué se callan los que callan, que no son precisamente súbditos atemorizados de una república bananera, sino ciudadanos libres de una comunidad desarrollada y culta que, en términos históricos, ayer mismo por la tarde estaban defendiendo en las calles la libertad y el autogobierno? ¿A qué viene ahora este silencio?

La única razón que me cabe en la cabeza para entender ese silencio es que la mayoría de los catalanes está asistiendo al ‘procés’ como si fuera un espectáculo. Es decir, una representación, no un acontecimiento real. No faltan argumentos para considerarlo así y no sólo porque en democracia tantas veces pasa que lo que no es legal es un delirio, sino porque el camino hacia la independencia que ha emprendido la Generalitat es una chapuza tan colosal, tan increíble, que es imposible que desemboque en ese ‘Estado independiente en forma de república’ cuya creación se quiere ventilar de cualquier forma en el referéndum del 1-O.

El problema es que aun así, aun considerando que todo es teatro, el público debería empezar a silbar a los actores, debería empezar a patear en el patio de butacas hasta detener la función porque ya se ve cómo están acabando los espectáculos políticos desde no hace tanto: el ‘Brexit’ también parecía que era sólo un espectáculo y hoy es un gran embrollo que el Reino Unido no sabe cómo lidiar. Y Donald Trump también lo era y ya ven dónde está ahora, comprometiendo la viabilidad del planeta al negar el cambio climático.

Hay espectáculos, lo estamos sufriendo, que pueden acabar en pesadilla. ¿Por qué no evitar ese peligro? ¿Por qué no exigir que se ponga fin al espectáculo de esa consulta que adentrará a Cataluña en un laberinto del que largamente podemos arrepentirnos, en primer lugar los propios catalanes? ¿Por qué hay tanta gente en Cataluña que se calla?

 

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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