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Antonio Tinoco Ardila

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Sombra

Ahora, casi 37 años después y cuando unos y otros, desde ambos lados de la trinchera, parecen haberse puesto de acuerdo en menospreciarla, me acuerdo como si fuera hoy del 6 de diciembre de 1978 cuando aprobamos la Constitución. Yo tenía 20 años y no pude votarla porque entonces la mayoría de edad, y con ella el derecho al voto, estaba en los 21, pero me siento tan ‘hijo del 78’ que espero que no me lo tomen como una cursilería si les digo que amo esta Constitución; no que la respeto, ni que la defiendo, ni que la cumplo y la haría cumplir si se diera el caso, sino que la amo. Se trata sólo de utilizar el verbo que mejor expresa que para mí esta Constitución no es eso que políticos y periodistas llamamos con profusión de mayúsculas Ley de Leyes, Piedra Angular de nuestro Ordenamiento, Marco Jurídico de Convivencia, etc. Es algo mucho más personal y decisivo en mi vida que me hace sentir devoción por ella: es la creadora de mi condición de ciudadano.

Amar la Constitución no significa –lo saben los que hayan superado la enfermedad del enamoramiento—que no le vea defectos: se los veo, y muchos: es manifiestamente mejorable. Pero lo que me hace amarla es que a pesar de ellos tiene la indeclinable voluntad de acogernos a todos. También a quien le arranca las hojas en un gesto lastimosamente ignorante, como el de un ser vivo que despreciara el oxígeno.

Por eso ahora, cuando veo lo que ocurre con Cataluña y en Cataluña siento, más que indignación y hastío, tristeza. Por todos. Porque entre todos hemos ido tejiendo el desastre colosal a cuyas puertas estamos y que para mí tiene una causa primera: hemos despreciado lo mejor de la Constitución: su espíritu integrador.

Sabemos que la ley está para cumplirla. Sabemos que son los dirigentes catalanes quienes están desafiando la Constitución y han embarcado a su comunidad en un viaje palmariamente temerario, pero me resulta desalentador que desde este lado –que es en el que estoy y desde el que me siento obligado a pedir cuentas–, sólo se pretenda evitar ese viaje mediante el discurso del miedo, como si el argumento por el cual Cataluña tenga que permanecer en España se deba antes a los peligros de vivir aislada que a las ventajas de vivir juntos.

Si la razón última de nuestra convivencia es que Cataluña forme parte de la UE, que su sistema financiero lo cobije el Banco Central, que evite el corralito y que al menos dos veces al año vivamos la emoción de los Madrid-Barça…, si eso es todo lo que tenemos que aducir a favor de nuestra convivencia, y no la suma de la vida que hemos construido a lo largo de los siglos entre y con los catalanes, entonces no merecemos seguir juntos ni un minuto más y la Constitución que tenemos nos sobra. Más que eso: nos estorba. ¿Para qué queremos su espíritu de concordia, su voluntad de consenso, su aspiración de renovar cuantas veces sea necesario el pacto que nos ha hecho desde el 78 libres y prósperos como nunca en la Historia, si en el fondo no dejamos de estar dispuestos a ver cruzar errante por nuestra España la sombra de Caín?

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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