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Fecha: marzo, 2017
La tómbola del fango
Antonio Tinoco Ardila 29-03-2017 | 7:19 | 0

El pasado domingo, entre las informaciones del inevitable ‘procés’; del Gobierno y sus fatigas porque no tiene mayoría en el Congreso; de la expectación ante la candidatura de Susana Díaz a la Secretaría del PSOE presentada con tanto poderío que parece que estuviera pidiendo a Delacroix que resucitara sólo para pintarla a ella como una nueva versión de ‘La Libertad guiando al pueblo’; y de la última afición de Pablo Iglesias por los diccionarios de sinónimos, este periódico publicaba una magnífica información del periodista Melchor Sáiz-Pardo en la que explicaba cómo el Ministerio del Interior ha ido premiando con condecoraciones pagadas o con destinos de relumbrón a los policías que, en la etapa del nunca suficientemente señalado como burlador –o algo peor– de la democracia ministro Jorge Fernández Díaz, le ayudaron a convertir su despacho oficial en un bujío en el que las conspiraciones contra los adversarios políticos eran tan surtidas que acabaron por enredarse en ellas y conspirar contra sí mismos.

Lo que Melchor Sáiz-Pardo explicaba era que gente como Eugenio Pino, ex ‘número dos’ de la Policía, había sido agraciado con la suculenta pedrea de la Medalla de Plata al Mérito Policial, con pensión vitalicia del 15% de su sueldo, por crear dos unidades que se dedicaron a investigar casos ya juzgados como el del 11-M o el chivatazo a ETA por si podían remover algo que salpicara a los socialistas; y a impulsar maniobras orquestales en la oscuridad para sacar rédito político –no para hacer justicia– de la indesmayable inclinación de la familia Pujol por hacer acopio de dinero ajeno.

O que gente como el comisario José Manuel Villarejo se había jubilado con la también notable pedrea de la Medalla Roja al Mérito Policial, que supone que su sueldo vitalicio tendrá una regalía del 10%. Villarejo, hombre capaz de compaginar su trabajo policial con la dedicación a más de una docena de empresas, está imputado en el caso  del ‘pequeño Nicolás’ y en el de las escuchas al ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a pesar de lo cual se permite el lujo de ir ufanándose de que si el Congreso de los Diputados le llama para que testifique en la comisión de investigación constituida para averiguar las andanzas de esos policías por las cloacas del Estado, podría poner “todo patas arriba” y meter a muchos “en problemas”.

O que gente como el también comisario José Luis Olivera, que presionó a los fiscales anticorrupción para que en la campaña electoral catalana de 2012 resucitaran la investigación del ‘caso Palau’ y, de paso, reclamaran al juez que registrara la sede de Convergéncia, ahora disfruta de otra de las medallas con derecho a dinero público y, por si fuera poco, con la Dirección del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado.

Recuerdo aquí la información de Melchor Sáiz-Pardo porque me pareció de un valor extraordinario: en poco más de media página de periódico nos explicaba cómo el ex ministro Fernández Díaz, en una especie de tómbola del fango, ha ido repartiendo premios a policías a los que sólo con la nariz tapada se les podría llamar servidores del Estado.

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Los desahuciados de la misa
Antonio Tinoco Ardila 22-03-2017 | 8:16 | 1

Cuando oí que Podemos había presentado una iniciativa en el Congreso para que La 2 de TVE dejase de emitir misa los domingos tuve una reacción que me sorprendió: no me gustó. Me sorprendió porque no soy precisamente religioso, pero no me gustó porque lo primero que me vino a la cabeza fueron familiares míos oyendo misa por la tele en un momento de sus vidas en que ya no podían ir a la iglesia: esa misa era importante para ellos.

Creo que nuestro país no tiene resuelta la relación del Estado con la Iglesia Católica. La presencia del crucifijo en las tomas de posesión de los ministros; las condecoraciones oficiales a la Virgen, las consideraciones de ‘autoridad’ a los responsables de la Iglesia… son muchos momentos en que demostramos una actitud genuflexa ante la jerarquía católica que tendríamos la obligación de evitar no sólo por respeto al resto de religiones, sino porque deberíamos cumplir las obligaciones inherentes a nuestra condición de Estado aconfesional. Creo que el acuerdo de España con la Santa Sede no resiste un examen a la luz del principio de igualdad que establece nuestra Constitución a pesar de que su última revisión trataba de adecuarse a ella. Creo que les permitimos privilegios que ningún gobierno –y cabe recordar que mucho menos el de Zapatero, que ha sido el más izquierdista hasta ahora– ha tenido el coraje de atajar y que, en ocasiones, desde el púlpito se difunden mensajes inaceptables por ser contrarios a la convivencia y, particularmente, contrarios al respeto que merece cualquier persona, tenga la orientación sexual que tenga.

Pero sería faltar a la verdad si dijera que la Iglesia Católica es sólo eso. Porque la Iglesia es también para muchas personas, no importa de qué creencias ni de qué origen, un sostén de dignidad. Y en ocasiones, su único sostén. Poco tienen que ver los voluntarios de Cáritas o simplemente los miles y miles de fieles que tratan de seguir el Evangelio con –lo cito aquí sólo por ser el último caso—el obispo de Canarias, Francisco Cases, más preocupado por la visión transgresora del Crucificado en la fiesta de ‘drag queen’ del Carnaval de Las Palmas que de las víctimas del accidente de Spanair. Cases, como prelado de una iglesia que predica el amor al prójimo, dejó entrever –aunque después rectificó– una notable impiedad al considerar que hay más dolor por una actuación en el Carnaval, donde toda irreverencia tiene su asiento, que en una tragedia que se saldó con 154 muertos.

Ahora siento también que Podemos, con su propuesta de suprimir la misa dominical de La 2, se conduce con una impiedad muy similar a la del obispo canario. Porque con esa iniciativa, el partido de Pablo Iglesias, que predica la atención preferente a los más vulnerables, fortalece a los fuertes y debilita a los débiles: le regala a la jerarquía católica el papel de víctima por el que siempre suspira –una paradoja que a Cases y compañía le debe parecer como un milagro caído del cielo— y desahucia de la misa dominical a enfermos y ancianos católicos. ¡Qué chollo de izquierda!, debe pensar la derecha.

 

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La rebelión de la liebre
Antonio Tinoco Ardila 15-03-2017 | 7:54 | 0

La actualidad es tan áspera que uno se siente bien acogido cuando se encuentra con historias inesperadas como la de Jonah Kipkemoi, un atleta keniano de 27 años. Ocurrió el domingo en el maratón de Barcelona. Kipkemoi lo ganó. Lo que hace extraordinaria su historia no es que lo ganara, como así fue, con un tiempo muy notable (2 horas, 8 minutos y 57 segundos) teniendo en cuenta además que el trazado tenía algunas buenas subidas en la parte final; tampoco que, aunque sea un avezado corredor de medios maratones, fuera la primera prueba de maratón en la que participaba; ni siquiera –aunque sólo por eso sería suficiente para llamar la atención– que sufra una discapacidad por la que participó en las paralimpiadas de Londres que le afecta a la cara y al brazo derecho, que lo tiene más débil y que debe hacerle más difícil efectuar los movimientos de carrera con la eficacia que se precisa para hacer la marca que hizo…

Lo extraordinario de la victoria de Jonah Kipkemoi en el maratón de Barcelona es que era precisamente uno de los pocos participantes a los que la organización había pagado –concretamente, 3.000 euros— para hacer de ‘liebre’, que como seguramente saben es un atleta encargado de llevar durante unos kilómetros un determinado ritmo de carrera para que los corredores que luchan por la victoria hagan, además, una buena marca que dé prestigio a la prueba. Hacer de ‘liebre’ supone aceptar una misión que significa, no explícitamente pero sí en la práctica, renunciar a ganar. La misión que se le encomendó a Jonah Kipkemoi fue que imprimiera un buen ritmo hasta el kilómetro 35. Ahí acababa su trabajo y, como ocurre siempre, era de esperar que también acabara, porque se le agotaran sus fuerzas, su posición entre los primeros.

Pero ocurrió que llegado a ese punto de la carrera se encontró solo en cabeza: el favorito del que debía ‘tirar’ ni siquiera tomó la salida y el segundo favorito se había lesionado en el kilómetro 30.  Así que siguió y ganó. Sería injusto decir que su victoria es consecuencia de esas bajas porque el tiempo que hizo fue inferior en 34 segundos al del ganador del año pasado. Incluso obtuvo un premio extra de 10.000 euros por haber acabado la carrera en menos de 2 horas y 9 minutos.

Lo que me gusta de la historia de Jonah Kipkemoi es que estaba preparado para rebelarse contra su condición de ‘liebre’ a pesar de que nadie había considerado que pudiera hacerlo. Y también que aprovechó la oportunidad que le ofrecieron las calles de Barcelona de obtener la recompensa más inesperada para su condición subalterna: ganar el maratón.

Y lo que no me gusta de esta historia es que apenas nos queda el deporte como reducto en el que tiene lugar el raro y primitivo acto de justicia que consiste en que alcance el triunfo sencillamente quien lo merece. Porque ¿cuánta gente, por ejemplo en el trabajo, sabe hacer más cosas de las que se le permite demostrar sin que logre nunca la oportunidad de rebelarse a la condición de ‘liebre’ en la que se le ha encasillado?

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Las enseñanzas del hombre de Cromañón
Antonio Tinoco Ardila 08-03-2017 | 8:53 | 0

El pasado jueves, los periódicos de nuestro país se hicieron eco, muchos de ellos en sus portadas, del premio Pritzker otorgado al estudio de arquitectura RCR, de la localidad gerundense de Olot. El asunto bien merecía ese despliegue informativo toda vez que el Pritzker es considerado el premio Nobel de Arquitectura. Sólo un español lo ha conseguido desde que se instituyera en 1979: Rafael Moneo, autor entre otras obras magníficas del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. El estudio premiado se llama RCR porque responde a las iniciales de los nombres de los tres arquitectos que lo forman: Ramon Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda. Todas las informaciones hacían referencia a las razones que había tenido el jurado para otorgar el premio a RCR: “por hacer una arquitectura emocional y vivencial en la que conviven lo local y lo universal”. Precisamente este periódico tituló la información del premio utilizando esas mismas palabras: ‘Pritzker español, local y universal’. El diario ‘El País’, por su parte, titulaba:  ‘Pritzker a tres cosmopolitas de pueblo’.

Seguí la información con atención no sólo por comprobar cómo en los tres arquitectos olotianos se hacía realidad lo que sabiamente decía Juan Ramón Jiménez sobre el lugar de uno en el mundo –“si quieres ser universal, habla de tu pueblo”–, sino por unas frases de Carme Pigem a raíz del premio, que eran una declaración de principios: “No creemos ni en fronteras ni en purezas. El hombre de Cromañón no era de ningún sitio. No podemos retroceder”.

El caso es que el sábado, dos días después de leer lo del premio Pritzker  al estudio RCR, fui a la fiesta-manifestación convocada por Amnistía Internacional para exigir que Badajoz se convierta en una ciudad que acoja a algunos de los miles de refugiados que aguardan a que Europa se atreva a estar a la altura del concepto que tiene de sí misma. Estuvimos allí unas 200 personas con música, versos, discursos improvisados y también con el sinsabor de que, incomprensiblemente, nadie del equipo municipal de gobierno se sintiera concernido por la convocatoria. Y cuando volvía para casa recordé de pronto las palabras de Pigem.

La memoria no es tonta. Ni arbitraria. La memoria sabe que justamente esas tres frases concisas dichas por una arquitecta para hablar de su trabajo (“No creemos ni en fronteras ni en purezas. El hombre de Cromañón no era de ningún sitio. No podemos retroceder”) bastaban también para dar consistencia intelectual y moral a la exigencia de que Badajoz y cualquier otra ciudad europea sea un sitio de acogida para los refugiados que nos esperan. Porque no acogerlos es creer en las fronteras y en la afilada maldad de los que quieren imponer las razas puras. No acogerlos es despreciar las enseñanzas de los cromañones, que vivieron en Europa hace 40.000 años y que para muchos –notoriamente para muchos de nuestros gobernantes— parece ser que fueron un ‘homo sapiens’ insoportablemente cosmopolita.

No podemos retroceder. Porque no acoger a los refugiados es permitir que los cromañones nos miren por encima del hombro.

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La moción de censura de Pepe Gotera
Antonio Tinoco Ardila 01-03-2017 | 8:03 | 0

Hay dos o tres hipótesis sobre la moción de censura que Ricardo Cabezas, el candidato socialista a alcalde de Badajoz, está preparando desde antes de Carnavales que todavía no se han contemplado: una, que en realidad se trate de una operación urdida por Francisco Javier Fragoso. No sería extraño: si convenimos en que un modo de conocer un fenómeno es por los efectos que de él resultan –la última prueba del mismo es el hallazgo a 40 años luz de siete planetas ‘parecidos’ a la Tierra que nadie ha visto, pero que se sabe que existen por las alteraciones que provocan sus campos gravitatorios en su estrella–, pocas dudas hay de que esa anunciada y cada vez más alucinógena moción de censura está descubriendo una sustancia política en Fragoso que hasta ahora quizás no había sido advertida por los vecinos. Y es que sólo ha bastado dejarle a Cabezas todo el escenario y que actúe a su sabor para que Fragoso parezca más alcalde. Y Cabezas menos alcaldable.

La segunda hipótesis es que no se trate de un plan urdido por el PP, sino por Podemos, que en Badajoz tiene la suerte de contar con gente inteligente que caza al vuelo la oportunidad de quedarse con toda la caja de la izquierda con sólo darle hilo a la cometa para que Cabezas –y con él el PSOE local y quién sabe si también algo, o bastante, el regional–, se estrelle y luego venga Remigio Cordero a aprovechar los restos del descacharre que tan sutilmente ha alentado.

Y hay una tercera hipótesis que apunta a que, si descartamos la ‘mano negra’ de Fragoso o de Cordero, se trate de una moción de censura maquinada por Pepe Gotera y Otilio, que como todo el mundo sabe es una acreditada empresa de chapuzas.

¿Qué otra conclusión cabe deducir del desarrollo de los acontecimientos? Ricardo Cabezas anunció su intención de presentar una moción de censura, para la que indefectiblemente necesita los votos de los 14 concejales de la oposición y el permiso de los tres partidos, sin tener negociado, ni mucho menos comprometido, un programa de gobierno que le asegure el apoyo; Cabezas afirma que la moción es necesaria no sólo para cambiar de políticas, sino para salvar al Ayuntamiento de la corrupción del PP, pero no sólo no tiene en su poder las pruebas que demostrarían la existencia de esa corrupción para presentarlas a continuación en la Fiscalía, sino –¡viva el surrealismo!– pide al mismo Ayuntamiento gobernado por ‘los corruptos del PP’ que le proporcione esas pruebas; Cabezas sigue pensando en la moción cuando Ciudadanos ha dicho que no la firmará, una decisión que debería haberlo parado en seco, puesto que sin Ciudadanos la moción de censura es ya imposible, ya que no tendría apoyo suficiente ni aun en el caso de que los dos concejales de Ciudadanos dejaran el partido para suscribirla.

Sea cual sea la hipótesis, lo que sí parece cierto es que el problema es Cabezas, pero también los dirigentes locales, provinciales y regionales del PSOE, acabando por Fernández Vara, que no han sacado a Cabezas de su delirio advirtiéndole de que con la moción de censura puede estar jugando con la cabeza de todos.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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