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La rebelión de la liebre
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Antonio Tinoco Ardila | 15-03-2017 | 06:54

La actualidad es tan áspera que uno se siente bien acogido cuando se encuentra con historias inesperadas como la de Jonah Kipkemoi, un atleta keniano de 27 años. Ocurrió el domingo en el maratón de Barcelona. Kipkemoi lo ganó. Lo que hace extraordinaria su historia no es que lo ganara, como así fue, con un tiempo muy notable (2 horas, 8 minutos y 57 segundos) teniendo en cuenta además que el trazado tenía algunas buenas subidas en la parte final; tampoco que, aunque sea un avezado corredor de medios maratones, fuera la primera prueba de maratón en la que participaba; ni siquiera –aunque sólo por eso sería suficiente para llamar la atención– que sufra una discapacidad por la que participó en las paralimpiadas de Londres que le afecta a la cara y al brazo derecho, que lo tiene más débil y que debe hacerle más difícil efectuar los movimientos de carrera con la eficacia que se precisa para hacer la marca que hizo…

Lo extraordinario de la victoria de Jonah Kipkemoi en el maratón de Barcelona es que era precisamente uno de los pocos participantes a los que la organización había pagado –concretamente, 3.000 euros— para hacer de ‘liebre’, que como seguramente saben es un atleta encargado de llevar durante unos kilómetros un determinado ritmo de carrera para que los corredores que luchan por la victoria hagan, además, una buena marca que dé prestigio a la prueba. Hacer de ‘liebre’ supone aceptar una misión que significa, no explícitamente pero sí en la práctica, renunciar a ganar. La misión que se le encomendó a Jonah Kipkemoi fue que imprimiera un buen ritmo hasta el kilómetro 35. Ahí acababa su trabajo y, como ocurre siempre, era de esperar que también acabara, porque se le agotaran sus fuerzas, su posición entre los primeros.

Pero ocurrió que llegado a ese punto de la carrera se encontró solo en cabeza: el favorito del que debía ‘tirar’ ni siquiera tomó la salida y el segundo favorito se había lesionado en el kilómetro 30.  Así que siguió y ganó. Sería injusto decir que su victoria es consecuencia de esas bajas porque el tiempo que hizo fue inferior en 34 segundos al del ganador del año pasado. Incluso obtuvo un premio extra de 10.000 euros por haber acabado la carrera en menos de 2 horas y 9 minutos.

Lo que me gusta de la historia de Jonah Kipkemoi es que estaba preparado para rebelarse contra su condición de ‘liebre’ a pesar de que nadie había considerado que pudiera hacerlo. Y también que aprovechó la oportunidad que le ofrecieron las calles de Barcelona de obtener la recompensa más inesperada para su condición subalterna: ganar el maratón.

Y lo que no me gusta de esta historia es que apenas nos queda el deporte como reducto en el que tiene lugar el raro y primitivo acto de justicia que consiste en que alcance el triunfo sencillamente quien lo merece. Porque ¿cuánta gente, por ejemplo en el trabajo, sabe hacer más cosas de las que se le permite demostrar sin que logre nunca la oportunidad de rebelarse a la condición de ‘liebre’ en la que se le ha encasillado?

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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