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Los mercaderes de la rabia
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Antonio Tinoco Ardila | 26-04-2017 | 05:12

Félix de Azúa hablaba estos días de Rafael Sánchez Ferlosio y se maliciaba, porque va a ser el último, de que haya publicado su cuarto libro de memorias. El escritor con casa y querencia en Coria –es quizás su más ilustre, aunque ocasional, vecino y no hace mucho regaló parte de su biblioteca a la de la ciudad-  no quiere escribir más memorias porque, movido como siempre lo ha hecho por la indignación –menos cuando escribió ‘Alfanhuí’ y ‘El Jarama’, que debió hacerlo por darse el placer de dejarnos boquiabiertos–, ahora esa pasión se ha degradado “desde que es materia prima de los mercaderes de la rabia”.

Es fácil identificar ‘los mercaderes de la rabia’ a los que alude Azúa con Podemos, sobre todo a partir de haber ideado el ‘tramabús’, ese vehículo que recorre las calles de Madrid y que amenaza con hacerlo por las del resto de ciudades y al que al menos hay que reconocerle el mérito de haberse hecho un hueco en el muy surtido catálogo español de mobiliario de ajusticiar, porque nadie podrá negar que se trata de un modelo bastante acabado de picota portátil. Se aprecia que su autor está bien dotado para ejercer de verdugo moral, un papel cada vez más disputado y para el que hay lista de espera.

Siempre he pensado que los lectores que compran un determinado periódico para conocer lo que pasa en el mundo –igual valdría para un programa de radio, televisión o de cualquier formato informativo– no hacen un acto de elección. Creo, contra lo que pudiera parecer, que no eligen ellos leer este o aquel periódico, sino al revés: es el periódico el que con sus contenidos diarios, con el enfoque que le da a los asuntos de que se ocupa –por supuesto, también con la decisión de no ocuparse de otros– va construyendo la visión del mundo de quienes lo leen. La conclusión es que, al final, es el periódico el que elige a sus lectores. De igual modo, los ciudadanos no elegimos a un determinado partido político el día de las elecciones, sino que es cada partido el que va creando sus propios electores para que en ese decisivo día voten por él.

Digo esto porque me preocupa el ‘tramabus’ por el evidente mensaje que transmite: el del justicierismo como alternativa a la justicia. Pero sobre todo me preocupa por la idea que su autor quisiera tener de nosotros: que haya un partido al que le parezca una buena operación política ese paseo por las calles de la estampa de determinados políticos, empresarios y periodistas –incursos en delitos de corrupción o no–, es una declaración de intenciones sobre la clase de país que quiere que seamos y sobre el tipo de ciudadanos que a Podemos le gustaría que fuéramos para que, a la postre, nos gustara apoyarles: un país de gente que va detrás del carro del reo, al que se pasea camino del cadalso para que tengamos la oportunidad de tirarle piedras e insultarle. Un país de una gente que ya tenía nombre en las novelas decimonónicas de Galdós: ‘el populacho’.

Podemos nos quiere degradar con el tramabús y, como dice Azúa, convertir la rabia en mercancía electoral. Y va ganando: ya ha conseguido callar a Ferlosio. Paso a paso.

 

 

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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