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Fecha: agosto, 2017
La cultura viene en Leda*
Antonio Tinoco Ardila 24-08-2017 | 7:33 | 0

No lo puedo evitar: cuantas veces pase por aquel cabezo, por la cuesta que me lleva al cambio de rasante que yendo a Táliga desde Valverde de Leganés aboca a encontrarte con la cancilla de entrada de la finca de La Chimenea, me acordaré del Leda, el autobús de línea de Badajoz a Oliva de la Frontera que hacía parada, además de en las nombradas, en Higuera de Vargas y Zahínos.

Y de aquel Leda, cuantas veces pase por ese cabezo así viva cien años, me acordaré de Julián, el cobrador, que nos traía el periódico todas las tardes a los que vivíamos en Mantillón, la finca de enfrente de La Chimenea.

Digo ‘vivíamos en Mantillón’ y no es verdad, en aquella finca yo sólo pasaba semanas durante los veranos, pero hacía tantas cosas allí –contaba las ovejas, recogía los huevos, limpiaba las lámparas de carburo, ordeñaba torpemente si me dejaban, tenía controlados los nidos de las rulas, cabreaba a los gansos hasta que me atacaban y tenía que salir pies para que os quiero, me revolcaba en la niara, ponía el garlito en la torrentera de la ribera, me bañaba acosado por las avispas en la alberca de fondos de légamo y agua helada, pintiparaba el papel de pardillo cuando el señor Román me llevaba a cazar gamusinos…– hacía tantas cosas en Mantillón que nadie podría decir que no era uno más de los que vivía allí y que sólo estaba de visita.

Una de las obligaciones que mi tío Manolo me había encomendado era ir por el periódico, así que cuando daban las cinco y veinte cruzaba la cerca de detrás del cortijo y me iba para el cabezo. El Leda llegaba, si no traía demora, a las cinco y media. Lo veía subir por la larga recta y a medida que se acercaba se iba pareciendo cada vez más a una ballena cansada. Se le notaban tanto las fatigas que había un momento a mitad de la cuesta en que, después de un esfuerzo, el motor callaba y se oía el cambio de marchas como si fuera un saco de huesos. Durante ese segundo todo el campo quedaba en suspenso y del aire se adueñaba una inminencia de catástrofe: el temor a que los engranajes no engranaran y se desbaratara el motor. Pero luego el autobús se rehacía, recobraba la compostura y cuando llegaba hasta mí, vencido el trago, era como un ogro ufano cuya velocidad acompasaba a la carrera de un niño.

Justo entonces se asomaba Julián. Abruzado sobre la ventanilla sacaba el brazo y extendía el periódico. Casi siempre caía al suelo, pero había veces que yo lo cogía de su misma mano, como se pasan el testigo los corredores de una carrera de relevos. Esas veces, con el periódico empuñado, tenía tiempo para ver cómo Julián se alejaba sonriendo y diciéndome adiós con los dedos extendidos. No sé por qué, -o quizás sí lo sé, pero esa es otra historia– ese instante de contacto, la sonrisa de Julián y su despedida mientras el autobús se perdía envuelto en humo en el cambio de rasante, lo guardo en mi memoria con la misma emoción como se guardan las gotas de un milagro.

Había veces en que me retrasaba. O el Leda se adelantaba a su horario y cuando llegaba el autobús al cabezo yo todavía no estaba. Entonces veía cómo Julián tiraba el periódico lo más lejos posible de la carretera para que no lo pisara algún coche , y si hacía viento cogía vuelo y luego se desmadejaba de modo que era como si de la estela del autobús surgiera un barullo de pájaros bobos, las hojas sueltas cayendo aquí y allá, unas en La Chimenea, del otro lado de la carretera; otras en Mantillón. Puedo verme ahora mismo, con cincuenta años menos, recogiendo las hojas y poniéndolas en orden: la primera, la de las páginas 1,2,23 y 24; la segunda, la de las páginas 3,4,21 y 22 y así sucesivamente hasta completar el ejemplar y llevarlo, como recién estrenado, al cortijo.

Lo dejaba en la cantarera y si me hubiera puesto a acechar habría reparado en que parecía que no, pero siempre había alguien esperándolo. Por ejemplo, la señora Isabel, que disimulaba: iba, venía, colocaba algo en una repisa, rebuscaba en un cajón, entraba en la despensa, salía… hacía la serena por allí dando vueltas como los repiones y cuando pasaban algunos minutos decía que estaba cansada, arrimaba una silla a la puerta del cortijo buscando la luz, cogía el periódico de la cantarera, se sentaba y se ponía a ojearlo. La señora Isabel se interesaba por las letras gordas y por las fotos. Leía despacio, bisbiseando, como quien reza. Y se ayudaba del índice, que iba deslizando debajo de las palabras. De vez en cuando hacía un comentario para sí misma y movía la cabeza. Para pasar las hojas se ayudaba del pulgar, que untaba en la saliva de la punta de la lengua.

Pero cuando el periódico triunfaba era después de cenar. No había electricidad entonces y cenábamos a la luz de los carburos. El carburo hace una claridad de leche pero muy insuficiente para leer. Por eso mi tío Manolo, cuando estaba recogida la mesa, cuando ya no quedaba nada por hacer, iba a la cabana a por el fanal de gas. Daba una luz tan intensa que cuando lo encendía y lo colocaba encima del topetón de la chimenea parecía como si en la cocina del cortijo brotara el día. Era en ese momento cuando mi tío extendía el periódico encima de la mesa y se ponía a leerlo. Lo hacía en voz alta. Primero los titulares de la primera página. Y después los textos. Lo leía todo, página por página, porque se gustaba oírse y también porque tenía un auditorio atento. La señora Isabel y el señor Román, siempre. Y casi todas las noches Ramón y Guillermo, dos hermanos de Olivenza que vivían en una casa al lado del cortijo y, en cuanto cenaban, se acercaban a oír las noticias. Alguna vez mi tío me dejaba leer y yo me enfrentaba al periódico sin saber muy bien qué cosas decía, pero fuera lo que fuera y sólo por la densa atención que en ese momento me prestaban todos, aprendí que algo había allí de un valor que no ha dejado de acompañarme en toda mi vida.

Por eso cuando me preguntan ¿qué es la información?, incluso ¿qué es la cultura?, mi recuerdo se va al cabezo de la carretera entre Valverde de Leganés y Táliga, al Leda y a Julián, el cobrador, tirándome el periódico, a aquellas noches de verano. No he asistido a un acto cultural más intenso y seguramente que más consecuencias haya tenido para mí en mi vida que aquel al que nos convocaba el periódico –el periódico HOY, para más señas– en la finca de Mantillón y al que acudíamos cinco adultos y un niño con la devoción con que se comparte una eucaristía. No encuentro mejor forma de responder a esas preguntas. Quizás sea una explicación que sólo sirva para mí y para nadie más. En ese caso pido disculpas al lector por hacerle perder el tiempo con estas cosas mías de hace tantos años ya.

 

*Este texto se ha publicado en la Agenda correspondiente a septiembre-octubre de la revista ‘Ámbito Cultural’, de El Corte Inglés de Badajoz

 

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Unas palabras que me encantaría comerme
Antonio Tinoco Ardila 02-08-2017 | 8:30 | 0

El pasado miércoles, el Pacto por el Ferrocarril acordó convocar una manifestación en Madrid, aún sin fecha pero en todo caso el próximo octubre, para exigir un ferrocarril para nuestra región a la altura de la fecha en que vivimos. Dio la casualidad de que el anuncio se hizo después de que en días anteriores coincidieran en los trenes que conectan (cuando lo hacen) Extremadura y Madrid averías, retrasos, incomodidades hace décadas olvidadas en otras partes de España… incluso un accidente mortal, que colocaron en el primer plano de la actualidad las indignas condiciones en que el Estado presta en Extremadura el servicio ferroviario.

Sin embargo, no sé si de haber estado yo en la reunión del Pacto hubiera votado a favor de esa manifestación en octubre. Pero no porque no esté de acuerdo con ella, sino precisamente por estarlo sin la menor reserva. Protestar en Madrid no es cualquier cosa. Protestar en Madrid para exigir que ferroviariamente hablando se nos deje de considerar de una vez y para siempre algo así como una reserva india es tan importante, puede ser tan decisivo, que la manifestación de Madrid tiene que ser entendida como la expresión inequívoca de la movilización total de los extremeños. Madrid es una bala que, si se gasta en balde, rebota. Hay que dar en el blanco y hacerlo es conseguir que la capital del reino, es decir el Gobierno de España y el Congreso y el Senado, oigan como un estruendo la voz de Extremadura.

¿Pero estamos en condiciones de hacerlo? De esta pregunta nacen mis dudas. No sobre la manifestación, no sobre su necesidad, sino sobre nuestra capacidad de impacto. Porque ya nos hemos manifestado por el tren en las ciudades extremeñas más pobladas y lo que hemos visto es que, a pesar de que han sido de las más numerosas de los últimos años, esta reivindicación no ha alcanzado al conjunto de los ciudadanos. Si no nos hemos manifestado a la puerta de nuestras casas en la medida que el asunto merece, ¿vamos a poder hacerlo en Madrid? Y es que ¡Tren digno, ya!, el eslogan que aglutina esta exigencia, todavía es un asunto de las élites políticas y de la minoría ciudadana informada: insuficiente para dar un puñetazo en medio de la Castellana.

Me encantaría que en octubre estuviéramos en Madrid decenas de miles de extremeños exigiendo el tren. Me encantaría mucho más si la movilización sobre el tren digno llegara a ser no la movilización sobre el tren digno, sino la ocasión en que Extremadura midió sus fuerzas y descubrió de una vez que tiene las suficientes para levantarse definitivamente del suelo. Ojalá el tren termine siendo el pretexto para empezar a exigirle al Estado que salde la larga cuenta del olvido que tiene contraída con esta tierra, pero me temo que en un par de meses no vamos a conseguir superar lo que con tino Javier Figueiredo llamó hace días en este periódico ‘el síndrome de Theon Greyjoy’, ese personaje de ‘Juego de Tronos’ que, incapaz de rebelarse, se ha hecho a vivir sometido a las crueldades del amo. Ojalá me equivoque. Ojala tenga que comerme estas palabras. Me encantaría hacerlo pisando firme en la Castellana.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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