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Fecha: octubre 4, 2017
No reconozco mi patria
Antonio Tinoco Ardila 04-10-2017 | 8:16 | 0

A la hora de escribir estas líneas no sé qué país tengo. Tampoco sé cómo será cuando, pocas horas después de escribirlas, lleguen estas líneas al lector: tantas cosas pueden cambiar en tan poco tiempo. Desde el domingo ando como un perro apaleado. No reconozco mi patria. Mi generación –la generación de quienes amanecimos a la mayoría de edad cuando Franco se murió y que pertenecemos de lleno a la de la Constitución del 78—sólo ha conocido la mejor versión de España y eso, aunque parezca mentira, es en estos momentos un problema. Porque hasta el domingo no habíamos pasado por la experiencia, tan frecuente en nuestra historia, de un fracaso colectivo. Las dificultades que se nos han ido poniendo en el camino las hemos ido sorteando: dejamos ejemplarmente atrás la dictadura, vencimos en un pispás el 23-F, derrotamos, aunque fuera tras mucho sufrimiento, a los terroristas. Hemos alumbrado una sociedad libre, un Estado de derecho, un país como nunca lo había sido en prosperidad e igualdad. Incluso se nos ha puesto de ejemplo ante el mundo por todo lo logrado en tan poco tiempo y por la manera en que lo hicimos.

Pero lo ocurrido el domingo ha hecho que me dé de bruces contra la realidad: ese éxito nos ha hecho complacientes con nosotros mismos. Creíamos –yo nunca lo creí y lo he escrito, pero eso ahora no importa: hay que ser leal: creíamos– que nos bastaba con aplicar las leyes. Ya se ha visto que no, porque sólo con las leyes el domingo sufrimos una derrota en toda regla. Más dolorosa porque nos ganaron ‘los malos’: los insolidarios, los supremacistas, esos a quienes el conjunto de los españoles les hemos consentido tener más derechos: por ejemplo, que puedan venir a emplearse en nuestra Administración pero nosotros no ir a emplearnos en la suya porque nos colocan la aduana de su lengua autóctona. Hasta eso les hemos consentido; no sólo les dimos nuestros brazos y nuestras inversiones para que prosperaran a nuestra costa. Qué triste paradoja: los mimados del Estado son los que se sienten ofendidos. Y qué doloroso: han sido esos los que nos han vencido.

Pero de nosotros todavía depende salir victoriosos de este difícil trance. Es mi consuelo. ¿Cómo? De la única manera que deberíamos hacerlo los dignos hijos de la Constitución del 78: con más democracia. A los anti-demócratas, a los que pasan por encima de las leyes y de más de la mitad de la gente de Cataluña, sólo hay una manera definitiva de ganarles: no con policías, sino con democracia; no con consultas vergonzantes, sino con un referéndum con todas las garantías, en pie de igualdad, con las oportunidades de expresión de los partidarios de la convivencia con España intactas. Cambiemos la Constitución para que permanezca: demos a los catalanes hijos del 78 la oportunidad de pararles los pies a los tramposos, a los que ni saben porque no quieren contar votos. Hagamos que los cuenten. No olvidemos que los que no creen en la democracia siempre nos ganarán si el partido se juega en condiciones sucias: basta recordar el domingo. Hagamos de nuevo reconocible esta patria democrática que tanto nos ha costado construir.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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