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¿Hablemos?
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Antonio Tinoco Ardila | 11-10-2017 | 05:44

El pasado sábado salieron a la calle miles de personas bajo un eslogan políticamente imbatible desde el punto de vista democrático: ‘hablemos’. La democracia es, por definición, el sistema político que trata de encauzar los conflictos mediante la negociación y el acuerdo y que, por esa razón, sacraliza la palabra hasta el punto de que no puede existir democracia sin libertad de hablar. Por eso exhortar a discutir, a acordar, a negociar… siempre va en la dirección de mejorar la democracia y la convivencia. Estoy seguro, además, de que la mayoría de quienes salieron a la calle manifestándose a favor del diálogo para solucionar la crisis de Cataluña –ese era el sentido de la invocación a hablar que justificaba el eslogan—lo hicieron convencidos de que sólo el diálogo puede solucionar ese conflicto. Yo estoy de acuerdo. Ya lo he dicho otras veces: los españoles tenemos que firmar un nuevo contrato que incluirá cambios con respecto a Cataluña y eso, necesariamente, tiene que lograrse hablando sin desmayo.

Sin embargo, creo que esas manifestaciones tan bienintencionadas del sábado se equivocaron porque dialogar no es confrontar ideas en el éter: el diálogo requiere de un espacio en el que los interlocutores estén en un plano de igualdad para que su resultado no sea una imposición –que es lo contrario al diálogo– de una parte sobre otra. ¿Llamaríamos diálogo a la conversación que entablan un secuestrador y su víctima para establecer los términos del pago del rescate, a pesar de que puedan ponerse de acuerdo sobre cómo entregar el dinero con el que el secuestrado compra su libertad? Pues, salvando las distancias, pedir que el Estado dialogue (es decir, que negocie una salida de común acuerdo) con la Generalitat de Cataluña sin que esta previamente vuelva al ordenamiento constitucional del que voluntariamente se ha ido es, en primer lugar, regalarle a la Generalitat un estatus que de ningún modo tiene, el de interlocutor de un gobierno con el que se podrá disentir hasta el tuétano pero que no ha roto el marco legal. En segundo lugar, es admitir que violar la ley tiene premio: el de colocar al gobierno catalán en la posición ventajista de forzar una negociación que sólo trabajosamente y muy despacio tal vez alcanzaría si defendiera sus aspiraciones sin romper la ley. Eso fue lo que, fuera o no su intención, hicieron los miles de personas que salieron el sábado a la calle proponiendo que hablemos: respaldar en la práctica a Puigdemont, decirle que pasar por encima de la Constitución y el Estatut no sólo no compromete su legitimidad sino que, ya puestos, la refuerza.

¿Hablemos? ¡Claro que sí! La democracia es hablar. De todo. ¿Pero se puede hablar con alguien que ayer, en la sesión del Parlament, insistió en romper con el Estado de derecho que lo ha amparado? ¿Se puede hablar con quien ejecuta un acto de fuerza declarando la independencia de Cataluña sin el más mínimo soporte legal, aunque luego pida su suspensión para dar, beatíficamente, una oportunidad al diálogo? En una democracia no se puede dialogar con cualquiera, sino con quien se haya ganado el derecho a sentarse a la mesa del diálogo. Y ese derecho sólo lo tiene quien cumple las normas. Fuera de ellas reina la soledad y el silencio.

 

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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