Hoy

img
La enfermedad del paraíso
img
Antonio Tinoco Ardila | 25-10-2017 | 07:15

El pasado jueves, cuando el capítulo del día de la crisis de Cataluña se centraba en tratar de descifrar qué había querido decir Carles Puigdemont en el último párrafo de la carta que esa misma mañana le había enviado a Rajoy (¿significaba que admitía que no había proclamado la independencia, como pedía el presidente del Gobierno? ¿significaba que podía volver a la legalidad?; preguntas, en cualquier caso, ya inútiles), se coló en las ediciones digitales de los periódicos una de esas malas noticias que sería un error considerar ajenas a la política: un colegio de Biloxi, una ciudad del estado norteamericano de Misisipí, había retirado la novela ‘Matar un ruiseñor’ de la lista de obras literarias que tienen que leer los estudiantes de octavo curso (entre 13 y 14 años). No es la primera vez que ocurre: antes que en Misisipí ya habían prohibido en colegios de Virginia la inolvidable historia de Atticus Finch contada por su hija Scout. En todos los casos, la retirada de la novela se había hecho porque algunos padres de alumnos se quejaban de que incluyera la palabra ‘nigger’, (‘negrata’), un término despectivo y para muchos norteamericanos tan insoportable de pronunciar que lo evitan aludiendo a él sólo con la letra ‘n’.

Los padres de los alumnos de Biloxi argumentaban que leer ‘nigger’ “incomodaba a sus hijos” y consideraron que para evitar esa incomodidad lo mejor es que no leyeran la obra, aunque esa obra sea precisamente una de las que con más conmovedora valentía levantan la bandera de la igualdad de los seres humanos.

Pero esa triste paradoja no entra en las cabezas de quienes han entregado su brújula mental a la corrección política, uno de cuyos signos más señeros es poner un centinela en permanente vigilancia del lenguaje. Si algunos padres motejan la obra de racista por el mero hecho de que incluya insultos racistas, –incluso en el caso, como es este, de que los insultos racistas sirvan para denunciar el racismo–, parece claro que, aunque pretendan proteger a sus hijos, lo que de verdad están haciendo es evitarles el encuentro con la realidad, que es condición indispensable para comprenderla y cambiarla: ¿cómo podrán esos chicos llegar a entender algún día la naturaleza del alma humana si sus padres se encargan de impedirles el acceso al lenguaje, que es su expresión?

Estos padres quieren que la vida sea un paraíso para sus hijos en el que nada, ni una mala palabra, lo estropee. En el fondo recuerdan, porque sufren parecido trastorno, a estos otros más cercanos que quieren construir un paisito (su paraíso) libre de personas que no piensen como ellos, para de este modo no tener que enfrentarse a las palabras que no les gustan.

Y es que hay muchas maneras de sufrir el paraíso como enfermedad. Nosotros estamos sufriendo ahora la versión catalana, que practican Puigdemont y compañía. Pero unas veces, como aquí, se manifiesta intentando suprimir la expresión de la voluntad de más de la mitad de los catalanes; otras veces, como en Misisipí y Virginia, suprimiendo las novelas que muestran la realidad que les incomoda. Sea como sea, la enfermedad del paraíso acaba siempre de la misma manera: impidiendo la libertad. Y ya se sabe que impedir la libertad es como matar un ruiseñor.

 

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

Otros Blogs de Autor