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Fecha: noviembre, 2017
El prestigio prestado del nacionalismo
Antonio Tinoco Ardila 29-11-2017 | 7:26 | 0

El pasado sábado, este periódico publicó una entrevista con Jesús Eguiguren, quien vino a Extremadura a recoger un premio que le daban las Juventudes Socialistas de Cáceres. Eguiguren, que es profesor de Derecho Constitucional,  ha sido una de las voces más personales y arriesgadas dentro del socialismo español. Fue presidente del Partido Socialista de Euskadi (PSE) y diputado, pero sobre todo fue el encargado por Rodríguez Zapatero de negociar con ETA el fin del terrorismo y pocos dudan hoy de su contribución a ese empeño. Sus posiciones no caían bien en el partido porque se las ha tenido como ‘demasiado comprensivas’ con la versión más abertzale del nacionalismo vasco (de hecho, fue condenado al ostracismo dentro del PSE, no digamos en el PSOE, con grave daño de su propia salud, como ha manifestado en alguna ocasión).

El caso es que, por ser Eguiguren quien es, me pareció especialmente relevante lo que dijo en esta entrevista que Celestino Vinagre le hizo en el HOY del sábado, cuyo título llamó mi atención: “Estábamos todos equivocados con el nacionalismo catalán”. En la respuesta que daba pie al titular, Eguiguren mostraba su sorpresa con el ‘procés’ y señalaba: “Pensábamos que [el catalán] era un nacionalismo tolerante y cosmopolita y basado en el ciudadano y no en las etnias, pero el nacionalismo, si se convierte en separatismo deriva en excluyente, supremacista y desprecia a aquel que no piensa como ellos. No sabía que era tan fácil que el nacionalismo catalán se transformara de esta forma (…) El populismo ha tomado la forma de un nacionalismo excluyente allí. Estamos viendo cosas inimaginables”.

Me interesaron las palabras de Eguiguren y, de ellas, sobre todo, la perplejidad que expresaban. Que un hombre con su trayectoria, curtido en la cruda controversia nacionalista, se confiese sorprendido por la deriva delirante de los nacionalistas catalanes (la última prueba, la fantasía patética de Puigdemont, luego de mala gana rectificada, de proponer un referéndum para que Cataluña salga de Europa) pone de manifiesto hasta qué punto el nacionalismo, que ha estado arraigado en la conciencia política de los españoles como una particular forma de ser demócrata, empieza a ser visto como una particular forma de no serlo. Los nacionalismos han aprovechado en nuestro país su condición ‘antifranquista’ (ya hemos visto que esa condición era ‘de boquilla’: el escritor Luis Goytisolo se maliciaba no hace mucho de que durante su estancia en la cárcel en el franquismo coincidió con comunistas, socialistas, sindicalistas…, pero no con nacionalistas) y, sobre todo, se han aprovechado del prestigio que les prestó la Constitución, porque sus reivindicaciones fueron metabolizadas por el conjunto de la sociedad española al mismo tiempo que la democracia: la misma Carta Magna que consagra las libertades consagra instituciones como la Generalitat, ahora sumida en el descrédito.

El fiasco del ‘procés’ ha puesto fin al prestigio prestado. Si quiere recuperarlo, el nacionalismo va a tener que ganarlo por sus propios medios. Y en Cataluña, dudo que lo consiga a corto plazo: lo que estamos viendo es que sus prebostes no son capaces de apostar por otro futuro que no sea la repetición del pasado.

 

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Se acabaron las excusas
Antonio Tinoco Ardila 22-11-2017 | 7:53 | 0

Mucha gente se está haciendo lenguas de que la manifestación del pasado sábado exigiendo un tren digno para Extremadura fue un éxito. Yo creo que lo fue a pesar de que la organización fuera manifiestamente mejorable porque el acto duró demasiado; porque hubo prolongados tiempos muertos entre los intervinientes y las actuaciones; y porque muchos de los congregados en la plaza de España se quedaron sin oír los discursos y la música debido a que los altavoces, sin que se entienda por qué, estaban distribuidos en una parte del recinto, pero no en todo.

La mala organización, sin embargo, no empaña el éxito de la convocatoria, que lo fue por varias razones: en primer lugar porque la asistencia fue notable. Estimo que hubo alrededor de 20.000 personas, a tenor de los datos manejados por la Policía Municipal de Madrid, que contó que habían llegado para la manifestación 301 autobuses (es decir, 20.000 asistentes si llegaron llenos; 16.000 si se ocuparon al 80%); y a tenor también de que las diez mil banderas de plástico que distribuyó la organización se acabaron en la primera media hora, cuando faltaban por llegar miles de personas a la plaza de España.

También fue un éxito porque hubo mucha gente diversa: allí no estaba, como en otras manifestaciones, sólo la Extremadura jornalera, o la ecologista, o sólo la urbana, o la vieja, o la joven, o la del interior o la de la diáspora: allí había extremeños de toda edad, condición y procedencia, lo que significa que el tren –la falta de tren—es una reivindicación de todos.

Sin embargo, la manifestación del sábado no puede medirse únicamente por su éxito puntual porque significa algunas cosas más: la primera de ellas es que permitió que se hiciera visible que los extremeños hemos dejado de dar la imagen del conformismo que históricamente hemos arrastrado, ese sambenito terrible según el cual nos contentamos con la dádiva, o incluso con nada. El sábado fue distinto:  “Aquí estamos los extremeños, hemos venido a la capital de España a exigir al Estado nuestros derechos”. Ese fue el mensaje.  Y lo expresamos festivamente, como corresponde a gente civilizada y tan cargada de razón que hasta han tenido que dárnosla los principales responsables de Renfe, de Adif y del Ministerio de Fomento.

El sábado pasado se inauguró una etapa que nos obliga a ser conscientes de que desplaza para siempre, de los políticos a los ciudadanos, la responsabilidad de exigir el tren. Desde el sábado ya no será una reivindicación de ninguna institución, por muy legítima y avalada por los votos que esté. Ese día, los extremeños dejamos de delegar en nuestros representantes el tren digno y lo hemos empezado a exigir en primera persona, sin intermediarios. De igual manera, desde el sábado el tren extremeño ha dejado de ser materia de programa electoral porque se ha convertido en exigencia por nuestra mera condición de extremeños.

También desde el sábado ya no hay excusas, ya no hay culpables salvo nosotros, porque el sábado demostramos que sabemos pedir y tenemos fuerza para hacerlo. Y el fracaso, si fracasamos, será enteramente nuestro.

 

 

 

 

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Chiquito y yo
Antonio Tinoco Ardila 15-11-2017 | 8:46 | 0

Tardé en entender el humor de Chiquito de la Calzada. Al principio no fui capaz de ver más allá de sus patillas excesivas, de su papada sudorosa, de su peinado de señorito del sur, de su pelo con caracolillos, de sus zapatos abrillantados, de sus camisas floreadas de palmero de tablao para turistas. Cuando salía con traje y corbata eran siempre chillones, como si los eligiera el responsable del vestuario de una película de mafiosos de serie B en la que Chiquito trabajara de rufián imposible. Era una indumentaria que por sí sola bastaba para poner automáticamente entre Chiquito y yo tierra de por medio. Por si fuera poco se ponía a hacer mojigangas en el plató como si mientras lo maquillaban –me parecía siempre recién excesivamente maquillado—le hubieran dado a oler algo que le provocara movimientos espasmódicos. Chiquito se ponía de pie y de pronto daba saltitos de gorrión o caminaba de puntillas; aquí se detenía y allí encogía una pierna y se quedaba quieto. Era ese momento cuando más patético me parecía: una pobre garza enana muy tiesa arqueando la espalda con las manos en los riñones.

Además, no entendía lo que decía. Hablaba raro, atropellado. Y cuando lo entendía me parecía insulso. Alargaba interminablemente los chistes y los remataba rematadamente mal. Yo veía a la gente a mi alrededor riendo a carcajadas con Chiquito y no sabía por qué reían: el humor de Chiquito me había convertido en marciano.

Pero lo peor no era Chiquito. Lo peor eran los insufribles imitadores de Chiquito, los que de pronto no sabían hablar si no era introduciendo en su conversación ‘¿te da cuen?’, ‘fistro’, ‘hasta luego, Lucas’. He conocido gente respetable que te saludaba con un resuelto ‘¿cómo estás, pecador de la pradera?’ y sin solución de continuidad seguía con una actitud perfectamente seria. Había siempre cerca gente que imitaba a Chiquito, gente que parecía que habían roto a hablar a partir del momento en que el humorista le había prestado sus latiguillos porque sólo sabían expresarse dentro del universo lingüístico que manejaba Chiquito. España entera se había contagiado de aquel hombre del que decían que estaba renovando el humor y que a mí me parecía un insulto para Eugenio, para Gila, para Tip y Coll, para Faemino y Cansado. También para Paco Gandía, andaluz como Chiquito, pero que hacía del chiste una historia que acababa con un desternillante golpe de efecto.

Han tenido que pasar años para que Chiquito empezara a caerme bien. Más que bien. Me ganó por insistencia. Quizás porque, pasado el tiempo del fenómeno televisivo y de la pavorosa epidemia de imitadores, se me cayeron los prejuicios y empecé a ver a un hombre inocentón, tierno, un entrañable payaso con un inmenso talento natural. Y donde veía saltitos histriónicos, posturas de garza patética o palabras estúpidas, veo ahora a un hombre pequeño creador de un personaje gigante con un lenguaje exclusivo que se esforzaba por hacernos la vida mejor. Si dicen que no hay mayor generosidad que la de hacer reír, veo a Chiquito ahora como lo que seguramente fue: un hombre generoso y entregado a arrancarnos la risa. Conmigo, al final, lo consiguió.  Que la tierra le sea leve.

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El sueño de Trump sin Twitter
Antonio Tinoco Ardila 08-11-2017 | 8:54 | 0

El pasado jueves, la cuenta en Twitter de Donald Trump estuvo desactivada once minutos. Es posible que crean que fue una tontería, una especie de anécdota en la batidora de la actualidad, esa clase de noticias improductivas que sólo tienen importancia para los responsables de las ediciones digitales de los periódicos porque les proporcionan tráfico y después se disuelven sin consecuencias, como burbujas carbónicas que escapan del agua.

Sin embargo a mí me encantó leerlo: me hizo soñar. Me gustó pensar que durante ese tiempo el hombre más poderoso de la Tierra se sintió perdido en el éter, sin asideros, dando tumbos como un neutrón sin albedrío: con masa (en su caso, bastante, y bronceada por lo que parecen interminables sesiones de rayos UVA) pero sin energía. Me gustó pensar que durante ese tiempo, Trump tuvo la certeza de que –aunque formalmente seguía siendo presidente de los Estados Unidos porque ningún funcionario fue a presentarle el documento definitivo en que se le informaba de su incapacitación y ningún policía lo había conducido hasta la puerta de la Casa Blanca–, tuvo la certeza, digo, de que ya no tenía sentido ser presidente de nada porque a partir de ese momento dejaría de haber gente al otro lado riéndole las gracias de sus tuits, jaleándole sus admoniciones, aplaudiendo sus vejaciones a cualquier persona que tenga la condición de víctima y multiplicando hasta el infinito sus ocurrencias de matón de la Gran Manzana.

Me gustó pensar que durante esos once minutos Trump tuvo que beberse el vaso de la Justicia y estuvo solo ante su espejo y lo que en él vio fue su ser verdadero: el zafio inmaduro incontinente de boca, el impetuoso racista que sólo es capaz de establecer relaciones de dominación con sus congéneres. Me hizo soñar que tras esa experiencia Donald Trump sintió un abandono cósmico, que notó que bajo sus pies se abría un agujero negro de silencio del que no podría escapar ya nunca más ninguno de esos siniestros trinos suyos a los que se ha encomendado para gobernar la nave de su país y de buena parte del mundo. Y que Trump, el hombre que encarna la mayor amenaza para el futuro del planeta y de los que lo habitamos, había dejado de existir. Porque, al cabo, pensé: ¿que es Trump sino su cuenta de Twitter?

Me sentí bien pensando todo esto, imaginando lo bonito que sería que fuera verdad, pero al mismo tiempo no pude dejar de sentir pena porque no fuimos conscientes de que durante esos once minutos la Humanidad tuvo la oportunidad de inaugurar una nueva era. Y la dejamos escapar. No supimos interpretar el gesto del empleado de Twitter que desactivó la cuenta de Trump: dimos por buena la versión de la empresa, que vino a decir que apagar la cuenta de Twitter del presidente Donald Trump fue su último gesto y el modo de protestar por su despido, cuando en realidad era la señal viva que inauguraba nuestra liberación: una especie de ‘Grândola Vila Morena’ en versión cibernética.

Ojalá se repita. Ojalá la aprovechemos y podamos empezar a vivir la venturosa realidad de Trump sin Twitter: es decir, la venturosa realidad sin Trump.

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El Diccionario ha muerto
Antonio Tinoco Ardila 01-11-2017 | 8:02 | 0

Estoy siguiendo la crisis catalana -imagino que como ustedes-, por todos los medios de comunicación posibles: por la prensa, por sus ediciones digitales, por la radio, por la televisión, por las redes sociales… De lo que he leído, oído y visto durante estos últimos largos días han surgido sentimientos de todo tipo: de tristeza, de esperanza, de enfado, de temor, de alivio… Seguro que me entienden, porque pocas dudas tengo de que ustedes han debido sentir lo mismo que yo.

También sigo la crisis catalana por la prensa portuguesa. Porque me interesa conocer un punto de vista libre de la subyugación de una realidad que me afecta personalmente y porque creo que es ilustrativo observar cómo ven lo que nos está pasando en España desde Portugal, un país que lo siento como si fuera mío. En consecuencia, vengo leyendo lo que publican sobre Cataluña los periódicos que son referentes informativos lusos: Público, Diário de Notícias, Expresso.  Muy pronto, sin embargo, mi interés mayor se ha trasladado desde las informaciones de los corresponsales de esos periódicos a los comentarios de los lectores a sus informaciones. Y eso porque en los comentarios he encontrado un sentimiento nuevo: el del estupor, es decir, el del asombro, el del pasmo.

Asombro y pasmo por ver hasta qué punto ha calado en los lectores la versión que los nacionalistas tienen del problema catalán. La mayoría de los comentarios -que pueden ser considerados un reflejo de la opinión pública ilustrada de Portugal porque ser lector de informaciones internacionales es una característica de la minoría ilustrada-, acogen sin apenas reparos el cuento de la Cataluña oprimida y, por consiguiente, el cuento todavía más increíble de que en España el fantasma de Franco se levanta todas las mañanas a conducir los destinos de nuestro país bajo la eterna lucecita del Pardo. ‘Francoland’ -eso que Muñoz Molina denunció hace algunas semanas en El País como la foto sepia y acartonada que de España aún permanece en los países desarrollados- existe también en Portugal.

Lo dramático de todo esto no es, con serlo demasiado, que en nuestro país vecino haya mucha gente que se apunta a la teoría de que la independencia de Cataluña es una especie de revolución de los claveles con Puigdemont y Junqueras de trasunto de ‘los capitanes de Abril’ Salgueiro Maia y Saraiva de Carvalho; lo verdaderamente dramático es que para abrazar esa teoría han tenido, como afirma el escritor Juan Gabriel Vásquez, que dar por buena la perversión del sentido de conceptos como ‘mayoría’, ‘ley’, ‘referéndum’, ‘pueblo’, ‘convivencia’ y, seguramente a partir de la tarde del lunes, ‘asilo’. Y esa perversión no atañe al conflicto catalán, ni a la aplicación del artículo 155, sino a la salud de las libertades del sitio mismo donde alegremente se acepta la muerte del Diccionario.

Pasará el sarampión soberanista. Quién sabe si empezaremos a ver sus banderas en el polvo ya el 21 de diciembre. Pero la resurrección del Diccionario tardará. Y, sin embargo, no encuentro tarea más necesaria que volver a darle a las palabras el sentido que les corresponde. Porque para la democracia, sea en donde sea, en Barcelona o Lisboa, es cuestión de vida o muerte.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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