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Chiquito y yo
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Antonio Tinoco Ardila | 15-11-2017 | 07:46

Tardé en entender el humor de Chiquito de la Calzada. Al principio no fui capaz de ver más allá de sus patillas excesivas, de su papada sudorosa, de su peinado de señorito del sur, de su pelo con caracolillos, de sus zapatos abrillantados, de sus camisas floreadas de palmero de tablao para turistas. Cuando salía con traje y corbata eran siempre chillones, como si los eligiera el responsable del vestuario de una película de mafiosos de serie B en la que Chiquito trabajara de rufián imposible. Era una indumentaria que por sí sola bastaba para poner automáticamente entre Chiquito y yo tierra de por medio. Por si fuera poco se ponía a hacer mojigangas en el plató como si mientras lo maquillaban –me parecía siempre recién excesivamente maquillado—le hubieran dado a oler algo que le provocara movimientos espasmódicos. Chiquito se ponía de pie y de pronto daba saltitos de gorrión o caminaba de puntillas; aquí se detenía y allí encogía una pierna y se quedaba quieto. Era ese momento cuando más patético me parecía: una pobre garza enana muy tiesa arqueando la espalda con las manos en los riñones.

Además, no entendía lo que decía. Hablaba raro, atropellado. Y cuando lo entendía me parecía insulso. Alargaba interminablemente los chistes y los remataba rematadamente mal. Yo veía a la gente a mi alrededor riendo a carcajadas con Chiquito y no sabía por qué reían: el humor de Chiquito me había convertido en marciano.

Pero lo peor no era Chiquito. Lo peor eran los insufribles imitadores de Chiquito, los que de pronto no sabían hablar si no era introduciendo en su conversación ‘¿te da cuen?’, ‘fistro’, ‘hasta luego, Lucas’. He conocido gente respetable que te saludaba con un resuelto ‘¿cómo estás, pecador de la pradera?’ y sin solución de continuidad seguía con una actitud perfectamente seria. Había siempre cerca gente que imitaba a Chiquito, gente que parecía que habían roto a hablar a partir del momento en que el humorista le había prestado sus latiguillos porque sólo sabían expresarse dentro del universo lingüístico que manejaba Chiquito. España entera se había contagiado de aquel hombre del que decían que estaba renovando el humor y que a mí me parecía un insulto para Eugenio, para Gila, para Tip y Coll, para Faemino y Cansado. También para Paco Gandía, andaluz como Chiquito, pero que hacía del chiste una historia que acababa con un desternillante golpe de efecto.

Han tenido que pasar años para que Chiquito empezara a caerme bien. Más que bien. Me ganó por insistencia. Quizás porque, pasado el tiempo del fenómeno televisivo y de la pavorosa epidemia de imitadores, se me cayeron los prejuicios y empecé a ver a un hombre inocentón, tierno, un entrañable payaso con un inmenso talento natural. Y donde veía saltitos histriónicos, posturas de garza patética o palabras estúpidas, veo ahora a un hombre pequeño creador de un personaje gigante con un lenguaje exclusivo que se esforzaba por hacernos la vida mejor. Si dicen que no hay mayor generosidad que la de hacer reír, veo a Chiquito ahora como lo que seguramente fue: un hombre generoso y entregado a arrancarnos la risa. Conmigo, al final, lo consiguió.  Que la tierra le sea leve.

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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