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Fecha: diciembre, 2017
La toquilla celeste (un cuento de Navidad)
Antonio Tinoco Ardila 27-12-2017 | 8:28 | 0

En el centro de la mesa había langostinos y jamón y unos saquitos de esos modernos, hechos de hojaldre, que tienen marisco por dentro o setas y que todo el mundo devoraba. Había vino de Oliva de la Frontera (“buenísimo, buenísimo”, decía alguien mientras le daba a la copa un trago tan generoso que cualquier sumiller lo hubiera censurado posando sobre el bebedor la fría mirada de su suficiencia), y pasaba de mano en mano un plato con un lomo doblao en manteca blanca y ajo que era, para la mayoría de los que estaban allí, el sabor que los conectaba con la infancia.

Los niños, mientras, jugaban a perseguirse blandiendo esos churros que sirven para ayudarlos a aprender a nadar y que su madre, muy ingeniosamente con sólo pintarles una empuñadura, los había transformado en espadas láser de la Guerra de las Galaxias con las que se zurraban sin descanso pero sin peligro. Y los adultos, todavía de pie y formando corros antes de sentarse a la mesa, hablaban de esto y de aquello.

Salió en la conversación, cómo no, Puigdemont y Arrimadas, Cataluña y ahora qué; también el discurso del Rey, recién oído. Salió Zidane y Ernesto Valverde, y el admirable Busquets, y también salió en la conversación la última polémica sobre los nombres de las calles. Había partidarios y otros que no lo eran. Alguien recordó la entrevista que la periodista Rocío Romero había hecho en HOY al portavoz de la comisión de expertos que había decidido qué tenían los ayuntamientos que hacer con los vestigios franquistas, y se preguntó por qué ese experto no había logrado explicar si un pasillo de la sede de la Diputación es zona pública o privada y, por tanto, si la exhibición de los retratos de los presidentes durante el franquismo es o no exaltación de la dictadura. “Patético”, resumió alguien y todo el mundo pareció asentir.  Quizás fue entonces la primera vez en que repararon que en el tocadiscos Frank Sinatra, Nat King Cole y su hija Natalie pretendían, como el vino, mecerles el espíritu.

Nadie pareció advertir que salió del comedor y fue al cuarto de baño. Se lavaba las manos cuando al mirarse en el espejo del lavabo reparó en la prenda que estaba colgada a su espalda, tras la puerta. Era la toquilla celeste de su madre. Tenía tantos años (al menos, cincuenta) que había visto a su madre con ella puesta mientras le daba el pecho a sus hermanos pequeños. La olió. Olía a colonia de bebé. Se la puso sobre los hombros y se miró al espejo. Con ella puesta se acentuó el parecido: la misma nariz, los mismos ojos, el mentón idéntico, sólo si sonreía se retiraba esa huella y emergía la de su padre. Salió del cuarto de baño y enfiló el pasillo hacia el comedor.

Mientras se acercaba oía el murmullo de su familia. Cuando entró en el comedor se hizo el silencio tan de pronto que parecía que sobre la conversación se había abatido el punto final. Sólo parecía existir la cercana calidez de la voz de Pablo Milanés, ajeno  a aquello, cantando ‘Yolanda’. Ella, con un gesto mecánico, cogió los cordones de la toquilla e hizo un lazo, después se la ajustó al cuello, y a los brazos. Tardó en darse cuenta de que estaba llorando. Pero no se arrepintió: por fin estaban todos.

 

 

 

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Tiempo de convalecencia
Antonio Tinoco Ardila 20-12-2017 | 8:11 | 0

Uno no sabe si el próximo viernes, día siguiente de las elecciones en Cataluña, va a ser tan decisivo como para que en lo sucesivo nada sea igual en la política española (algo así como “el primer día del resto de nuestras vidas”, que dijera el exministro socialista Carlos Solchaga el día que abandonó la política). Pero sí creo que la España constitucional se la juega el jueves porque las elecciones en Cataluña van a suponer la mayor prueba de esfuerzo a la que se habrá sometido la Constitución del 78. Y comoquiera que, a tenor de lo que vaticinan las encuestas, la diferencia entre los bloques será muy estrecha, el rumbo de nuestra política no la van a marcar los resultados de esa prueba sino las interpretaciones que se hagan de ellos.

De las declaraciones de los independentistas se deduce que si volvieran a obtener la mayoría absoluta lo interpretarán como un aval al ‘procés’ y, por consiguiente, tratarán de legitimar en el nuevo Parlament lo que el viejo perpetró. Más les valdría que esas bravatas de Forcadell, Rovira y Puigdemont se queden en material fungible de campaña electoral porque si algo ha demostrado este tiempo convulso es que el independentismo catalán no tiene fuerza suficiente para alumbrar una República por mucho que intenten hacérnoslo creer mientras se golpean el pecho como King-Kong.

Las naciones y las revoluciones son algo parecido a lo que era la poesía para el cartero de Neruda: que no son de quien las crea, sino de quienes las necesitan. Los independentistas catalanes pueden manifestarse con mucha unión y en mucha compaña por la causa; pueden ponerse lazos amarillos y encender las linternas de sus teléfonos para lanzar al cielo un grito de libertad que parezca un anuncio navideño de Coca-Cola (‘la independencia de las sonrisas’ ¿recuerdan?); pueden incluso interpretar como un mal necesario que tres mil empresas cambien de sede…Todo será cohetería, maneras de ocupar el tiempo, porque si los catalanes hubieran necesitado verdaderamente la independencia como el cartero necesitaba la poesía de Neruda para enamorar a su amada, al día siguiente de declararla la plaza de Sant Jaume hubiera sido una olla hirviendo (y al siguiente, y al siguiente…) y no el espacio anodino que era, en el que la gente iba y venía como un sábado cualquiera y los recién casados se hacían las fotos para el álbum de su boda con la puerta del palacio de la Generalitat como atrezzo.

Pero si los constitucionalistas ganaran el jueves podrían caer en el error contrario: pensar que su victoria es el acta de defunción del ‘procés’. Sería un error porque el ‘procés’ es un asunto político, pero también mental en la medida que es la expresión de un delirio masivo. Su solución, por tanto, no se mide sólo en el tiempo de la política sino en el tiempo de la convalecencia. Es conocida la solución que Julio Caro Baroja proponía para el nacionalismo vasco: mandar a Euskadi trenes llenos de psiquiatras. No le faltaba razón al antropólogo: el nacionalismo es, al fin y al cabo, la expresión de un narcisismo epidémico y, como tal, lo que necesitan los ‘indepes’ es un diván en el que reclinarse y un psiquiatra. Pero ninguno se presenta a las elecciones del jueves.

 

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La nieta del ‘Hombrecino’
Antonio Tinoco Ardila 13-12-2017 | 8:18 | 0

No sé si han leído el reportaje titulado ‘La lista del ‘Hombrecino’ de Almendral’. Lo publicó el pasado sábado este periódico. Si no lo han leído, pueden encontrarlo sin dificultad en la edición digital. Se lo recomiendo vivamente, no se arrepentirán. No sólo porque esté escrito con magnífica sobriedad por la periodista Miriam F. Rúa, aunque ya por eso valdría la pena leerlo; tampoco se lo recomiendo sólo porque cuente la historia de Francisco Rodríguez Gómez, el ‘Hombrecino’, a pesar de que sólo esa historia me vale al menos a mí para que no tenga necesidad de explicar para qué existen los periódicos.

El ‘Hombrecino’, que tenía 17 años cuando estalló la Guerra Civil, era un bracero bajito, un muchacho que trabajaba como un hombre y que tuvo que escapar a la sierra de Monsalud cuando el 19 de agosto de 1936 las tropas franquistas entraron en Almendral. Fue capturado una noche en que bajaba al pueblo por comida y tuvo que elegir entre el paredón o ir al frente a luchar al lado de los que se sublevaron contra la República. Eligió seguir vivo y, además, se impuso la tarea de hacer una lista con los nombres, apellidos y motes de todos los amigos que fueron asesinados durante la contienda en Almendral, un pueblo especialmente castigado por los franquistas, que asesinaron a 250 de los 3.700 vecinos que tenía. Esa lista la llevó el ‘Hombrecino’ durante más de 30 años en el bolsillo del pantalón como un secreto, sin enseñársela a nadie porque en su casa –como en tantas y sobre todo en las de los que la perdieron–, se había impuesto la ley del silencio sobre la guerra. Hasta el día en que su nieta, que había nacido un año antes de que muriera Franco, empezó a hacer preguntas (¡dadme una pregunta y moveré el mundo!) y todo se desbordó: Francisco acabó sacando del bolsillo aquel papel ajado por los años, cuya existencia nadie conocía, y empezó a contar la vida de los que mataron en su pueblo.

Es fácil imaginar que el ‘Hombrecino’ empezó a vivir de nuevo el día en que sacó del bolsillo la lista de sus amigos y –en contra de la opinión de su mujer, que no quería remover la historia–, fue poco a poco y con detalle hablándole de cada uno de ellos a su nieta, Susana Cabañero.

Es Susana la persona por la que sí les recomiendo que lean el reportaje del sábado en HOY. Porque si su abuelo tenía la memoria quieta en el bolsillo del pantalón Susana la cultivó, la transformó, hizo de ella no el amargo recuerdo de un viejo comunista que tuvo que luchar en el bando contrario para salvar la vida, sino memoria viva que hizo posible que, por aquel papel amarillento, pudieran salir de la fosa común y conquistar la dignidad que los ganadores de la guerra negaron a los que en él aparecían.

La memoria es como un hilo que se comparte y que va, de nudo en nudo, de unos a otros, formando una cadena interminable que no se rompe jamás si hay amor. Porque el reportaje del sábado en HOY es, sobre todo, un relato de amor: el de Susana Cabañero por su abuelo, Francisco Rodríguez Gómez, ‘el Hombrecino’, que se ganó el recuerdo eterno de su nieta porque se negó a olvidar.

 

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El club de las lectoras vivas
Antonio Tinoco Ardila 06-12-2017 | 7:58 | 0

Seguramente saben que HOY, además de sus cuatro ediciones diarias como la que tienen en sus manos y que, en conjunto, llegan a toda Extremadura, publica una treintena de periódicos de otras tantas localidades medianas de nuestra región. Las ediciones digitales de esos periódicos se actualizan a diario y, además, cada mes se elabora un periódico en papel que se distribuye en instituciones, asociaciones, bares, comercios de la localidad… de tal manera que prácticamente no hay vecino que no pueda llevarse a casa un periódico que resume lo acontecido en su pueblo durante las últimas semanas. A estos periódicos los llamamos ‘hiperlocales’ porque cada una de las noticias que llevan tienen un único objetivo: hablar de la localidad de que se trate.

Les cuento esto para que se hagan una idea de que los hiperlocales son medios de comunicación necesariamente modestos pero, sobre todo, para decirles que esa modestia no es en ningún caso obstáculo –a veces es lo contrario: su condición necesaria– para hacer un periodismo admirable, tan pegado a los lectores que se confunde con ellos y que se ocupa de dar a conocer informaciones que no por el hecho de no tener cabida en el ejemplar regional o no llamar la atención de la opinión pública reflejan con menos intensidad la vida de los pueblos.

Una de esas informaciones es la publicada la semana pasada en la página 10 del hiperlocal de Quintana de la Serena. Su sencillo titular dice así: “El club literario de Quintana acudió a un encuentro con Javier Cercas”. La periodista responsable del hiperlocal de Quintana, María Fortuna, explica que un grupo de mujeres del club de lectura de Quintana de la Serena había viajado hasta Zalamea, que está a 20 kilómetros, para asistir a la charla que el escritor de Ibahernando Javier Cercas dio sobre su última novela, ‘El monarca de las sombras’. La noticia, ilustrada con una foto de las quintanenses con Cercas, informa también de que ‘El monarca de las sombras’ había sido el ‘libro del mes’ y, por tanto, leído y discutido, antes de la charla con su autor, entre los 25 miembros del club de lectura (por cierto, ¿saben cuántos hombres hay en ese club? Ninguno. ¿Será leer ‘cosa de mujeres’?). La información de María Fortuna recogía también que ese club de lectura se creó en 2005 y que el próximo encuentro de discusión será el 13 de diciembre y girará en torno a la novela –como todas, previamente leída– ‘4,3,2,1’, del norteamericano Paul Auster, un autor, Príncipe de Asturias de las Letras en 2006, cuya literatura no es precisamente Corín Tellado.

No sé qué impresión les causará esta noticia, pero que un grupo de mujeres organice un viaje a otro pueblo no para ir a la feria sino para encontrarse con un escritor y que cada mes ese grupo de mujeres lea y discuta una novela de un gran autor, cosa que seguramente no hacen la mayoría de los universitarios de nuestro país, es para mí un acontecimiento informativo, formativo, civilizado y civilizador que, además de romper los tópicos sobre qué cosas no se pueden hacer en los pueblos y sí en las ciudades, me ha hecho entender por fin qué significa que un club sea ‘más que un club’: el club de las lectoras vivas de Quintana.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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