Hoy
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Tiempo de convalecencia
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Antonio Tinoco Ardila | 20-12-2017 | 07:11

Uno no sabe si el próximo viernes, día siguiente de las elecciones en Cataluña, va a ser tan decisivo como para que en lo sucesivo nada sea igual en la política española (algo así como “el primer día del resto de nuestras vidas”, que dijera el exministro socialista Carlos Solchaga el día que abandonó la política). Pero sí creo que la España constitucional se la juega el jueves porque las elecciones en Cataluña van a suponer la mayor prueba de esfuerzo a la que se habrá sometido la Constitución del 78. Y comoquiera que, a tenor de lo que vaticinan las encuestas, la diferencia entre los bloques será muy estrecha, el rumbo de nuestra política no la van a marcar los resultados de esa prueba sino las interpretaciones que se hagan de ellos.

De las declaraciones de los independentistas se deduce que si volvieran a obtener la mayoría absoluta lo interpretarán como un aval al ‘procés’ y, por consiguiente, tratarán de legitimar en el nuevo Parlament lo que el viejo perpetró. Más les valdría que esas bravatas de Forcadell, Rovira y Puigdemont se queden en material fungible de campaña electoral porque si algo ha demostrado este tiempo convulso es que el independentismo catalán no tiene fuerza suficiente para alumbrar una República por mucho que intenten hacérnoslo creer mientras se golpean el pecho como King-Kong.

Las naciones y las revoluciones son algo parecido a lo que era la poesía para el cartero de Neruda: que no son de quien las crea, sino de quienes las necesitan. Los independentistas catalanes pueden manifestarse con mucha unión y en mucha compaña por la causa; pueden ponerse lazos amarillos y encender las linternas de sus teléfonos para lanzar al cielo un grito de libertad que parezca un anuncio navideño de Coca-Cola (‘la independencia de las sonrisas’ ¿recuerdan?); pueden incluso interpretar como un mal necesario que tres mil empresas cambien de sede…Todo será cohetería, maneras de ocupar el tiempo, porque si los catalanes hubieran necesitado verdaderamente la independencia como el cartero necesitaba la poesía de Neruda para enamorar a su amada, al día siguiente de declararla la plaza de Sant Jaume hubiera sido una olla hirviendo (y al siguiente, y al siguiente…) y no el espacio anodino que era, en el que la gente iba y venía como un sábado cualquiera y los recién casados se hacían las fotos para el álbum de su boda con la puerta del palacio de la Generalitat como atrezzo.

Pero si los constitucionalistas ganaran el jueves podrían caer en el error contrario: pensar que su victoria es el acta de defunción del ‘procés’. Sería un error porque el ‘procés’ es un asunto político, pero también mental en la medida que es la expresión de un delirio masivo. Su solución, por tanto, no se mide sólo en el tiempo de la política sino en el tiempo de la convalecencia. Es conocida la solución que Julio Caro Baroja proponía para el nacionalismo vasco: mandar a Euskadi trenes llenos de psiquiatras. No le faltaba razón al antropólogo: el nacionalismo es, al fin y al cabo, la expresión de un narcisismo epidémico y, como tal, lo que necesitan los ‘indepes’ es un diván en el que reclinarse y un psiquiatra. Pero ninguno se presenta a las elecciones del jueves.

 

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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