Blogs

Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

El bote de canela

El pasado domingo, este periódico informaba de que nuestra región ha perdido 30.000 habitantes desde 2011. Ese año superamos los 1.109.000 y establecimos el récord desde 1998, cuando empezó a haber datos oficiales. Ahora somos la tercera comunidad en tasa de disminución de su población, superada únicamente por Asturias y Castilla-León. La información señalaba también que 2016 –el último año del que el Instituto Nacional de Estadística tiene registros, toda vez que el Gobierno aprueba a final de diciembre los datos correspondientes al 1 de enero anterior–, fue el peor de la serie, hasta el punto que de esos 30.000 habitantes, casi 8.000 los perdió Extremadura ese año. Y añadía un dato que acentúa lo sombrío de este panorama: la mayoría de esos 8.000 habitantes perdidos no se debió a que hubiera más muertes que nacimientos, sino porque la gente se fue: en 2016 se fueron de Extremadura 5.467 personas, 1.069 de ellas al extranjero y las 4.398 restantes a otras comunidades autónomas. La emigración, ese monstruo que se basta para explicar la decadencia de una tierra y que creímos definitivamente muerto algún tiempo atrás, goza en Extremadura de una excelente lozanía.

La emigración no son cifras. Siempre que me topo con ella reaparece en mi cabeza una imagen que creo que sólo se irá de mi memoria cuando la pierda entera: una mañana, tendría yo siete u ocho años, vi aparcado un camión delante de la puerta de la casa de enfrente a la mía y al señor Antonio Antequera, a su mujer, Guadalupe, y a su hijo Amador, que vivían en ella, sacando cosas de la casa y subiéndolas al camión. Pregunté a mi madre y me dijo que se iban. “A Irún”, me diría, aunque yo no entendí su respuesta hasta años después, cuando supe dónde estaba Irún.

Lo que yo veía, y eso no tuve que hacer el esfuerzo de comprenderlo, es que la casa se iba vaciando: una mesa, sillas, lámparas, somieres, los colchones de borra enrollados y atados con cuerdas, los cabeceros de las camas, una cómoda, un aparador, la loza, la espetera… todo iba al camión. Los niños de la calle nos juntamos a ver la mudanza y recuerdo vívidamente cuánto estorbamos mientras duró. No sabíamos qué significaba, pero sí que lo que estaba ocurriendo tenía el aire de un dolor desconocido por el silencio de los adultos mientras subían las cosas al camión y por lo sola que se estaba quedando la casa. Lo último que recuerdo fue a la señora Guadalupe deambulando por ella, como perdida, cuando ya no quedaba nada. Si yo hubiera sido más listo habría comprendido que se estaba despidiendo y la habría dejado sola, pero me quedé en la puerta y cuando reparó en mí se acercó y me puso en la mano lo que en ella llevaba: era un bote de canela. “Toma, que lo aproveche tu madre”. Fue lo último que me dijo. Me acarició la cabeza, cerró la puerta de su casa y, con ayuda de su marido Antonio y su hijo Amador, se subió en el camión.

No volvimos a verlos.

El bote de canela lo tuvo mi madre algunos años en el especiero que tenía en la cocina. Nunca lo abrió, quizás para que no se desvaneciera el recuerdo de la señora Guadalupe y de su familia.

Pero se nos perdió cuando hicimos la mudanza.

 

 

Temas

Otro sitio más de Comunidad Blogs Hoy.es

Sobre el autor

Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

enero 2018
MTWTFSS
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031