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Hacia la ciudad sin ciudadanos
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Antonio Tinoco Ardila | 07-02-2018 | 07:09

No me pierdo nunca las columnas de la sección ‘Así nos va’ que el periodista J. López-Lago escribe en la edición de Badajoz de este periódico. Esa mirada suya distante pero  cálida al mismo tiempo, sardónica y cariñosa, a veces cruda pero nunca áspera sobre las cosas que pasan en Badajoz, no es fácil de sostener sin interrupción. López-Lago lo logra siempre y de sus columnas saco, además de una sonrisa, la pincelada costumbrista que humaniza la ciudad. El pasado jueves se hacía eco en su columna de que algunas asociaciones del Casco Antiguo, en su afán de tener un Carnaval lo menos ruidoso posible, se oponen a que los artefactos, con sus insistentes tambores, lleguen al barrio, por lo que el periodista concluía que a este paso el Carnaval de Badajoz, la mayor propuesta de la ciudad para atraer visitantes, la pregonada Fiesta de Interés Turístico Nacional aspirante a Internacional (las mayúsculas no son mías; son las que ella misma se atribuye) se tendría que hacer en el Charco de los Pollos, es decir, cerca de la confluencia del Guadiana con el Caya, a casi diez kilómetros de la ciudad. Y aún así, decía López-Lago, los pescadores o los amantes de los pájaros podrían expulsarlo (¿en ese caso, qué le quedaría al Carnaval: tirarse al río?) porque les molesta para el ejercicio de sus aficiones.

Sé que en el Casco Antiguo de Badajoz están hartos de los ruidos porque son excesivos y continuos. Y tienen toda la razón: se trata de una zona oficialmente saturada hasta el punto de que la pasada semana el Ayuntamiento aprobó no dar más licencias de bares hasta 2021. Pero deberíamos distinguir el ruido ordinario (muchas veces ordinariamente irregular y susceptible, por tanto, de que se le aplique la ordenanza o el código correspondiente y se le ataje con sanciones y cierres) del ruido extraordinario. La ciudad es una invención definida por la diversidad: nació como el resultado de las ventajas de vivir juntos y muy pronto se reveló como refugio de la disidencia, que con el tiempo ha resultado ser la mejor expresión de su modelo civilizado. Si comenzamos a suprimir lo que circunstancialmente nos incomoda –ahora el Carnaval por el ruido; después la media maratón Elvas-Badajoz, porque nos impide durante varias horas ¡al año! no transitar por algunas calles; o la San Silvestre, que ya ha sido relegada al río para que no moleste; o la Semana Santa, que llena las calles de la cera derramada de los cirios– estaremos desandando ese camino y dirigiéndonos hacia una ciudad sin ciudadanos, porque eso sería vivir sin decir ni hacer nada por temor a causar molestias.

Ser libre no tiene mérito: afortunadamente nacemos libres e incluso la ley nos protege para que ejerzamos la libertad. Lo que sí tiene mérito es ser tolerante, que es el resultado de un aprendizaje cuyo prácticamente único material pedagógico es la consideración hacia la libertad de los demás. Y la locución ‘libertad de los demás’ siempre significa lo mismo: libertad para que los demás hagan lo que a mí no me gusta. Respetarla tal vez incomoda, pero es una de las llaves de la civilización.

Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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