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Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

Lynch campa

La policía difundió la información de la detención de la novia del padre del niño Gabriel Cruz como presunta autora de su muerte y de las redes sociales brotaron una epidemia de mensajes de odio cuyo pus no ha dejado de supurar desde entonces. A  partir del momento en que se conoció el crimen y de las reacciones de innumerables personas bajo el anonimato de las redes, el domingo se convirtió en un día tristísimo. Afortunadamente serán los tribunales los que se encargarán de determinar la responsabilidad de la detenida (esa mujer que la madre de Gabriel no quiere que se nombre), y lo harán en razón de los hechos y después de tener en cuenta todas las circunstancias del sumario. Pocas veces como el domingo se siente tanto el alivio de saber que en nuestro país hay justicia, porque si en lugar de jueces la sentencia la tuvieran que dictar quienes llenaron Twitter, Facebook y las ediciones digitales de los periódicos de comentarios deseándole a la detenida como mínimo la silla eléctrica (incluso había quienes decían estar dispuestos a matarla con sus propias manos), no estaríamos en un país donde impera la ley, sino en el territorio de Charles Lynch, aquel juez de Virginia que, durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos, mandó ahorcar sin juicio ni nada que se le pareciera a un grupo de defensores de mantenerlos bajo la soberanía de Gran Bretaña.

El domingo fue un día tristísimo porque a diferencia de los días anteriores, cuando cientos de personas, sobreponiéndose a la pena, acudieron a la llamada de la búsqueda del niño para sostener la esperanza de encontrarlo con vida y devolverlo a su casa, dio la cara en España el horror y el terror. El horror de que una persona adulta estrangulara a un ser indefenso de ocho años y lo tirara a un pozo, del que lo sacó para meterlo en su coche y llevarlo en el maletero como se lleva un bulto del que espera deshacerse; y el terror al ver que entre nosotros hay tantísimas personas dispuestas a despreciar el tesoro de la justicia –ese invento sin precio que es la contraseña que nos permite ingresar en la civilización–, para abrazar el impulso fiero y ciego de la baratija de la venganza.

Se oyen justificaciones ante ese comportamiento, gente que lo disculpa o que lo entiende y yo me resisto a oírlas porque es falso que de un crimen horrendo se derive, con la naturalidad con que la noche sucede al día, el deseo de que sus efectos se repitan en su autor porque sea la única forma de establecer una especie de siniestra reparación. Eso sucede sólo si el huevo de esa serpiente ya viene incubado en corazones dispuestos a que eclosione al calor del primer suceso atroz que ocurra.

El domingo fue un día tristísimo porque descubrimos lo ilimitado de la maldad humana, pero también porque vimos lo cerca que tenemos el abismo en el que, si caemos, nos convertimos en horda. La jauría aguarda en cada uno, vive en nosotros acechante, como una alimaña durmiente. Nos sopesa, nos vigila. Y si le damos oportunidad nos caza. Y a partir de ese momento ya todo es inútil: Lynch campa.

 

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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