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Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

Rajoy, ante su estatura

Quizá la sentencia del caso Gürtel sea una de esas oportunidades que nos ofrece la vida política en la que se mide la estatura de nuestros dirigentes y, de paso, la vitalidad o moribundia del Estado. Las ocasiones son las que forjan el carácter y las que definen a cada quien, por eso Mariano Rajoy tuvo en sus manos el pasado jueves, inmediatamente después de conocer el fallo de la Audiencia Nacional, la oportunidad de colocar el listón –estoy hablando de su listón moral porque sobre el político hace tiempo ya que acabó con la esperanza de los más ilusos— a la altura de un dirigente de un país democrático.
La democracia no es únicamente un sistema de derechos y libertades sobre la base de la división de poderes; la democracia es también un sistema de obligaciones. No sólo normativas, sino morales, incluso estéticas. Por eso, atendiendo a las obligaciones que impone la democracia, el presidente del Gobierno debió de dimitir –debió de ‘deber’, antes que de ‘tener que’— desde el mismo momento en que supo que ese tribunal había condenado a responsables de su partido a decenas de años de cárcel y a su partido mismo por mantener un sistema corrupto de contabilidad desde el año 1989. Desde el pasado día 24, esas ya no son acusaciones de parte, sino pronunciamientos del Estado –provisionales, es verdad, pero pronunciamientos con el peso de los hechos como lo demuestra que varios de los condenados han ingresado en prisión– a través de un órgano legitimado para hacerlo como es un tribunal de justicia. Por eso Mariano Rajoy, para responder con dignidad a la obligación que impone un Estado que se predica de democrático como el nuestro, debió de hacérsele insoportable pertenecer al partido que ha tenido de primer responsable a personas como él; mucho más insoportable, por tanto, ostentar la representación de todos los españoles bajo las siglas de ese partido.
En cambio, ¿qué ha pasado desde el jueves último a hoy? Lo de siempre: el reñidero: Rajoy parapetado defendiendo su posición con palabras que esconden su falta de coraje; su partido cavando un foso defensivo a su alrededor dispuesto a distraer al común con lo que sea con tal de que no perciba el hedor de los cadáveres; y Pedro Sánchez mordiéndole la yugular al presidente del Gobierno sin más sustento que el aventurerismo al que le ha conducido su ambición –a toda costa y caiga quien caiga, aunque el que caiga sea su partido— de ser califa en lugar del califa.
‘Todo esto da asco. Basta de palabras, un gesto. No escribiré más’. Es lo último que dejó escrito Pavese antes de su instante definitivo. Imaginemos que Mariano Rajoy se hubiera acordado del poeta italiano, imaginemos que lo hubiera parafraseado y que únicamente hubiera adaptado a su biografía la última frase, sustituyendo ‘no escribiré más’ por ‘no gobernaré más’. Si eso hubiera pasado hoy España podía estar en camino de ser otra. La que corresponde a un país con dirigentes a la altura de una democracia.
Es la oportunidad que hemos perdido; es la que Mariano Rajoy ha echado a perder.

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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