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Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

La luna no es gaseosa

Muchos años después, ante aquel cuadro que reproducía en gran formato la portada del día en que el hombre llegó a la Luna y que colgaba, junto a otras portadas históricas, en la sala de juntas del periódico HOY, me pregunté si no estaría ahí, en esa primera página, la razón por la que me hice periodista.

Antes de seguir adelante debo decir que no lo sé. Dudo que uno escoja un oficio por un hecho concreto, por una especie de acontecimiento iniciático, como si fuera el deslumbramiento de Pablo camino de Damasco. Sin embargo, cuando alguien me pregunta por qué soy periodista no puedo evitar acordarme del día en que el hombre llegó a la Luna; de la información que del acontecimiento traía el HOY  y de que muchos años después, ante aquel cuadro que reproducía la portada del 22 de julio de 1969, llegué a la conclusión de que sí, de que si había alguna razón por la cual me hice periodista bien podría ser esa. Al menos merecía la pena que lo fuera.

“El hombre llegó a la Luna”, “Alunizó a las 21.18 del domingo, sobre el Mar de la Tranquilidad”, titulaba y subtitulaba el periódico, que completaba la portada con dos fotografías de grano gordo, una del momento en que Armstrong bajaba por la escalerilla del módulo lunar y ponía el pie en la superficie del satélite, y otra en que, junto a Aldrin, pinchaba la bandera de los Estados Unidos y tomaban posesión de aquel inmenso erial de piedra pómez.

Yo tenía entonces 11 años y vivía en el pueblo en que nací, Higuera de Vargas. Mi familia era como las demás, aunque había dos detalles que la hacían distinta. Uno era reciente: en casa de mi abuelo teníamos televisión, un aparato todavía raro en el pueblo. El otro detalle era muy anterior a que yo naciera: éramos suscriptores del HOY. Llegaba cada tarde en el Leda que hacía la línea entre Oliva de la Frontera y Badajoz.

No sabría decir muy bien por qué pero en mi casa, chicos y grandes, seguíamos el viaje espacial del Apolo XI con una devoción arrebatada: la que nos supieron transmitir las crónicas del HOY. Por ellas no sólo conocíamos los nombres de los tres astronautas y leíamos por primera vez -yo sin enterarme de nada- que la Luna tenía un campo gravitacional, y tradujimos, también por primera vez, la palabra ‘eagle’ por ‘águila’, el nombre del módulo lunar que se posó en el Mar de la Tranquilidad. Por ellas sabíamos también de los nervios en Houston y de la expectación en todo el planeta, incluida la Unión Soviética, de la que se decía malévolamente que ya tendría colocada en el satélite una barrera de aduana para no dejar pasar a los americanos. Por ellas nos pusimos en el lugar de Mike Collins, el héroe desdichado, el hombre sacrificado por la gloria, y sentíamos su soledad en la nave Columbia, rodeado del silencio sobrecogedor del Universo, mientras circunvalaba el satélite esperando a que sus dos compañeros hicieran el viaje que los llevaba directamente a la posteridad.

Aquella madrugada del 21 de julio en la que el hombre llegó a la Luna mi madre nos levantó cuando todavía era de noche y nos fuimos a casa de mi abuelo para verlo en directo. Estaba allí toda la familia, desde mi abuela, que era la mayor, hasta el más pequeño, que era yo. Estábamos mucho más quietos que cuando había corrida, y si hubiera habido alguien que se le hubiera ocurrido fotografiarnos mientras mirábamos la tele habría recogido en nuestro gesto el envés de la noticia: las caras del asombro, el impacto del suceso, la mirada enardecida de quien asiste a una de las mayores aventuras del hombre en el siglo XX.

Por eso, cuando en los días siguientes al alunizaje descubrí que pocos en mi pueblo creían que fuera cierta la historia de la llegada del hombre a la Luna, me enfrenté también por primera vez en mi vida, y por supuesto sin saberlo, a una pregunta básica en el periodismo: ¿qué es verdad?

Y es que la estanquera de Higuera, la señora Marcela, una mujer que tenía una capacidad que entonces no se echaba de menos y que era la de pegar la hebra con todos, decía a quien quisiera oírla que era imposible. Que en qué cabeza cabe que un hombre pudiera llegar a la Luna y poner los pies en ella. Que a ver si pensábamos que la Luna era tonta y se iba a dejar. Yo miraba con asombro cómo aquella mujer desafiante iba echando por tierra el acontecimiento que, según decía el HOY, acababa de marcar una raya en el libro del progreso. Y lo hacía sin tropezar mientras despachaba un paquete de Ideales, un corte de helado de tres gustos -fresa, vainilla y chocolate- o un boleto de una rifa seguramente clandestina. Marcela era una mujer que iba convenciendo a todos desde el púlpito del estanco. Convenciendo y haciendo conversos que incluso le aventajaban en el disparate, porque por allí apareció gente con teorías aún más descabelladas que las suyas. Y uno decía: “Pues yo he oído decir que la Luna escapa, que si ve venir la nave sale corriendo, pies para qué os quiero”. Y otro añadía: “Como que es un gas. ¿A quién se le ocurre decir que se ha posado un hombre en la Luna, si es un gas? Si vas a poner el pie allí te hundes!” Y Marcela remataba diciendo que pues claro que era así, que ya estábamos oyendo los que creíamos la patraña. Se sofocaba y todo. Y a veces había que insistirle en las vueltas, porque con el asunto de la Luna se le olvidaba darlas.

Le dije lo de Marcela a mi padre. Se lo dije alarmado porque no sabía a qué carta quedarme, acorralado como me sentía ante aquella mujer que parecía tener una ametralladora que disparaba incansable contra la misión Apolo. Casi cincuenta años después recuerdo como si fuera ahora mismo el momento en que se lo dije. Era por la tarde, íbamos los dos caminando por la calle Jerez, la principal de Higuera. Mi padre me llevaba de la mano. Cuando lo oyó me miró. Nos paramos y se agachó para estar más cerca de mi cara. Y me dijo: “Tú no le hagas caso. ¿No has leído en el HOY que el hombre ha llegado a la Luna? “Sí, lo he leído igual que tú”, contesté. “Pues si lo has leído es porque es verdad. Digan lo que digan”. Se levantó y seguimos andando.

Y hasta HOY.

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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