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Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

La censura colectiva

Seguramente recuerden que hace unos días se produjo una polémica a cuenta de que la letra de una de las canciones de Mecano de hace un montón de años (desgraciadamente, todas las canciones de Mecano son de hace un montón de años) incluía la palabra ‘mariconez’. A un cierto número de personas (no sé si muchas pero sin duda ruidosas; en cualquier caso las suficientes para que el asunto fuera objeto de atención pública) les brotó un sarpullido insoportable por oírla. Tan intolerable para sus oídos les pareció la palabra ‘mariconez’, (a pesar de estar en España, donde hay abundancia de lenguas como destrales), que pidieron al autor de la canción, José María Cano, que la suprimiera y la sustituyera por otra como ‘estupidez’, ‘idiotez’ o ‘gilipollez’. Comoquiera que Cano se opuso, el público que asistía al programa ‘Operación Triunfo’, en el que surgió la polémica a raíz de que dos concursantes cantaran esa canción, abucheó a Ana Torroja, la cantante de Mecano, y corearon ¡¡‘estupidez, estupidez’!! cuando volvieron a escuchar la versión original de la canción, dejando así clara su protesta contra ella.

Alguien podría calificar el asunto de banal y tal vez lo sea (¡hombre, andar enredados sobre si una canción debe contener o no la palabra ‘mariconez’…!), pero yo lo tengo por una de esas pequeñas discusiones públicas que, si nos ponemos a pensar, nos hacen comprender mejor cómo es nuestro tiempo: el de la adjudicación de superioridad moral a unas palabras frente a otras; el de, por lo mismo, atribuir bajeza moral al hablante que no muestre suficiente devoción por unos términos a los que se les otorga la bendición de lo políticamente correcto y, además, no abomine de los que no lo son. Oigo a la masa gritar a coro ¡¡’estupidez, estupidez’’!! y no dejo de acordarme de que Orwell señalaba que una de las condiciones indispensables para que el Gran Hermano triunfara en su proyecto de establecer su sistema totalitario era construir una neolengua que dominara el pensamiento, lo uniformizara y, así, extirpara la disidencia.

Es paradójico que una pretendida defensa de la diversidad -quienes exigen que se sustituya la palabra ‘mariconez’ por ‘estupidez’ dicen hacerlo para evitar un término que entienden atentatorio contra los homosexuales y, por tanto, contra la riqueza de las orientaciones sexuales que representan— se quiera hacer imponiendo el significado de las palabras y suprimiendo a su conveniencia el uso de aquellas que no les gustan. Yo no sé por qué las asociaciones de homosexuales no se han enfrentado a estos nuevos beatos, cuya actitud paternalista pretende hacer creer que el natural e indiscutible respeto a su condición sexual necesita de un lenguaje despejado de términos desapacibles.

Hace unos días, el actor y monologuista Enrique San Francisco establecía una lúcida diferencia entre la censura de los tiempos de Franco y la que existe ahora. Decía: “Con Franco había una censura jodidísima, pero la de ahora es muy triste porque está colectivizada”.

Así es nuestro tiempo: el de la gente que se apunta en masa al oficio de censor.

¡Qué triste!

 

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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