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Antonio Tinoco Ardila

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Política sin red

La edición del pasado lunes de este periódico abría su sección de V con un muy interesante reportaje sobre la relación entre los políticos y las redes sociales. ‘Arañas en la red’ se titulaba y el motivo a partir del cual se elaboró –eso que los periodistas llamamos ‘percha’– fue la inusual decisión que ha tomado hace una semana el líder de los Verdes alemanes Robert Habeck de cerrar sus cuentas de Twitter y Facebook.

La razón por la cual Habeck ha decidido darse de baja en las redes sociales es porque ha llegado al convencimiento de que transmiten «odio y malevolencia» y, participando en ellas, dice, «he descubierto que no soy ajeno a esa tendencia. Twitter me hace más agresivo, más estridente, polémico y afilado. Y todo a una velocidad que dificulta que haya un espacio para la reflexión». Justamente lo contrario a lo que aspira: «A comprender al que tienes delante y a tomar en serio sus preocupaciones, en lugar de actuar de manera arrogante y pretender que lo sabes todo».

Estimo que el gesto de Habeck es de lo más digno que se ha visto en política en los últimos tiempos. No sólo por arriesgarse a poner en peligro su carrera, puesto que a la vista está que hoy es muy difícil mantenerse en primera línea de la visibilidad social, lo cual es tan imprescindible para cualquier político que los especialistas que aparecían en el reportaje de V aseguraban que Habeck tardaría poco en volver a las redes si quería seguir políticamente vivo, sino por algo más importante: porque tiene razón. Porque las redes se han convertido en el mayor  reservorio de ‘odio y malevolencia’ que existe, y aun en aquellos casos en que milagrosamente no lo son, han arrasado con la posibilidad de expresión del pensamiento complejo, del matiz, de las explicaciones detalladas capaces de explicar la amplia realidad. Han impuesto la tiranía de lo inmediato; la pulsión de la emoción sobre la reflexión.

Todos, no solo los políticos, nos hemos apuntado a este tipo de conversación social que, paradójicamente, es el fin de la conversación y que, si no ponemos remedio,  acabará con la conversación pública, es decir, con la democracia en cuanto que es, justamente, un sistema de conversación entre discrepantes. Cuando digo ‘todos’ estoy pensando en todos, pero especialmente en la política  y en el periodismo. Las redes sociales no son periodismo, pero los medios de comunicación –preciso: las empresas propietarias de los medios de comunicación– tuvieron en sus manos un antecesor de las redes, que fueron los comentarios de los lectores a las noticias de las ediciones digitales. Pronto se vio que, lejos de ser una maravillosa oportunidad de expresión de los receptores de la información, era llanamente una letrina en la que vomitar ‘odio y malevolencia’. A pesar de ello, ninguna empresa periodística tuvo en ese momento el coraje de seleccionar los comentarios para no ser tachada de censora y porque estaba atraída por el señuelo de unos pingües beneficios –se quedaron en ilusorios– que han acabado siendo un Caballo de Troya para la información.

Habeck tiene el coraje de intentar hacer política sin las redes. Una pirueta tan  arriesgada como el trapecismo sin red. Ojalá abra camino. Ganará la política y el sistema democrático. Y, por lo mismo, también el periodismo. Ganaremos todos.

 

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