Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
Sin líder
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Antonio Tinoco Ardila | 26-10-2016 | 9:06| 0

La estampa que queda después de la larga batalla vivida por el PSOE hasta decidir abstenerse para facilitar el gobierno de Rajoy no puede ser más desoladora: por doquier, cadáveres sobre los escombros –el más notorio, el de Pedro Sánchez—y cadáveres bajo los escombros, ocultos a la vista. La siguiente tarea de los que mantienen la cabeza sobre los hombros en ese partido será la de protegerlo de la gente que ya está muerta pero que todavía no lo sabe. Porque son estos los que aún están en disposición de acabar con lo que queda del PSOE.

Los espectadores que hemos contemplado esta batalla como si fuera una versión patria de ‘Juego de tronos’ hemos echado de menos que Susana Díaz, en quien estaban puestas todas las miradas, se comportara a la altura de la opinión que parece tener de sí misma. Ha estado, sin embargo, muy lejos de lograrlo y ahora es una zombi más, una especie de ‘caminante blanco’ que vaga por los restos de un partido que hasta ahora había encarnado como ninguno el espíritu de la Constitución del 78 y a cuya devastación ha contribuido tan resuelta como mezquinamente. Señalo hacia Díaz porque ella fue la mano que ungió a Pedro Sánchez –tan iluso él que todavía saca pecho porque sigue empeñado en olvidar el origen de su victoria en las primarias–; y porque era ella la que hacía cálculos de futuro. Por eso era ella quien, antes que nadie, debió asumir la responsabilidad de establecer el relato de la abstención, crudo, sin la hojarasca en que ha estado enredado meses y meses. Y es que en una tesitura como la vivida, ningún dirigente socialista –tampoco Fernández Vara, aunque sea el que más se acercó– ha tenido hasta la hora en que les pillaba el tren el coraje de sostener un discurso nítido para facilitar el gobierno de Rajoy. Mucho menos Susana Díaz, que ha ramoneado bajo el árbol de la abstención pidiendo a los demás que le hicieran el favor de interpretar sus gestos.

Y eso que la situación a la que se enfrentaba el partido socialista a partir de diciembre –y mucho más después de junio, cuando los españoles repitieron sólo con algunas variantes lo expresado en diciembre–, era sencilla de entender y explicar: tenía tres opciones: facilitar un gobierno de Rajoy; intentar uno alternativo; ir a nuevas elecciones. Una vez que se puso de manifiesto que el gobierno alternativo era una operación de arenas movedizas en la que el PSOE tenía muchas opciones de acabar sepultado, y de que las terceras elecciones eran un viaje hacia la irrelevancia, ¿por qué todos se pusieron durante meses a perder el tiempo y a devaluar su posición dando rodeos sobre la abstención y cuidándose de no nombrarla? Sólo cabe una respuesta: al PSOE le falta un líder y Susana Díaz ha faltado a la cita con el liderazgo a la que ella misma se había convocado. Menos mal, sin embargo, que el partido aún conserva su particular marqués de Pombal, Javier Fernández, el hombre que está tratando de hacer lo que hizo el portugués tras el terremoto de Lisboa: enterrar a los muertos y tratar de dar de comer a los que quedan. Ojalá pueda enterrar a todos los muertos; también a los que creen haber sobrevivido a la batalla.

 

 

 

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Bob
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Antonio Tinoco Ardila | 19-10-2016 | 7:54| 0

Queríamos tanto a Bob que por él hicimos un grupo de música. Salió espontáneo, cosa de una tarde, y ninguno sabíamos apenas nada, sólo Chus Rivas cantaba y lo imitaba más o menos regular y sólo Rafa Bardají tenía ese don trabajado, tan de Bob, de tocar la guitarra y acompañarse al mismo tiempo de la armónica. El resto éramos gente que paseábamos tan perdidos por la música como por las estrellas, pero unos y otros teníamos en común que cuando oíamos a Bob en aquellos radiocasetes Philips o alguien, en un banco del paseo de San Francisco de Badajoz, se ponía a cantar alguna de sus canciones, nos parábamos y ya se nos iban las horas muertas.

Así que cuando algunos de nosotros decidimos formar un grupo de música nadie dijo que aquello fuera una locura porque la mayoría entendió que era la oportunidad que buscábamos de mostrar que estábamos rendidos ante Bob. Y era verdad. Estábamos en un momento de nuestras vidas en que cualquiera de nosotros nos hubiéramos partido la cara con quien hubiera puesto en duda que cantar ‘Blowing in the wind’ –sólo cantarla, aunque fuera mal– no te hacía inmediatamente artista. Y es que aquella canción era tanto como una brújula, la guía para ir por el mundo siendo compañeros del viento en el que, si sabíamos escucharlo, estaban suspendidas todas las respuestas que necesitábamos para vivir.

Y para nosotros bastaba con que la cantara Bob.

Por eso hicimos aquel grupo, porque lo que nos importaba entonces era pertenecer a la cofradía de quienes lo queríamos sin condiciones. Y porque lo queríamos tanto nos reuníamos tardes enteras bajo las escaleras del aparcamiento de Simago. Allí, entre las cajas de madera y de cartón que sus empleados arrumbaban todos los días antes de que las tiraran a la basura, cantábamos las canciones del maestro y allí, si llegamos a componer algún blues, fue exclusivamente por el aliento de Bob. Lo queríamos tanto que todos nosotros, sin habernos puesto de acuerdo, nos compramos una armónica. Porque la armónica era el verdadero instrumento de Bob (por el que se expresaba el alma), y porque la armónica nos permitía soñar con él mientras la soplábamos hasta lograr aprender, no por la vía del talento sino por la de la insistencia, los solos inolvidables de ‘Just like a woman’.

Queríamos tanto a Bob que su voz desgarrada era lo único que dejábamos que nos acompañara cuando íbamos solos, sus canciones nos ocupaban enteramente el pensamiento como una tierra conquistada y las tarareábamos resueltos por la calle aun comprendiendo apenas -o no comprendiendo nada– lo que significaban. Pero no importaban sus letras porque entendíamos a Bob: entendíamos lo que hacía, su vida rebelde, su vestir atrabiliario, sus rarezas y sobre todo entendíamos su música, que para nosotros, por tanto como lo queríamos, resultaba ser un jeroglífico tan fácil que no necesitaba explicación. He ahí por qué no tiene sentido discutir; he ahí la mejor razón por la que la poesía de Bob Dylan merece el Nobel de Literatura: porque se entiende sin necesidad de comprenderla. Es lo que tiene el amor.

 

 

 

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Piqué
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Antonio Tinoco Ardila | 12-10-2016 | 8:49| 0

El defensa del Barcelona y de la selección, Gerard Piqué, anunció tras el partido contra Albania del pasado domingo que dejaría La Roja después del Mundial de Rusia, en 2018. Dijo que era una decisión meditada, pero que en ella ha tenido que ver la cacería a la que desde hace meses es sometido por un sector de la afición que considera al jugador ‘antiespañol’ porque se ha mostrado partidario de que se celebre un referéndum para dirimir si Cataluña se queda o se va de España. El último episodio –“la gota que ha colmado el vaso”, dijo al anunciar su retirada de la selección—han sido las críticas vertidas en las redes sociales por aparecer en el partido contra Albania con una camiseta sin los colores de la bandera en las mangas. De poco ha servido su explicación y que la Federación Española de Fútbol difundiera un comunicado informando de que la camiseta de manga larga, que es la que Piqué utilizó, no lleva la bandera y por tanto el futbolista, cuando cortó las mangas de esa camiseta, no lo hizo para evitar lucir los colores nacionales.

Me tomo que Piqué se vaya de la selección como una derrota personal porque con su renuncia estamos renunciando al patriotismo que necesitamos: el de los hechos, el del trabajo, el que se sostiene por encima de las ideas distintas; no el de los gestos impostados, el del pecho henchido, el de la ensoñación falangista de ‘las montañas nevadas banderas al viento por rutas imperiales caminando hacia Dios’, ni el de los tirantes y la correa rojigualda del reloj.

Hay en Gerard Piqué, ese que quiere que se vote si Cataluña sigue o no con España, más compromiso con nuestro país que el que hubo –lo cito por estar tan de actualidad en cierto banquillo de la Audiencia Nacional– en la boda de la hija de Aznar, donde había demasiados invitados cuya exhibición de la bandera sólo buscaba un salvoconducto para el saqueo.

Aunque no tengo muchas esperanzas a pesar de que el tirón popular del fútbol podría facilitarlo, ojalá este asunto de Piqué se transforme en una oportunidad que nos lleve a meditar a los españoles sobre qué nos está ocurriendo. Porque de eso va: no de fútbol, ni de banderas, ni siquiera de patria. Va de qué está pasando con nuestra democracia, de que la voluntad de los ciudadanos está siendo secuestrada por un sector –no sé si cada vez más nutrido, pero sí más estruendoso entre otras razones porque sólo se le oye a él– adicto a los pelotones de fusilamiento. Ese sector que ha encontrado en las redes sociales una autopista para el odio. Al que no le interesa que España progrese, que los mejores participen en ese progreso (Piqué es de los mejores defensas del mundo), sino de que sólo tengan la condición de español los que pasen su particular examen de la caspa. Si por ellos fuera, Lopetegui haría la alineación de La Roja en la Legión.

El domingo, ese sector, que en el fondo representa al fascismo rampante, se cobró la cotizada pieza de Gerard Piqué. No deberíamos permitírselo porque lo que derriban con Piqué es mucho más que Piqué: es nuestra voluntad de convivir por encima de las ideas de cada uno.

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Viaje
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Antonio Tinoco Ardila | 05-10-2016 | 8:40| 0

Gabriel García Márquez temía al avión y conjuraba el miedo haciendo buena chanza de él y recordando vuelos de sus tiempos de reportero en unos aviones mansos que “apenas asustaban con sus hélices las flores de los potreros”. No le gustaban a Márquez los aviones porque pasaba miedo, pero también porque decía que en los viajes aéreos su alma se separaba del cuerpo y vivía desparejado con el mundo durante el tiempo que tardaba el alma, que viajaba por tierra o por mar, en reencontrarse con el cuerpo, que se había adelantado por el aire.

He recordado lo que le sucedía al alma y al cuerpo del escritor colombiano cuando viajaba en avión porque noto que algo así le pasa al PSOE, que mientras la sociedad española ha hecho en diciembre y en julio el viaje del bipartidismo al multipartidismo en avión y ha llevado al partido –-al cuerpo del partido—al territorio de los 85 diputados, el alma socialista –la vieja alma socialista de naturaleza bipartidista— ha viajado en tren. El difícil reencuentro de un alma bipartidista en un cuerpo inmerso en una situación que ha dejado de serlo es lo que está viviendo el PSOE, una situación que imagino que estaría viviendo el PP con parecido desgarro entre sus militantes y estupor en la opinión pública si los resultados electorales –también los de Ciudadanos con respecto a Podemos– hubieran sido a la inversa. Lo digo porque, a diferencia de muchos militantes socialistas, no creo que el conflicto que sacude hoy a su partido sea ideológico, y de hecho no veo a nadie entre los críticos a Sánchez partidario de que gobierne Rajoy, sino lógico (de lógica), de adaptación a la nueva situación multipartidista que se ha instalado en España y que, entre otras cosas, significa que los ciudadanos han empezado a pensar diferente a como lo hacían cuando votaban mayoritariamente a sólo dos partidos.

Por eso creo que también es falso que el PSOE venda su alma y pierda más apoyo electoral si facilita con su abstención el gobierno de Rajoy que si no lo hace. Al cabo, han sido los propios electores los que han creado una situación nueva de la que se derivan consecuencias hasta ahora nunca vistas, como el laberinto en que se encuentra el PSOE, que no puede construir una alternativa viable al gobierno del PP y, a la vez, huye de otras elecciones porque tendría menos posibilidades de ser alternativa al PP.

Imagino que en el ejercicio político habrá muchas ocasiones en que un partido o un gobierno haga cosas que no quiere hacer. Lo imagino porque también pasa en la vida común. Ya se sabe: a la fuerza, ahorcan. En esas circunstancias, cuando alguien toma una decisión en contra de su voluntad, nadie le exige que comparta las razones por las que se pone una soga al cuello. Sí es obligatorio, sin embargo, que comprenda por qué lo hace. Y que lo explique. El PSOE tiene el problema de que está fracturado, pero también el de que nadie tiene el coraje suficiente –es decir, el liderazgo suficiente—para emprender el viaje de la ensoñación (‘no es no’) a la realidad (dejar gobernar a Rajoy). Y explicarlo.

Con lo fácil que es.

 

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Miedo
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Antonio Tinoco Ardila | 28-09-2016 | 6:50| 0

Hace unos días Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se enzarzaron en twitter en una disputa en torno al miedo. El primero reclamaba para Podemos ser la fuerza política capaz de “meter miedo a los sinvergüenzas”. El segundo le replicó diciendo que las energías de Podemos debían emplearse, más que en meter miedo, en seducir a quienes todavía no los consideran un partido en el que confiar.

El asunto, como cabía esperar, ha suscitado multitud de comentarios y ha permitido que las redes sociales –ahí donde hemos convenido en pensar que se ha refugiado la realidad— echen humo sobre la divergencia, cada vez más notoria, entre el jefe de Podemos y su escudero. El hecho de que inmediatamente después se apresuraran en las mismas redes los correspondientes peces-piloto de uno y otro por mostrar su adhesión inquebrantable (aunque sobre todo a Iglesias, por algo es el macho alfa), no hizo más que poner de manifiesto la magnitud de la discrepancia que, más tarde, y siguiendo la lógica de la vieja política, se quiso disimular.

Esa disputa me interesó, pero no tanto por la discusión Iglesias-Errejón, que al fin y al cabo es la del clásico dilema del Príncipe querido o temido, sino porque, de pronto, me hizo visible el miedo. Es decir, el miedo que les tengo. Miedo a todos: a Rajoy, a Sánchez, a Iglesias, a Rivera. Miedo a no saber qué criatura monstruosa son capaces de crear, pero miedo porque lo que sí sé es que, sea cual sea, será a imagen y semejanza de uno, dos, tres o de todos, qué más da, y que, por tanto, no hay esperanza de que sea algo distinto a una creación que temeré.

Y es que los cuatro nos han traído hasta aquí. Repartir las culpas, como quien distribuye porciones desiguales de queso, es a estas alturas inútil: después de casi un año he llegado a la conclusión de que uno de los errores que hemos cometido –disculpable porque tienen distinta apariencia– es pensar en cada uno de ellos como individuos. Abramos los ojos: no existen Rajoy, Sánchez, Iglesias o Rivera. No existen por más que quieran hacernos creer que cada uno de ellos es un (mal) político, singular en su género, cada cual con sus miserias propias. Pudieron existir hace meses, pero desde diciembre hasta acá han fabricado una batidora que ha triturado lo que fueron cada uno de ellos, con sus partidos, sus siglas y con aquellos discursos con los que nos trataron de seducir y que ya nos atemorizan, de manera que ahora sólo queda un magma informe, una pulpa hecha de la suma de sus cuatro inutilidades, de sus cuatro egoísmos, de sus cuatro voluntades aderezadas, eso sí, de a cual más bonito discurso autoexculpatorio.

Siempre me he resistido a justificar esa idea cínicamente desencantada del ‘todos los políticos son iguales’, que es uno de los asuntos clásicos de las barras de los bares. Pero llegados a este punto no encuentro argumentos, y bien que me gustaría, para no rendirme ante ella. Y es que lo han logrado: son ya el mismo individuo con cuatro cabezas. Un monstruo que mete miedo y del que barrunto que a poco que le dejemos nos hundirá. Todavía más.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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