Hoy

img
Autor: Antonio Tinoco
El momento de envejecer
img
Antonio Tinoco Ardila | 21-12-2016 | 8:24| 0

A mi padre le gustaba gastarme bromas. Una de ellas parecía imposible de creer incluso en el momento en que me la hizo, cuando yo tendría 8 o 9 años. Fue una de las primeras veces que, desde Higuera de Vargas, mi pueblo, vinimos a Badajoz en el Renault 4 mi hermano Manolo, mi padre y yo. Por aquel entonces apenas había semáforos en la ciudad y los guardias urbanos –eran de los que tenían un casco blanco que parecía un salacot y unos abrigos abrochados hasta el cuello–, dirigían el tráfico en los cruces y desviaban los coches a un lado y a otro haciendo indicaciones enérgicas con las manos metidas en guantes, también blancos y como de hule, que les llegaban casi hasta los codos. Unas veces a la derecha, otras a la izquierda. Y otras más nos daban paso para que continuáramos adelante. La resolución de aquellos hombres me llamaba tanto la atención que le pregunté a mi padre cómo sabían los guardias hacia dónde nos dirigíamos. Él improvisó una respuesta mucho mejor que la pregunta: “porque esta mañana, antes de salir de casa, he llamado por teléfono al cuartel de los guardias urbanos y les he dicho que vendríamos a Badajoz para ir a la Plaza de la Soledad y cada guardia, al ver la matrícula de nuestro coche, sabe a dónde vamos y nos manda por la calle que corresponde”.

Hasta mucho tiempo más tarde, cuando el asunto de los guardias salió a relucir de nuevo, no formaron en mi casa un jolgorio a costa de mi inocencia y me hicieron caer en la cuenta (¡¡aaayyy, cabeza de chorlito!!) de que los coches tienen intermitentes para indicar a los guardias la dirección hacia la que van sin que haya que informarles antes de salir de casa.

No me molestó que mi padre me hubiera tomado el pelo en aquella ocasión en que fuimos él, mi hermano y yo a la Plaza de la Soledad. Al contrario: la asombrosa capacidad de los guardias urbanos de Badajoz de saber por dónde tendría que ir cada coche para llegar a su destino –que yo creí a pies juntos; no me dirán que no era lo suficientemente fantástica como para merecer la pena creerla– fue una prueba más de que aquel viaje estaba consagrado a recordarlo así me muera con cien años. Porque todo lo que hicieron los guardias en aquel viaje fue llevarnos hasta Deportes García-Hierro, donde mi padre nos compró a mi hermano y a mí nuestras primeras botas de tacos. Eran un quiero y no puedo: unas botas de lona negras –las de cuero eran muy caras– con una suela con tacos de goma que mi hermano y yo nos estuvimos probando un rato largo, haciéndonos los interesantes mientras un dependiente se agachaba para ajustárnoslas y para preguntarnos qué tal estábamos con ellas.

El fútbol nos ha dado momentos maravillosos. Uno de esos fue en esa tienda de la Plaza de la Soledad que siempre olió a guarnicionería y de donde mi hermano y yo salimos con la caja de nuestras primeras botas bajo el brazo y con una dicha que hasta hoy, 50 años después, estaba lozana como si hubiera permanecido conservada en ámbar. Pero ha bastado que el lunes  pasado este periódico informara  de que Deportes García-Hierro cierra para siempre para que empiece a marchitarse. Y yo a envejecer.

Ver Post >
Balones fuera
img
Antonio Tinoco Ardila | 14-12-2016 | 7:49| 0

En los últimos días ha habido dos malas noticias en Extremadura: los resultados del informe PISA sobre el nivel educativo de nuestros alumnos de 15 años y el cierre de seis quirófanos en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres debido a una invasión de moscas. Ambas han sido, qué duda cabe, preocupantes. Pero no sabría decirles qué es lo que me ha preocupado más, si las noticias en sí o las explicaciones que ha dado la Junta en relación a ellas. Lo digo porque si uno de los indicios sobre la solvencia de un gobierno es su disposición a responsabilizarse de las cosas que ocurren durante su gestión, en los últimos días el gobierno de Fernández Vara ha dado algunas muestras bastante elocuentes de insolvencia. Tanto la invasión de moscas en los quirófanos como el informe PISA han sido despachados desde la Junta echándole la culpa a los demás, es decir, al anterior gobierno del PP. El consejero de Sanidad José María Vergeles, primero, y el gerente del SES, Ceciliano Franco, después, derivaron la responsabilidad a la falta de mantenimiento del centro sanitario en los años en que gobernó Monago. Sólo ante la hipótesis científicamente inverosímil de que esa colonia de moscas invasoras de quirófanos fuera de una especie que necesita 16 meses para alcanzar el estadio adulto –es el tiempo que lleva gobernando de nuevo el PSOE– podría admitirse, al menos en teoría, la queja del consejero y del gerente del SES. Y aun así la excusa sería endeble, puesto que en el mejor de los casos lo que revela este episodio es que nadie en ese hospital habría reparado, y han tenido más de un año y medio para hacerlo, que los quirófanos necesitaban las actuaciones necesarias para que no hubiera contaminación externa que pusiera en peligro su asepsia. Que sean las moscas las que tengan que avisar de la falta de mantenimiento de los quirófanos indica lo poco avisados que están quienes tienen la obligación de mantenerlos limpios.

Y sólo ante un ejercicio de memoria selectiva más sorprendente aún que en el caso de las moscas en los quirófanos, puede achacársele a los cuatro años que gobernó el PP los resultados de PISA como lo ha hecho el secretario de Educación, Rafael Rodríguez de la Cruz. La realidad es que los resultados del último informe no difieren sustancialmente de los habidos en la anterior evaluación de 2013 –es decir, seguimos a la cola de la Educación en España–, ni tampoco de los sucesivamente recogidos en 2010 y antes cuando Extremadura estaba gobernada por el PSOE y no participaba específicamente de la evaluación de PISA pero sí formaba parte de la muestra analizada para el conjunto de España. Cabe recordar, en este sentido, que uno de los aciertos del PP fue precisamente incorporar la educación extremeña a la evaluación de PISA para que se pudieran sacar conclusiones específicas sobre nuestro sistema educativo y tomar decisiones en consecuencia.

Sin embargo, las primeras decisiones tomadas por la Junta han sido echar balones fuera. Es decir, hacerse la irresponsable. Mal asunto.

 

Ver Post >
Trueba
img
Antonio Tinoco Ardila | 07-12-2016 | 8:24| 0

La última polémica en la que estamos es la del boicot a la película ‘La reina de España’ porque su director, Fernando Trueba, dijo hace más de un año que no se había sentido español ni cinco minutos en su vida y que en una guerra contra España siempre iría con el enemigo. Escogió para decirlo un momento de lo más (in)oportuno: precisamente al recoger el premio Nacional de Cinematografía, dotado con 30.000 euros. Trueba, a los pocos días, matizó sus palabras asegurando que no había querido decir que no amara España; sus amigos salieron en su defensa y explicaron que había que conocer la inclinación a la ironía de Trueba para entender cabalmente lo que dijo, pero el incendio en las redes sociales, que es un material más inflamable que la gasolina y con efectos más devastadores, ya se propagaba sin remedio. Los rescoldos se han avivado ahora.

Lo que piense Fernando Trueba de España, si la ama o la aborrece, sencillamente no me interesa. Lo relevante para mí son sus películas, unas mejores que otras, y entre las primeras la inolvidable ‘Belle époque’ que le valió un Oscar. Recuerdo que en la secuencia inicial de esa película, cuya acción transcurre en el año 1931, dos guardias civiles, que además eran suegro y yerno, discuten sobre si deberían dejar libre a un soldado desertor que acaban de detener. La discusión va subiendo de intensidad hasta que se sale completamente de madre: el yerno mata al suegro y luego, horrorizado con lo que ha hecho, se suicida. Traigo aquí esa secuencia porque, fuera esa su intención al filmarla o no, me parece una prueba irrefutable de la acendrada españolidad de Trueba, pues solo un español de ley sería capaz de mostrar en apenas cinco minutos nuestra probada capacidad para que lo que empieza como un asunto de opiniones encontradas lo llevemos hasta el descacharre de acabar matándonos, que tantas veces ha sido el tuétano de nuestra patria. Quizás simplemente lo que hizo Trueba con las declaraciones que levantaron la polémica fue acogerse a la ventaja que tiene ser español sobre ser francés, estadounidense, alemán… Y es que una de las maneras de mayor solera para demostrar que uno es español es precisamente renegar de serlo, y cuanto más estentóreamente mejor.

Creo que es más inteligente no perdernos nada valioso de lo que hay en el mundo por prejuicios que nada tienen que ver con la valía. Yo, por si acaso, no dejaré de leer ‘La familia de Pascual Duarte’ porque su autor, Camilo José Cela, fuera un indeseable que cuatro años antes de publicar esa novela admirable se ofreciera a los golpistas para delatar republicanos; ni tampoco de escuchar el ‘Viatge a Ítaca’, de Lluis Llach –la hermosura de versión que hizo del poema de Cavafis–, porque el ahora diputado de ‘Junts pel sí’ diga que si Cataluña no logra ser independiente se irá a vivir a Senegal. Pues vaya en buena hora. Me da lo mismo. Lo que no me da es que alguien quiera impedir que le sigamos escuchando, o leyendo a Cela, o viendo las películas de Trueba en aplicación de su particular visión del mundo.

 

Ver Post >
Se murió Fidel
img
Antonio Tinoco Ardila | 30-11-2016 | 7:18| 0

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, la redes sociales se llenaron de frases adversativas: de ‘pero’, de ‘aunque’, de ‘sin embargo’. De gente que reconocía que no había sido un modelo de gobernante democrático, ‘pero’ sí había logrado que Cuba fuera modelo para organismos internacionales como la Unesco por su sistema educativo gratuito desde la etapa pre-escolar a la universitaria; que no había respetado los derechos humanos ‘aunque’ su resistencia al bloqueo de los Estados Unidos pasará a la historia como una epopeya de dignidad; que había encarcelado a los disidentes y muchos de ellos, para evitarlo, viven en el exilio simplemente por opinar distinto, ‘sin embargo’ hizo de Cuba un ejemplo de solidaridad, mandando a cientos de médicos a paliar desastres humanitarios en países pobres.

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, las redes sociales se llenaron de justificaciones. De equilibristas en el alambre de la retórica. Como si un sistema educativo universal y gratuito; o un sistema sanitario muy superior al de los países de su entorno; o una resistencia nacional frente al agresor imperialista fuese intercambiable y compensara una dictadura. Como si hubiera que elegir entre una educación para todos y la democracia; entre una sanidad para todos y la democracia; la resistencia contra el bloqueo estadounidense y la democracia. Y como si, de tener que elegir, hubiera que optar por sacrificar la democracia.

Se murió Fidel y mí me ha sorprendido la cantidad de gente dispuesta a hacer juegos de manos con la mente para no tener que caer en la cuenta de que ese Fidel aureolado y tenido por uno de los mayores políticos del siglo XX es el mismo Fidel que ha gobernado casi 60 años con mano de hierro. Y lo ha hecho de tal modo que más de un cuarto de sus compatriotas –tres millones de personas– haya preferido irse de Cuba –decenas de miles de ellos jugándose la vida en una balsa; miles la perdieron en el empeño–, antes que vivir bajo su régimen, por muy universales que fuesen sus sistemas educativo y sanitario.

Se murió Fidel y a mí me ha causado estupor que haya tanta gente entre nosotros dispuesta a dar por bueno para los cubanos lo que no querrían ni en pintura para sí, como si los cubanos merecieran menos o fuera una osadía que aspirasen a los mismos derechos que nosotros. Gente que aspira a que los demás reconozcan en ellos su espíritu democrático e igualitario no muestran la más mínima inclinación a pedirle cuentas a Fidel –y por lo mismo no le otorgan a los cubanos el derecho a exigírselas– sobre por qué no ha permitido la prensa libre, ni los partidos políticos, ni la igualdad de oportunidades de progresar para todos de acuerdo a sus capacidades y no a la intensidad de adhesión a su partido.

Se murió Fidel y a mí me ha alarmado la cantidad de gente que estos días se ha resistido a llamar a las cosas por su nombre: que Castro fue un dictador que sojuzgó a su pueblo. Temo a esa gente porque, llegado el caso, la creo dispuesta a vender barata la libertad, con lo cara que cuesta.

Ver Post >
La vida de los que murieron
img
Antonio Tinoco Ardila | 23-11-2016 | 7:18| 0

Si no han leído el reportaje que el periodista Antonio Gilgado publicó el pasado domingo en este periódico no dejen de hacerlo. Este es el enlace a hoy.es: http://www.hoy.es/prov-badajoz/201611/19/condena-sufrimos-nosotros-20161119193058.html. Habla de los niños del equipo de fútbol de Monterrubio de la Serena que murieron el 8 de mayo de 2014 cuando el autobús en que viajaban volcó al encontrarse con una máquina retroexcavadora que había iniciado un giro a la izquierda cuando el autobús la adelantaba.

Lo traigo aquí no sólo porque sea un texto y unas fotos emocionalmente inolvidables, sino porque si alguna vez se preguntan para qué sirve el periodismo –y es fácil que lo hagan ya que vivimos tiempos en que las noticias falsas con apariencia de verdaderas es un fenómeno tan extendido que hasta han influido en la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea y en la elección a presidente de los Estados Unidos…–, si alguna vez se preguntan, digo, para qué sirve el periodismo, ahí, en ese texto de Gilgado y en esas fotos de Brígido tienen una buena respuesta. Nada de tratados, nada de monografías, tampoco reporteros jugándose la vida en primera línea del frente ni sesudos análisis sobre el porvenir de nuestros políticos: sólo los emocionados testimonios –y conmovedoramente civilizados, sin dar una oportunidad al rencor– de unos padres recordando a sus hijos y su pasión por el fútbol; los detalles del mismo día del accidente, cuando ganaron 4-5 a pesar de que en el descanso del partido perdían 4-0 y nadie hubiera dado un duro por ellos; y sus sueños para cuando fueran grandes.

Se necesita mucho respeto por la simple verdad, como lo demuestra Gilgado, para mantener a raya la retórica y sólo emplear palabras sencillas para contar a los lectores la realidad en cueros de esa pérdida. Hasta ahora sabíamos cosas de ese accidente, algunas en detalle como que la retroexcavadora no tenía espejo retrovisor; o que su conductor no tenía permiso del dueño para conducirla. Sabíamos los nombres de los niños, sus edades, el arrasador dolor que su muerte ha causado en sus familiares, en su instituto, en la comarca entera. Sabíamos mucho del suceso pero poco de quienes lo sufrieron. No sabíamos que José Manuel Tena Furtado, el portero del Monterrubio, jugó su último partido a escondidas de su madre porque tenía una brecha en la cabeza ni que, aun en primero de ESO, superaba exámenes de matemáticas de segundo. No sabíamos que el delantero Ismael Herrador, un zurdo que marcó el primer gol de la remontada del Monterrubio sobre el Herrera del Duque, era un biólogo en ciernes y que se hacía preguntas sobre cómo conjugaba su padre su trabajo de guarda de caza de una finca con su ecologismo. No sabíamos  que José Antonio, el padre que lleva tatuado el nombre de Ismael, ha dejado la finca en la que trabajaba porque no puede con el recuerdo de haberla recorrido tantas veces con su hijo. Nada sabíamos de lo que cuenta Gilgado. A pesar de que lo que cuenta es tan simple de entender como que los que murieron tenían vida. Para mostrarla sirven el periodismo y los periodistas como Antonio Gilgado.

Ver Post >
Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

Otros Blogs de Autor