Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
Adelantando el futuro
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Antonio Tinoco Ardila | 13-09-2017 | 9:07| 0

Durante las primeras horas de la mañana del pasado jueves, la Cadena Ser difundió un dato que me llamó la atención: los periódicos Times y Guardian y Washington Post y New York Times, que son los de referencia en Gran Bretaña y Estados Unidos, habían dado en sus ediciones del día más relevancia informativa a que la gerundense Pilar Abel no es hija de Salvador Dalí, según los resultados de la prueba de cotejo de su ADN con el de los restos del pintor, que a la aprobación de la Ley del referéndum de autodeterminación de Cataluña, a pesar de que significaba el inicio de una de las crisis políticas más importantes desde la recuperación de la democracia en España.

La decisión de dar mayor relevancia al asunto de la paternidad del artista sobre la turbulenta sesión del Parlament del día anterior no parecía improvisada en el caso de los periódicos americanos porque sus corresponsales en nuestro país habían optado por ocuparse personalmente del chasco que se ha llevado Pilar Abel al no poder llevar el apellido del genio de Figueras (y sobre todo, imagino, al no poder hacerse con el 25% de la herencia, que correspondía a la legítima), mientras que habían dejado que fueran las agencias las que contaran cómo los diputados de Junts Pel Sí y la CUP, capitaneados por Carme Forcadell, se ponían la democracia por montera y sumían a Cataluña en el oprobio.

La valoración informativa que hicieron los cuatro ilustres periódicos ese día me pareció de inmediato un notable error; incluso una falta de respeto hacia nuestro país. Pero con el paso del tiempo he ido cambiando de opinión: el primer paso de esa mudanza lo di pronto: cuando caí en la cuenta de que también podría ser un notable error por mi parte meterme a juzgar desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, lo que esos periódicos consideran de mayor o menor interés para sus lectores, y concluí que había que dar por bueno su criterio a pesar de que, por muy incomprensible y doloroso que me pareciera, ese criterio apuntaba a que los británicos y los estadounidenses estarían más interesados en lo que de noticioso haya en torno al ilustre catalán Salvador Dalí, aunque no tenga que ver con su pintura, que en los ruidosos esfuerzos por nacer que hace la República de Cataluña y sus consecuencias para el conjunto de España e, incluso, para la Unión Europea.

Ahora, días después y viendo que el ‘Catalexit’ no logra prender en las agendas de los medios informativos internacionales en el sentido que les gustaría a Forcadell, Junqueras, Puigdemont y sus compañeros de ruta, me pregunto si todo se debe a que esos periódicos dieron un ejemplo de buen periodismo, que es aquel que nos adelanta el futuro, en el que siempre será más interesante conocer cualquier pormenor relacionado con Dalí que con esta aventura alucinógena en busca de la independencia de Cataluña como si fuera El Dorado, que está deviniendo en una nueva versión de la locura equinoccial de Lope de Aguirre, y que, por tratar de ser impuesta pasando por encima de la democracia, tiene ya su destino escrito: el de acabar con sus banderas en el polvo de la irrelevancia.

 

 

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Complacidos con el silencio
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Antonio Tinoco Ardila | 06-09-2017 | 9:22| 0

Créanme que busco algo a lo que agarrarme para no admitir que agosto ha sido uno de los meses más aciagos que ha vivido nuestro país. Me esfuerzo en la búsqueda, pero no lo encuentro. Bastaría para considerarlo así los atentados de Barcelona y Cambrils, que se han llevado por delante la vida de 16 personas entre las víctimas y de ocho miembros del comando terrorista, a seis de los cuales mató la policía. Pero no me refiero a los atentados en sí mismos, sino a que han traído consigo daños colaterales de los que hasta ahora nos habíamos salvado. En ese sentido, estos no han sido unos atentados como otros: han sido unos atentados que han provocado heridas nuevas.

Y no son esas heridas nuevas la división después de la matanza o el miserable aprovechamiento que se ha hecho de los muertos, pues ambos son fenómenos conocidos por aquí tan de antiguo que constituyen ya un género al que hay partidos que prestan tanto interés que parecería que por sus cañerías circulan manuales tendentes a lograr el máximo beneficio en el mercado de la infamia. En este sentido, únicamente a los ingenuos de profesión debió sorprenderles que el independentismo –una parte de él activamente y banderas al viento y otra farisaicamente mirando para otro lado y dejando hacer–, interpretara el homenaje a los muertos como una ocasión para hacer patente que hasta el hilo de unión de la solidaridad humana con quienes dejaron su vida en las Ramblas estaba justificado que ardiera en el altar de la futura República de Cataluña. ¿Qué otra cosa podría esperarse de un país tan fértil para el oportunismo rencoroso como el nuestro sino hacer de una marcha contra el terrorismo un ‘spot’ a favor, en este caso, de la independencia?

Cuando digo que estos atentados han provocado heridas nuevas me refiero a que como consecuencia de ellos se ha producido un fenómeno inédito que atañe a la calidad de la democracia y, pido excusas por la redundancia, a la libertad de información. Porque el atentado de Cataluña ha hecho visible, con una crudeza desconocida hasta ahora, la quiebra de lo que los periodistas hemos considerado siempre como la idea que da sentido a esta profesión: los hechos no se ocultan. La difusión, al día siguiente del atentado, de una imagen general de las víctimas esparcidas en las Ramblas (una imagen informativamente impecable puesto que informaba a la sociedad del alcance de la tragedia sin violentar la intimidad de ninguna) y, en los últimos días, el aviso que en mayo hizo la CIA a los Mossos de que podría haber un atentando en ese lugar, han sido contestados, no por los Mossos, por los partidos catalanes o por ciudadanos en las redes, sino ‘desde dentro’ de la profesión periodística. Lo ocurrido tiene importancia. Porque se ha roto el consenso en torno a los hechos. Desde el 17-A hay periodistas que defienden que a la opinión pública hay que proporcionarle, mejor que la realidad, sucedáneos de la realidad, cuando no sencillamente callar. El 17-A ha revelado que hay periodistas no sólo complacidos con el silencio, sino complacientes con quienes lo abanderan.

 

 

 

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La cultura viene en Leda*
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Antonio Tinoco Ardila | 24-08-2017 | 7:33| 0

No lo puedo evitar: cuantas veces pase por aquel cabezo, por la cuesta que me lleva al cambio de rasante que yendo a Táliga desde Valverde de Leganés aboca a encontrarte con la cancilla de entrada de la finca de La Chimenea, me acordaré del Leda, el autobús de línea de Badajoz a Oliva de la Frontera que hacía parada, además de en las nombradas, en Higuera de Vargas y Zahínos.

Y de aquel Leda, cuantas veces pase por ese cabezo así viva cien años, me acordaré de Julián, el cobrador, que nos traía el periódico todas las tardes a los que vivíamos en Mantillón, la finca de enfrente de La Chimenea.

Digo ‘vivíamos en Mantillón’ y no es verdad, en aquella finca yo sólo pasaba semanas durante los veranos, pero hacía tantas cosas allí –contaba las ovejas, recogía los huevos, limpiaba las lámparas de carburo, ordeñaba torpemente si me dejaban, tenía controlados los nidos de las rulas, cabreaba a los gansos hasta que me atacaban y tenía que salir pies para que os quiero, me revolcaba en la niara, ponía el garlito en la torrentera de la ribera, me bañaba acosado por las avispas en la alberca de fondos de légamo y agua helada, pintiparaba el papel de pardillo cuando el señor Román me llevaba a cazar gamusinos…– hacía tantas cosas en Mantillón que nadie podría decir que no era uno más de los que vivía allí y que sólo estaba de visita.

Una de las obligaciones que mi tío Manolo me había encomendado era ir por el periódico, así que cuando daban las cinco y veinte cruzaba la cerca de detrás del cortijo y me iba para el cabezo. El Leda llegaba, si no traía demora, a las cinco y media. Lo veía subir por la larga recta y a medida que se acercaba se iba pareciendo cada vez más a una ballena cansada. Se le notaban tanto las fatigas que había un momento a mitad de la cuesta en que, después de un esfuerzo, el motor callaba y se oía el cambio de marchas como si fuera un saco de huesos. Durante ese segundo todo el campo quedaba en suspenso y del aire se adueñaba una inminencia de catástrofe: el temor a que los engranajes no engranaran y se desbaratara el motor. Pero luego el autobús se rehacía, recobraba la compostura y cuando llegaba hasta mí, vencido el trago, era como un ogro ufano cuya velocidad acompasaba a la carrera de un niño.

Justo entonces se asomaba Julián. Abruzado sobre la ventanilla sacaba el brazo y extendía el periódico. Casi siempre caía al suelo, pero había veces que yo lo cogía de su misma mano, como se pasan el testigo los corredores de una carrera de relevos. Esas veces, con el periódico empuñado, tenía tiempo para ver cómo Julián se alejaba sonriendo y diciéndome adiós con los dedos extendidos. No sé por qué, -o quizás sí lo sé, pero esa es otra historia– ese instante de contacto, la sonrisa de Julián y su despedida mientras el autobús se perdía envuelto en humo en el cambio de rasante, lo guardo en mi memoria con la misma emoción como se guardan las gotas de un milagro.

Había veces en que me retrasaba. O el Leda se adelantaba a su horario y cuando llegaba el autobús al cabezo yo todavía no estaba. Entonces veía cómo Julián tiraba el periódico lo más lejos posible de la carretera para que no lo pisara algún coche , y si hacía viento cogía vuelo y luego se desmadejaba de modo que era como si de la estela del autobús surgiera un barullo de pájaros bobos, las hojas sueltas cayendo aquí y allá, unas en La Chimenea, del otro lado de la carretera; otras en Mantillón. Puedo verme ahora mismo, con cincuenta años menos, recogiendo las hojas y poniéndolas en orden: la primera, la de las páginas 1,2,23 y 24; la segunda, la de las páginas 3,4,21 y 22 y así sucesivamente hasta completar el ejemplar y llevarlo, como recién estrenado, al cortijo.

Lo dejaba en la cantarera y si me hubiera puesto a acechar habría reparado en que parecía que no, pero siempre había alguien esperándolo. Por ejemplo, la señora Isabel, que disimulaba: iba, venía, colocaba algo en una repisa, rebuscaba en un cajón, entraba en la despensa, salía… hacía la serena por allí dando vueltas como los repiones y cuando pasaban algunos minutos decía que estaba cansada, arrimaba una silla a la puerta del cortijo buscando la luz, cogía el periódico de la cantarera, se sentaba y se ponía a ojearlo. La señora Isabel se interesaba por las letras gordas y por las fotos. Leía despacio, bisbiseando, como quien reza. Y se ayudaba del índice, que iba deslizando debajo de las palabras. De vez en cuando hacía un comentario para sí misma y movía la cabeza. Para pasar las hojas se ayudaba del pulgar, que untaba en la saliva de la punta de la lengua.

Pero cuando el periódico triunfaba era después de cenar. No había electricidad entonces y cenábamos a la luz de los carburos. El carburo hace una claridad de leche pero muy insuficiente para leer. Por eso mi tío Manolo, cuando estaba recogida la mesa, cuando ya no quedaba nada por hacer, iba a la cabana a por el fanal de gas. Daba una luz tan intensa que cuando lo encendía y lo colocaba encima del topetón de la chimenea parecía como si en la cocina del cortijo brotara el día. Era en ese momento cuando mi tío extendía el periódico encima de la mesa y se ponía a leerlo. Lo hacía en voz alta. Primero los titulares de la primera página. Y después los textos. Lo leía todo, página por página, porque se gustaba oírse y también porque tenía un auditorio atento. La señora Isabel y el señor Román, siempre. Y casi todas las noches Ramón y Guillermo, dos hermanos de Olivenza que vivían en una casa al lado del cortijo y, en cuanto cenaban, se acercaban a oír las noticias. Alguna vez mi tío me dejaba leer y yo me enfrentaba al periódico sin saber muy bien qué cosas decía, pero fuera lo que fuera y sólo por la densa atención que en ese momento me prestaban todos, aprendí que algo había allí de un valor que no ha dejado de acompañarme en toda mi vida.

Por eso cuando me preguntan ¿qué es la información?, incluso ¿qué es la cultura?, mi recuerdo se va al cabezo de la carretera entre Valverde de Leganés y Táliga, al Leda y a Julián, el cobrador, tirándome el periódico, a aquellas noches de verano. No he asistido a un acto cultural más intenso y seguramente que más consecuencias haya tenido para mí en mi vida que aquel al que nos convocaba el periódico –el periódico HOY, para más señas– en la finca de Mantillón y al que acudíamos cinco adultos y un niño con la devoción con que se comparte una eucaristía. No encuentro mejor forma de responder a esas preguntas. Quizás sea una explicación que sólo sirva para mí y para nadie más. En ese caso pido disculpas al lector por hacerle perder el tiempo con estas cosas mías de hace tantos años ya.

 

*Este texto se ha publicado en la Agenda correspondiente a septiembre-octubre de la revista ‘Ámbito Cultural’, de El Corte Inglés de Badajoz

 

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Unas palabras que me encantaría comerme
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Antonio Tinoco Ardila | 02-08-2017 | 8:30| 0

El pasado miércoles, el Pacto por el Ferrocarril acordó convocar una manifestación en Madrid, aún sin fecha pero en todo caso el próximo octubre, para exigir un ferrocarril para nuestra región a la altura de la fecha en que vivimos. Dio la casualidad de que el anuncio se hizo después de que en días anteriores coincidieran en los trenes que conectan (cuando lo hacen) Extremadura y Madrid averías, retrasos, incomodidades hace décadas olvidadas en otras partes de España… incluso un accidente mortal, que colocaron en el primer plano de la actualidad las indignas condiciones en que el Estado presta en Extremadura el servicio ferroviario.

Sin embargo, no sé si de haber estado yo en la reunión del Pacto hubiera votado a favor de esa manifestación en octubre. Pero no porque no esté de acuerdo con ella, sino precisamente por estarlo sin la menor reserva. Protestar en Madrid no es cualquier cosa. Protestar en Madrid para exigir que ferroviariamente hablando se nos deje de considerar de una vez y para siempre algo así como una reserva india es tan importante, puede ser tan decisivo, que la manifestación de Madrid tiene que ser entendida como la expresión inequívoca de la movilización total de los extremeños. Madrid es una bala que, si se gasta en balde, rebota. Hay que dar en el blanco y hacerlo es conseguir que la capital del reino, es decir el Gobierno de España y el Congreso y el Senado, oigan como un estruendo la voz de Extremadura.

¿Pero estamos en condiciones de hacerlo? De esta pregunta nacen mis dudas. No sobre la manifestación, no sobre su necesidad, sino sobre nuestra capacidad de impacto. Porque ya nos hemos manifestado por el tren en las ciudades extremeñas más pobladas y lo que hemos visto es que, a pesar de que han sido de las más numerosas de los últimos años, esta reivindicación no ha alcanzado al conjunto de los ciudadanos. Si no nos hemos manifestado a la puerta de nuestras casas en la medida que el asunto merece, ¿vamos a poder hacerlo en Madrid? Y es que ¡Tren digno, ya!, el eslogan que aglutina esta exigencia, todavía es un asunto de las élites políticas y de la minoría ciudadana informada: insuficiente para dar un puñetazo en medio de la Castellana.

Me encantaría que en octubre estuviéramos en Madrid decenas de miles de extremeños exigiendo el tren. Me encantaría mucho más si la movilización sobre el tren digno llegara a ser no la movilización sobre el tren digno, sino la ocasión en que Extremadura midió sus fuerzas y descubrió de una vez que tiene las suficientes para levantarse definitivamente del suelo. Ojalá el tren termine siendo el pretexto para empezar a exigirle al Estado que salde la larga cuenta del olvido que tiene contraída con esta tierra, pero me temo que en un par de meses no vamos a conseguir superar lo que con tino Javier Figueiredo llamó hace días en este periódico ‘el síndrome de Theon Greyjoy’, ese personaje de ‘Juego de Tronos’ que, incapaz de rebelarse, se ha hecho a vivir sometido a las crueldades del amo. Ojalá me equivoque. Ojala tenga que comerme estas palabras. Me encantaría hacerlo pisando firme en la Castellana.

 

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Los acosos disculpados
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Antonio Tinoco Ardila | 26-07-2017 | 6:37| 0

El pasado jueves apareció en televisión un grupo de fotógrafos, camarógrafos y reporteros. Todos corrían, se daban codazos, tropezaban entre sí. Nada que no hubiera visto otras veces. En esta ocasión el objeto del interés de aquel enjambre resultó ser una muchacha que trataba de esquivarlo como podía. Cuando apareció su cara en la pantalla había en ella miedo y un gesto de resignada derrota. La muchacha era Andrea Janeiro, hija de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban, que ese jueves cumplía 18 años y, por tanto, abandonaba su condición de menor. A partir de ese día ya se podía difundir su imagen, un acontecimiento que, a tenor del afán del enjambre por retransmitirlo, debía tener pendientes a millones de españoles. Seré raro, pero yo allí no era capaz de ver otra cosa que acoso. Un acoso doloroso incluso para mí porque los acosadores conforman la imagen que millones de personas identifican con el oficio del periodismo. Y sobre todo doloroso para la víctima porque su queja, si la expresa, no obtendrá el amparo de nadie: esta muchacha, por ser hija de quien es, sufrirá el acoso que quieran los acosadores, que están socialmente disculpados.

Es llamativa la vara de medir que empleamos ante el acoso. Estamos vigilantes, como debe ser, ante el que sufren los niños en la escuela de manos de los alevines de matones, pero hasta implícitamente lo jaleamos porque lo hacemos objeto de consumo cuando ese periodismo de cloaca persigue a gente; incluso a los que acaban de dejar su condición de niños y estrenan mayoría de edad con el primer episodio del acoso que les espera.

Al día siguiente del acoso a Andrea Janeiro, Julia Timón, la concejala de Ciudadanos en Badajoz, sufrió un escrache. De madrugada, un grupo de personas se concentró ante la puerta de su casa para criticarle su apoyo a los Presupuestos municipales. En Badajoz ha arraigado un matonismo que campa a sus anchas en las redes sociales. Deberíamos tratar de evitar que el escrache a Timón sea la inauguración de un peldaño más en su escalada y que, por falta de coraje o por cálculo político, también lograra entrar en la lista de los acosos disculpados. Hasta ahora, PP y Ciudadanos han sido el objeto de sus escarnios, algunos tan miserables como hacer burla de un problema de salud sufrido por el alcalde, fíjense qué se llega a entender por crítica política. Se equivocarán PSOE y Podemos si piensan que como no son ni el PP ni Ciudadanos el asunto no va con ellos. Los matones ni tienen ideología ni obran por lealtad. El único idioma que entienden es el de la sumisión, de tal manera que sólo quedan a salvo de sus acciones quienes les ríen las gracias y quienes les dejan hacer. El pleno del pasado viernes fue una magnífica ocasión para que, como hizo Francisco Fragoso, Ricardo Cabezas y Remigio Cordero hubiesen puesto pie en pared ante los acosadores de Julia Timón. Lo hicieron después, y estuvo bien, pero hubiera estado mejor si lo hubieran hecho en el Pleno, el órgano donde se discuten las cosas que importan al común. Y es que no podemos dar ni un centímetro de ventaja a los acosadores porque, si se sienten disculpados, pasito a pasito y casi sin darnos cuenta harán que la democracia se nos vaya por el desagüe.

 

 

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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