Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
El Diccionario ha muerto
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Antonio Tinoco Ardila | 01-11-2017 | 8:02| 0

Estoy siguiendo la crisis catalana -imagino que como ustedes-, por todos los medios de comunicación posibles: por la prensa, por sus ediciones digitales, por la radio, por la televisión, por las redes sociales… De lo que he leído, oído y visto durante estos últimos largos días han surgido sentimientos de todo tipo: de tristeza, de esperanza, de enfado, de temor, de alivio… Seguro que me entienden, porque pocas dudas tengo de que ustedes han debido sentir lo mismo que yo.

También sigo la crisis catalana por la prensa portuguesa. Porque me interesa conocer un punto de vista libre de la subyugación de una realidad que me afecta personalmente y porque creo que es ilustrativo observar cómo ven lo que nos está pasando en España desde Portugal, un país que lo siento como si fuera mío. En consecuencia, vengo leyendo lo que publican sobre Cataluña los periódicos que son referentes informativos lusos: Público, Diário de Notícias, Expresso.  Muy pronto, sin embargo, mi interés mayor se ha trasladado desde las informaciones de los corresponsales de esos periódicos a los comentarios de los lectores a sus informaciones. Y eso porque en los comentarios he encontrado un sentimiento nuevo: el del estupor, es decir, el del asombro, el del pasmo.

Asombro y pasmo por ver hasta qué punto ha calado en los lectores la versión que los nacionalistas tienen del problema catalán. La mayoría de los comentarios -que pueden ser considerados un reflejo de la opinión pública ilustrada de Portugal porque ser lector de informaciones internacionales es una característica de la minoría ilustrada-, acogen sin apenas reparos el cuento de la Cataluña oprimida y, por consiguiente, el cuento todavía más increíble de que en España el fantasma de Franco se levanta todas las mañanas a conducir los destinos de nuestro país bajo la eterna lucecita del Pardo. ‘Francoland’ -eso que Muñoz Molina denunció hace algunas semanas en El País como la foto sepia y acartonada que de España aún permanece en los países desarrollados- existe también en Portugal.

Lo dramático de todo esto no es, con serlo demasiado, que en nuestro país vecino haya mucha gente que se apunta a la teoría de que la independencia de Cataluña es una especie de revolución de los claveles con Puigdemont y Junqueras de trasunto de ‘los capitanes de Abril’ Salgueiro Maia y Saraiva de Carvalho; lo verdaderamente dramático es que para abrazar esa teoría han tenido, como afirma el escritor Juan Gabriel Vásquez, que dar por buena la perversión del sentido de conceptos como ‘mayoría’, ‘ley’, ‘referéndum’, ‘pueblo’, ‘convivencia’ y, seguramente a partir de la tarde del lunes, ‘asilo’. Y esa perversión no atañe al conflicto catalán, ni a la aplicación del artículo 155, sino a la salud de las libertades del sitio mismo donde alegremente se acepta la muerte del Diccionario.

Pasará el sarampión soberanista. Quién sabe si empezaremos a ver sus banderas en el polvo ya el 21 de diciembre. Pero la resurrección del Diccionario tardará. Y, sin embargo, no encuentro tarea más necesaria que volver a darle a las palabras el sentido que les corresponde. Porque para la democracia, sea en donde sea, en Barcelona o Lisboa, es cuestión de vida o muerte.

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La enfermedad del paraíso
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Antonio Tinoco Ardila | 25-10-2017 | 9:15| 0

El pasado jueves, cuando el capítulo del día de la crisis de Cataluña se centraba en tratar de descifrar qué había querido decir Carles Puigdemont en el último párrafo de la carta que esa misma mañana le había enviado a Rajoy (¿significaba que admitía que no había proclamado la independencia, como pedía el presidente del Gobierno? ¿significaba que podía volver a la legalidad?; preguntas, en cualquier caso, ya inútiles), se coló en las ediciones digitales de los periódicos una de esas malas noticias que sería un error considerar ajenas a la política: un colegio de Biloxi, una ciudad del estado norteamericano de Misisipí, había retirado la novela ‘Matar un ruiseñor’ de la lista de obras literarias que tienen que leer los estudiantes de octavo curso (entre 13 y 14 años). No es la primera vez que ocurre: antes que en Misisipí ya habían prohibido en colegios de Virginia la inolvidable historia de Atticus Finch contada por su hija Scout. En todos los casos, la retirada de la novela se había hecho porque algunos padres de alumnos se quejaban de que incluyera la palabra ‘nigger’, (‘negrata’), un término despectivo y para muchos norteamericanos tan insoportable de pronunciar que lo evitan aludiendo a él sólo con la letra ‘n’.

Los padres de los alumnos de Biloxi argumentaban que leer ‘nigger’ “incomodaba a sus hijos” y consideraron que para evitar esa incomodidad lo mejor es que no leyeran la obra, aunque esa obra sea precisamente una de las que con más conmovedora valentía levantan la bandera de la igualdad de los seres humanos.

Pero esa triste paradoja no entra en las cabezas de quienes han entregado su brújula mental a la corrección política, uno de cuyos signos más señeros es poner un centinela en permanente vigilancia del lenguaje. Si algunos padres motejan la obra de racista por el mero hecho de que incluya insultos racistas, –incluso en el caso, como es este, de que los insultos racistas sirvan para denunciar el racismo–, parece claro que, aunque pretendan proteger a sus hijos, lo que de verdad están haciendo es evitarles el encuentro con la realidad, que es condición indispensable para comprenderla y cambiarla: ¿cómo podrán esos chicos llegar a entender algún día la naturaleza del alma humana si sus padres se encargan de impedirles el acceso al lenguaje, que es su expresión?

Estos padres quieren que la vida sea un paraíso para sus hijos en el que nada, ni una mala palabra, lo estropee. En el fondo recuerdan, porque sufren parecido trastorno, a estos otros más cercanos que quieren construir un paisito (su paraíso) libre de personas que no piensen como ellos, para de este modo no tener que enfrentarse a las palabras que no les gustan.

Y es que hay muchas maneras de sufrir el paraíso como enfermedad. Nosotros estamos sufriendo ahora la versión catalana, que practican Puigdemont y compañía. Pero unas veces, como aquí, se manifiesta intentando suprimir la expresión de la voluntad de más de la mitad de los catalanes; otras veces, como en Misisipí y Virginia, suprimiendo las novelas que muestran la realidad que les incomoda. Sea como sea, la enfermedad del paraíso acaba siempre de la misma manera: impidiendo la libertad. Y ya se sabe que impedir la libertad es como matar un ruiseñor.

 

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Del 15M a sostén del nacionalismo
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Antonio Tinoco Ardila | 18-10-2017 | 7:35| 0

El pasado domingo el periódico ‘La Razón’ y el digital ‘El Confidencial’ traían encuestas que coincidían en algunos pronósticos: uno de los más llamativos era el descenso de Podemos en la confianza de los votantes hasta el punto de que pasaría del tercer al cuarto puesto, sobrepasado por Ciudadanos. La encuesta de ‘La Razón’ –que como la de ‘El Confidencial’ había sido elaborada en estos días de crisis en Cataluña–, cuantificaba también la pérdida de escaños con respecto a las últimas elecciones: entre 13 y 17, de tal modo que el partido de Pablo Iglesias pasaría de sus 71 escaños actuales a entre 54 y 58. Me da la impresión de que esa fuga de apoyos no extraña a casi nadie.

Y es que cuando dentro de algunos años los historiadores hagan un análisis detallado de la crisis política de octubre del 2017 derivada del intento secesionista de Cataluña, seguramente dedicarán buena parte de sus esfuerzos a explicar la sorprendente actitud que en ella ha tenido el partido surgido del 15M, la explosión ciudadana de mayo de 2011. Los historiadores trazarán el arco que va de las acampadas de la Puerta del Sol y de otras ciudades de España protagonizadas por el movimiento de los indignados con un sistema político y económico que les estaba haciendo pagar con paro, desahucios y destrucción de sus expectativas vitales el colapso del sistema productivo y financiero. Y de cómo fue canalizada a través de Podemos esa energía que se expresó en manifestaciones multitudinarias que abrían una ventana de esperanza a la regeneración del sistema político empantanado en el bipartidismo. Dirán también que este partido levantó unas enormes expectativas desde su inesperada irrupción en las elecciones europeas de 2014, –logró cinco escaños y fue el asombro de España– y que, sin embargo, terminó jugando en la crisis del 2017 el papel de muleta del nacionalismo y de comprensivo aliado del movimiento independentista catalán, cuyo objetivo es torpedear la solidaridad y blindar sus privilegios.

Porque Podemos, observado en su proceso de mutación, ha hecho el viaje de ‘Democracia real, YA’, el eslogan que resumió la aspiración de regeneración del 15M, a sostenerles la pancarta a unos aventureros suicidas que están llevando a Cataluña a la división ciudadana, al desmantelamiento empresarial y al abismo político inspirados en el vergonzoso eslogan ‘España nos roba’. Desde el aliento regenerador de ‘Democracia Real YA’ a la justificación del fundamentalismo nacionalista (perdón por la redundancia) del ‘España nos roba’: ese es el itinerario que ha trazado Podemos y por el que le juzgarán los historiadores cuando escriban la Historia y –como señalaban las encuestas del pasado domingo–, no pocos de sus votantes mucho antes: en cuanto tengan su primera oportunidad ante una urna…

Pero ahí están, sin reconocer sus errores. Han sobrepasado incluso a los viejos partidos en escasez de autocrítica: hoy no hay una formación política en la que se aprecie menos diversidad de ideas que en el partido que hizo gala de lo contrario. Da la impresión de que si Pablo Iglesias se tira a un pozo (y con Cataluña es lo que está haciendo) ese pozo tarda apenas nada en llenarse de pablistas hasta el brocal.

 

 

 

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¿Hablemos?
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Antonio Tinoco Ardila | 11-10-2017 | 7:44| 0

El pasado sábado salieron a la calle miles de personas bajo un eslogan políticamente imbatible desde el punto de vista democrático: ‘hablemos’. La democracia es, por definición, el sistema político que trata de encauzar los conflictos mediante la negociación y el acuerdo y que, por esa razón, sacraliza la palabra hasta el punto de que no puede existir democracia sin libertad de hablar. Por eso exhortar a discutir, a acordar, a negociar… siempre va en la dirección de mejorar la democracia y la convivencia. Estoy seguro, además, de que la mayoría de quienes salieron a la calle manifestándose a favor del diálogo para solucionar la crisis de Cataluña –ese era el sentido de la invocación a hablar que justificaba el eslogan—lo hicieron convencidos de que sólo el diálogo puede solucionar ese conflicto. Yo estoy de acuerdo. Ya lo he dicho otras veces: los españoles tenemos que firmar un nuevo contrato que incluirá cambios con respecto a Cataluña y eso, necesariamente, tiene que lograrse hablando sin desmayo.

Sin embargo, creo que esas manifestaciones tan bienintencionadas del sábado se equivocaron porque dialogar no es confrontar ideas en el éter: el diálogo requiere de un espacio en el que los interlocutores estén en un plano de igualdad para que su resultado no sea una imposición –que es lo contrario al diálogo– de una parte sobre otra. ¿Llamaríamos diálogo a la conversación que entablan un secuestrador y su víctima para establecer los términos del pago del rescate, a pesar de que puedan ponerse de acuerdo sobre cómo entregar el dinero con el que el secuestrado compra su libertad? Pues, salvando las distancias, pedir que el Estado dialogue (es decir, que negocie una salida de común acuerdo) con la Generalitat de Cataluña sin que esta previamente vuelva al ordenamiento constitucional del que voluntariamente se ha ido es, en primer lugar, regalarle a la Generalitat un estatus que de ningún modo tiene, el de interlocutor de un gobierno con el que se podrá disentir hasta el tuétano pero que no ha roto el marco legal. En segundo lugar, es admitir que violar la ley tiene premio: el de colocar al gobierno catalán en la posición ventajista de forzar una negociación que sólo trabajosamente y muy despacio tal vez alcanzaría si defendiera sus aspiraciones sin romper la ley. Eso fue lo que, fuera o no su intención, hicieron los miles de personas que salieron el sábado a la calle proponiendo que hablemos: respaldar en la práctica a Puigdemont, decirle que pasar por encima de la Constitución y el Estatut no sólo no compromete su legitimidad sino que, ya puestos, la refuerza.

¿Hablemos? ¡Claro que sí! La democracia es hablar. De todo. ¿Pero se puede hablar con alguien que ayer, en la sesión del Parlament, insistió en romper con el Estado de derecho que lo ha amparado? ¿Se puede hablar con quien ejecuta un acto de fuerza declarando la independencia de Cataluña sin el más mínimo soporte legal, aunque luego pida su suspensión para dar, beatíficamente, una oportunidad al diálogo? En una democracia no se puede dialogar con cualquiera, sino con quien se haya ganado el derecho a sentarse a la mesa del diálogo. Y ese derecho sólo lo tiene quien cumple las normas. Fuera de ellas reina la soledad y el silencio.

 

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No reconozco mi patria
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Antonio Tinoco Ardila | 04-10-2017 | 8:16| 0

A la hora de escribir estas líneas no sé qué país tengo. Tampoco sé cómo será cuando, pocas horas después de escribirlas, lleguen estas líneas al lector: tantas cosas pueden cambiar en tan poco tiempo. Desde el domingo ando como un perro apaleado. No reconozco mi patria. Mi generación –la generación de quienes amanecimos a la mayoría de edad cuando Franco se murió y que pertenecemos de lleno a la de la Constitución del 78—sólo ha conocido la mejor versión de España y eso, aunque parezca mentira, es en estos momentos un problema. Porque hasta el domingo no habíamos pasado por la experiencia, tan frecuente en nuestra historia, de un fracaso colectivo. Las dificultades que se nos han ido poniendo en el camino las hemos ido sorteando: dejamos ejemplarmente atrás la dictadura, vencimos en un pispás el 23-F, derrotamos, aunque fuera tras mucho sufrimiento, a los terroristas. Hemos alumbrado una sociedad libre, un Estado de derecho, un país como nunca lo había sido en prosperidad e igualdad. Incluso se nos ha puesto de ejemplo ante el mundo por todo lo logrado en tan poco tiempo y por la manera en que lo hicimos.

Pero lo ocurrido el domingo ha hecho que me dé de bruces contra la realidad: ese éxito nos ha hecho complacientes con nosotros mismos. Creíamos –yo nunca lo creí y lo he escrito, pero eso ahora no importa: hay que ser leal: creíamos– que nos bastaba con aplicar las leyes. Ya se ha visto que no, porque sólo con las leyes el domingo sufrimos una derrota en toda regla. Más dolorosa porque nos ganaron ‘los malos’: los insolidarios, los supremacistas, esos a quienes el conjunto de los españoles les hemos consentido tener más derechos: por ejemplo, que puedan venir a emplearse en nuestra Administración pero nosotros no ir a emplearnos en la suya porque nos colocan la aduana de su lengua autóctona. Hasta eso les hemos consentido; no sólo les dimos nuestros brazos y nuestras inversiones para que prosperaran a nuestra costa. Qué triste paradoja: los mimados del Estado son los que se sienten ofendidos. Y qué doloroso: han sido esos los que nos han vencido.

Pero de nosotros todavía depende salir victoriosos de este difícil trance. Es mi consuelo. ¿Cómo? De la única manera que deberíamos hacerlo los dignos hijos de la Constitución del 78: con más democracia. A los anti-demócratas, a los que pasan por encima de las leyes y de más de la mitad de la gente de Cataluña, sólo hay una manera definitiva de ganarles: no con policías, sino con democracia; no con consultas vergonzantes, sino con un referéndum con todas las garantías, en pie de igualdad, con las oportunidades de expresión de los partidarios de la convivencia con España intactas. Cambiemos la Constitución para que permanezca: demos a los catalanes hijos del 78 la oportunidad de pararles los pies a los tramposos, a los que ni saben porque no quieren contar votos. Hagamos que los cuenten. No olvidemos que los que no creen en la democracia siempre nos ganarán si el partido se juega en condiciones sucias: basta recordar el domingo. Hagamos de nuevo reconocible esta patria democrática que tanto nos ha costado construir.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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