Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
Debate ilegal
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Antonio Tinoco Ardila | 28-10-2015 | 7:34| 0

Los 28 diputados del Grupo Popular abandonaron el pasado jueves el Pleno de la Asamblea por disconformidad con la admisión a trámite de una propuesta del Grupo Parlamentario de Podemos en la que pedía a la Junta que proclamase su “apoyo y solidaridad” con las 18 personas del Campamento Dignidad que serán juzgadas por coacciones en el TSJEx. Como se recordará, los que van a ser juzgados, entre los que se encuentra Eugenio Romero, diputado ahora de Podemos y su representante en la Mesa de la Asamblea, interrumpieron el 11 de febrero del año pasado el informativo territorial de RTVE en protesta por el retraso en la aprobación de la renta básica. Fueron detenidos y se les hizo pasar una noche en los calabozos de la Comisaría de Mérida antes de ponerlos en libertad con cargos.

Los diputados populares se habían opuesto a someter este asunto al Pleno apelando a informes jurídicos que señalaban que, tal como estaba planteado, no debería ser admitido. Sin embargo, los votos de los diputados socialistas y de Podemos en la Mesa de la Asamblea –la diputada de Ciudadanos también votó en contra de que se debatiera– fueron mayoría y, en consecuencia, el asunto se incluyó en el orden del día y, finalmente, fue debatido. Justo antes de iniciarse el debate, los diputados populares se levantaron de sus escaños y se fueron.

La portavoz popular, Cristina Teniente, expuso diferentes argumentos para justificar su abandono del hemiciclo y su negativa a debatir la propuesta. Teniente dijo que le parecía “gravísimo” que se sometiera a discusión y la calificó de “atropello”, de “esperpento absoluto” y de “precedente peligrosísimo”.

Sin embargo, no fueron estas consideraciones las que me llamaron la atención, sino otra formalmente menos restallante y que es la que me hace escribir estas líneas: la portavoz popular dijo que la Asamblea había hecho “un debate ilegal”. Que una parlamentaria califique de ilegal un debate parlamentario –un debate que no pone en entredicho, por ejemplo, la dignidad humana ni derechos constitucionales, sino que es de política ordinaria— me pone inevitablemente en guardia.

Y ello porque las palabras no son inocentes y porque expresar la idea de que puede haber debates ilegales me parece que es adentrarse en ese inquietante territorio mental donde se defiende que antes de que haya debates pretendidamente ‘ilegales’ es mejor su alternativa, es decir, que no los haya. Es afirmar que el silencio es preferible a la discusión, sean cuales sean las razones por las que se propone, incluidas las extemporáneas e interesadas. Si, además, la respuesta no se limita a oponerse a que se celebre el debate y combatirlo en la tribuna de oradores –es lo que hicieron el PSOE y la diputada Domínguez, tumbando la propuesta– sino despreciar la Asamblea al abandonarla, los parlamentarios populares establecieron un precedente que, si no es ‘peligrosísimo’, como dice Cristina Teniente, sí siembra dudas sobre su compromiso –se supone que incondicional– con la labor para la que fueron elegidos.

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Desguace
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Antonio Tinoco Ardila | 21-10-2015 | 7:51| 0

Uno no sabe qué pensar cuando oye al arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, decir que estamos asistiendo a ”una invasión de emigrantes” o qué estamos haciendo en Europa recibiendo a miles de refugiados, si es seguro que no todos son “trigo limpio”. Uno no sabe qué pensar cuando un arzobispo revela que entre sus más sentidas preocupaciones –en principio sería fácil de imaginar que pastorales, aunque quepan dudas–,  se encuentra el destino de la identidad de Europa. Uno no sabe qué pensar de todo esto no porque no haya oído lo mismo muchas veces; al fin y al cabo esas ideas son –no sólo son: están—más viejas que la pana, se repiten desde tiempo inmemorial y se renuevan prácticamente cada día en las vallas que se levantan y en las alambradas con que se las remata, sino porque casa mal oírlas y que quien las expresa sea un arzobispo, un hombre del que cabe pensar que ha hecho del Evangelio su guía espiritual, y no un tipo desalmado, de esa derecha extrema que provoca escalofríos y que es incapaz de sentir una mínima empatía ante las miles de personas que huyen de una guerra y nos piden cobijo ante su incierta suerte.

Y mucho peor casa cuando se arma un revuelo, alguien le dice que quizás fuera conveniente que explicara todo un poco y la justificación que da al día siguiente –por portavoz interpuesto, faltaría más– es que lo que ha querido poner de manifiesto el arzobispo Cañizares es su preocupación porque entren en Europa terroristas confundidos entre los refugiados. Acabáramos: lo que quiere decir el arzobispo es que ha equivocado la vocación, porque no pierde la oportunidad de tratar de ejercer de ministro del Interior. Y no cualquier ministro del Interior, sino húngaro, a ser posible.

El caso es que, por sorprendente que parezca, he sentido un cierto regocijo al oír estas palabras del arzobispo. En primer lugar porque, aunque le pese, Cañizares es sólo arzobispo y no un ministro del Interior que pueda llevarlas a cabo de inmediato; es un alivio. En segundo lugar y sobre todo, porque se nota mejor el abismo que hay entre el arzobispo Cañizares y el papa Francisco, que está mostrando fehacientemente la actitud solidaria y comprometida para con las víctimas que se espera de un cristiano. Y es que este asunto de los refugiados y la amenaza que suponen permite apreciar con nitidez que Francisco está haciendo todo lo posible por mandar al trastero de la historia de la Iglesia católica a gente como Cañizares. Se le ve ya tan rancio, tan a trasmano, dice unas cosas este hombre tan –por utilizar una palabra frecuente en su vocabulario—poco edificantes que si con su intervención sobre los refugiados albergaba alguna esperanza de que alguien de la Iglesia cerrara filas y le palmeara el hombro, lo único que ha logrado es dejar al descubierto que su posición, aunque fuera compartida por muchos integrantes de la jerarquía católica española hasta hace dos telediarios, no es más que material de desguace. Otro tanto para Francisco. A mí me gusta.

 

 

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Periodismo
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Antonio Tinoco Ardila | 14-10-2015 | 8:28| 0

No me hagan caso a mí porque les diga que el periodismo –ese oficio tan denostado cuya muerte vaticinan tantos y tantos se frotan las manos dándola por hecha— es muchas veces tan necesario como el pan de cada día para conocer el mundo. Que sin periodismo viviríamos ciegos y andaríamos por la vida perdidos y sin brújula. Que sin periodismo nos moveríamos como espectros por un inmenso desierto de voces mudas, aturdidos ante el estruendo de un silencio desatado.

Repito: no me hagan caso a mí. Al fin y al cabo, no soy nadie y no tienen por qué creer lo que les digo, y estarían en su derecho de replicarme diciendo: “son palabras”. No me hagan caso pero, al menos, lean lo que cuenta Liudmila Ignatenko, la esposa del bombero Vasili Ignatenko, que acudió a sofocar el incendio de la central nuclear de Chernóbil cuando sólo parecía un incendio y murió catorce días después víctima de las radiaciones sufridas. La historia que cuenta Liudmila desde que aquella madrugada del 26 de abril de 1986 Vasili le dijera en la penumbra del dormitorio y después de que saltara la primera alarma: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vuelvo pronto”, hasta que lo enterró el 10 de mayo en Moscú en un ataúd de zinc soldado bajo una plancha de hormigón, forma parte del libro ‘Voces de Chernóbil’, un conjunto de testimonios de personas afectadas por aquella catástrofe recogidos por Svetlana Alexievich, la periodista bielorrusa a la que, entre otros por ese libro, le acaban de dar el Premio Nobel de Literatura. El testimonio de Liudmila Ignatenko, que es fácil de encontrar en un descargable en el diario El País, es una arrebatadora historia de amor, una colosal denuncia sobre la ignorancia, el caos, la irresponsabilidad criminal de las autoridades soviéticas ante la explosión de la central, y también una muestra de la solidaridad natural que siempre corre libremente entre la gente común. Todo eso está en 18 páginas conmovedoras escritas por Svetlana Alexievich.

Y esto es lo que quería decirles: esas páginas las escribió su autora por periodista. Si las leen, estarán en lo cierto si piensan que lo que han leído es periodismo.

Porque, ¿quién es Liudmila Ignatenko? “Una solitaria voz humana”, dice la flamante Nobel. Apenas una mujer embarazada de seis meses y enamorada de su marido, como millones de mujeres. ¿Y quién Vasili Ignatenko? Sólo un bombero más que como tantos otros murió como consecuencia de su trabajo, a veces definitivamente peligroso. Dos seres humanos abocados al silencio, dos voces extraviadas en el ruido del mundo, dos personas de entre los millones que padecen la Historia. Sin embargo, si aún hoy la solitaria voz de Liudmila nos deja el  ánimo sobrecogido; si más de 20 años después de que fuera puesta por escrito conserva intacta la fuerza de la verdad, es porque una periodista se atuvo a los dictados de ese viejo y denostado oficio ante el que tantos se frotan las manos al darlo por muerto. El periodismo.

Es lo que quería decirles.

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Experiencia
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Antonio Tinoco Ardila | 07-10-2015 | 7:29| 0

El pasado domingo, mientras desayunaba, leí en este periódico una entrevista con el eminente filósofo Emilio Lledó, que en los próximos días recogerá el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Lledó repasaba en la entrevista algunos pasajes de su vida, desde las dificultades para comer en el Madrid asediado por las tropas golpistas durante la Guerra Civil y en la posguerra (“en mi familia pasamos mucha hambre; cuando fui a la mili pesaba poco más de 50 kilos”, dice), hasta su participación, ya jubilado, en una especie de ‘consejo de sabios’ para elaborar un informe de reforma de los medios de comunicación públicos cuyas conclusiones ignora si sirvieron para algo porque después de acabado y entregado al Gobierno que lo había solicitado nada más se supo. Pero lo que más me llamó la atención de la entrevista fue su recuerdo de las clases que daba a los emigrantes andaluces en Alemania, con los que coincidió en Heidelberg cuando él preparaba su tesis doctoral en su universidad, de la que luego sería profesor. Lledó cuenta que las clases eran en un café y que había que enseñarles gramática alemana a quienes nadie les había enseñado ni siquiera la española.

Les propongo el pequeño esfuerzo de imaginar aquel aula improvisada, posiblemente en torno a un velador; posiblemente en domingo, coincidiendo con el poco tiempo libre que tuvieran los alumnos después de días de trabajo agotador. No es difícil tener de ellos la imagen de su inseguridad, del manejo torpe de la libreta y el lápiz, de su párvula caligrafía y de su esfuerzo por aprender el vocabulario más útil, las declinaciones, las conjugaciones, la diabólica estructura de un idioma como el alemán. Es fácil imaginar también que sus alumnos podrían ser nuestros padres, nuestros abuelos, gente andaluza, dice Lledó, pero también extremeña o castellana, igual da, porque todos eran la misma gente: la que emigró a Alemania buscando una vida que aquí no tenían.

Lledó honra a aquellos alumnos al decir que le proporcionaron su “mejor experiencia docente”.

Traigo aquí todo esto porque creo que en realidad de lo que Lledó nos habla es del verdadero y tantas veces desconocido precio de las cosas. Así lo entendí un rato después, cuando salí a correr unos kilómetros y pasé por las inmediaciones del campo de fútbol del Nuevo Vivero. A aquella hora del domingo eran un mar de botellas, bolsas de plástico y cristales rotos. Eran los restos del botellón del sábado que habían dejado los jóvenes que lo disfrutaron y que unos barrenderos estaban recogiendo. Me acordé de Manuela Carmena y su propuesta de que los universitarios limpien las calles de Madrid. Y también me acordé de los emigrantes de Lledó. Nada que ver entre unos y otros, pero a la luz del esfuerzo de aquéllos por aprender el alemán quizás la propuesta de Carmena pueda entenderse como una oportunidad para los universitarios de aprender el verdadero y muchas veces desconocido precio de las cosas. Una gran experiencia docente.

 

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Pereza
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Antonio Tinoco Ardila | 30-09-2015 | 7:54| 0

Los dos últimos martes esta columna trató de Cataluña. Tangencialmente o de lleno, pero de Cataluña. Les aseguro que intenté no hacerlo porque pensaba –creo que con algo de razón–, que ustedes deberían estar muy cansados de que una página de información y otra, un editorial y otro, un columnista y otro… todos trataran de lo mismo. Llevamos semanas como si los españoles no tuviéramos nada de qué hablar salvo de Cataluña.

Pero ya ven, sucumbí y terminé ocupándome de ese asunto del que todo el mundo ha estado hablando –y habla y hablará– en España. Y si durante las dos últimas semanas he dedicado estos ‘apenas tinta’ a Cataluña ha sido porque, habiendo intentado evitarlo y aun barruntando que poco o nada original podría decir sobre lo ya dicho, me han faltado los recursos necesarios para encontrar temas distintos que traer a esta columna. Les pido disculpas por no haberles servido de mucho, pero me ha ocurrido algo así como si la parte de mi cerebro que se interesa por la política la tuviera ocupada por el problema del encaje de Cataluña en España.

Y me preocupa. Y veo que, aunque no se dirija a mí directamente porque ni siquiera me conoce, gente lúcida me lo hace notar. Una de esas personas es Ramón Salaverría, un profesor de periodismo de la Universidad de Navarra que merece ser leído y al que les recomiendo también que lo sigan en Twitter porque tiene la virtud de hablar siempre con fundamento. Salaverría (@rsalaverria en esa red social) escribió hace unos días un tuit que llamó mi atención porque a la vez que definía en menos de 140 caracteres a los medios de comunicación y su posición frente al problema catalán también, aunque sin saberlo, hablaba de mí y me alertaba de la colonización mental que sufro y que esta columna pretende ser –supongo que ya lo habrán advertido– la primera sesión de un tratamiento de desintoxicación al que estoy resuelto a someterme. Decía Salaverría: “Cada vez hay más periódicos que se publican en tres soportes: papel, digital y tela de bandera”.

También esta vez dio Salaverría en la diana: en la mía. Porque yo, que en mi diálogo interior saco pecho ante mí mismo y me tengo por viajado y me siento a salvo de la enfermedad del nacionalismo etcétera, resulta que a la hora de la verdad no logro superar el virus de la bandera y ahí que me ven debatiéndome –y lo que es peor: dándoles la brasa—para denostar del nacionalismo catalán. Eso sí, sin abjurar del mío.

El viernes pasado, el siempre lúcido Juan Domingo Fernández recordaba en estas páginas a Samuel Johnson y su conocida definición del nacionalismo como “último refugio de los canallas”. Creo que el célebre escritor británico podría haber añadido: “Y de los perezosos mentales”.  Y ahí me duele. Porque Cataluña y su nacionalismo se han convertido en el único horizonte de todo lo que en España merece preocupación. Quizás sea porque Cataluña nos ha proporcionado el refugio de la comodidad y nos basta con la tela de una bandera para tapar la cruda realidad: que de ideas andamos justos. Es la pereza, estúpido.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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