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Autor: Antonio Tinoco
Clásicos
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Antonio Tinoco Ardila | 17-06-2015 | 7:31| 0

En su último artículo, Juan Domingo Fernández –no pierdan ocasión de leerlo cada viernes si creen que escribir es más que poner una palabra detrás de otra– citaba a Augusto Monterroso y su irónica frase sobre el sexto sentido que tienen los enanos para reconocerse a primera vista. La cita de Monterroso –el autor del célebre cuento de siete palabras “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”– me hizo recordar la memorable respuesta que le dio a un periodista que indagaba sobre su formación de escritor. Le dijo Monterroso que, siendo adolescente y cuando ya barruntaba que se había infestado sin remedio con el virus de la literatura, siempre iba cabizbajo por la calle porque temía que la gente con la que se cruzaba de camino a la carnicería en cuya oficina trabajaba pudiera notar en su cara que no había leído a los clásicos. El rigor con que se juzgaba en sus inicios el que con los años fue Príncipe de Asturias de las Letras era tal que excluía de la condición de escritor a todo aquel que no hubiera leído a Horacio, Virgilio o Cervantes.

La cita de Juan Domingo sobre Monterroso y los enanos me llevó, como digo, a recordar su exagerada alergia a la impostura y ésta, a su vez, –así deambula el pensamiento– a las críticas que están recibiendo los diputados de Podemos por las lagunas de formación que se aprecian en las  negociaciones que están manteniendo con Fernández Vara ante su investidura. Es evidente que se les nota que, parafraseando a Monterroso, no han leído a los clásicos, esto es, que desconocen el funcionamiento de la Administración; que todavía no han demostrado tener una idea de Extremadura como comunidad y de qué quieren que sea. Incluso salen de ojo errores de información que no cometería no un político al uso, sino un ciudadano aficionado a seguir la actualidad de la región. Es evidente, además, que desde el momento en que tienen el acta de diputado hay que exigirles el esfuerzo de tratar de conocer todas las posiciones sobre los asuntos públicos.

Pero sería mezquino por mi parte si no reconociera a Podemos y a sus diputados haberse sometido a la prueba que ha supuesto la retransmisión de las dos reuniones que han mantenido con los dirigentes del PSOE.  Haberse expuesto a esa demasiada luz, aun a riesgo de dejar sus carencias al descubierto, es un gesto que nadie –mucho menos un periodista–, debería dejar de valorar. Porque es un gesto de compromiso con la transparencia que va más allá de la retórica y que, a la postre, significa una muestra de respeto a los ciudadanos que hasta ahora no habíamos conocido ni por estos ni por ningún otro pago de España. Habrá quien les critique lo que políticamente es una evidente falta de cálculo en el tradicional juego de nadar y guardar la ropa, pero yo no puedo dejar de ver ahí un gesto apasionado y desinteresado por cumplir los ideales que se parece mucho a un amor juvenil. Y que seguro deploraría el clásico Maquiavelo, sobre el que hago votos para que tarden, si no en leer, sí en practicar algunas de sus enseñanzas.

 

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Espejo
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Antonio Tinoco Ardila | 03-06-2015 | 7:37| 0

Antonio Pigafetta ocupa un puesto de relieve en el santoral laico de los periodistas. Fue, ‘avant la lettre’, el primer ‘enviado especial’ en la historia del periodismo planetario: se embarcó en 1519 con Fernando de Magallanes en la expedición que dio la primera vuelta al mundo y escribió ‘Primer viaje alrededor del Globo’, una obrita de apenas 150 páginas en la que describe, con la pasión del cronista y el rigor del reportero, lo que vieron sus ojos asombrados por la riqueza de la Tierra en aquella travesía de hombres transidos por el afán de los descubrimientos. Pigafetta cuenta que, después de dejar las costas de lo que hoy es Río de Janeiro rumbo al sur, arribaron a lo que con el tiempo han llegado a ser las de la Patagonia y allí encontraron en una playa a un hombre de descomunal estatura. Era tan pacífico que se dejó conducir hasta una isla en la que estaban fondeados los españoles. Fue llevado a presencia del comandante en jefe, quien, dice el cronista, “mandó darle de comer y de beber y, entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros”. Muchos años después, frente a los miembros de la Academia sueca, Gabriel García Márquez citó este suceso en el discurso de aceptación del premio Nobel y describió la reacción del hombre con una frase inolvidable:  “Aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón ante el pavor de su propia imagen”.

He recordado al hombre que huía de los espejos después de que el Partido Popular haya hecho precisamente de los espejos los depositarios de lo ocurrido en las elecciones; de que el presidente del PP de Castilla-León, Juan Vicente Herrera, haya aconsejado a Rajoy que analice con detenimiento la imagen que le devuelve el espejo; y que aquí el secretario regional Fernando Manzano rechace hacer lo mismo y culpe de todos los males sucedidos el 24 de mayo al pobre presidente del Gobierno, como si hubiese sido él el del hip-hop, el de Canarias o el campeón del déficit que convirtió su gobierno en los últimos meses en una piñata, de la que caían regalos como en un cumpleaños infantil. (Por cierto, el PP debería preguntarse cuántas mujeres de los 300 euros habrán votado a otro partido solo para que, ante el espejo, puedan decirse que no han vendido su voto).

Temo que ni Manzano ni Monago acaben arrimándose a un espejo porque saben que ahora les aguarda en él no la imagen del más guapo de Extremadura sino la amarga verdad de su derrota. Y, sin embargo, los extremeños necesitamos a un PP fuerte que haga una oposición rigurosa y exigente, para lo cual deberían encararse al espejo y responsablemente y con coraje sobreponerse al pavor que les dé su propia imagen. Porque ya se sabe que quienes no se enfrentan a su historia corren el riesgo de repetirla, y si el PP va a hacer oposición con las mismas maneras que gobernó podría querer convertir la Asamblea en un gimnasio.

Y sería pavoroso.

 

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Región
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Antonio Tinoco Ardila | 27-05-2015 | 7:25| 0

 

Es cierto, el viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región habrá sentido una sensación de desaliento que tal vez no le resulte nueva y le recuerde que allí de donde viene también la sufre. Sin embargo, si ha permanecido tiempo entre nosotros –mucho más si ha echado raíces y se ha quedado a vivir– pronto se habrá visto sorprendido por un decaimiento del ánimo cuyos síntomas son propios de nuestra Región, porque se habrá abatido sobre él sin previo aviso, y porque tal vez sólo lo habrá podido comprender si compara lo que le ha sucedido a su espíritu con la fatiga de otro viajero que atraviese desorientado y sin apenas víveres un desierto que parezca interminable.

Los ojos del viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región le habrán abocado irremediablemente al desconsuelo: habrán visto un panorama áspero, como si todo el desierto que se encontró ante sí fuera una llanura sin encanto, la extensión indómita de un mar de yeso.

Pero también es cierto que al viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región le han salido a su paso incansablemente noticias que han pretendido conducirle a pensar que nada de lo que estuviera observando era verdad. Se habrá visto rodeado por un ruido aturdidor como el de una lluvia que no escampa desplomándose sobre un techo de hojalata, como un telégrafo que trabajara sin respiro en la construcción de un edificio de palabras hueras escritas a golpe de tambor. Y todo para crearle al viajero la humana tentación de que se cobije en él para descansar de tanta intemperie. Muchos han estado trabajando para persuadirlo de que puede vivir ahí, en esa cuna mecida con sus cuentos, bajo la condición indefinida de huésped, y en la que no ha habido día en que le haya faltado el producto del laboratorio que crea incesante una realidad feliz.

Y así, el viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región habrá estado condenado a vivir entre las cosas crudas que le han mostrado sus ojos, y la salmodia de quienes le han estado atosigando sin sosiego para que abandone su juicio a su dictado; para que se les deje manejar su capacidad de ver y juzgar lo que ve; para que se la entregue a ellos con la promesa de que la mantendrán en un permanente deslumbramiento ilusorio.

Sólo la memoria habrá salvado al viajero de caer en el estupor por no ser incapaz de distinguir qué Región es la verdadera: si la que ve, siente, vive y comparte con sus habitantes o aquella otra que ha surgido desbocada de la industria de la invención. Ya lo dijo Juan Benet: la memoria es un dedo tembloroso. Recorre sin prisa y en silencio el mapa de lo que hemos llegado a ser. Avisa de las llanuras sin encanto y ayuda al viajero a superar el desaliento que supone atravesar desiertos interminables como un mar de yeso.

Y ventea la impostura como un perdiguero.

La memoria. El último domingo volvió a nuestra Región y levantó su dedo tembloroso.

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Pájaros
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Antonio Tinoco Ardila | 20-05-2015 | 8:22| 0

El día en que los ciudadanos estaban llamados a votar, el candidato se despertó a las 5.30 para esperar, impaciente, la llegada del repartidor de los periódicos. Había soñado que se encontraba en el teso de una dehesa, que caía un calabobo que picoteaba en su cara como una ducha tierna y que una bandada de pájaros cruzaba sin tropezar entre las encinas. Eran pájaros negros, cuervos quizá.

Al despertar notó un amargor en el paladar porque la noche anterior él y algunos de los suyos habían festejado, tal vez con un gin-tónic de más, el fin de la campaña agotadora en la que había recorrido Extremadura en busca de los votos sin dueño. Y junto al rastro de alcohol no pudo evitar sentir que aquellos pájaros habían llegado al sueño con la fuerza del presagio de un desastre. Lo sintió a pesar de que nunca creyó en supersticiones y de que su madre –que sobre los sueños decía que eran fogonazos de futuro que cualquier persona prudente tenía la obligación de saber interpretar–, le había asegurado siempre que los pájaros en los sueños eran el anuncio de un tranquilo porvenir.

Pero ni siquiera el recuerdo acogedor de su madre y de las dulces locuras a las que le llevaba su imaginación volandera logró disipar aquel pálpito aciago. Tampoco fue útil el café cerrero con sabor a fondo de puchero que, como esa mañana de vísperas, algunas veces se preparaba por el gusto de recordar los cafés de los tiempos del contrabando: allí seguía, indeleble, la imagen de los pájaros negros rompiendo el paraíso de la dehesa bajo la llovizna.

En su casa reinaba el silencio denso que se posa sobre los objetos cuando todos duermen. Miró el reloj. Todavía no eran las seis. Echó de menos los periódicos. Con la taza en la mano, el candidato se asomó a la ventana. El día en que los ciudadanos estaban llamados a votar estaba amaneciendo. Volviéndose, recorrió el salón con la mirada. Se acercó a la estantería en la que, junto a fotos familiares y recuerdos de viajes, estaban los libros que había ido reuniendo durante años. Se topó con ‘La crónica de una muerte anunciada’ y no pudo evitar que aquel título azuzara en su cabeza la sensación de los malos augurios. Por eso no lo abrió. Se salvó así de leer que el día en que lo iban a matar, Santiago Nasar, el protagonista de la novela, se había levantado como él a las 5.30. Y que, también como él, había soñado con árboles y con pájaros.

Le distrajo el ruido del repartidor deslizando los periódicos bajo la puerta. Sabía que traerían las fotos que le habían hecho el día anterior para ilustrar el reportaje del descanso de los candidatos el día de reflexión. Allí estaba él, fotografiado sonriente en el bar con sus amigos. Y también estaba el otro candidato, su contrincante, a quien le habían hecho fotos en un campo de encinas y, como él, sonreía.

De pronto, como un fogonazo de futuro, tuvo la certeza de que tenía ante sí el abismo de la derrota: al fondo de la foto de su contrincante, junto a la vastedad de la dehesa, estaban los pájaros de su sueño. Cuervos quizá.

 

 

 

 

 

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Gurb
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Antonio Tinoco Ardila | 13-05-2015 | 7:44| 0

El pasado sábado, Antonio Armero, un periodista al que nadie le negará que está tocado con el don de la narración, comenzaba su crónica del primer día de campaña de José Antonio Monago recordando a Gurb, el desternillante extraterrestre que inventó el novelista Eduardo Mendoza. Armero sostenía que si Gurb hubiese estado en el mitin de presentación del programa con el que el candidato del PP quiere seducir a sus paisanos, no habría tenido modo de saber que era el candidato del PP porque apenas hay rastro del partido en su campaña: a veces no está la sintonía oficial, ni el logo en los carteles ni en las fotos del candidato, ni mención en sus discursos. “Yo soy del partido de los extremeños”, contesta Monago adelantándose a quien quisiera preguntarle si está haciendo o no campaña por el PP. Sólo aparecen las siglas y la gaviota como a trasmano entre vespas, un Citroen ‘dos caballos’ ataviado con los colores de la bandera extremeña y fotos de Monago hechas para recordar a la Marilyn Monroe pop pintada por Warhol, puede que pretendiendo que los electores establezcan un paralelismo entre la estrella del cine Marilyn y la estrella de la política Monago, por el que cabe aventurar que Warhol se interesaría de inmediato si resucitara.

En su novela ‘Sin noticias de Gurb’, Eduardo Mendoza hizo que Gurb fuera un extraterrestre que está en nuestro país por una avería de su nave espacial. Picado por la curiosidad de lo que pudiera ocurrir afuera, Gurb sale de la nave y, como procede de una civilización superior y puede encarnarse en el cuerpo de quien quiera, elige para la ocasión el de la cantante Marta Sánchez. A partir de ahí, Gurb confraterniza con los terrícolas españoles mientras su compañero de viaje sale también de la nave y, bajo la apariencia de otros conocidos personajes, lo busca por todas partes, sin éxito.

Armero, en su crónica del sábado, plantea la posibilidad de que Gurb esté entre los asistentes al mitin de inicio de campaña de Monago, si bien no lo encuentra. Le sugiero que no busque entre el público y repare en el propio Monago. Que se plantee la posibilidad de que Gurb ha abandonado el cuerpo de Marta Sánchez y se ha encarnado en el candidato del PP. De que Monago sea Gurb, el extraterrestre. Lo digo porque sólo bajo la hipótesis de que Monago no sea de este mundo puedo entender que haya planteado la campaña como si fuera la creación de un grupo de adolescentes a los que les parece que las mayores preocupaciones de los extremeños sea dónde pasar el fin de semana con su ‘dos caballos’ y los Beachs Boys sonando en el radiocasete. Siguiendo la senda emprendida, y  a la vista de que ya ha pasado por el gimnasio y por la pista de pádel, ¿veremos a Monago con una tabla de surf en Proserpina? Todo puede suceder.

La política es un arcano y, por serlo, hasta es posible que acierte con su política de acné. Pero si fracasa, quizás lo mejor para Monago es que sea Gurb de verdad porque va a necesitar una nave espacial para huir de sus propios compañeros.

 

 

 

 

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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