Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
José estuvo en Hayange
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Antonio Tinoco Ardila | 19-04-2017 | 8:49| 0

El periódico del domingo traía el nombre de Hayange y por eso el periódico del domingo trajo a mi memoria las memorias de otro hombre, de José, emigrante en los años 60 precisamente en esa ciudad del norte de Francia, en la comarca de las grandes empresas de fundición, que ahora el periódico llama el ‘oxidado pulmón siderúrgico francés’.

Recuerdo que a José no le hacía falta reunirnos para contarnos cosas de Hayange, le salían así, de pronto, en medio de una conversación sobre otro asunto. Pero algo era seguro: cuando José empezaba a contar cosas de sus años en Hayange, todos callábamos. Y eso que él las contaba con tanta naturalidad que parecía que no fueran de otro mundo. Quiero decir que no le daba importancia a las cosas que contaba. Eran cosas sencillas del trabajo, de sus compañeros españoles, portugueses, italianos, argelinos… También franceses. José hablaba del calor de la siderurgia pero, seguramente para no alarmarnos, apenas se detenía en hablar de que trabajaba en medio del metal hervido, respirando la bruma que dejaban los gases del acero. Hablaba de los turnos doblados y de cómo caía en la cama después de 16 horas seguidas trabajando.

A mí me gustaba oírlo contar precisamente el momento en que caía en la cama. Y es que la cama se había ganado en aquellos relatos suyos un espacio propio después de que nos contara cómo un paisano y él habían llegado a Hayange desde España con un colchón a cuestas. Contaba cómo ambos, sin saber ni una palabra de francés, se habían aventurado por los subterráneos del metro de París  arrastrando aquel colchón de borra. Y esa imagen de José y su paisano, ambos campesinos de Extremadura, con el colchón a la espalda por los túneles de hollín del metro, la guardo como el tesoro capaz de explicarme por sí solo en qué consiste el extravío de un emigrante. De modo que cuando José contaba cómo se desplomaba en el colchón los domingos por la tarde después de trabajar desde la noche del sábado en aquel paisaje en el que borboteaba la chatarra colada que era la fundición de Hayange, uno sentía que ese instante debía de ser para él como el final feliz de un naufragio, algo así como la acogida de lo que le quedaba de patria.

Era fácil de imaginar que José vivió en Hayange casi tres años de soledad y desarraigo y en muchos momentos sólo sostenido por la llama del recuerdo de su familia de España. Y, sin embargo, siempre habló de Hayange con un fulgor en la mirada. Decía que, a pesar del trabajo extenuante, lo habían tratado como a una persona con derechos y eso le había bastado para disolver la amargura.

Ahora leo en el periódico que Hayange se ha convertido en el ‘oxidado pulmón siderúrgico francés’, con fundiciones cerradas y obreros en paro. Leo que es una ciudad entregada al Frente Nacional, el partido de ultraderecha que el próximo domingo espera ganar las elecciones en Francia, y no puedo evitar recordar a José y su Hayange. Porque creo que no le gustaría que la ciudad donde trabajó en medio del hierro encendido, pero también en la que se le reconocieron sus derechos, sea ahora apenas un pulmón oxidado que respira el aire que le trae Marine Le Pen.

 

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Bayardo San Román nunca muere
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Antonio Tinoco Ardila | 12-04-2017 | 11:52| 0

Hubo un tiempo en que hubiese matado por ser, en lugar de yo, un personaje de García Márquez. Por ser, así lo escribí una vez, Aureliano Buendía, aunque fuera frente al pelotón de fusilamiento, sólo para sentir en la mía la mano de José Arcadio, el loco de mi padre; o Melquíades el alquimista, y poder pasear por el mundo el título de ser el más grande benefactor de Macondo; o Amaranta Úrsula y que un aviador estuviera tan enamorado de mí que se precipitara con su aeroplano al patio del colegio de señoritas en que estudiaba interna sólo por hacerme la corte; o Jeremiah de Saint Amour, el suicida irresistible, el hombre que se quitó la vida tan delicadamente que lo que en realidad hizo fue ponerse a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro; o Blacamán, el vendedor de milagros, capaz de resistir sin perder la sonrisa la picadura de una serpiente mapaná con tal de salir bien en las fotos que le tiraban los yanquis; o María dos Prazeres, para tener risa de granizo; o Frau Frida y poder alquilarme para soñar.

No me hubiese importado, incluso, aparecer como un personaje tonto y ser ese torpe periodista que, después de que Manolo López, su redactor jefe, lo mandara a ver si había algo de interés en el vaciado de la cripta del convento de Santa Clara, volviera al periódico diciendo que allí no había historia ni para un suelto a pesar de que bajo la losa había aparecido el cadáver de la Sierva María de Todos los Ángeles, muerta de rabia y amor dos siglos atrás, y con una cabellera intacta que le había sobrevivido hasta alcanzar los 22 metros y 11 centímetros.

Cuento estas cosas mías porque el pasado sábado se me cayeron los palos del sombrajo: leí en este periódico que ha habido quien, a diferencia de lo que habría hecho yo, puso un pleito a García Márquez precisamente por convertirlo en una de sus criaturas. Y es que resulta que el viernes murió en Barranquilla, Colombia, a los 95 años, Miguel Reyes Palencia, un amigo de la infancia del escritor. Miguel Reyes había repudiado a su mujer en su noche de bodas al descubrir que no era virgen. Por ese hecho se convirtió nada menos que en Bayardo San Román, el hombre que repudió a Ángela Vicario la noche de bodas por el mismo motivo. Aquel gesto de Bayardo puso en marcha la maquinaria de la muerte que los hermanos de Ángela fueron anunciando por todo el pueblo y cuya noticia llegó tarde justo a Santiago Nasar, el único que, de haberla conocido a tiempo, habría hecho todo lo posible para que se quedara en rumor.

Contaba el periódico que al leer ‘Crónica de una muerte anunciada’, Miguel Reyes sintió que su amigo García Márquez había violado su intimidad y lo llevó a los tribunales, reclamándole de paso la mitad de los derechos de autor de la novela. Reyes perdió el pleito y me alegro. Nadie se merece más el olvido que quien desprecia ser universal y no morir nunca descrito como Bayardo San Román, el que “tenía una cintura angosta de novillero, ojos dorados y la piel cocinada a fuego lento por el salitre”.

Algunos hubiésemos matado aunque Márquez hubiera dicho de nosotros mucho menos.

 

 

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Cassandra y su vara del humor
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Antonio Tinoco Ardila | 05-04-2017 | 6:43| 0

Tengo serias dudas de que España sea mejor país después de que a la tuitera Cassandra Vera le haya caído un año de prisión y siete de inhabilitación absoluta a cuenta de los trece tuits que dedicó a Carrero Blanco; ni de que las víctimas del terrorismo estén más protegidas después de esa sentencia; ni tampoco de que nuestro país se haya hecho más fuerte contra ETA, el yihadismo o cualquier otra banda que nos amenace con sembrar el terror en la calle. Me parece un despropósito de medios y energías –cuando tanta falta hace de ambos a nuestra Administración de Justicia–, que nada menos que la Audiencia Nacional tenga que estar pendiente de juzgar el caso de esta tuitera, como ya lo hizo con otros anteriores y –si nadie lo remedia— lo hará con otros que vendrán después de ella. A este paso, la Audiencia Nacional va a tener que inaugurar una sección para juzgar sólo los infinitos detritus de las redes sociales.

El Congreso de los Diputados haría una demostración de prudencia, sentido común y proporcionalidad, conceptos de los que muchas veces ha declarado ser devoto nuestro presidente del Gobierno si, a la vista de que los ‘casos Cassandra’ se están multiplicando como setas, tratara de ajustar el delito de enaltecimiento del terrorismo a conductas que no dieran lugar a equívocos sobre la voluntad de sus autores. Si el carácter delictivo de un comportamiento se mueve en el terreno de lo interpretable, es la presunción de inocencia la que está sometida a riesgo. Y no deberíamos jugar con fuego con uno de los principios sobre los que se asienta la sociedad democrática.

Cassandra Vera ha sido injustamente condenada porque ha sufrido la aplicación de un artículo del Código Penal (el 578) que no fue concebido por el legislador para tuiteros mucho más aficionados al mal gusto que a la alabanza de terroristas, tal como agudamente –y con generosidad– dijo Lucía Carrero-Blanco, la nieta del almirante, cuando en enero pasado supo que Vera se enfrentaba a penas de cárcel por reírse del atentado sufrido por su abuelo 40 años antes. Lucía Carrero-Blanco concluyó con una frase que deberían grabar en su memoria los jueces que se cobijan en la literalidad del código para dictar sentencia: “Me asusta una sociedad en la que la libertad de expresión, por lamentable que sea, pueda acarrear penas de prisión”.

Cassandra Vera tiene mi apoyo como víctima de una legislación estrambótica, pero hasta ahí llego. Le muestro mi solidaridad, pero no tendrá ni un gramo de mi simpatía como tuitera dicharachera encantada de conocerse. No batiré ni una sola vez mis palmas para jalear sus tuits, que no tienen ni pizca de gracia. Y me decepciona que una persona tan bien dotada para reírse de las desgracias ajenas –maldito el humor que hay en los tuits de Carrero o en los que dedicó a Cristina Cifuentes cuando sufrió un gravísimo accidente de moto–  esté, sin embargo, tan poco dotada para reírse de las propias. Es una pena que su sentido del humor tenga dos varas de medir: la que aplica a los demás y la que se aplica a sí misma.

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La tómbola del fango
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Antonio Tinoco Ardila | 29-03-2017 | 7:19| 0

El pasado domingo, entre las informaciones del inevitable ‘procés’; del Gobierno y sus fatigas porque no tiene mayoría en el Congreso; de la expectación ante la candidatura de Susana Díaz a la Secretaría del PSOE presentada con tanto poderío que parece que estuviera pidiendo a Delacroix que resucitara sólo para pintarla a ella como una nueva versión de ‘La Libertad guiando al pueblo’; y de la última afición de Pablo Iglesias por los diccionarios de sinónimos, este periódico publicaba una magnífica información del periodista Melchor Sáiz-Pardo en la que explicaba cómo el Ministerio del Interior ha ido premiando con condecoraciones pagadas o con destinos de relumbrón a los policías que, en la etapa del nunca suficientemente señalado como burlador –o algo peor– de la democracia ministro Jorge Fernández Díaz, le ayudaron a convertir su despacho oficial en un bujío en el que las conspiraciones contra los adversarios políticos eran tan surtidas que acabaron por enredarse en ellas y conspirar contra sí mismos.

Lo que Melchor Sáiz-Pardo explicaba era que gente como Eugenio Pino, ex ‘número dos’ de la Policía, había sido agraciado con la suculenta pedrea de la Medalla de Plata al Mérito Policial, con pensión vitalicia del 15% de su sueldo, por crear dos unidades que se dedicaron a investigar casos ya juzgados como el del 11-M o el chivatazo a ETA por si podían remover algo que salpicara a los socialistas; y a impulsar maniobras orquestales en la oscuridad para sacar rédito político –no para hacer justicia– de la indesmayable inclinación de la familia Pujol por hacer acopio de dinero ajeno.

O que gente como el comisario José Manuel Villarejo se había jubilado con la también notable pedrea de la Medalla Roja al Mérito Policial, que supone que su sueldo vitalicio tendrá una regalía del 10%. Villarejo, hombre capaz de compaginar su trabajo policial con la dedicación a más de una docena de empresas, está imputado en el caso  del ‘pequeño Nicolás’ y en el de las escuchas al ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a pesar de lo cual se permite el lujo de ir ufanándose de que si el Congreso de los Diputados le llama para que testifique en la comisión de investigación constituida para averiguar las andanzas de esos policías por las cloacas del Estado, podría poner “todo patas arriba” y meter a muchos “en problemas”.

O que gente como el también comisario José Luis Olivera, que presionó a los fiscales anticorrupción para que en la campaña electoral catalana de 2012 resucitaran la investigación del ‘caso Palau’ y, de paso, reclamaran al juez que registrara la sede de Convergéncia, ahora disfruta de otra de las medallas con derecho a dinero público y, por si fuera poco, con la Dirección del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado.

Recuerdo aquí la información de Melchor Sáiz-Pardo porque me pareció de un valor extraordinario: en poco más de media página de periódico nos explicaba cómo el ex ministro Fernández Díaz, en una especie de tómbola del fango, ha ido repartiendo premios a policías a los que sólo con la nariz tapada se les podría llamar servidores del Estado.

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Los desahuciados de la misa
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Antonio Tinoco Ardila | 22-03-2017 | 8:16| 0

Cuando oí que Podemos había presentado una iniciativa en el Congreso para que La 2 de TVE dejase de emitir misa los domingos tuve una reacción que me sorprendió: no me gustó. Me sorprendió porque no soy precisamente religioso, pero no me gustó porque lo primero que me vino a la cabeza fueron familiares míos oyendo misa por la tele en un momento de sus vidas en que ya no podían ir a la iglesia: esa misa era importante para ellos.

Creo que nuestro país no tiene resuelta la relación del Estado con la Iglesia Católica. La presencia del crucifijo en las tomas de posesión de los ministros; las condecoraciones oficiales a la Virgen, las consideraciones de ‘autoridad’ a los responsables de la Iglesia… son muchos momentos en que demostramos una actitud genuflexa ante la jerarquía católica que tendríamos la obligación de evitar no sólo por respeto al resto de religiones, sino porque deberíamos cumplir las obligaciones inherentes a nuestra condición de Estado aconfesional. Creo que el acuerdo de España con la Santa Sede no resiste un examen a la luz del principio de igualdad que establece nuestra Constitución a pesar de que su última revisión trataba de adecuarse a ella. Creo que les permitimos privilegios que ningún gobierno –y cabe recordar que mucho menos el de Zapatero, que ha sido el más izquierdista hasta ahora– ha tenido el coraje de atajar y que, en ocasiones, desde el púlpito se difunden mensajes inaceptables por ser contrarios a la convivencia y, particularmente, contrarios al respeto que merece cualquier persona, tenga la orientación sexual que tenga.

Pero sería faltar a la verdad si dijera que la Iglesia Católica es sólo eso. Porque la Iglesia es también para muchas personas, no importa de qué creencias ni de qué origen, un sostén de dignidad. Y en ocasiones, su único sostén. Poco tienen que ver los voluntarios de Cáritas o simplemente los miles y miles de fieles que tratan de seguir el Evangelio con –lo cito aquí sólo por ser el último caso—el obispo de Canarias, Francisco Cases, más preocupado por la visión transgresora del Crucificado en la fiesta de ‘drag queen’ del Carnaval de Las Palmas que de las víctimas del accidente de Spanair. Cases, como prelado de una iglesia que predica el amor al prójimo, dejó entrever –aunque después rectificó– una notable impiedad al considerar que hay más dolor por una actuación en el Carnaval, donde toda irreverencia tiene su asiento, que en una tragedia que se saldó con 154 muertos.

Ahora siento también que Podemos, con su propuesta de suprimir la misa dominical de La 2, se conduce con una impiedad muy similar a la del obispo canario. Porque con esa iniciativa, el partido de Pablo Iglesias, que predica la atención preferente a los más vulnerables, fortalece a los fuertes y debilita a los débiles: le regala a la jerarquía católica el papel de víctima por el que siempre suspira –una paradoja que a Cases y compañía le debe parecer como un milagro caído del cielo— y desahucia de la misa dominical a enfermos y ancianos católicos. ¡Qué chollo de izquierda!, debe pensar la derecha.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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