Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
El referéndum de las gasolineras
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Antonio Tinoco Ardila | 22-02-2017 | 9:18| 0

Debo de ser un soso, pero no logro verle la gracia a que el presidente de la Junta nos pida opinión a los ciudadanos sobre si las gasolineras de bajo coste tienen que estar atendidas o no por personal. No es que no le encuentre la gracia en particular a esa especie de referéndum sobre las gasolineras que nos propone Fernández Vara, sino que desconfío de todas esas oportunidades de participar que están surgiendo en el mundo político como setas y que hacen que nuestros representantes se sientan tan estupendos: ahora nos piden que nos pronunciemos –que se pronuncien los madrileños, en este caso– sobre la reforma de la plaza de España de Madrid, o sobre la peatonalización de la Gran Vía, o sobre si es bueno o no el billete combinado de autobús y metro. O más cerca: que nos pronunciemos sobre el proyecto del Campillo, que impulsó Podemos en Badajoz; o que los vecinos digan si se tira o no el quiosco de la música del parque de San Ginés de Guareña, como ha propuesto el grupo municipal de IU de esa localidad…

Debo, además de ser soso, padecer de algo mucho más grave: tener el sentido democrático atrofiado porque me asaltan serias dudas sobre si sale ganando la democracia por el hecho de que nuestros representantes políticos nos pidan opinión sobre asuntos que, o bien son técnicamente complejos y es preciso contar con un alto nivel de información para votar con propiedad, o bien son simples y el pronunciamiento en un sentido u otro es, sobre todo, emocional.

Y es que en este tipo de consultas, bajo la impecable apariencia de ‘dar la voz al pueblo’, no veo otra cosa que el atajo que ha encontrado el gobernante para escaquearse de la responsabilidad de gobernar. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, lo que me parece todo esto es un modo de darnos gato por liebre y de depreciar la democracia. Escaquearse porque gobernar significa tomar decisiones (luego, los gobernados, harán de su capa un sayo y respaldarán o no con su voto la gestión del gobernante en razón de las decisiones que haya tomado). Y depreciar la democracia porque en ese tipo de consultas se establece una desigualdad del voto en origen, de tal manera que quienes tengan intereses en el objeto sobre el que se consulta votarán mucho más que los que no tengan intereses, y precisamente la limpieza y grandeza de la democracia radica en que son muchos más los ‘desinteresados’. Esos que son lo contrario del grupo organizado en algo muy parecido a un ‘lobby’.

¿Se imaginan al director de este periódico sometiendo a consulta en las redes sociales qué noticias llevar a la portada del periódico del día siguiente? ¿O, más dramáticamente, a un cirujano preguntando en Facebook si opera o no por laparoscopia un cáncer de colon? ¿Engrandecería la medicina éste o el periodismo aquél por hacer lo que le indique la opinión mayoritaria resultante de la consulta? ¿O deberíamos correrlos a gorrazos por banalizar su trabajo?

Debo de ser un bicho raro –o algo peor: ¿un carca trabucaire?– porque donde muchos ven una oportunidad más para la democracia yo veo una oportunidad menos.

 

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Alta política en El Torviscal
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Antonio Tinoco Ardila | 15-02-2017 | 8:19| 0

La historia la contaba este periódico el pasado domingo pero la recuerdo ahora porque temo que, entre el diluvio informativo sobre los congresos del PP y Podemos, pasara inadvertida: es la historia compartida de Mohamed, un niño saharaui de ocho años que vive en los campamentos argelinos de Tinduf y que padece leucemia, y la de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez, que viven en El Torviscal, una pedanía de Don Benito de poco más de 500 habitantes. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez pertenecen a la Asociación AMAL de Amigos del Pueblo Saharaui, y a través del grupo de whatsapp que comparten los miembros de la asociación se enteraron el pasado diciembre de la delicada situación en que se encontraba Mohamed. No eran buenas noticias: lo estaban tratando en Argel, pero las condiciones en que recibía el tratamiento no permitían albergar esperanzas sobre si podría superar la enfermedad.

Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez se comprometieron a acogerlo y, desde el 27 de diciembre, día en que llegó a España y día en que conocieron a Mohamed, hacen con él lo que haría cualquier padre con cualquier hijo: llevarlo y traerlo del médico, que en este caso no es el consultorio del pueblo, sino la Unidad de Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Badajoz, que está a 120 kilómetros de distancia de El Torviscal. Son días de idas y venidas, algunas veces a revisión, otras a sesiones de quimioterapia. Mohamed está de suerte: Cristina es limpiadora (tiene contrato hasta junio), pero Juan Carlos no tiene trabajo, así que siempre está disponible para coger el coche.

Los médicos dicen que el mejor tratamiento de Mohamed sería un trasplante de médula. Quienes más probabilidades tienen de ser donantes son cuatro hermanos que viven en Tinduf, pero la burocracia argelina no les hace el pasaporte para viajar y someterse a los análisis de compatibilidad. Y el tiempo no sobra: el estado de salud de Mohamed es cada día más comprometido. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez han difundido la historia de Mohamed a través de HOY para apremiar a Argelia a que permita sin demora salir a los cuatro hermanos del niño. No saben cómo pagarán sus pasajes del avión, pero de ese problema se ocuparán cuando los hermanos de Mohamed tengan el permiso para viajar a España.

Esta es la historia que contaba este periódico el pasado domingo, el día en que los compromisarios dieron a Rajoy todo el poder en el PP y los inscritos de Podemos hicieron lo mismo con Pablo Iglesias. El día en que Trump empezó una redada para deportar a inmigrantes. Rajoy, Iglesias y Trump han sido el centro de un diluvio informativo y pasarán a las páginas de la historia, y de ellos se escribirán ensayos sobre su estatura política. Nada se dirá, sin embargo, de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez. Sus nombres –más allá de su pueblo; más allá de su asociación– se olvidarán en el fragor de los días, y otras historias de amor vendrán a ocupar el espacio que ahora ocupa la suya. Y ningún historiador glosará la lección de alta política que ambos, sin duda sin pretenderlo, están escribiendo desde El Torviscal.

 

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¡Hurra por las sociedades mansas!
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Antonio Tinoco Ardila | 08-02-2017 | 6:19| 0

 

Seguramente recuerden la portada de este periódico del pasado jueves, el día en que iba a viajar a nuestra región el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, para visitar las obras del AVE. Aparecía en ella la imagen de cuatro ministros de Fomento de los que ha habido entre 2008 y la actualidad. Tres de ellos –Magdalena Álvarez, José Blanco y Ana Pastor–, habían hecho visitas similares a la que iba a hacer ese día el actual ministro del ramo, el cuarto que aparecía fotografiado. A cada uno de los tres primeros le acompañaba bajo su imagen una frase pronunciada con ocasión de esos viajes. Eran frases que hablaban de fechas de apertura de la línea, de prioridades políticas, de intenciones maravillosas que, pasado el tiempo, se demostraron falsas, por lo que el único fin que cabe atribuirles era salir del paso y que su autor volviera a Madrid sin sobresaltos.  Bajo la imagen de Íñigo de la Serna había un gran signo de interrogación que significaba tanto una desconfiada expectativa como una advertencia reforzada por el titular “De la Serna, sexta visita de un ministro de Fomento a las obras del AVE regional”. La interrogación parecía decir algo así como: “Señor ministro, a ver qué nos va a decir sobre el tren porque ya han venido cinco antes que usted y no nos creemos nada. Sea, al menos, imaginativo porque aquí ya hemos oído demasiadas buenas palabras que han sido humo”.

El pasado jueves fue una de las contadas ocasiones en que este periódico ha publicado una portada ‘editorializante’, es decir, en que la intención informativa cotidiana de las portadas de HOY decaía ante una explícita toma de partido. Esa novedad dio lugar a numerosos comentarios, de tal manera que la primera página del HOY fue uno de los elementos relevantes que rodearon a la visita del ministro.

Traigo aquí este asunto de la portada del jueves no para hablar de una excepción en la línea informativa de este periódico, porque eso sería una discusión más o menos académica entre periodistas, sino porque las reacciones de sorpresa que suscitó esa portada tienen un significado social: marcan con cierta exactitud el grado de nuestra temperatura rebelde.

Los extremeños no sabemos vestir el traje de la protesta. Aquí establecemos records en número de parados; records en la caída de la población ocupada; contamos empleos y resulta que nos faltan 50.000 para igualar a los que había antes de la crisis; colmamos nuestras aspiraciones laborales con trabajos de temporada; vemos cómo el conjunto de España se va reponiendo de los estragos de la recesión y cómo pasan los años y nosotros cada vez somos más pobres… Todo eso nos pasa y seguimos sin que desde fuera –ni dentro– oigan de nosotros una voz más alta que otra. Reivindicar, exigir, rebelarse no goza de prestigio en esta tierra, y por eso nos llama la atención cuando alguien –pongo por caso este periódico el pasado jueves–, expresa un descontento, por muy generalizado y justificado que esté.

“¡Un hurra por las sociedades mansas!”, deben decir cuando, por casualidad, miren hacia Extremadura desde Madrid (y desde Mérida).

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Privilegios de periodista
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Antonio Tinoco Ardila | 01-02-2017 | 8:59| 0

No pueden ni imaginarse los privilegios que por el trabajo que desempeñamos tenemos a nuestro alcance los periodistas. Yo he disfrutado de incontables privilegios –y lo que te rondaré, porque se me hacen los dedos huéspedes de los que me quedan por disfrutar—, y de entre ellos no es el menor el haber asistido desde un magnífico asiento –la mayor parte del tiempo desde el que me proporcionaba la Redacción de este periódico–, al espectáculo de ver cómo poco a poco se iba desarrollando el programa de trasplantes de órganos en la Sanidad extremeña. Desde aquellos años –hace más de 25– en que sonaba el teléfono y era el entonces gerente del Infanta Cristina, Dámaso Villa, anunciando con una alegría que no podía disimular que había habido una donación de órganos y de resultas de la cual se había trasplantado un riñón, o dos, en el hospital; o era Melchor Trejo, presidente de Alcer, que daba una rueda de prensa animando a la gente a que se hiciera con el carnet de donante. No tenía efectos prácticos, era sólo un gesto, pero aquel trozo de cartulina te iba brincando en la cartera y uno, con toda la razón, lo sentía como un íntimo secreto solidario y, a la vez, como una orgullosa declaración de intenciones; o era Julia del Viejo.

Julia Del Viejo merece un punto y aparte.  Porque se encargó durante años –y lo hizo hasta que apenas le quedaba vida— de un asunto más delicado si cabe que el de hacer que el riñón, el corazón o el hígado de un cadáver burle al destino y continúe viviendo y dando vida a otra persona. Ella se encargaba de lograr que los familiares de un candidato a donante digan sí a la donación en lugar de decir no justo en el terrible momento en que acaba de morir. Hubo un tiempo en que Extremadura aparecía en los primeros lugares de España en negativas de las familias de los posibles donantes a que se les extrajeran los órganos para implantarlos en quien los necesitara. Ahí, en ese ‘no’, acababa todo el esfuerzo de la ciencia y, más decisivo, también acababan las esperanzas –algunas veces exactamente las esperanzas de seguir viviendo—de los candidatos a recibir un órgano. Julia del Viejo encabezó el grupo de profesionales sanitarios que cambió la ominosa estadística que nos señalaba a los extremeños entre los insolidarios de España. Un estigma del que nos libró al lograr rebajarla por debajo de la media, donde ahora se encuentra.

He recordado todo esto al leer hace unos días en este periódico los datos que ofrecieron el consejero de Sanidad y el gerente del SES sobre la donación de órganos y trasplantes en nuestra región del año pasado: en Extremadura se hicieron 194 trasplantes en 2016; la tasa de donación fue de 42 por millón de habitantes, por encima del objetivo de la Organización Nacional de Trasplantes para el año 2020; y las negativas familiares representaron el 13%, tres puntos por debajo de la media nacional. Pueden parecer datos fríos, pero sería un error que nos los tomáramos así. En realidad, y a pesar de lo que queda por mejorar, son un orgullo colectivo que este oficio mío me proporcionó el privilegio de ver crecer.

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El Estado malvado
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Antonio Tinoco Ardila | 25-01-2017 | 8:27| 0

El pasado domingo este periódico dedicó su foto de portada y las páginas 3 a 5 para dar cuenta de cómo han vivido las dos familias de las víctimas extremeñas del Yak 42 el último episodio de lo que fue la mayor tragedia de la aviación militar española en tiempos de paz: el dictamen unánime del Consejo de Estado, que ha reconocido 14 años después que el Estado pudo evitar, y no lo hizo, el accidente en el que murieron 75 personas (de ellas, 62 militares españoles) cuando regresaban de su misión en Afganistán. De ese dictamen, como se sabe, se ha derivado la posterior petición de perdón de la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, a las familias de las víctimas.

Atravesaba el reportaje el inmenso dolor de los familiares de los dos militares extremeños fallecidos, el sargento de 29 años natural de Montehermoso Juan Jesús Nieto Mesa, y el cabo primero Feliciano Vegas Javier, de 33 años y natural de Moraleja. Sin embargo, lo que establecía ese reportaje con mayor precisión no era, con ser mucho, el dolor acrecentado por la incredulidad; por el silencio del Ministerio de Defensa durante las primeras y angustiosas horas; por las miserables sospechas de algunos mandos militares, que atribuyeron a los familiares de las víctimas aspiraciones de sacar tajada económica de la tragedia; por el viaje a Turquía en busca de respuestas que aquí no les daban… Tampoco era la orfandad ante la desesperada búsqueda de restos de cuerpos, que los familiares de Juan Jesús Nieto tuvieron que añadir al dolor de su muerte porque fue uno de los 21 cadáveres confundidos, de manera que estuvo enterrado durante más de un año en una sepultura de una pedanía de Murcia mientras en el cementerio de Moraleja estaba el del subteniente del Ejército del Aire Joaquín Álvarez, asturiano y con residencia familiar en Zaragoza. No era eso sólo lo que se veía en el reportaje, era –la maestría del periodista Antonio Armero lo hacía posible– la distancia infinita entre quienes en aquellos días de mayo del 2003 detentaban el poder del Estado y los que murieron en una campa de Turquía cuando su avión, una chatarra volante, se desplomó contra el suelo. Una distancia que no explicaba la que hay entre la vida y la muerte, sino la que, más precisamente, hay entre la gente decente y los que tienen una forma de vivir que los incapacita para reconocer el valor de la vida de los que mueren cumpliendo con su deber.

Quizás nunca como en este caso del Yak 42 el Estado –un Estado democrático, no se olvide– ha sido tan malvado con sus servidores. Y lo seguirá siendo mientras, no la actual ministra, sino el máximo responsable del Ministerio de Defensa de esos días –Federico Trillo, que fue mercenario con el dolor de las víctimas— no pague siquiera algo de la inmensa deuda moral contraída. Pudo hacerlo hace unos días, cuando se despidió de la embajada española en el Reino Unido, la regalía de la que tan indignamente disfrutaba por nuestra cuenta. No lo hizo. Quizás lo peor que pueda decirse de ese hombre es que a nadie sorprendió que no tuviera ese coraje.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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