Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
Aprosuba
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Antonio Tinoco Ardila | 25-05-2016 | 7:32| 0

Hace unos días recibí en el teléfono móvil un ‘whatsapp’ del que desconozco su autor –venía rebotado de otros receptores– que celebraba el cambio de nombre de los centros Aprosuba. Seguramente saben que los centros Aprosuba son las instituciones que durante más de 40 años han venido trabajando por la atención y el desarrollo de personas con discapacidad intelectual en la provincia de Badajoz. El mensaje anunciaba con alborozo que los centros Aprosuba –son alrededor de una quincena y están numerados: Aprosuba 3 en Badajoz, Aprosuba 9 en Villanueva, 14 en Olivenza…– pasaban a llamarse Plena Inclusión Extremadura.

Pero el mensaje no ponía el acento en el cambio de denominación de estos centros, sino en la importancia de que desapareciera el nombre de Aprosuba. “Desde hoy Aprosuba dejará de existir en cualquier lugar de Extremadura… Por fin llegó esta gran noticia!!!”, decía el mensaje. Y continuaba: “Saben por qué? ¿Saben qué significa Aprosuba? ¿Saben que en el fondo estamos ofendiendo a las personas con discapacidad? A: Asociación; PRO: personas; SUB: subnormales; BA: Badajoz. Estas siglas lo que hacen no es sólo ofender, sino desprestigiar e infravalorar las capacidades que poseen las personas con discapacidad”.

No tengo nada que ver con Aprosuba ni nadie de mi entorno tiene relación con esta institución. Sé de ella sólo porque muchas veces cubrí informaciones que le atañían y por lo que leo en el periódico cuando aparece alguna noticia relacionada con ella. Y también creo que, en un asunto como este, en el que la sensibilidad está a flor de piel, la actualización de los nombres puede evitar dolor a muchas familias. Sé, además, que ya ha se ha difundido el nuevo como una renovación positiva e integradora.

Pero no me gustó el tono del mensaje. Precisamente porque no encontré en él ese respeto, cuyo autor tan desabridamente reclama para sí, hacia las personas que hace más de 40 años trabajaron hasta la extenuación para crear una institución que defendiera la inclusión personal, laboral y social de las personas con discapacidad.  Que ahora alguien les reclame que en los años 70 no tuvieran la sensibilidad que se les habría de exigir casi medio siglo después y le pusieran a esa institución un nombre que, en aquel entonces, nadie daba por ofensivo es, lo digo con pesar, una ofensa. El mensaje, tal como estaba redactado, me pareció una de esas ocasiones en que alguien coge el rábano por las hojas, además de un ejemplo de los estragos de la corrección política, que se imbuye en el paradigma de lo que debe ser admitido sin la más mínima objeción…, a menos que el objetor quiera colocarse bajo la luz de la sospecha.

También lo colocaba en este caso, porque el mensaje sobre el cambio de nombre de Aprosuba conminaba al receptor a que tomara el camino ‘correcto’ con estas palabras: “Desde hoy queremos y favorecemos la inclusión. ¿Y tú, ayudas o no ayudas a incluir?”. Y acababa con unas palabras que resultaban paradójicas en un mensaje pretendidamente defensor de la diversidad: “Todos somos uno”. Paradójica frase. Y reveladora.

 

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Ilusión
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Antonio Tinoco Ardila | 18-05-2016 | 8:17| 0

El pasado jueves este periódico informaba de que 17 juristas partidarios de la independencia de Cataluña habían presentado a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, una propuesta de Constitución para la República de Cataluña. Se trataba de un documento, decía la información, que formará parte de la documentación con la que trabaja la comisión parlamentaria sobre el proceso constituyente.

Sentí envidia. No porque en mí anide el más remoto espíritu independentista que me haga soñar con que esté en vigor un texto que diga: “Extremadura se constituye en Estado libre, soberano, democrático, social, ecológico y de derecho”, tal como se define a Cataluña en el primer artículo de la citada propuesta. No siento envidia por eso. Por eso siento decepción por que una comunidad como Cataluña, en cuya capital viví entre el 79 y el 81 con la certeza de que estaba en una ciudad que había hecho de su espíritu de acogida una solemne declaración de carácter, la vea ahora desbarrancándose por la pendiente del aldeanismo.

Sentí envidia porque un documento como ese no nace del aire, nace de que en Cataluña existe una ilusión de la que participa una parte significativa de catalanes. Yo, ya lo he dicho, de ser catalán no estaría entre los ilusionados por la independencia, pero no dejo de envidiar ese impulso, esa aspiración colectiva. Y aun a sabiendas de que, en cualquier caso, ese impulso aquí sería más prosaico que el de crear una nueva nación, no lo siento menos necesario, sino más. Porque lo que yo echo de menos en Extremadura es un plan de futuro para todos y trazarnos un camino para conseguirlo. No soy político, no tengo la capacidad de articular un proyecto social, lo cual alguna vez lamento. Sólo me hago preguntas. Pero cuando me pregunto a mí mismo ‘¿crees que dentro de diez, de veinte años, Extremadura será una sociedad que haya avanzado decisivamente en bienestar, en igualdad, en calidad de vida porque diez, veinte años atrás –es decir, hoy— hubo planes, ilusión, objetivos colectivos que se empeñaron en hacerlo posible?’, la respuesta es no, no lo creo. Ojalá lo creyera, pero uno lee el periódico, presta atención al discurso público, se detiene a oír las ideas sobre las que discutimos en la Asamblea y nada veo que me induzca a pensar que algo de lo que hablamos, aunque sólo sea una cosa, alberga no el mero propósito de ir tirando, sino el germen de transformación de esta tierra. Un ejemplo: ¿cuántos planes de empleo se han hecho; cuántas veces hemos oído decir que lo que Extremadura necesita es un cambio de modelo productivo sin que nada haya conseguido remover un solo centímetro esta menesterosa realidad que tenemos? ¿Y cuántas veces hemos perdido la oportunidad de ordenarle a la Universidad la misión de variar nuestro rumbo inexorable hacia el mismo horizonte de todos los siglos?

Nada veo que sea capaz de sacarnos de la linde del marasmo. ¿No hay nadie, en la Junta, en la oposición, que alce el dedo y diga ‘tengo un plan, un sueño, para el futuro de esta tierra’? Habría mucha gente –yo, uno—que se apuntaría a esa ilusión.

 

 

 

 

 

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‘Postureo’
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Antonio Tinoco Ardila | 11-05-2016 | 7:41| 0

Como saben, la pasada semana celebramos el Día de la Libertad de Prensa. Mi artículo del último martes hacía referencia a él. Lo recuerdo ahora no porque quiera volver sobre lo mismo, sino porque ese día me encontré con algunos colegas de los que me sorprendió que pusieran en duda la existencia en nuestro país de la libertad de Prensa, lo cual para mí está fuera de discusión como lo está que en España disfrutamos, merced a nuestro sistema constitucional, de otras libertades, como la de expresión, manifestación, huelga o participación política. Otra cosa es que las libertades citadas estén siendo recortadas, o sufran amenazas (la ‘ley mordaza’, sin ir más lejos). O quienes nos encargamos de gestionar alguna de ellas, como los periodistas la de Prensa, cumplamos o no con nuestro deber y estemos o no a la altura de lo que se nos exige. Pero libertad de Prensa hay en España. Basta para comprobarlo que no escasea la gente con poder que insulta a los periodistas cuando publican algo que no les gusta. Cuando no había libertad no los insultaban; mandaban directamente a la policía a buscarlos.

Pero, como decía, no quiero hablarles de la libertad de Prensa, sino de ese descreimiento en torno a las libertades que tenemos. A veces tengo la sensación de que esa posición desapegada es más un gesto propio de un diletante que fruto de la reflexión y la experiencia. Un ‘postureo’. Como si afirmar que nuestro país es democrático y que sus ciudadanos gozamos de un sistema de libertades, más que un motivo de satisfacción por este logro colectivo, fuera una declaración de conformismo. O de algo todavía peor: de una cierta relajación moral, algo así como dar por bueno que, llegado el caso, los principios flaquean, de modo que admitir que en España hay libertad sería estar de acuerdo con ‘el sistema’ y, por tanto, con sus trampas, mientras que rechazar la existencia de esas libertades por no tener el grado de pureza que merece nuestro alto rasero, aunque las practiquemos con toda tranquilidad, fuera mantener una posición de gallarda rebeldía.

La realidad es, para mí, justo lo contrario, de tal manera que la pretendida superioridad moral que reclaman para sí algunos de los que practican esa aparente actitud insurgente –que se resume en algo así como: “esta democracia es una mierda; no hay libertad de Prensa ni de nada”– esconde el conformismo de no empeñarse en el modesto afán diario de mejorarla. Seguramente porque no la aprecian lo suficiente, que es precisamente la misma actitud que la de los que tratan por todos los medios de empobrecerla.

Antonio Muñoz Molina, en su ensayo ‘Todo lo que era sólido’, advierte con agudeza del error en que caemos cuando sólo reparamos retrospectivamente en lo que teníamos, mientras que se hace invisible en el momento de tenerlo. Así nos puede ocurrir con este sistema democrático, delicado y siempre en España expuesto a ser fugaz: que empecemos a añorarlo cuando lo perdamos por no saber verlo mientras lo tenemos. No saber verlo es no saber defenderlo. O no querer, que es una de las variantes más cínicas de la ceguera.

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Preguntas
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Antonio Tinoco Ardila | 04-05-2016 | 7:37| 0

Jeremy Paxman y Stephen Sackur son veteranos periodistas de la BBC célebres por sus preguntas. Llevan años entrevistando a todo tipo de personajes, a los que someten, si es preciso, a un tenso interrogatorio. Quizás lo recuerden: Sackur fue quien entrevistó a Raül Romeva cuando encabezaba la candidatura de Junts pel Sí en las elecciones catalanas. Seguramente Romeva pretendía con aquella entrevista difundir en el Reino Unido la buena nueva de la independencia de Cataluña, pero se convirtió en un vía crucis sobre la corrupción autóctona, empezando por el ex ‘molt honorable’ Jordi Pujol. A Romeva se le veía intentando echar balones fuera ante las preguntas de Sackur porque no era de aquello de lo que él quería hablar en la BBC; contestando mal que bien que la corrupción, si la había en Cataluña, era por contagio de España y asegurando que no cabría jamás en la Cataluña independiente porque, por definición, los catalanes son buenos y benéficos.

Paxman acaba de jubilarse tras 25 años en la cadena pública británica y un espejo para periodistas es su entrevista al jefe de Coca Cola en Europa, el cual tuvo que admitir, ante la insistencia del entrevistador, que la Coca Cola que muchos espectadores beben en el tiempo que dura una película tiene el contenido de 44 bolsitas de azúcar para el café. Y también entrevistó a un ministro del Interior británico, al que le hizo ¡doce veces! la misma pregunta porque su entrevistado no la respondía.

Muchos pensarán que Paxman y Sackur son agresivos (algunos dicen que son “abrasivos”), y que debido a esa agresividad habrán perdido más de una oportunidad de obtener información. Y es posible que así sea porque a veces para obtener información no basta preguntar enérgicamente por ella, sino saber extraerla delicadamente, como el pescador prudente que sabe que puede perder un pez si tensa el sedal.

Hablo de Paxman y Sackur porque hoy, 3 de mayo, es el Día de la Libertad de Prensa, y porque tal vez no haya nada que resuma con más tino en qué consiste eso tan decisivamente importante para el estado de Derecho que es la Libertad de Prensa como el modesto mecanismo de preguntar: la pregunta libre, innegociable, lo que hacen Paxman y Sackur, es el germen del periodismo.

¿Qué ocurriría en Extremadura si tuviéramos a entrevistadores como ellos? Me temo que si alguno surgiera tendría como tal una vida muy corta y sería mayor su relación de peticiones de entrevistas rechazadas que concedidas. Mi experiencia indica que los entrevistados se contrarían con increíble facilidad ante preguntas sólo levemente incómodas. E incluso se lo hacen notar al entrevistador (por persona interpuesta, por supuesto). O directamente se niegan a ser entrevistados ante el temor a que se  les pregunte según qué cosas.

Este de las preguntas, de la libertad para preguntar, es un asunto menor frente a las preocupaciones ciudadanas, pero quizás sea más importante de lo que indica su discreta apariencia. Porque de las preguntas cabe esperar respuestas. Y en las veces en que la espera de respuestas es en vano está el tamaño de nuestra democracia.

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Ofensa
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Antonio Tinoco Ardila | 27-04-2016 | 7:53| 0

Seguramente muchos de ustedes estarán al tanto de las palabras que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, dijo el pasado jueves contra los periodistas en general y, en particular, contra el redactor de ‘El Mundo’ Álvaro Carvajal durante el acto de presentación de un libro que tuvo lugar en la Universidad Complutense. Iglesias vino a decir que si uno quiere prosperar hoy día en una empresa periodística de nuestro país tiene que criticar a Podemos aunque esa crítica no se atenga a los hechos. “Son las reglas del juego”, añadió en medio del alborozo de su auditorio. Horas después vino la disculpa e incluso, el pasado domingo, el abrazo de Pablo Iglesias al ofendido Carvajal. Por supuesto, el abrazo fue fotografiado y, como mandan los cánones de la comunicación política, difundido por la redes sociales. De este modo,  Iglesias ha logrado ‘ser  noticia’–con alguna portada incluida– por decir lo que dijo y por desdecirse de lo que dijo. Bingo.

A mí, como periodista y a pesar de que algunos de mis compañeros de la Asociación de la Prensa de Badajoz me lo puedan echar en cara, la invectiva de Pablo Iglesias no me ofendió. Al contrario, esa desconfianza que demostró tenernos me supo a gloria: si una de las reglas no escritas más saludables del oficio del periodista es desconfiar de los políticos, lo lógico es esperar que la desconfianza sea mutua. Y cuando alguien la expresa, aguantarse si te escuece: donde las dan las toman.

De hecho, me preocupa más la reacción que, como colectivo ofendido, hemos tenido los periodistas, que las palabras de Iglesias. En primer lugar, porque abandonamos el acto de la Complutense, como si no tuviéramos más ocasiones de abandonar actos a los que se nos convoca, y muy particularmente esas ‘ruedas de prensa’ sin preguntas, que es una contradicción en sus términos y a las que asistimos con la cara de cordero degollado que inevitablemente se nos pone cuando aceptamos muy sumisamente ser los figurantes de la farsa.

En segundo lugar, porque somos un colectivo fácilmente criticable. Quiero decir que acumulamos razones para que nos pongan a caldo. Entre otras, porque bajo el manto del periodismo hemos dejado que tengan cobijo cosas que no lo son. Y le otorgamos idéntico calificativo  de ‘periodístico’ a un trabajo que aspira a contar lo que pasa con las reglas del oficio, y por el que su autor no va a ganarse nunca una palmadita en la espalda de ningún político –al contrario: si se gana algo es su malhumor, su insulto o, algunas veces ocurre, la petición de su cabeza–, que a otro que no es más que un ejercicio de almíbar y de baba. Y no es lo mismo el periodismo de investigación que el periodismo de felación, aunque los dos se nos presenten con las mismas hechuras formales.

En medio de la polémica sobre las palabras de Pablo Iglesias, el director de HOY escribió en Twitter dos frases interesantes. Decía Ortiz: “Un político criticando a un periodista indica que algo va bien. El problema serio son los periodistas que escriben al dictado de políticos”. Un buen resumen al que me acojo.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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