Hoy

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Autor: Antonio Tinoco
Una lectura de provecho
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Antonio Tinoco Ardila | 11-01-2017 | 7:49| 0

Si ustedes me exigieran que este artículo sirviera para algo más que para justificar la tinta que contiene no se me ocurriría mejor cosa que decirles: “Acaben apenas esta frase que están leyendo, dejen el periódico sobre la mesa, corran a la librería más próxima y háganse con el ‘Manual para mujeres de la limpieza’, de la norteamericana Lucia Berlin”. Pero si me preguntaran por qué recomiendo ese libro con tanto ahínco como para conminarles a que salgan de casa sin despedirse y aun olvidando el abrigo en el perchero, no sabría darles una explicación razonablemente convincente. Porque Lucia Berlin no cumple ni de lejos con el canon de lo que podríamos considerar una escritora: no tiene ‘obra’, sólo escribió 77 relatos en sus 68 años de vida, es decir, sale a poco más que a un relato por año, algunos de no más de un folio, la mayoría de tres o cuatro y el más extenso ¿quizás 30 páginas?

Ni siquiera ella tenía muy claro si era o no una escritora aunque en algún momento hablara del relato que estuviera escribiendo como si fuera uno de sus quehaceres. Nunca tuvo conciencia de que sus textos tuvieran trascendencia literaria a pesar de que alguno de ellos fue premiado y su libro –ese libro que es ahora celebrado en medio mundo– es apenas una recopilación de textos reunidos en 2015, once años después de muerta. Su prosa es tan poco brillante que de su lectura no ha quedado en mi memoria rastro de un párrafo rotundo o una frase feliz; la estructura de sus relatos es tan simple que algunos están toscamente rematados o directamente sin siquiera rematar y quedan colgados de la última frase como si el mundo hubiera echado el freno justo en el instante en que el columpio en el que estamos alcanzó su cénit y el lector, abandonado ahí, se asoma al abismo del punto final. Y, por si fuera poco, no hay en los relatos de Lucia Berlin otra cosa que no sea la vida azarosa de Lucia Berlin porque nunca se salió de eso que se ha dado en llamar autoficción, que es un modo de escribir fabuladamente de uno mismo quizás porque no hay talento para que la imaginación emprenda un vuelo más arriesgado.

Y sin embargo, contra todas las cosas, ese libro es un arrebato, es un huracán con tanta literatura dentro que no podrán leerlo sino de a poco, con la misma disciplinada posología con que cualquiera lee a Machado. Pone tanta emoción Lucia Berlin en lo que cuenta que su libro querrán tenerlo cerca porque su ausencia les terminará inquietando; hay tanta alegría y tanto dolor y risa y amargura y libertad y entrega y pasión en sus frases llanas que se apoderará de ustedes y les birlará el ánimo y recibirán su lectura con risas y lágrimas, atropellada o sosegadamente o como Berlin quiera, como Berlin los lleve y los traiga, los zarandee, los acogote o los acaricie o los bese… Como Berlin elija el modo en que ustedes se enamoren de ella. Porque se enamorarán. Esa mujer –bellísima, por cierto—les enamorará y no podrán vivir sin leerla.

Y yo quedo contento porque Lucia Berlin me da la oportunidad de que esta columna sea una lectura de provecho.

 

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Finlandia, tan lejos
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Antonio Tinoco Ardila | 05-01-2017 | 11:48| 0

Hace unos días leí en el diario ‘El País’ que el gobierno conservador de Finlandia estudiaba aprobar una renta universal para cada finlandés. La razón era que la creciente e imparable incorporación de la inteligencia artificial al proceso productivo y la consiguiente mecanización en la producción de bienes y servicios iba a tener dramáticas consecuencias en el trabajo. Habida cuenta de que cualquier finlandés está expuesto a ese peligro, la renta universal que estudian quería decir eso, renta para todos (se entiende, no obstante, que para todos los mayores de edad), con independencia de cualquier circunstancia y de sus recursos económicos: una renta por el hecho de vivir. La medida la ha implantado a modo de experimento en 2.000 personas seleccionadas aleatoriamente de entre las que habían cobrado el paro en los últimos meses y a las que desde este mes de enero y hasta diciembre del 2018 se les iba a dar 560 euros al mes libres de impuestos. Con ello, el gobierno finlandés –vuelvo a decirlo: de ideología conservadora; para entendernos, correligionarios del PP—  quiere analizar cómo emplean los beneficiarios esa renta inesperada que les ha caído del cielo –que en Finlandia, por lo que se ve, lo tienen tan cerca de sus cabezas que es el Estado– para luego, si la experiencia es positiva, trasladarla al conjunto de los ciudadanos.

Lo que más me sorprendió de la información no era el hecho en sí de que Finlandia estuviera estudiando dar una renta a sus ciudadanos (medidas similares están estudiando otros países) sino que ninguno de los funcionarios que estaba trabajando en esa idea diese por hecho que la reacción de los beneficiarios que participan de ese experimento fuese la que podría tener mucha gente en España –triunfarse los 560 euros y, si es posible, no trabajar más o seguir trampeando haciendo chapuzas,–, sino que serían una oportunidad para emprender nuevos negocios y probar con nuevas ideas. Y precisamente para que fuera así, una de las condiciones que consideran necesarias, además de la subida de impuestos a las empresas y a los más ricos, es que, previamente a su implantación, debían subir los salarios significativamente, de modo que la renta universal no represente más que un complemento, algo así como la guinda en el pastel.

La noticia rompía mis esquemas no sólo porque la renta universal sea un asunto que aquí ni podemos soñar –ya ven la dificultad que hay para desarrollar una renta básica que alcance a las personas que objetivamente la necesitan, cuanto más una renta para todos—, sino porque es preciso mucha confianza entre el Estado y sus ciudadanos para adoptarla. Ahí, justo en ese punto de la confianza, es donde veo la distancia entre Finlandia y los finlandeses y España y los españoles, porque aquí la desconfianza de los ciudadanos hacia el Estado y del Estado hacia los ciudadanos es nuestro modo de vivir. Establecerla –no restablecerla, porque nunca la hemos tenido— podría ser un magnífico propósito, y de beneficios históricos, para este año que comienza.

 

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Un rejón a la enseñanza
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Antonio Tinoco Ardila | 28-12-2016 | 7:55| 0

Un titular en la página 3 de la edición del sábado de este periódico me llamó la atención: “Educación rebaja a 145 las plazas de las oposiciones para paliar ‘el efecto llamada’”. Según la información, la primera intención de la Junta era sacar a oposición el año que viene 335 plazas de Secundaria, pero finalmente saldrán 190 menos porque es el número de plazas de las especialidades sobre las que también habrá oposiciones en 2017 en otras comunidades. El resto de plazas inicialmente previstas se acumularán a las que fueran a salir a oposición en 2018. Esta decisión se toma para que quienes se presenten en Extremadura no tengan la competencia –o tengan menos– de opositores no extremeños.

La decisión de reducir plazas de Secundaria que saldrán a oposición en 2017 obtuvo el apoyo de 4 de los 5 sindicatos con representación en el sector de la Enseñanza –CC OO se opuso, pero por no estar de acuerdo en la distribución de plazas por especialidades—, así como la satisfacción de la consejera de Educación, Esther Gutiérrez, quien dijo que la propuesta “responde al interés general y se basa en consolidar el empleo docente”.

Siempre me ha parecido una incongruencia que la Junta de Extremadura –-y el resto de gobiernos autonómicos— se preocupe tanto por evitar ‘el efecto llamada’ a las oposiciones de profesores. Porque cada vez que lo hace le clava un rejón a la enseñanza, de cuya mejora se proclama tan interesada. Es fácil de entender: si evitamos ‘el efecto llamada’ estamos limitando la adjudicación de plazas a los opositores extremeños, por lo que el sistema educativo de nuestra región estará perdiendo la oportunidad de que esas plazas las ocupen, en lugar de los mejores opositores extremeños, los mejores opositores de España, los cuales serán –no todos, pero sí algunos por mera estadística–, mejores que los extremeños.

Lo que quiero decir es que el interés general del que habla la consejera lo veo justo al revés de como lo interpretan ella y los sindicatos, porque la mejora de la enseñanza extremeña –ese es el interés general; no el particular de los opositores– vendría no por evitar el ‘efecto llamada’, sino por lo contrario: por buscarlo.

Nuestros políticos tienen a gala no estar contaminados por el virus del nacionalismo, e incluso miran por encima del hombro a catalanes  y vascos, a los que consideran, y con razón, presos de la visión aldeana consustancial a su ideología. Sin embargo, no logro ver otra cosa que un ramalazo de nacionalismo empobrecedor –y de falta de coraje político– en la actitud de nuestras autoridades ante las oposiciones en la enseñanza. Claro que a nadie importa. Ni siquiera a las asociaciones de padres de alumnos, cuyo elocuente silencio es quizás lo más preocupante. No he tenido la suerte de oírles decir ni mu nunca en este asunto, a pesar de que si cualquier niño lo preguntara pondría en un aprieto al padre que intentara explicarle –sin apelar a argumentos que nada tienen que ver con su educación– por qué es mejor un profesor de Matemáticas o Biología de Cáceres o Badajoz que de Málaga, Soria o Zaragoza.

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El momento de envejecer
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Antonio Tinoco Ardila | 21-12-2016 | 8:24| 0

A mi padre le gustaba gastarme bromas. Una de ellas parecía imposible de creer incluso en el momento en que me la hizo, cuando yo tendría 8 o 9 años. Fue una de las primeras veces que, desde Higuera de Vargas, mi pueblo, vinimos a Badajoz en el Renault 4 mi hermano Manolo, mi padre y yo. Por aquel entonces apenas había semáforos en la ciudad y los guardias urbanos –eran de los que tenían un casco blanco que parecía un salacot y unos abrigos abrochados hasta el cuello–, dirigían el tráfico en los cruces y desviaban los coches a un lado y a otro haciendo indicaciones enérgicas con las manos metidas en guantes, también blancos y como de hule, que les llegaban casi hasta los codos. Unas veces a la derecha, otras a la izquierda. Y otras más nos daban paso para que continuáramos adelante. La resolución de aquellos hombres me llamaba tanto la atención que le pregunté a mi padre cómo sabían los guardias hacia dónde nos dirigíamos. Él improvisó una respuesta mucho mejor que la pregunta: “porque esta mañana, antes de salir de casa, he llamado por teléfono al cuartel de los guardias urbanos y les he dicho que vendríamos a Badajoz para ir a la Plaza de la Soledad y cada guardia, al ver la matrícula de nuestro coche, sabe a dónde vamos y nos manda por la calle que corresponde”.

Hasta mucho tiempo más tarde, cuando el asunto de los guardias salió a relucir de nuevo, no formaron en mi casa un jolgorio a costa de mi inocencia y me hicieron caer en la cuenta (¡¡aaayyy, cabeza de chorlito!!) de que los coches tienen intermitentes para indicar a los guardias la dirección hacia la que van sin que haya que informarles antes de salir de casa.

No me molestó que mi padre me hubiera tomado el pelo en aquella ocasión en que fuimos él, mi hermano y yo a la Plaza de la Soledad. Al contrario: la asombrosa capacidad de los guardias urbanos de Badajoz de saber por dónde tendría que ir cada coche para llegar a su destino –que yo creí a pies juntos; no me dirán que no era lo suficientemente fantástica como para merecer la pena creerla– fue una prueba más de que aquel viaje estaba consagrado a recordarlo así me muera con cien años. Porque todo lo que hicieron los guardias en aquel viaje fue llevarnos hasta Deportes García-Hierro, donde mi padre nos compró a mi hermano y a mí nuestras primeras botas de tacos. Eran un quiero y no puedo: unas botas de lona negras –las de cuero eran muy caras– con una suela con tacos de goma que mi hermano y yo nos estuvimos probando un rato largo, haciéndonos los interesantes mientras un dependiente se agachaba para ajustárnoslas y para preguntarnos qué tal estábamos con ellas.

El fútbol nos ha dado momentos maravillosos. Uno de esos fue en esa tienda de la Plaza de la Soledad que siempre olió a guarnicionería y de donde mi hermano y yo salimos con la caja de nuestras primeras botas bajo el brazo y con una dicha que hasta hoy, 50 años después, estaba lozana como si hubiera permanecido conservada en ámbar. Pero ha bastado que el lunes  pasado este periódico informara  de que Deportes García-Hierro cierra para siempre para que empiece a marchitarse. Y yo a envejecer.

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Balones fuera
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Antonio Tinoco Ardila | 14-12-2016 | 7:49| 0

En los últimos días ha habido dos malas noticias en Extremadura: los resultados del informe PISA sobre el nivel educativo de nuestros alumnos de 15 años y el cierre de seis quirófanos en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres debido a una invasión de moscas. Ambas han sido, qué duda cabe, preocupantes. Pero no sabría decirles qué es lo que me ha preocupado más, si las noticias en sí o las explicaciones que ha dado la Junta en relación a ellas. Lo digo porque si uno de los indicios sobre la solvencia de un gobierno es su disposición a responsabilizarse de las cosas que ocurren durante su gestión, en los últimos días el gobierno de Fernández Vara ha dado algunas muestras bastante elocuentes de insolvencia. Tanto la invasión de moscas en los quirófanos como el informe PISA han sido despachados desde la Junta echándole la culpa a los demás, es decir, al anterior gobierno del PP. El consejero de Sanidad José María Vergeles, primero, y el gerente del SES, Ceciliano Franco, después, derivaron la responsabilidad a la falta de mantenimiento del centro sanitario en los años en que gobernó Monago. Sólo ante la hipótesis científicamente inverosímil de que esa colonia de moscas invasoras de quirófanos fuera de una especie que necesita 16 meses para alcanzar el estadio adulto –es el tiempo que lleva gobernando de nuevo el PSOE– podría admitirse, al menos en teoría, la queja del consejero y del gerente del SES. Y aun así la excusa sería endeble, puesto que en el mejor de los casos lo que revela este episodio es que nadie en ese hospital habría reparado, y han tenido más de un año y medio para hacerlo, que los quirófanos necesitaban las actuaciones necesarias para que no hubiera contaminación externa que pusiera en peligro su asepsia. Que sean las moscas las que tengan que avisar de la falta de mantenimiento de los quirófanos indica lo poco avisados que están quienes tienen la obligación de mantenerlos limpios.

Y sólo ante un ejercicio de memoria selectiva más sorprendente aún que en el caso de las moscas en los quirófanos, puede achacársele a los cuatro años que gobernó el PP los resultados de PISA como lo ha hecho el secretario de Educación, Rafael Rodríguez de la Cruz. La realidad es que los resultados del último informe no difieren sustancialmente de los habidos en la anterior evaluación de 2013 –es decir, seguimos a la cola de la Educación en España–, ni tampoco de los sucesivamente recogidos en 2010 y antes cuando Extremadura estaba gobernada por el PSOE y no participaba específicamente de la evaluación de PISA pero sí formaba parte de la muestra analizada para el conjunto de España. Cabe recordar, en este sentido, que uno de los aciertos del PP fue precisamente incorporar la educación extremeña a la evaluación de PISA para que se pudieran sacar conclusiones específicas sobre nuestro sistema educativo y tomar decisiones en consecuencia.

Sin embargo, las primeras decisiones tomadas por la Junta han sido echar balones fuera. Es decir, hacerse la irresponsable. Mal asunto.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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