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Autor: Antonio Tinoco
Trueba
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Antonio Tinoco Ardila | 07-12-2016 | 8:24| 0

La última polémica en la que estamos es la del boicot a la película ‘La reina de España’ porque su director, Fernando Trueba, dijo hace más de un año que no se había sentido español ni cinco minutos en su vida y que en una guerra contra España siempre iría con el enemigo. Escogió para decirlo un momento de lo más (in)oportuno: precisamente al recoger el premio Nacional de Cinematografía, dotado con 30.000 euros. Trueba, a los pocos días, matizó sus palabras asegurando que no había querido decir que no amara España; sus amigos salieron en su defensa y explicaron que había que conocer la inclinación a la ironía de Trueba para entender cabalmente lo que dijo, pero el incendio en las redes sociales, que es un material más inflamable que la gasolina y con efectos más devastadores, ya se propagaba sin remedio. Los rescoldos se han avivado ahora.

Lo que piense Fernando Trueba de España, si la ama o la aborrece, sencillamente no me interesa. Lo relevante para mí son sus películas, unas mejores que otras, y entre las primeras la inolvidable ‘Belle époque’ que le valió un Oscar. Recuerdo que en la secuencia inicial de esa película, cuya acción transcurre en el año 1931, dos guardias civiles, que además eran suegro y yerno, discuten sobre si deberían dejar libre a un soldado desertor que acaban de detener. La discusión va subiendo de intensidad hasta que se sale completamente de madre: el yerno mata al suegro y luego, horrorizado con lo que ha hecho, se suicida. Traigo aquí esa secuencia porque, fuera esa su intención al filmarla o no, me parece una prueba irrefutable de la acendrada españolidad de Trueba, pues solo un español de ley sería capaz de mostrar en apenas cinco minutos nuestra probada capacidad para que lo que empieza como un asunto de opiniones encontradas lo llevemos hasta el descacharre de acabar matándonos, que tantas veces ha sido el tuétano de nuestra patria. Quizás simplemente lo que hizo Trueba con las declaraciones que levantaron la polémica fue acogerse a la ventaja que tiene ser español sobre ser francés, estadounidense, alemán… Y es que una de las maneras de mayor solera para demostrar que uno es español es precisamente renegar de serlo, y cuanto más estentóreamente mejor.

Creo que es más inteligente no perdernos nada valioso de lo que hay en el mundo por prejuicios que nada tienen que ver con la valía. Yo, por si acaso, no dejaré de leer ‘La familia de Pascual Duarte’ porque su autor, Camilo José Cela, fuera un indeseable que cuatro años antes de publicar esa novela admirable se ofreciera a los golpistas para delatar republicanos; ni tampoco de escuchar el ‘Viatge a Ítaca’, de Lluis Llach –la hermosura de versión que hizo del poema de Cavafis–, porque el ahora diputado de ‘Junts pel sí’ diga que si Cataluña no logra ser independiente se irá a vivir a Senegal. Pues vaya en buena hora. Me da lo mismo. Lo que no me da es que alguien quiera impedir que le sigamos escuchando, o leyendo a Cela, o viendo las películas de Trueba en aplicación de su particular visión del mundo.

 

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Se murió Fidel
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Antonio Tinoco Ardila | 30-11-2016 | 7:18| 0

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, la redes sociales se llenaron de frases adversativas: de ‘pero’, de ‘aunque’, de ‘sin embargo’. De gente que reconocía que no había sido un modelo de gobernante democrático, ‘pero’ sí había logrado que Cuba fuera modelo para organismos internacionales como la Unesco por su sistema educativo gratuito desde la etapa pre-escolar a la universitaria; que no había respetado los derechos humanos ‘aunque’ su resistencia al bloqueo de los Estados Unidos pasará a la historia como una epopeya de dignidad; que había encarcelado a los disidentes y muchos de ellos, para evitarlo, viven en el exilio simplemente por opinar distinto, ‘sin embargo’ hizo de Cuba un ejemplo de solidaridad, mandando a cientos de médicos a paliar desastres humanitarios en países pobres.

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, las redes sociales se llenaron de justificaciones. De equilibristas en el alambre de la retórica. Como si un sistema educativo universal y gratuito; o un sistema sanitario muy superior al de los países de su entorno; o una resistencia nacional frente al agresor imperialista fuese intercambiable y compensara una dictadura. Como si hubiera que elegir entre una educación para todos y la democracia; entre una sanidad para todos y la democracia; la resistencia contra el bloqueo estadounidense y la democracia. Y como si, de tener que elegir, hubiera que optar por sacrificar la democracia.

Se murió Fidel y mí me ha sorprendido la cantidad de gente dispuesta a hacer juegos de manos con la mente para no tener que caer en la cuenta de que ese Fidel aureolado y tenido por uno de los mayores políticos del siglo XX es el mismo Fidel que ha gobernado casi 60 años con mano de hierro. Y lo ha hecho de tal modo que más de un cuarto de sus compatriotas –tres millones de personas– haya preferido irse de Cuba –decenas de miles de ellos jugándose la vida en una balsa; miles la perdieron en el empeño–, antes que vivir bajo su régimen, por muy universales que fuesen sus sistemas educativo y sanitario.

Se murió Fidel y a mí me ha causado estupor que haya tanta gente entre nosotros dispuesta a dar por bueno para los cubanos lo que no querrían ni en pintura para sí, como si los cubanos merecieran menos o fuera una osadía que aspirasen a los mismos derechos que nosotros. Gente que aspira a que los demás reconozcan en ellos su espíritu democrático e igualitario no muestran la más mínima inclinación a pedirle cuentas a Fidel –y por lo mismo no le otorgan a los cubanos el derecho a exigírselas– sobre por qué no ha permitido la prensa libre, ni los partidos políticos, ni la igualdad de oportunidades de progresar para todos de acuerdo a sus capacidades y no a la intensidad de adhesión a su partido.

Se murió Fidel y a mí me ha alarmado la cantidad de gente que estos días se ha resistido a llamar a las cosas por su nombre: que Castro fue un dictador que sojuzgó a su pueblo. Temo a esa gente porque, llegado el caso, la creo dispuesta a vender barata la libertad, con lo cara que cuesta.

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La vida de los que murieron
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Antonio Tinoco Ardila | 23-11-2016 | 7:18| 0

Si no han leído el reportaje que el periodista Antonio Gilgado publicó el pasado domingo en este periódico no dejen de hacerlo. Este es el enlace a hoy.es: http://www.hoy.es/prov-badajoz/201611/19/condena-sufrimos-nosotros-20161119193058.html. Habla de los niños del equipo de fútbol de Monterrubio de la Serena que murieron el 8 de mayo de 2014 cuando el autobús en que viajaban volcó al encontrarse con una máquina retroexcavadora que había iniciado un giro a la izquierda cuando el autobús la adelantaba.

Lo traigo aquí no sólo porque sea un texto y unas fotos emocionalmente inolvidables, sino porque si alguna vez se preguntan para qué sirve el periodismo –y es fácil que lo hagan ya que vivimos tiempos en que las noticias falsas con apariencia de verdaderas es un fenómeno tan extendido que hasta han influido en la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea y en la elección a presidente de los Estados Unidos…–, si alguna vez se preguntan, digo, para qué sirve el periodismo, ahí, en ese texto de Gilgado y en esas fotos de Brígido tienen una buena respuesta. Nada de tratados, nada de monografías, tampoco reporteros jugándose la vida en primera línea del frente ni sesudos análisis sobre el porvenir de nuestros políticos: sólo los emocionados testimonios –y conmovedoramente civilizados, sin dar una oportunidad al rencor– de unos padres recordando a sus hijos y su pasión por el fútbol; los detalles del mismo día del accidente, cuando ganaron 4-5 a pesar de que en el descanso del partido perdían 4-0 y nadie hubiera dado un duro por ellos; y sus sueños para cuando fueran grandes.

Se necesita mucho respeto por la simple verdad, como lo demuestra Gilgado, para mantener a raya la retórica y sólo emplear palabras sencillas para contar a los lectores la realidad en cueros de esa pérdida. Hasta ahora sabíamos cosas de ese accidente, algunas en detalle como que la retroexcavadora no tenía espejo retrovisor; o que su conductor no tenía permiso del dueño para conducirla. Sabíamos los nombres de los niños, sus edades, el arrasador dolor que su muerte ha causado en sus familiares, en su instituto, en la comarca entera. Sabíamos mucho del suceso pero poco de quienes lo sufrieron. No sabíamos que José Manuel Tena Furtado, el portero del Monterrubio, jugó su último partido a escondidas de su madre porque tenía una brecha en la cabeza ni que, aun en primero de ESO, superaba exámenes de matemáticas de segundo. No sabíamos que el delantero Ismael Herrador, un zurdo que marcó el primer gol de la remontada del Monterrubio sobre el Herrera del Duque, era un biólogo en ciernes y que se hacía preguntas sobre cómo conjugaba su padre su trabajo de guarda de caza de una finca con su ecologismo. No sabíamos  que José Antonio, el padre que lleva tatuado el nombre de Ismael, ha dejado la finca en la que trabajaba porque no puede con el recuerdo de haberla recorrido tantas veces con su hijo. Nada sabíamos de lo que cuenta Gilgado. A pesar de que lo que cuenta es tan simple de entender como que los que murieron tenían vida. Para mostrarla sirven el periodismo y los periodistas como Antonio Gilgado.

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La máquina del fango
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Antonio Tinoco Ardila | 16-11-2016 | 8:34| 0

Me hubiera gustado que Ramón Espinar, el candidato apoyado por Pablo Iglesias para dirigir Podemos en Madrid, hubiera perdido las elecciones primarias habidas en la última semana. Me hubiera gustado que las hubiera perdido no por ser el candidato de Pablo Iglesias, del que tengo opiniones encontradas: por un lado pienso que ahora mismo constituye una rémora para el crecimiento de su partido pero, por otro, es digna de admiración la capacidad que ha tenido de transformar un sentimiento de indignación de millones de españoles contra la crisis y el sistema político (el 15M) y convertirlo en menos de un lustro, según los últimos sondeos, en el primer partido de la izquierda. Aunque este Podemos se parezca a aquel 15M como se parece un huevo a una castaña.

Me hubiera gustado que Ramón Espinar hubiera perdido las primarias de Madrid porque esa derrota podría significar que los militantes de Podemos se resisten a perder el contacto con la realidad, a lo que cada vez con más insistencia les invita, por ejemplo, Pablo Iglesias. Porque la realidad es que Ramón Espinar, con la venta de su famoso piso de Alcobendas por 30.000 euros más de lo que le costó, fue un especulador de manual al que todos los dirigentes de Podemos habrían criticado con tanta severidad como razón si hubiera sido de cualquier otro partido. Y por eso mismo, habida cuenta de que en ningún momento admitió que su proceder fue censurable, debió salir ampliamente derrotado de su disputa por el control de la organización madrileña de Podemos. ¿Cómo se entiende que alguien que se comporta igual que cualquier especulador gane una elección precisamente en un partido que ha enarbolado la bandera de la lucha contra la especulación? Sólo se entiende porque han funcionado los ardides de la política en su versión rancia: aquellos que tratan de identificar a quienes les critican como enemigos embozados, sicarios de oscuros intereses, traidores al servicio de poderes ocultos… (pongan en los puntos suspensivos lo que más les guste para demonizar a los medios de comunicación. Por si les sirve de orientación, pongan “la máquina del fango”, que es la expresión que utilizó Pablo Iglesias –y que es un eco de Umberto Eco, que fue quien la acuñó– para denunciar ‘el acoso’ al que los medios estaban sometiendo a su candidato Espinar por informar de un hecho que ocurrió). A mí me duele que gente que está en Podemos porque tiene la esperanza de que ese partido sea el heraldo de una nueva política caiga en la vieja trampa de dar crédito a la teoría de las conspiraciones a la que apelan los jefes de Podemos siempre que les da un bofetón la realidad.

No falla: cuando un político acusa a la prensa de influir en un proceso en el que tenga intereses por publicar informaciones que le perjudican lo que está queriendo decir es que la prensa debería estar callada para que ese silencio se convierta en una especie de influencia por omisión a su favor. Justo eso es lo que hacen las dictaduras: tener silenciada a la prensa para que la ausencia de crítica lo interpreten los ciudadanos como un implícito y sostenido publirreportaje de lo bien que está todo. Por ejemplo, de lo bien que hizo Ramón Espinar especulando con un piso de protección oficial en Alcobendas.

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Herencia
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Antonio Tinoco Ardila | 09-11-2016 | 8:29| 0

La portada del diario ‘La razón’ de ayer lunes anunciaba un reportaje sobre las elecciones de hoy en los Estados Unidos y de cómo la disputa por el voto entre Donald Trump y Hillary Clinton ha dividido a la sociedad de ese país. El periódico ponía cara y voz a un votante de cada uno de ellos. Una mujer negra decía que votaría a Clinton porque “está más cualificada para el cargo y Trump está loco”. Y un hombre blanco aseguraba que votaría a Trump porque “dice lo que los americanos opinamos cuando estamos en casa”.

Me parecen muy oportunas las frases de ambos votantes que ese periódico eligió para su portada porque resumen el núcleo del mensaje que ha defendido cada uno de los candidatos a lo largo de la campaña electoral y también porque representan los dos extremos de uno de esos dilemas que afectan a la política: ¿qué es preferible, elegir a los que consideramos mejores porque están más capacitados para encontrar soluciones a los complejos problemas de nuestra vida común, o elegir a los que son lo más parecido a cualquiera de nosotros porque tendrán nuestra misma sensibilidad y estarán en mejor posición para resolver los problemas de acuerdo a nuestros intereses? En ese dilema, los votantes de Clinton representarían a quienes entienden que hay que votar a los más preparados, mientras que los de Trump representarían a quienes defienden que hay que votar a los que sean lo más parecidos a nosotros, las personas corrientes, si bien es difícil imaginar que haya muchas personas ‘tan corrientes’ en Estados Unidos y en cualquier parte que crean, como ha defendido hasta la náusea el candidato republicano, que la mejor solución contra la inmigración ilegal es construir un muro en la frontera con México o que el terrorismo islámico se erradica impidiendo la entrada de los musulmanes a los Estados Unidos.

Digo esto porque uno de los riesgos más preocupantes que están acechando a la política es el de que arraigue la idea de que su ejercicio es, en el fondo, muy simple. Aun estando de acuerdo en que el epítome de la simplificación es Donald Trump y que afortunadamente no tenemos en España uno como él, por estos pagos también contamos con ilustrativas propuestas de soluciones simples a problemas que no lo son. Uno de ellos es el ‘no es no’ de Pedro Sánchez; otro, el irresponsable tancredismo de Rajoy con respecto a Cataluña, que nuestro flamante presidente calificaría, con ese candor que despliega y para remachar la simpleza, como “de sentido común”.

Pero no es sólo preocupante la simpatía que empiezan a despertar las propuestas de soluciones simples a asuntos complejos, sino que de un tiempo acá hay ciudadanos que atribuyen a las soluciones menos reflexivas –es decir, “lo que opinamos cuando estamos en casa”–, una suerte de superioridad moral frente a las tomadas con cautela y con reservas, de modo que las decisiones terminantes que el mundo necesita sólo estarían al alcance de políticos limpios, de los que no tienen intereses inconfesables y nada que temer por cortar por lo sano.

Esos ciudadanos, adictos a lo simple que están por todas partes, son los alevines de Trump, la herencia que deja aunque hoy –ojalá—pierda.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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