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Chiquito y yo

Tardé en entender el humor de Chiquito de la Calzada. Al principio no fui capaz de ver más allá de sus patillas excesivas, de su papada sudorosa, de su peinado de señorito del sur, de su pelo con caracolillos, de sus zapatos abrillantados, de sus camisas floreadas de palmero de tablao para turistas. Cuando salía con traje y corbata eran siempre chillones, como si los eligiera el responsable del vestuario de una película de mafiosos de serie B en la que Chiquito trabajara de rufián imposible. Era una indumentaria que por sí sola bastaba para poner automáticamente entre Chiquito y yo tierra de por medio. Por si fuera poco se ponía a hacer mojigangas en el plató como si mientras lo maquillaban –me parecía siempre recién excesivamente maquillado—le hubieran dado a oler algo que le provocara movimientos espasmódicos. Chiquito se ponía de pie y de pronto daba saltitos de gorrión o caminaba de puntillas; aquí se detenía y allí encogía una pierna y se quedaba quieto. Era ese momento cuando más patético me parecía: una pobre garza enana muy tiesa arqueando la espalda con las manos en los riñones.

Además, no entendía lo que decía. Hablaba raro, atropellado. Y cuando lo entendía me parecía insulso. Alargaba interminablemente los chistes y los remataba rematadamente mal. Yo veía a la gente a mi alrededor riendo a carcajadas con Chiquito y no sabía por qué reían: el humor de Chiquito me había convertido en marciano.

Pero lo peor no era Chiquito. Lo peor eran los insufribles imitadores de Chiquito, los que de pronto no sabían hablar si no era introduciendo en su conversación ‘¿te da cuen?’, ‘fistro’, ‘hasta luego, Lucas’. He conocido gente respetable que te saludaba con un resuelto ‘¿cómo estás, pecador de la pradera?’ y sin solución de continuidad seguía con una actitud perfectamente seria. Había siempre cerca gente que imitaba a Chiquito, gente que parecía que habían roto a hablar a partir del momento en que el humorista le había prestado sus latiguillos porque sólo sabían expresarse dentro del universo lingüístico que manejaba Chiquito. España entera se había contagiado de aquel hombre del que decían que estaba renovando el humor y que a mí me parecía un insulto para Eugenio, para Gila, para Tip y Coll, para Faemino y Cansado. También para Paco Gandía, andaluz como Chiquito, pero que hacía del chiste una historia que acababa con un desternillante golpe de efecto.

Han tenido que pasar años para que Chiquito empezara a caerme bien. Más que bien. Me ganó por insistencia. Quizás porque, pasado el tiempo del fenómeno televisivo y de la pavorosa epidemia de imitadores, se me cayeron los prejuicios y empecé a ver a un hombre inocentón, tierno, un entrañable payaso con un inmenso talento natural. Y donde veía saltitos histriónicos, posturas de garza patética o palabras estúpidas, veo ahora a un hombre pequeño creador de un personaje gigante con un lenguaje exclusivo que se esforzaba por hacernos la vida mejor. Si dicen que no hay mayor generosidad que la de hacer reír, veo a Chiquito ahora como lo que seguramente fue: un hombre generoso y entregado a arrancarnos la risa. Conmigo, al final, lo consiguió.  Que la tierra le sea leve.

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El sueño de Trump sin Twitter

El pasado jueves, la cuenta en Twitter de Donald Trump estuvo desactivada once minutos. Es posible que crean que fue una tontería, una especie de anécdota en la batidora de la actualidad, esa clase de noticias improductivas que sólo tienen importancia para los responsables de las ediciones digitales de los periódicos porque les proporcionan tráfico y después se disuelven sin consecuencias, como burbujas carbónicas que escapan del agua.

Sin embargo a mí me encantó leerlo: me hizo soñar. Me gustó pensar que durante ese tiempo el hombre más poderoso de la Tierra se sintió perdido en el éter, sin asideros, dando tumbos como un neutrón sin albedrío: con masa (en su caso, bastante, y bronceada por lo que parecen interminables sesiones de rayos UVA) pero sin energía. Me gustó pensar que durante ese tiempo, Trump tuvo la certeza de que –aunque formalmente seguía siendo presidente de los Estados Unidos porque ningún funcionario fue a presentarle el documento definitivo en que se le informaba de su incapacitación y ningún policía lo había conducido hasta la puerta de la Casa Blanca–, tuvo la certeza, digo, de que ya no tenía sentido ser presidente de nada porque a partir de ese momento dejaría de haber gente al otro lado riéndole las gracias de sus tuits, jaleándole sus admoniciones, aplaudiendo sus vejaciones a cualquier persona que tenga la condición de víctima y multiplicando hasta el infinito sus ocurrencias de matón de la Gran Manzana.

Me gustó pensar que durante esos once minutos Trump tuvo que beberse el vaso de la Justicia y estuvo solo ante su espejo y lo que en él vio fue su ser verdadero: el zafio inmaduro incontinente de boca, el impetuoso racista que sólo es capaz de establecer relaciones de dominación con sus congéneres. Me hizo soñar que tras esa experiencia Donald Trump sintió un abandono cósmico, que notó que bajo sus pies se abría un agujero negro de silencio del que no podría escapar ya nunca más ninguno de esos siniestros trinos suyos a los que se ha encomendado para gobernar la nave de su país y de buena parte del mundo. Y que Trump, el hombre que encarna la mayor amenaza para el futuro del planeta y de los que lo habitamos, había dejado de existir. Porque, al cabo, pensé: ¿que es Trump sino su cuenta de Twitter?

Me sentí bien pensando todo esto, imaginando lo bonito que sería que fuera verdad, pero al mismo tiempo no pude dejar de sentir pena porque no fuimos conscientes de que durante esos once minutos la Humanidad tuvo la oportunidad de inaugurar una nueva era. Y la dejamos escapar. No supimos interpretar el gesto del empleado de Twitter que desactivó la cuenta de Trump: dimos por buena la versión de la empresa, que vino a decir que apagar la cuenta de Twitter del presidente Donald Trump fue su último gesto y el modo de protestar por su despido, cuando en realidad era la señal viva que inauguraba nuestra liberación: una especie de ‘Grândola Vila Morena’ en versión cibernética.

Ojalá se repita. Ojalá la aprovechemos y podamos empezar a vivir la venturosa realidad de Trump sin Twitter: es decir, la venturosa realidad sin Trump.

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El Diccionario ha muerto

Estoy siguiendo la crisis catalana -imagino que como ustedes-, por todos los medios de comunicación posibles: por la prensa, por sus ediciones digitales, por la radio, por la televisión, por las redes sociales… De lo que he leído, oído y visto durante estos últimos largos días han surgido sentimientos de todo tipo: de tristeza, de esperanza, de enfado, de temor, de alivio… Seguro que me entienden, porque pocas dudas tengo de que ustedes han debido sentir lo mismo que yo.

También sigo la crisis catalana por la prensa portuguesa. Porque me interesa conocer un punto de vista libre de la subyugación de una realidad que me afecta personalmente y porque creo que es ilustrativo observar cómo ven lo que nos está pasando en España desde Portugal, un país que lo siento como si fuera mío. En consecuencia, vengo leyendo lo que publican sobre Cataluña los periódicos que son referentes informativos lusos: Público, Diário de Notícias, Expresso.  Muy pronto, sin embargo, mi interés mayor se ha trasladado desde las informaciones de los corresponsales de esos periódicos a los comentarios de los lectores a sus informaciones. Y eso porque en los comentarios he encontrado un sentimiento nuevo: el del estupor, es decir, el del asombro, el del pasmo.

Asombro y pasmo por ver hasta qué punto ha calado en los lectores la versión que los nacionalistas tienen del problema catalán. La mayoría de los comentarios -que pueden ser considerados un reflejo de la opinión pública ilustrada de Portugal porque ser lector de informaciones internacionales es una característica de la minoría ilustrada-, acogen sin apenas reparos el cuento de la Cataluña oprimida y, por consiguiente, el cuento todavía más increíble de que en España el fantasma de Franco se levanta todas las mañanas a conducir los destinos de nuestro país bajo la eterna lucecita del Pardo. ‘Francoland’ -eso que Muñoz Molina denunció hace algunas semanas en El País como la foto sepia y acartonada que de España aún permanece en los países desarrollados- existe también en Portugal.

Lo dramático de todo esto no es, con serlo demasiado, que en nuestro país vecino haya mucha gente que se apunta a la teoría de que la independencia de Cataluña es una especie de revolución de los claveles con Puigdemont y Junqueras de trasunto de ‘los capitanes de Abril’ Salgueiro Maia y Saraiva de Carvalho; lo verdaderamente dramático es que para abrazar esa teoría han tenido, como afirma el escritor Juan Gabriel Vásquez, que dar por buena la perversión del sentido de conceptos como ‘mayoría’, ‘ley’, ‘referéndum’, ‘pueblo’, ‘convivencia’ y, seguramente a partir de la tarde del lunes, ‘asilo’. Y esa perversión no atañe al conflicto catalán, ni a la aplicación del artículo 155, sino a la salud de las libertades del sitio mismo donde alegremente se acepta la muerte del Diccionario.

Pasará el sarampión soberanista. Quién sabe si empezaremos a ver sus banderas en el polvo ya el 21 de diciembre. Pero la resurrección del Diccionario tardará. Y, sin embargo, no encuentro tarea más necesaria que volver a darle a las palabras el sentido que les corresponde. Porque para la democracia, sea en donde sea, en Barcelona o Lisboa, es cuestión de vida o muerte.

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La enfermedad del paraíso

El pasado jueves, cuando el capítulo del día de la crisis de Cataluña se centraba en tratar de descifrar qué había querido decir Carles Puigdemont en el último párrafo de la carta que esa misma mañana le había enviado a Rajoy (¿significaba que admitía que no había proclamado la independencia, como pedía el presidente del Gobierno? ¿significaba que podía volver a la legalidad?; preguntas, en cualquier caso, ya inútiles), se coló en las ediciones digitales de los periódicos una de esas malas noticias que sería un error considerar ajenas a la política: un colegio de Biloxi, una ciudad del estado norteamericano de Misisipí, había retirado la novela ‘Matar un ruiseñor’ de la lista de obras literarias que tienen que leer los estudiantes de octavo curso (entre 13 y 14 años). No es la primera vez que ocurre: antes que en Misisipí ya habían prohibido en colegios de Virginia la inolvidable historia de Atticus Finch contada por su hija Scout. En todos los casos, la retirada de la novela se había hecho porque algunos padres de alumnos se quejaban de que incluyera la palabra ‘nigger’, (‘negrata’), un término despectivo y para muchos norteamericanos tan insoportable de pronunciar que lo evitan aludiendo a él sólo con la letra ‘n’.

Los padres de los alumnos de Biloxi argumentaban que leer ‘nigger’ “incomodaba a sus hijos” y consideraron que para evitar esa incomodidad lo mejor es que no leyeran la obra, aunque esa obra sea precisamente una de las que con más conmovedora valentía levantan la bandera de la igualdad de los seres humanos.

Pero esa triste paradoja no entra en las cabezas de quienes han entregado su brújula mental a la corrección política, uno de cuyos signos más señeros es poner un centinela en permanente vigilancia del lenguaje. Si algunos padres motejan la obra de racista por el mero hecho de que incluya insultos racistas, –incluso en el caso, como es este, de que los insultos racistas sirvan para denunciar el racismo–, parece claro que, aunque pretendan proteger a sus hijos, lo que de verdad están haciendo es evitarles el encuentro con la realidad, que es condición indispensable para comprenderla y cambiarla: ¿cómo podrán esos chicos llegar a entender algún día la naturaleza del alma humana si sus padres se encargan de impedirles el acceso al lenguaje, que es su expresión?

Estos padres quieren que la vida sea un paraíso para sus hijos en el que nada, ni una mala palabra, lo estropee. En el fondo recuerdan, porque sufren parecido trastorno, a estos otros más cercanos que quieren construir un paisito (su paraíso) libre de personas que no piensen como ellos, para de este modo no tener que enfrentarse a las palabras que no les gustan.

Y es que hay muchas maneras de sufrir el paraíso como enfermedad. Nosotros estamos sufriendo ahora la versión catalana, que practican Puigdemont y compañía. Pero unas veces, como aquí, se manifiesta intentando suprimir la expresión de la voluntad de más de la mitad de los catalanes; otras veces, como en Misisipí y Virginia, suprimiendo las novelas que muestran la realidad que les incomoda. Sea como sea, la enfermedad del paraíso acaba siempre de la misma manera: impidiendo la libertad. Y ya se sabe que impedir la libertad es como matar un ruiseñor.

 

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Del 15M a sostén del nacionalismo

El pasado domingo el periódico ‘La Razón’ y el digital ‘El Confidencial’ traían encuestas que coincidían en algunos pronósticos: uno de los más llamativos era el descenso de Podemos en la confianza de los votantes hasta el punto de que pasaría del tercer al cuarto puesto, sobrepasado por Ciudadanos. La encuesta de ‘La Razón’ –que como la de ‘El Confidencial’ había sido elaborada en estos días de crisis en Cataluña–, cuantificaba también la pérdida de escaños con respecto a las últimas elecciones: entre 13 y 17, de tal modo que el partido de Pablo Iglesias pasaría de sus 71 escaños actuales a entre 54 y 58. Me da la impresión de que esa fuga de apoyos no extraña a casi nadie.

Y es que cuando dentro de algunos años los historiadores hagan un análisis detallado de la crisis política de octubre del 2017 derivada del intento secesionista de Cataluña, seguramente dedicarán buena parte de sus esfuerzos a explicar la sorprendente actitud que en ella ha tenido el partido surgido del 15M, la explosión ciudadana de mayo de 2011. Los historiadores trazarán el arco que va de las acampadas de la Puerta del Sol y de otras ciudades de España protagonizadas por el movimiento de los indignados con un sistema político y económico que les estaba haciendo pagar con paro, desahucios y destrucción de sus expectativas vitales el colapso del sistema productivo y financiero. Y de cómo fue canalizada a través de Podemos esa energía que se expresó en manifestaciones multitudinarias que abrían una ventana de esperanza a la regeneración del sistema político empantanado en el bipartidismo. Dirán también que este partido levantó unas enormes expectativas desde su inesperada irrupción en las elecciones europeas de 2014, –logró cinco escaños y fue el asombro de España– y que, sin embargo, terminó jugando en la crisis del 2017 el papel de muleta del nacionalismo y de comprensivo aliado del movimiento independentista catalán, cuyo objetivo es torpedear la solidaridad y blindar sus privilegios.

Porque Podemos, observado en su proceso de mutación, ha hecho el viaje de ‘Democracia real, YA’, el eslogan que resumió la aspiración de regeneración del 15M, a sostenerles la pancarta a unos aventureros suicidas que están llevando a Cataluña a la división ciudadana, al desmantelamiento empresarial y al abismo político inspirados en el vergonzoso eslogan ‘España nos roba’. Desde el aliento regenerador de ‘Democracia Real YA’ a la justificación del fundamentalismo nacionalista (perdón por la redundancia) del ‘España nos roba’: ese es el itinerario que ha trazado Podemos y por el que le juzgarán los historiadores cuando escriban la Historia y –como señalaban las encuestas del pasado domingo–, no pocos de sus votantes mucho antes: en cuanto tengan su primera oportunidad ante una urna…

Pero ahí están, sin reconocer sus errores. Han sobrepasado incluso a los viejos partidos en escasez de autocrítica: hoy no hay una formación política en la que se aprecie menos diversidad de ideas que en el partido que hizo gala de lo contrario. Da la impresión de que si Pablo Iglesias se tira a un pozo (y con Cataluña es lo que está haciendo) ese pozo tarda apenas nada en llenarse de pablistas hasta el brocal.

 

 

 

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¿Hablemos?

El pasado sábado salieron a la calle miles de personas bajo un eslogan políticamente imbatible desde el punto de vista democrático: ‘hablemos’. La democracia es, por definición, el sistema político que trata de encauzar los conflictos mediante la negociación y el acuerdo y que, por esa razón, sacraliza la palabra hasta el punto de que no puede existir democracia sin libertad de hablar. Por eso exhortar a discutir, a acordar, a negociar… siempre va en la dirección de mejorar la democracia y la convivencia. Estoy seguro, además, de que la mayoría de quienes salieron a la calle manifestándose a favor del diálogo para solucionar la crisis de Cataluña –ese era el sentido de la invocación a hablar que justificaba el eslogan—lo hicieron convencidos de que sólo el diálogo puede solucionar ese conflicto. Yo estoy de acuerdo. Ya lo he dicho otras veces: los españoles tenemos que firmar un nuevo contrato que incluirá cambios con respecto a Cataluña y eso, necesariamente, tiene que lograrse hablando sin desmayo.

Sin embargo, creo que esas manifestaciones tan bienintencionadas del sábado se equivocaron porque dialogar no es confrontar ideas en el éter: el diálogo requiere de un espacio en el que los interlocutores estén en un plano de igualdad para que su resultado no sea una imposición –que es lo contrario al diálogo– de una parte sobre otra. ¿Llamaríamos diálogo a la conversación que entablan un secuestrador y su víctima para establecer los términos del pago del rescate, a pesar de que puedan ponerse de acuerdo sobre cómo entregar el dinero con el que el secuestrado compra su libertad? Pues, salvando las distancias, pedir que el Estado dialogue (es decir, que negocie una salida de común acuerdo) con la Generalitat de Cataluña sin que esta previamente vuelva al ordenamiento constitucional del que voluntariamente se ha ido es, en primer lugar, regalarle a la Generalitat un estatus que de ningún modo tiene, el de interlocutor de un gobierno con el que se podrá disentir hasta el tuétano pero que no ha roto el marco legal. En segundo lugar, es admitir que violar la ley tiene premio: el de colocar al gobierno catalán en la posición ventajista de forzar una negociación que sólo trabajosamente y muy despacio tal vez alcanzaría si defendiera sus aspiraciones sin romper la ley. Eso fue lo que, fuera o no su intención, hicieron los miles de personas que salieron el sábado a la calle proponiendo que hablemos: respaldar en la práctica a Puigdemont, decirle que pasar por encima de la Constitución y el Estatut no sólo no compromete su legitimidad sino que, ya puestos, la refuerza.

¿Hablemos? ¡Claro que sí! La democracia es hablar. De todo. ¿Pero se puede hablar con alguien que ayer, en la sesión del Parlament, insistió en romper con el Estado de derecho que lo ha amparado? ¿Se puede hablar con quien ejecuta un acto de fuerza declarando la independencia de Cataluña sin el más mínimo soporte legal, aunque luego pida su suspensión para dar, beatíficamente, una oportunidad al diálogo? En una democracia no se puede dialogar con cualquiera, sino con quien se haya ganado el derecho a sentarse a la mesa del diálogo. Y ese derecho sólo lo tiene quien cumple las normas. Fuera de ellas reina la soledad y el silencio.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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