Hoy

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Agua
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Antonio Tinoco Ardila | 25-11-2015 | 06:34| 0

El pasado domingo, el escritor Manuel Rivas se maliciaba en El País Semanal de que Rajoy hubiera arrasado con la cultura, poniendo al frente de sus huestes al inefable ministro José Ignacio Wert, y pedía a los políticos –si bien con una más que evidente endeble esperanza–, que la cultura y lo que quisieran para ella en nuestro país formara parte de sus asuntos en la inminente campaña electoral. Rivas recordaba el memorable discurso que uno de los más reputados escritores estadounidenses, David Foster Wallace, pronunció en el 2005 durante el acto de graduación de los estudiantes de Artes Liberales del Kenyon College de Ohio. Ese discurso, de apenas 22 minutos, se titula ‘Esto es agua’ y desde el mismo día en que lo pronunció se convirtió en un clásico porque está escrito con el desafiante estilo provocador con que se expresa la verdad y sobre todo porque está elaborado con una delicada sencillez, un rasgo excepcional en un autor que se caracteriza por emplear una prosa tan intrincada que exige al lector una atención atosigante si no quiere perder el sentido de la lectura.

Foster Wallace inicia su discurso con esta pequeña historia: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria. El pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?’. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y preguntó: ‘¿qué demonios es el agua?’”. Manuel Rivas trae a colación la fábula del pez mayor y de los peces jóvenes para reivindicar la cultura como el elemento que da sentido, aunque sea tantas veces invisible, a nuestra existencia. Es decir, el agua para los peces.

Foster Wallace no se refiere específicamente a la cultura en su discurso ante los estudiantes de Ohio, sino a la libertad, que es el elemento fundamental y tan necesario para los seres humanos como el agua para los peces. La libertad que es más fácil de alcanzar, dice, si uno tiene maestros que te enseñen a pensar.

Casualmente, leí el artículo de Manuel Rivas en el que recordaba a Foster Wallace tres días después de que el profesor Víctor Bermúdez fuera entrevistado en el programa ‘Ahora Extremadura’, de Canal Extremadura TV, con ocasión del Día Internacional de la Filosofía, que se celebra cada tercer jueves de noviembre. Bermúdez se quejaba con amargura de que la actual ley de educación –la Lomce de, otra vez, José Ignacio Wert–  ha mutilado la enseñanza de la Filosofía en ESO y Bachillerato. Y dijo una frase que recordaría tres días después, cuando leí a Rivas y a Foster Wallace: “¿Cómo vamos a tener ciudadanos libres si el sistema educativo suprime la Filosofía, que les enseña a pensar?”

Quiero creer que el hecho de que entre el jueves y el domingo me haya topado dos veces con la idea de que la libertad es un don que se conquista a través de los buenos maestros, no sea una simple coincidencia, sino, más poéticamente, la prueba del tesón del agua cuando se empeña en abrirse paso.

 

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Retrato
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Antonio Tinoco Ardila | 18-11-2015 | 05:59| 0

Mientras los terroristas se hacían detonar a las puertas del estadio Saint-Denis, donde en aquellos momentos se jugaba un partido amistoso entre Francia y Alemania; mientras decenas de personas, espectadores de un concierto o gente que empezaba a festejar el fin de semana en las terrazas de los bares, caían abatidas bajo las balas o bajo las granadas… mientras París era víctima de una cadena de actos de terror que por sus dimensiones y origen remitía a nuestro infausto Once de Marzo del 2004, nuestras televisiones decidieron mantener su programación como si nada de lo que estuviera ocurriendo fuera lo suficientemente importante como para modificarla.

Ardía la radio, ardían las ediciones digitales de los periódicos con una información que difícilmente podía escapar al propio caos que segrega el terror; ardían las redes sociales con comentarios y noticias sobre los que era complicado establecer su rigor, pero a las que nada podía reprochársele porque había una voluntad de contar qué era aquello terrible que estaba pasando en una ciudad que también ardía presa de un pánico que se multiplicaba con los sonidos de las sirenas. Pero mientras todo esto sucedía, mientras la sociedad hervía de temor e incertidumbre, en las sedes de nuestras televisiones –salvo en 13Tv y RTVE, y les honra– no había nadie que tuviera la suficiente capacidad o lucidez, o quizás fuera más cabal decir que estuviera dotado simplemente del grado mínimo de vergüenza profesional para decidir que eso terrible que sucedía en nuestro país de al lado era suficientemente importante para los espectadores que tenían sintonizado su canal y que, en consecuencia, había que hacer algo por contárselo.

Hay momentos en la vida, poco numerosos pero siempre inolvidables, en que las personas, las instituciones, las empresas –también, por tanto, las cadenas de televisión— tienen que tomar una decisión que excede de lo cotidiano. Cada uno de nosotros se ha enfrentado a situaciones que nos han colocado ante un sendero que se bifurca, de tal suerte que tomar una vereda u otra se convierte de inmediato en su definición, en su retrato. Así ocurrió la noche del viernes último: la decisión de mantener la programación o de modificarla para atender la demanda de información de los ciudadanos sobre los gravísimos hechos que estaban ocurriendo en París ha resultado ser una definición –quizás no inesperada, pero esclarecedora—del concepto que sobre la información tienen la inmensa mayoría de responsables de las cadenas de televisión de nuestro país: algo así como el pretexto que les proporciona la pátina de seriedad imprescindible para aparecer como una cadena honorable, pero ante el que, llegado el caso, no están dispuestos a hacer el mínimo sacrificio; ni siquiera el de cambiar su programación.

He aquí una enseñanza más de los atentados de París: para casi todas las televisiones comerciales españolas, la información sólo es servicio público mientras no cambie sus planes. Comerciales, por supuesto. Y eso, en noches como la del último viernes, les retrata.

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Conformismo
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Antonio Tinoco Ardila | 11-11-2015 | 06:10| 0

Casi una semana después de la reunión, todavía no he encontrado las razones por las que el presidente de la Junta fue tan conformista –es decir, tan escasamente exigente– con la ministra de Fomento, cuando el martes pasado se encontraron en el ministerio para repasar el estado de las inversiones en Extremadura.

Ana Pastor dio un tercer plazo al tren de diésel por el que suspiramos como alternativa al AVE, que dicen que puede ir a 200 kilómetros/hora y que en algunas zonas del norte de España poco menos que lo echarían al desguace, por viejo. La ministra aseguró que estará en servicio a finales del año que viene. Y Guillermo Fernández Vara va y se conforma, a pesar de que quien a tal cosa se comprometía no se sabe dónde estará después de las elecciones del 20 de diciembre y a pesar de que fue la propia Ana Pastor –no otro ministro: ella—la que faltó al primer compromiso, el de que estaría funcionando en 2015 entre Badajoz y Madrid; y al segundo compromiso cuando se vio que era imposible cumplir el primero: el de que al menos enlazaría Badajoz y Cáceres.

El presidente no sólo se conformó, sino que salió de la reunión, y así lo reflejó la información que hizo en HOY el periodista Juan Soriano, dando explicaciones del mismo tenor que dio Pastor cuando trató de convencernos de que no había dudas de que cumpliría los plazos que luego sucesivamente incumplió: dijo Vara que los pocos tramos –“muy pequeños”, especificó– que quedan por licitar lo estarán en breve y que entre Plasencia y Cáceres aún hay actuaciones en marcha, pero que está todo terminado o en obras… Parecía que por su boca estuviera hablando la propia ministra. O, en su defecto, José Antonio Monago, anterior presidente y correligionario de Pastor, quien, por cierto acertadamente, dijo que la reunión en el Ministerio de Fomento había servido para “nada de nada”.

No sirvió justo para lo que debería haber servido: para que los responsables de Fomento explicaran que las obras en la provincia de Toledo para enlazar Madrid y Badajoz van tan atrasadas que el tercer compromiso de Ana Pastor, ese que dio por bueno Fernández Vara, está irremediablemente abocado, como los anteriores, a su incumplimiento. La propia delegada del Gobierno en Extremadura, Cristina Herrera, así lo admitió al día siguiente cuando afirmó que el compromiso de Fomento se limita a que haya tren rápido entre Badajoz y Cáceres el próximo año, no sin olvidar añadir la frase “a no ser que haya problemas técnicos”, que en Extremadura ya sabemos lo que significa: que faltará voluntad política y que se enmascarará como problemas técnicos, tal como ha ocurrido con los más de 100 millones del AVE extremeño desviados a financiar otras líneas de Alta Velocidad.

El presidente de la Junta propuso hace semanas que las fuerzas políticas y sociales de la región firmaran un pacto por el ferrocarril. Se entiende que para exigirlo, no para conformarse con lo que hay. Sorprendería que la reunión en el Ministerio de Fomento fuera su prólogo.

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Telón
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Antonio Tinoco Ardila | 04-11-2015 | 06:22| 0

Sube el telón. Escena primera: Noche del 27 de septiembre. El escenario es un plató de un noticiario de TV. Un periodista informa sobre los resultados de las elecciones al Parlamento de Cataluña celebradas ese día.

Periodista: “…Como saben, los independentistas habían planteado las elecciones de hoy como un plebiscito entre partidarios y detractores de la independencia. Bajo este enfoque los independentistas han sido derrotados, toda vez que sus candidaturas han logrado 1.957.348 votos (un 47,74%) y las de los no independentistas 1.972.057 votos (un 48,11%)”.

Escena segunda: 26 de octubre. El escenario es el Parlamento de Cataluña. En el centro, su nueva presidenta se dirige a los parlamentarios.

Carme Forcadell: “Con esta undécima legislatura cerramos la etapa autonómica. Protagonizamos un momento fundacional: de un Parlament regional de competencias limitadas, recortadas y recurridas a un Parlament nacional con plenas atribuciones. Viva la democracia, viva el pueblo soberano, viva la república catalana”.

Escena tercera: 27 de octubre. El escenario es la oficina de Registro del Parlamento de Cataluña. Cuatro diputados entregan, ante una gran expectación, un documento de apenas dos folios. Los periodistas rodean a los diputados y seguidamente informan de su contenido.

Periodista informando en directo: “Los parlamentarios Jordi Turull, Marta Rovira, Antonio Baños y Anna Gabriel acaban de presentar en el Registro del ‘Parlament’ una propuesta de resolución que, de aprobarse, supondrá el pistoletazo de salida del proceso unilateral hacia la independencia de Cataluña. La propuesta pide al próximo gobierno de la Generalitat que antes de 30 días inicie un periodo de elaboración de una Constitución y, mientras tanto, que adopte las medidas necesarias para abrir un proceso de desconexión con el Estado. La resolución presentada también insta al próximo gobierno a comprometerse a desobedecer las decisiones del gobierno español y de sus instituciones que pretendan impedir el proceso independentista y, a la vez, mostrar su disposición a negociar con España, Europa y el conjunto de la comunidad internacional para conseguir la creación de un estado independiente”.

Escena cuarta: 31 de octubre. El escenario lo ocupa una manifestación. Se oyen voces airadas. Son ciudadanos a los que se les nota que protestan por lo que les preocupa. Del grupo emergen las palabras del portavoz de los manifestantes, que en la Plaza Mayor de la localidad catalana de Cervera lee un comunicado para exigir respeto hacia el piloto de MotoGP Marc Márquez, después de que dos pretendidos periodistas italianos irrumpieran en su casa e insultaran a sus familiares. El portavoz recuerda que el incidente está relacionado con la patada que el italiano Valentino Rossi dio a su paisano Márquez, tirándolo de la moto durante la disputa del Gran Premio de Malasia.

Tras la lectura del comunicado los manifestantes se dispersan.

Las luces del escenario, lentamente, se apagan y desde el patio de butacas empiezan a oírse los “¡bravo!” del respetable.

Telón.

 

 

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Debate ilegal
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Antonio Tinoco Ardila | 28-10-2015 | 06:34| 0

Los 28 diputados del Grupo Popular abandonaron el pasado jueves el Pleno de la Asamblea por disconformidad con la admisión a trámite de una propuesta del Grupo Parlamentario de Podemos en la que pedía a la Junta que proclamase su “apoyo y solidaridad” con las 18 personas del Campamento Dignidad que serán juzgadas por coacciones en el TSJEx. Como se recordará, los que van a ser juzgados, entre los que se encuentra Eugenio Romero, diputado ahora de Podemos y su representante en la Mesa de la Asamblea, interrumpieron el 11 de febrero del año pasado el informativo territorial de RTVE en protesta por el retraso en la aprobación de la renta básica. Fueron detenidos y se les hizo pasar una noche en los calabozos de la Comisaría de Mérida antes de ponerlos en libertad con cargos.

Los diputados populares se habían opuesto a someter este asunto al Pleno apelando a informes jurídicos que señalaban que, tal como estaba planteado, no debería ser admitido. Sin embargo, los votos de los diputados socialistas y de Podemos en la Mesa de la Asamblea –la diputada de Ciudadanos también votó en contra de que se debatiera– fueron mayoría y, en consecuencia, el asunto se incluyó en el orden del día y, finalmente, fue debatido. Justo antes de iniciarse el debate, los diputados populares se levantaron de sus escaños y se fueron.

La portavoz popular, Cristina Teniente, expuso diferentes argumentos para justificar su abandono del hemiciclo y su negativa a debatir la propuesta. Teniente dijo que le parecía “gravísimo” que se sometiera a discusión y la calificó de “atropello”, de “esperpento absoluto” y de “precedente peligrosísimo”.

Sin embargo, no fueron estas consideraciones las que me llamaron la atención, sino otra formalmente menos restallante y que es la que me hace escribir estas líneas: la portavoz popular dijo que la Asamblea había hecho “un debate ilegal”. Que una parlamentaria califique de ilegal un debate parlamentario –un debate que no pone en entredicho, por ejemplo, la dignidad humana ni derechos constitucionales, sino que es de política ordinaria— me pone inevitablemente en guardia.

Y ello porque las palabras no son inocentes y porque expresar la idea de que puede haber debates ilegales me parece que es adentrarse en ese inquietante territorio mental donde se defiende que antes de que haya debates pretendidamente ‘ilegales’ es mejor su alternativa, es decir, que no los haya. Es afirmar que el silencio es preferible a la discusión, sean cuales sean las razones por las que se propone, incluidas las extemporáneas e interesadas. Si, además, la respuesta no se limita a oponerse a que se celebre el debate y combatirlo en la tribuna de oradores –es lo que hicieron el PSOE y la diputada Domínguez, tumbando la propuesta– sino despreciar la Asamblea al abandonarla, los parlamentarios populares establecieron un precedente que, si no es ‘peligrosísimo’, como dice Cristina Teniente, sí siembra dudas sobre su compromiso –se supone que incondicional– con la labor para la que fueron elegidos.

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Desguace
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Antonio Tinoco Ardila | 21-10-2015 | 05:51| 0

Uno no sabe qué pensar cuando oye al arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, decir que estamos asistiendo a ”una invasión de emigrantes” o qué estamos haciendo en Europa recibiendo a miles de refugiados, si es seguro que no todos son “trigo limpio”. Uno no sabe qué pensar cuando un arzobispo revela que entre sus más sentidas preocupaciones –en principio sería fácil de imaginar que pastorales, aunque quepan dudas–,  se encuentra el destino de la identidad de Europa. Uno no sabe qué pensar de todo esto no porque no haya oído lo mismo muchas veces; al fin y al cabo esas ideas son –no sólo son: están—más viejas que la pana, se repiten desde tiempo inmemorial y se renuevan prácticamente cada día en las vallas que se levantan y en las alambradas con que se las remata, sino porque casa mal oírlas y que quien las expresa sea un arzobispo, un hombre del que cabe pensar que ha hecho del Evangelio su guía espiritual, y no un tipo desalmado, de esa derecha extrema que provoca escalofríos y que es incapaz de sentir una mínima empatía ante las miles de personas que huyen de una guerra y nos piden cobijo ante su incierta suerte.

Y mucho peor casa cuando se arma un revuelo, alguien le dice que quizás fuera conveniente que explicara todo un poco y la justificación que da al día siguiente –por portavoz interpuesto, faltaría más– es que lo que ha querido poner de manifiesto el arzobispo Cañizares es su preocupación porque entren en Europa terroristas confundidos entre los refugiados. Acabáramos: lo que quiere decir el arzobispo es que ha equivocado la vocación, porque no pierde la oportunidad de tratar de ejercer de ministro del Interior. Y no cualquier ministro del Interior, sino húngaro, a ser posible.

El caso es que, por sorprendente que parezca, he sentido un cierto regocijo al oír estas palabras del arzobispo. En primer lugar porque, aunque le pese, Cañizares es sólo arzobispo y no un ministro del Interior que pueda llevarlas a cabo de inmediato; es un alivio. En segundo lugar y sobre todo, porque se nota mejor el abismo que hay entre el arzobispo Cañizares y el papa Francisco, que está mostrando fehacientemente la actitud solidaria y comprometida para con las víctimas que se espera de un cristiano. Y es que este asunto de los refugiados y la amenaza que suponen permite apreciar con nitidez que Francisco está haciendo todo lo posible por mandar al trastero de la historia de la Iglesia católica a gente como Cañizares. Se le ve ya tan rancio, tan a trasmano, dice unas cosas este hombre tan –por utilizar una palabra frecuente en su vocabulario—poco edificantes que si con su intervención sobre los refugiados albergaba alguna esperanza de que alguien de la Iglesia cerrara filas y le palmeara el hombro, lo único que ha logrado es dejar al descubierto que su posición, aunque fuera compartida por muchos integrantes de la jerarquía católica española hasta hace dos telediarios, no es más que material de desguace. Otro tanto para Francisco. A mí me gusta.

 

 

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Periodismo
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Antonio Tinoco Ardila | 14-10-2015 | 06:28| 3

No me hagan caso a mí porque les diga que el periodismo –ese oficio tan denostado cuya muerte vaticinan tantos y tantos se frotan las manos dándola por hecha— es muchas veces tan necesario como el pan de cada día para conocer el mundo. Que sin periodismo viviríamos ciegos y andaríamos por la vida perdidos y sin brújula. Que sin periodismo nos moveríamos como espectros por un inmenso desierto de voces mudas, aturdidos ante el estruendo de un silencio desatado.

Repito: no me hagan caso a mí. Al fin y al cabo, no soy nadie y no tienen por qué creer lo que les digo, y estarían en su derecho de replicarme diciendo: “son palabras”. No me hagan caso pero, al menos, lean lo que cuenta Liudmila Ignatenko, la esposa del bombero Vasili Ignatenko, que acudió a sofocar el incendio de la central nuclear de Chernóbil cuando sólo parecía un incendio y murió catorce días después víctima de las radiaciones sufridas. La historia que cuenta Liudmila desde que aquella madrugada del 26 de abril de 1986 Vasili le dijera en la penumbra del dormitorio y después de que saltara la primera alarma: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vuelvo pronto”, hasta que lo enterró el 10 de mayo en Moscú en un ataúd de zinc soldado bajo una plancha de hormigón, forma parte del libro ‘Voces de Chernóbil’, un conjunto de testimonios de personas afectadas por aquella catástrofe recogidos por Svetlana Alexievich, la periodista bielorrusa a la que, entre otros por ese libro, le acaban de dar el Premio Nobel de Literatura. El testimonio de Liudmila Ignatenko, que es fácil de encontrar en un descargable en el diario El País, es una arrebatadora historia de amor, una colosal denuncia sobre la ignorancia, el caos, la irresponsabilidad criminal de las autoridades soviéticas ante la explosión de la central, y también una muestra de la solidaridad natural que siempre corre libremente entre la gente común. Todo eso está en 18 páginas conmovedoras escritas por Svetlana Alexievich.

Y esto es lo que quería decirles: esas páginas las escribió su autora por periodista. Si las leen, estarán en lo cierto si piensan que lo que han leído es periodismo.

Porque, ¿quién es Liudmila Ignatenko? “Una solitaria voz humana”, dice la flamante Nobel. Apenas una mujer embarazada de seis meses y enamorada de su marido, como millones de mujeres. ¿Y quién Vasili Ignatenko? Sólo un bombero más que como tantos otros murió como consecuencia de su trabajo, a veces definitivamente peligroso. Dos seres humanos abocados al silencio, dos voces extraviadas en el ruido del mundo, dos personas de entre los millones que padecen la Historia. Sin embargo, si aún hoy la solitaria voz de Liudmila nos deja el  ánimo sobrecogido; si más de 20 años después de que fuera puesta por escrito conserva intacta la fuerza de la verdad, es porque una periodista se atuvo a los dictados de ese viejo y denostado oficio ante el que tantos se frotan las manos al darlo por muerto. El periodismo.

Es lo que quería decirles.

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Experiencia
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Antonio Tinoco Ardila | 07-10-2015 | 05:29| 0

El pasado domingo, mientras desayunaba, leí en este periódico una entrevista con el eminente filósofo Emilio Lledó, que en los próximos días recogerá el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Lledó repasaba en la entrevista algunos pasajes de su vida, desde las dificultades para comer en el Madrid asediado por las tropas golpistas durante la Guerra Civil y en la posguerra (“en mi familia pasamos mucha hambre; cuando fui a la mili pesaba poco más de 50 kilos”, dice), hasta su participación, ya jubilado, en una especie de ‘consejo de sabios’ para elaborar un informe de reforma de los medios de comunicación públicos cuyas conclusiones ignora si sirvieron para algo porque después de acabado y entregado al Gobierno que lo había solicitado nada más se supo. Pero lo que más me llamó la atención de la entrevista fue su recuerdo de las clases que daba a los emigrantes andaluces en Alemania, con los que coincidió en Heidelberg cuando él preparaba su tesis doctoral en su universidad, de la que luego sería profesor. Lledó cuenta que las clases eran en un café y que había que enseñarles gramática alemana a quienes nadie les había enseñado ni siquiera la española.

Les propongo el pequeño esfuerzo de imaginar aquel aula improvisada, posiblemente en torno a un velador; posiblemente en domingo, coincidiendo con el poco tiempo libre que tuvieran los alumnos después de días de trabajo agotador. No es difícil tener de ellos la imagen de su inseguridad, del manejo torpe de la libreta y el lápiz, de su párvula caligrafía y de su esfuerzo por aprender el vocabulario más útil, las declinaciones, las conjugaciones, la diabólica estructura de un idioma como el alemán. Es fácil imaginar también que sus alumnos podrían ser nuestros padres, nuestros abuelos, gente andaluza, dice Lledó, pero también extremeña o castellana, igual da, porque todos eran la misma gente: la que emigró a Alemania buscando una vida que aquí no tenían.

Lledó honra a aquellos alumnos al decir que le proporcionaron su “mejor experiencia docente”.

Traigo aquí todo esto porque creo que en realidad de lo que Lledó nos habla es del verdadero y tantas veces desconocido precio de las cosas. Así lo entendí un rato después, cuando salí a correr unos kilómetros y pasé por las inmediaciones del campo de fútbol del Nuevo Vivero. A aquella hora del domingo eran un mar de botellas, bolsas de plástico y cristales rotos. Eran los restos del botellón del sábado que habían dejado los jóvenes que lo disfrutaron y que unos barrenderos estaban recogiendo. Me acordé de Manuela Carmena y su propuesta de que los universitarios limpien las calles de Madrid. Y también me acordé de los emigrantes de Lledó. Nada que ver entre unos y otros, pero a la luz del esfuerzo de aquéllos por aprender el alemán quizás la propuesta de Carmena pueda entenderse como una oportunidad para los universitarios de aprender el verdadero y muchas veces desconocido precio de las cosas. Una gran experiencia docente.

 

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Pereza
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Antonio Tinoco Ardila | 30-09-2015 | 05:54| 0

Los dos últimos martes esta columna trató de Cataluña. Tangencialmente o de lleno, pero de Cataluña. Les aseguro que intenté no hacerlo porque pensaba –creo que con algo de razón–, que ustedes deberían estar muy cansados de que una página de información y otra, un editorial y otro, un columnista y otro… todos trataran de lo mismo. Llevamos semanas como si los españoles no tuviéramos nada de qué hablar salvo de Cataluña.

Pero ya ven, sucumbí y terminé ocupándome de ese asunto del que todo el mundo ha estado hablando –y habla y hablará– en España. Y si durante las dos últimas semanas he dedicado estos ‘apenas tinta’ a Cataluña ha sido porque, habiendo intentado evitarlo y aun barruntando que poco o nada original podría decir sobre lo ya dicho, me han faltado los recursos necesarios para encontrar temas distintos que traer a esta columna. Les pido disculpas por no haberles servido de mucho, pero me ha ocurrido algo así como si la parte de mi cerebro que se interesa por la política la tuviera ocupada por el problema del encaje de Cataluña en España.

Y me preocupa. Y veo que, aunque no se dirija a mí directamente porque ni siquiera me conoce, gente lúcida me lo hace notar. Una de esas personas es Ramón Salaverría, un profesor de periodismo de la Universidad de Navarra que merece ser leído y al que les recomiendo también que lo sigan en Twitter porque tiene la virtud de hablar siempre con fundamento. Salaverría (@rsalaverria en esa red social) escribió hace unos días un tuit que llamó mi atención porque a la vez que definía en menos de 140 caracteres a los medios de comunicación y su posición frente al problema catalán también, aunque sin saberlo, hablaba de mí y me alertaba de la colonización mental que sufro y que esta columna pretende ser –supongo que ya lo habrán advertido– la primera sesión de un tratamiento de desintoxicación al que estoy resuelto a someterme. Decía Salaverría: “Cada vez hay más periódicos que se publican en tres soportes: papel, digital y tela de bandera”.

También esta vez dio Salaverría en la diana: en la mía. Porque yo, que en mi diálogo interior saco pecho ante mí mismo y me tengo por viajado y me siento a salvo de la enfermedad del nacionalismo etcétera, resulta que a la hora de la verdad no logro superar el virus de la bandera y ahí que me ven debatiéndome –y lo que es peor: dándoles la brasa—para denostar del nacionalismo catalán. Eso sí, sin abjurar del mío.

El viernes pasado, el siempre lúcido Juan Domingo Fernández recordaba en estas páginas a Samuel Johnson y su conocida definición del nacionalismo como “último refugio de los canallas”. Creo que el célebre escritor británico podría haber añadido: “Y de los perezosos mentales”.  Y ahí me duele. Porque Cataluña y su nacionalismo se han convertido en el único horizonte de todo lo que en España merece preocupación. Quizás sea porque Cataluña nos ha proporcionado el refugio de la comodidad y nos basta con la tela de una bandera para tapar la cruda realidad: que de ideas andamos justos. Es la pereza, estúpido.

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Sombra
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Antonio Tinoco Ardila | 23-09-2015 | 06:14| 0

Ahora, casi 37 años después y cuando unos y otros, desde ambos lados de la trinchera, parecen haberse puesto de acuerdo en menospreciarla, me acuerdo como si fuera hoy del 6 de diciembre de 1978 cuando aprobamos la Constitución. Yo tenía 20 años y no pude votarla porque entonces la mayoría de edad, y con ella el derecho al voto, estaba en los 21, pero me siento tan ‘hijo del 78’ que espero que no me lo tomen como una cursilería si les digo que amo esta Constitución; no que la respeto, ni que la defiendo, ni que la cumplo y la haría cumplir si se diera el caso, sino que la amo. Se trata sólo de utilizar el verbo que mejor expresa que para mí esta Constitución no es eso que políticos y periodistas llamamos con profusión de mayúsculas Ley de Leyes, Piedra Angular de nuestro Ordenamiento, Marco Jurídico de Convivencia, etc. Es algo mucho más personal y decisivo en mi vida que me hace sentir devoción por ella: es la creadora de mi condición de ciudadano.

Amar la Constitución no significa –lo saben los que hayan superado la enfermedad del enamoramiento—que no le vea defectos: se los veo, y muchos: es manifiestamente mejorable. Pero lo que me hace amarla es que a pesar de ellos tiene la indeclinable voluntad de acogernos a todos. También a quien le arranca las hojas en un gesto lastimosamente ignorante, como el de un ser vivo que despreciara el oxígeno.

Por eso ahora, cuando veo lo que ocurre con Cataluña y en Cataluña siento, más que indignación y hastío, tristeza. Por todos. Porque entre todos hemos ido tejiendo el desastre colosal a cuyas puertas estamos y que para mí tiene una causa primera: hemos despreciado lo mejor de la Constitución: su espíritu integrador.

Sabemos que la ley está para cumplirla. Sabemos que son los dirigentes catalanes quienes están desafiando la Constitución y han embarcado a su comunidad en un viaje palmariamente temerario, pero me resulta desalentador que desde este lado –que es en el que estoy y desde el que me siento obligado a pedir cuentas–, sólo se pretenda evitar ese viaje mediante el discurso del miedo, como si el argumento por el cual Cataluña tenga que permanecer en España se deba antes a los peligros de vivir aislada que a las ventajas de vivir juntos.

Si la razón última de nuestra convivencia es que Cataluña forme parte de la UE, que su sistema financiero lo cobije el Banco Central, que evite el corralito y que al menos dos veces al año vivamos la emoción de los Madrid-Barça…, si eso es todo lo que tenemos que aducir a favor de nuestra convivencia, y no la suma de la vida que hemos construido a lo largo de los siglos entre y con los catalanes, entonces no merecemos seguir juntos ni un minuto más y la Constitución que tenemos nos sobra. Más que eso: nos estorba. ¿Para qué queremos su espíritu de concordia, su voluntad de consenso, su aspiración de renovar cuantas veces sea necesario el pacto que nos ha hecho desde el 78 libres y prósperos como nunca en la Historia, si en el fondo no dejamos de estar dispuestos a ver cruzar errante por nuestra España la sombra de Caín?

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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