Hoy

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Despedida
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Antonio Tinoco Ardila | 08-07-2015 | 09:22| 2

Estuve en la sesión de investidura de Guillermo Fernández Vara, el martes y miércoles pasado, y para mi sorpresa a los pocos minutos de iniciado el discurso del candidato tenía puesta mi atención en Clemente Checa, el exconsejero de Hacienda. Y no era porque el emplazamiento privilegiado para observar a sus señorías que es la tribuna de la Prensa de la Asamblea permitiera reparar en el hermoso y abundante pelo que luce a sus 61 años; ni porque su figura macilenta me llevara a preguntarme si no estará emparentado con la familia del emperador de Japón, que gasta como él, además de su pelo, delicados modales y, también como Akihito, tiende a desplazarse con pasos cortos; ni tampoco –y eso daría para reflexionar un rato sin distraerse con el entorno–, por qué el catedrático de Derecho Financiero y Tributario, un gran teórico sobre la Hacienda y sus impuestos, ha resultado ser tan manirroto a la hora de pasar de las leyes a la realidad de las leyes, a juzgar por cómo se han disparado la deuda y el déficit desde que lo nombró Monago para sustituir a Antonio Fernández.

Sin embargo, por nada de esto Clemente Checa había logrado, sin proponérselo, que solo tuviera ojos para él en la sesión solemne en la que Fernández Vara reclamaba todo el protagonismo. Sencillamente ocurrió que Checa representaba la excepción: era la única de las 66 personas que se encontraban sentadas en el hemiciclo de la Asamblea que no era diputado y para quien aquel acto de apertura de la IX Legislatura era en realidad su despedida.

Gay Talese, célebre maestro de periodistas, aconseja sin descanso a los reporteros jóvenes que vuelquen toda su atención en los personajes secundarios de las historias sobre las que escriban porque en ellos está la información más original, más inesperada y, por tanto, periodísticamente más valiosa. Y yo, que creo en Gay Talese con la misma devoción con que Fernando Trueba cree en Billy Wilder, puse mis ojos en Checa por jugar a seguir los consejos de Talese y sobre todo porque nadie, salvo él –que de los allí reunidos era no sólo secundario sino el único prescindible porque ni siquiera votaba–, podía vivir la ceremonia iniciática que representa toda investidura con la extraña singularidad de que, justo a la vez, uno está viviendo la hora del adiós.

Sé que es irrelevante, que seguramente pocos se acordarán de él cuando pasen algunas semanas, pero no dejaba de atraerme Checa en sus últimos momentos como personaje público. Vi que, a diferencia de los diputados, no tuvo ni un folio sobre la mesa. Ni una tableta, ni un móvil. Que ocupó la tarde del martes y la mañana del miércoles en jugar mucho con las manos: en tamborilear los dedos contra la madera, en construir círculos y elipses con el cable del teléfono. Aplaudió cuando los diputados populares aplaudían a José Antonio Monago, pero no estuvo en el Pleno; se le veía lejos de allí. Y cuando terminó la investidura y los socialistas se abrazaron, vi a Checa salir del hemiciclo con pasos cortos, quizás sintiendo con alivio consumada la hora del adiós.

 

 

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Naranjas
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Antonio Tinoco Ardila | 01-07-2015 | 06:11| 0

 

El domingo Manuel se despidió de las naranjas. Lo supe cuando lo vi llorar. Por la mañana, como despreocupadamente, me había dicho: “Tráeme alguna naranjita, que la fruta que me ponen es como un potito de bebé”.  Así que al mediodía me acerqué al mercadillo y compré dos kilos de unas naranjas que me dijo el frutero que eran chilenas o argentinas, no me acuerdo bien. Era lo que había. Cuando fui ya estaban recogiendo y la explanada del mercadillo se iba pareciendo a un vertedero donde decenas de bolsas blancas iban volando mecidas por un viento sin criterio, como pájaros borrachos. Cuando le enseñé a Manuel la bolsa en la que le traía las naranjas me dijo: “guárdalas, guárdalas, y nos las comemos en la cena”. Lo dijo bajando la voz, como si fuera un secreto. Le seguí la corriente, me puse el dedo en la boca mandándome callar y las metí en el armario, donde todavía estaba la ropa con la que ingresó.

Aquella brizna de buen humor se prolongó hasta el momento en que, después de comer la crema de espárragos y el puré de ternera de la cena, me pidió que le pelara una naranja. No quería la compota de albaricoque y manzana del menú. “Parece un potito”, me dijo de nuevo. Se la pelé, le separé los gajos, se los dispuse en el plato componiendo una especie de emoticono feliz –la boca sonriente, la nariz torcida (le dije que aquel señor se había roto el tabique nasal al chocarse contra una farola y conseguí arrancarle una pequeña sonrisa), dos cejas circunflejas como de ZP…– y él se los fue comiendo despacio. Yo lo miraba por el rabillo del ojo, medio de espaldas, mientras hacía como que ordenaba los cuencos en la bandeja de la cena. Manuel iba masticando los gajos lentamente hasta que dejó de hacerlo. Entonces se quedó inmóvil, se le fue abriendo la boca de ese modo en que no es posible evitarlo a pesar de que haces un esfuerzo por mantenerla cerrada y, también lentamente, el zumo de la naranja primero y después la pulpa fue saliéndosele por las comisuras, se le derramó por el mentón y manchó la sábana. Luego le brotaron las lágrimas incontenibles y de su boca salió apenas un rumor sordo, un siseo gutural, la soledad sonora de su pecho. No gimió. No se sorbió los mocos. Cogía aire sin ruido y seguía llorando. El llanto de Manuel era tan callado que yo no podría haberme enterado de él si no hubiera estado observándole. No quise que notara que me había dado cuenta. Hice como que trasteaba con la bandeja de la cena, me entretuve en tapar los cuencos donde le habían traído la crema de espárragos y el puré de ternera y, sin saber por qué, me vi tontamente metiendo de nuevo la cuchara usada en la bolsa de plástico en que había venido y doblando con cuidado la servilleta de papel.

Inesperadamente, me brotó una lágrima. Fue una sorpresa. Se cayó, chocó contra la tapadera de uno de los cuencos y se deshizo. Cayó otra y otra más y de pronto vi que, lento y tembloroso, un hilo de saliva bajaba desde mi boca abierta hacia la bandeja de la cena. Me agarré a ella sin ruido. De espaldas a Manuel.

 

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Maestro
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Antonio Tinoco Ardila | 24-06-2015 | 06:01| 0

Vicente Herrera Silva, que fuera alcalde de Alconchel entre 1979 y 1999 y diputado y portavoz del Grupo Socialista en la Asamblea entre 1987 y 1999, acaba de publicar ‘Memorias, semblanza de una época’, un libro que es un repaso de su vida y en el que, entre otras cosas, cuenta que vivió sus primeros tres años –nació en diciembre de 1936— en las cárceles de Olivenza y Badajoz debido a que los nacionales llevaron presa a su madre y él sufrió junto a ella la condena.  Dedica los capítulos iniciales del libro a su madre, que se comió el dolor del parto para que no la oyera el somatén que patrullaba por la calle; y a su padre, también preso durante diez años por sus ideas políticas. Esas páginas de por sí constituyen un homenaje tan hondo que justificaría de sobra el esfuerzo que le habrá supuesto escribir el libro entero. Pero Herrera escribe otras dedicadas a su escuela y a su Maestro (siempre con mayúsculas), don Guillermo Casas Algora. Estoy seguro de que si tienen oportunidad de leer el libro les pasará lo que me ha pasado a mí: que durante la lectura del capítulo en que describe su condición de alumno no podrán evitar sentir el aliento de redención que lo atraviesa. Les saltará a la cara la certeza de que no hay aventura humana que explique más cabalmente la aspiración de igualdad y libertad como el afán por aprender. Vicente Herrera ha sabido transmitir que aquel Maestro -un barcarrotero que iba y venía a Alconchel en bicicleta y que vivía con la menesterosidad que correspondía a los maestros de la posguerra–, supo entregar a sus alumnos la llama sagrada del amor por el saber, mezclando en la misma clase a párvulos que se afanaban en hacer la ‘a’ poniéndole un rabito a la ‘o’ con muchachos enfrentados a la trigonometría. Don Guillermo Casas Algora hizo el milagro de enseñar a aprender, como tantos otros maestros, en medio de la pobreza. Los alumnos iban a la escuela provistos únicamente de una pizarra y un pizarrín y con esas dos piedras y la curiosidad, Maestro y alumnos edificaron nada menos que la conciencia de saber que cada persona tiene el derecho de ser considerado un ciudadano.

Son palabras mayores que las pronuncian con un fulgor en la mirada sólo los que han vivido un tiempo en que la educación era para casi todos como una enamorada ingrata y esquiva. Yo, que ni pertenezco a la generación de Vicente Herrera ni afortunadamente tuve que toparme, como él, con el muro que me impedía alcanzar el Bachillerato, echo sin embargo de menos que la palabra Educación se pronuncie ahora con la reverencia que se le debe a la suprema herramienta de liberación de que disponemos. Siento –ojalá esté en un error—que la Educación ha pasado a ser un departamento más de la gestión política, como el de las obras públicas, y siento que nos estamos conformando con haber dado por resuelto que el afán por aprender es ya una llama al alcance de todos.

Y no veo ese fulgor en la mirada que se les ve a los alumnos viejos, como Vicente Herrera, cuando hablan de aquellos Maestros con mayúsculas que los hicieron libres.

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Clásicos
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Antonio Tinoco Ardila | 17-06-2015 | 05:31| 0

En su último artículo, Juan Domingo Fernández –no pierdan ocasión de leerlo cada viernes si creen que escribir es más que poner una palabra detrás de otra– citaba a Augusto Monterroso y su irónica frase sobre el sexto sentido que tienen los enanos para reconocerse a primera vista. La cita de Monterroso –el autor del célebre cuento de siete palabras “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”– me hizo recordar la memorable respuesta que le dio a un periodista que indagaba sobre su formación de escritor. Le dijo Monterroso que, siendo adolescente y cuando ya barruntaba que se había infestado sin remedio con el virus de la literatura, siempre iba cabizbajo por la calle porque temía que la gente con la que se cruzaba de camino a la carnicería en cuya oficina trabajaba pudiera notar en su cara que no había leído a los clásicos. El rigor con que se juzgaba en sus inicios el que con los años fue Príncipe de Asturias de las Letras era tal que excluía de la condición de escritor a todo aquel que no hubiera leído a Horacio, Virgilio o Cervantes.

La cita de Juan Domingo sobre Monterroso y los enanos me llevó, como digo, a recordar su exagerada alergia a la impostura y ésta, a su vez, –así deambula el pensamiento– a las críticas que están recibiendo los diputados de Podemos por las lagunas de formación que se aprecian en las  negociaciones que están manteniendo con Fernández Vara ante su investidura. Es evidente que se les nota que, parafraseando a Monterroso, no han leído a los clásicos, esto es, que desconocen el funcionamiento de la Administración; que todavía no han demostrado tener una idea de Extremadura como comunidad y de qué quieren que sea. Incluso salen de ojo errores de información que no cometería no un político al uso, sino un ciudadano aficionado a seguir la actualidad de la región. Es evidente, además, que desde el momento en que tienen el acta de diputado hay que exigirles el esfuerzo de tratar de conocer todas las posiciones sobre los asuntos públicos.

Pero sería mezquino por mi parte si no reconociera a Podemos y a sus diputados haberse sometido a la prueba que ha supuesto la retransmisión de las dos reuniones que han mantenido con los dirigentes del PSOE.  Haberse expuesto a esa demasiada luz, aun a riesgo de dejar sus carencias al descubierto, es un gesto que nadie –mucho menos un periodista–, debería dejar de valorar. Porque es un gesto de compromiso con la transparencia que va más allá de la retórica y que, a la postre, significa una muestra de respeto a los ciudadanos que hasta ahora no habíamos conocido ni por estos ni por ningún otro pago de España. Habrá quien les critique lo que políticamente es una evidente falta de cálculo en el tradicional juego de nadar y guardar la ropa, pero yo no puedo dejar de ver ahí un gesto apasionado y desinteresado por cumplir los ideales que se parece mucho a un amor juvenil. Y que seguro deploraría el clásico Maquiavelo, sobre el que hago votos para que tarden, si no en leer, sí en practicar algunas de sus enseñanzas.

 

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Espejo
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Antonio Tinoco Ardila | 03-06-2015 | 05:37| 0

Antonio Pigafetta ocupa un puesto de relieve en el santoral laico de los periodistas. Fue, ‘avant la lettre’, el primer ‘enviado especial’ en la historia del periodismo planetario: se embarcó en 1519 con Fernando de Magallanes en la expedición que dio la primera vuelta al mundo y escribió ‘Primer viaje alrededor del Globo’, una obrita de apenas 150 páginas en la que describe, con la pasión del cronista y el rigor del reportero, lo que vieron sus ojos asombrados por la riqueza de la Tierra en aquella travesía de hombres transidos por el afán de los descubrimientos. Pigafetta cuenta que, después de dejar las costas de lo que hoy es Río de Janeiro rumbo al sur, arribaron a lo que con el tiempo han llegado a ser las de la Patagonia y allí encontraron en una playa a un hombre de descomunal estatura. Era tan pacífico que se dejó conducir hasta una isla en la que estaban fondeados los españoles. Fue llevado a presencia del comandante en jefe, quien, dice el cronista, “mandó darle de comer y de beber y, entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros”. Muchos años después, frente a los miembros de la Academia sueca, Gabriel García Márquez citó este suceso en el discurso de aceptación del premio Nobel y describió la reacción del hombre con una frase inolvidable:  “Aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón ante el pavor de su propia imagen”.

He recordado al hombre que huía de los espejos después de que el Partido Popular haya hecho precisamente de los espejos los depositarios de lo ocurrido en las elecciones; de que el presidente del PP de Castilla-León, Juan Vicente Herrera, haya aconsejado a Rajoy que analice con detenimiento la imagen que le devuelve el espejo; y que aquí el secretario regional Fernando Manzano rechace hacer lo mismo y culpe de todos los males sucedidos el 24 de mayo al pobre presidente del Gobierno, como si hubiese sido él el del hip-hop, el de Canarias o el campeón del déficit que convirtió su gobierno en los últimos meses en una piñata, de la que caían regalos como en un cumpleaños infantil. (Por cierto, el PP debería preguntarse cuántas mujeres de los 300 euros habrán votado a otro partido solo para que, ante el espejo, puedan decirse que no han vendido su voto).

Temo que ni Manzano ni Monago acaben arrimándose a un espejo porque saben que ahora les aguarda en él no la imagen del más guapo de Extremadura sino la amarga verdad de su derrota. Y, sin embargo, los extremeños necesitamos a un PP fuerte que haga una oposición rigurosa y exigente, para lo cual deberían encararse al espejo y responsablemente y con coraje sobreponerse al pavor que les dé su propia imagen. Porque ya se sabe que quienes no se enfrentan a su historia corren el riesgo de repetirla, y si el PP va a hacer oposición con las mismas maneras que gobernó podría querer convertir la Asamblea en un gimnasio.

Y sería pavoroso.

 

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Región
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Antonio Tinoco Ardila | 27-05-2015 | 05:25| 0

 

Es cierto, el viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región habrá sentido una sensación de desaliento que tal vez no le resulte nueva y le recuerde que allí de donde viene también la sufre. Sin embargo, si ha permanecido tiempo entre nosotros –mucho más si ha echado raíces y se ha quedado a vivir– pronto se habrá visto sorprendido por un decaimiento del ánimo cuyos síntomas son propios de nuestra Región, porque se habrá abatido sobre él sin previo aviso, y porque tal vez sólo lo habrá podido comprender si compara lo que le ha sucedido a su espíritu con la fatiga de otro viajero que atraviese desorientado y sin apenas víveres un desierto que parezca interminable.

Los ojos del viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región le habrán abocado irremediablemente al desconsuelo: habrán visto un panorama áspero, como si todo el desierto que se encontró ante sí fuera una llanura sin encanto, la extensión indómita de un mar de yeso.

Pero también es cierto que al viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región le han salido a su paso incansablemente noticias que han pretendido conducirle a pensar que nada de lo que estuviera observando era verdad. Se habrá visto rodeado por un ruido aturdidor como el de una lluvia que no escampa desplomándose sobre un techo de hojalata, como un telégrafo que trabajara sin respiro en la construcción de un edificio de palabras hueras escritas a golpe de tambor. Y todo para crearle al viajero la humana tentación de que se cobije en él para descansar de tanta intemperie. Muchos han estado trabajando para persuadirlo de que puede vivir ahí, en esa cuna mecida con sus cuentos, bajo la condición indefinida de huésped, y en la que no ha habido día en que le haya faltado el producto del laboratorio que crea incesante una realidad feliz.

Y así, el viajero que desde su tierra haya llegado en los últimos tiempos a nuestra Región habrá estado condenado a vivir entre las cosas crudas que le han mostrado sus ojos, y la salmodia de quienes le han estado atosigando sin sosiego para que abandone su juicio a su dictado; para que se les deje manejar su capacidad de ver y juzgar lo que ve; para que se la entregue a ellos con la promesa de que la mantendrán en un permanente deslumbramiento ilusorio.

Sólo la memoria habrá salvado al viajero de caer en el estupor por no ser incapaz de distinguir qué Región es la verdadera: si la que ve, siente, vive y comparte con sus habitantes o aquella otra que ha surgido desbocada de la industria de la invención. Ya lo dijo Juan Benet: la memoria es un dedo tembloroso. Recorre sin prisa y en silencio el mapa de lo que hemos llegado a ser. Avisa de las llanuras sin encanto y ayuda al viajero a superar el desaliento que supone atravesar desiertos interminables como un mar de yeso.

Y ventea la impostura como un perdiguero.

La memoria. El último domingo volvió a nuestra Región y levantó su dedo tembloroso.

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Pájaros
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Antonio Tinoco Ardila | 20-05-2015 | 06:22| 0

El día en que los ciudadanos estaban llamados a votar, el candidato se despertó a las 5.30 para esperar, impaciente, la llegada del repartidor de los periódicos. Había soñado que se encontraba en el teso de una dehesa, que caía un calabobo que picoteaba en su cara como una ducha tierna y que una bandada de pájaros cruzaba sin tropezar entre las encinas. Eran pájaros negros, cuervos quizá.

Al despertar notó un amargor en el paladar porque la noche anterior él y algunos de los suyos habían festejado, tal vez con un gin-tónic de más, el fin de la campaña agotadora en la que había recorrido Extremadura en busca de los votos sin dueño. Y junto al rastro de alcohol no pudo evitar sentir que aquellos pájaros habían llegado al sueño con la fuerza del presagio de un desastre. Lo sintió a pesar de que nunca creyó en supersticiones y de que su madre –que sobre los sueños decía que eran fogonazos de futuro que cualquier persona prudente tenía la obligación de saber interpretar–, le había asegurado siempre que los pájaros en los sueños eran el anuncio de un tranquilo porvenir.

Pero ni siquiera el recuerdo acogedor de su madre y de las dulces locuras a las que le llevaba su imaginación volandera logró disipar aquel pálpito aciago. Tampoco fue útil el café cerrero con sabor a fondo de puchero que, como esa mañana de vísperas, algunas veces se preparaba por el gusto de recordar los cafés de los tiempos del contrabando: allí seguía, indeleble, la imagen de los pájaros negros rompiendo el paraíso de la dehesa bajo la llovizna.

En su casa reinaba el silencio denso que se posa sobre los objetos cuando todos duermen. Miró el reloj. Todavía no eran las seis. Echó de menos los periódicos. Con la taza en la mano, el candidato se asomó a la ventana. El día en que los ciudadanos estaban llamados a votar estaba amaneciendo. Volviéndose, recorrió el salón con la mirada. Se acercó a la estantería en la que, junto a fotos familiares y recuerdos de viajes, estaban los libros que había ido reuniendo durante años. Se topó con ‘La crónica de una muerte anunciada’ y no pudo evitar que aquel título azuzara en su cabeza la sensación de los malos augurios. Por eso no lo abrió. Se salvó así de leer que el día en que lo iban a matar, Santiago Nasar, el protagonista de la novela, se había levantado como él a las 5.30. Y que, también como él, había soñado con árboles y con pájaros.

Le distrajo el ruido del repartidor deslizando los periódicos bajo la puerta. Sabía que traerían las fotos que le habían hecho el día anterior para ilustrar el reportaje del descanso de los candidatos el día de reflexión. Allí estaba él, fotografiado sonriente en el bar con sus amigos. Y también estaba el otro candidato, su contrincante, a quien le habían hecho fotos en un campo de encinas y, como él, sonreía.

De pronto, como un fogonazo de futuro, tuvo la certeza de que tenía ante sí el abismo de la derrota: al fondo de la foto de su contrincante, junto a la vastedad de la dehesa, estaban los pájaros de su sueño. Cuervos quizá.

 

 

 

 

 

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Gurb
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Antonio Tinoco Ardila | 13-05-2015 | 05:44| 0

El pasado sábado, Antonio Armero, un periodista al que nadie le negará que está tocado con el don de la narración, comenzaba su crónica del primer día de campaña de José Antonio Monago recordando a Gurb, el desternillante extraterrestre que inventó el novelista Eduardo Mendoza. Armero sostenía que si Gurb hubiese estado en el mitin de presentación del programa con el que el candidato del PP quiere seducir a sus paisanos, no habría tenido modo de saber que era el candidato del PP porque apenas hay rastro del partido en su campaña: a veces no está la sintonía oficial, ni el logo en los carteles ni en las fotos del candidato, ni mención en sus discursos. “Yo soy del partido de los extremeños”, contesta Monago adelantándose a quien quisiera preguntarle si está haciendo o no campaña por el PP. Sólo aparecen las siglas y la gaviota como a trasmano entre vespas, un Citroen ‘dos caballos’ ataviado con los colores de la bandera extremeña y fotos de Monago hechas para recordar a la Marilyn Monroe pop pintada por Warhol, puede que pretendiendo que los electores establezcan un paralelismo entre la estrella del cine Marilyn y la estrella de la política Monago, por el que cabe aventurar que Warhol se interesaría de inmediato si resucitara.

En su novela ‘Sin noticias de Gurb’, Eduardo Mendoza hizo que Gurb fuera un extraterrestre que está en nuestro país por una avería de su nave espacial. Picado por la curiosidad de lo que pudiera ocurrir afuera, Gurb sale de la nave y, como procede de una civilización superior y puede encarnarse en el cuerpo de quien quiera, elige para la ocasión el de la cantante Marta Sánchez. A partir de ahí, Gurb confraterniza con los terrícolas españoles mientras su compañero de viaje sale también de la nave y, bajo la apariencia de otros conocidos personajes, lo busca por todas partes, sin éxito.

Armero, en su crónica del sábado, plantea la posibilidad de que Gurb esté entre los asistentes al mitin de inicio de campaña de Monago, si bien no lo encuentra. Le sugiero que no busque entre el público y repare en el propio Monago. Que se plantee la posibilidad de que Gurb ha abandonado el cuerpo de Marta Sánchez y se ha encarnado en el candidato del PP. De que Monago sea Gurb, el extraterrestre. Lo digo porque sólo bajo la hipótesis de que Monago no sea de este mundo puedo entender que haya planteado la campaña como si fuera la creación de un grupo de adolescentes a los que les parece que las mayores preocupaciones de los extremeños sea dónde pasar el fin de semana con su ‘dos caballos’ y los Beachs Boys sonando en el radiocasete. Siguiendo la senda emprendida, y  a la vista de que ya ha pasado por el gimnasio y por la pista de pádel, ¿veremos a Monago con una tabla de surf en Proserpina? Todo puede suceder.

La política es un arcano y, por serlo, hasta es posible que acierte con su política de acné. Pero si fracasa, quizás lo mejor para Monago es que sea Gurb de verdad porque va a necesitar una nave espacial para huir de sus propios compañeros.

 

 

 

 

 

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Asedio
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Antonio Tinoco Ardila | 06-05-2015 | 04:12| 0

 

El pasado domingo se celebró el Día internacional por la libertad de prensa, esa delicada creación de la democracia asediada por enemigos emboscados cuyo denominador común es que, en cuanto se les descubre, se proclaman sus defensores. El último ejemplo del intento de un político de hacernos creer que es posible el doble juego de soplar y sorber al mismo tiempo cuando se trata de la libertad de prensa, tuvo lugar justamente el jueves anterior, cuando el ministro de Justicia, Rafael Catalá, propuso empurar a medios y periodistas que publiquen información reservada –no importa si es de interés ciudadano– y, cuando le llovieron críticas, Carlos Floriano, vicesecretario de Organización del PP, apareció cual Capitán Trueno asegurando que la libertad de prensa es, para el PP, “sagrada”.

Miren lo sagrada que es la libertad de prensa para el PP y el PSOE que incluyeron en la Ley Electoral normas que hacen que se pongan por montera esa libertad al obligar a los medios públicos a que el único criterio válido para informar de ellos mismos durante las campañas electorales sea no el interés de sus propuestas, sino el tan periodísticamente ausente de objetividad como es la proporción de su representatividad política. Y no contentos con eso, obligan en la práctica a televisiones y ediciones digitales –a todas: públicas y privadas— a difundir el montaje de imagen y sonido que elaboran los propios partidos,  con el argumento de que no hay espacio para meter todas las cámaras de las televisiones en un mitin. Como es lógico, los partidos editan su resumen incluyendo en él no el mensaje informativamente más interesante sino el más conveniente para la causa. ¿Periodismo? No, propaganda.

Miren lo sagrada que es la libertad de prensa en Extremadura que cuando hace dos semanas este periódico informó de que el helicóptero del 112 se desplazó a Las Hurdes no para atender a una emergencia en un mitin del PP sino por si acaso la había, un diputado de ese partido se despachó con insultos contra este periódico por osar publicarlo. ¿Sagrada la libertad de prensa? Sólo si me beneficia.

Estamos a cuatro días de que se inicie la campaña electoral para elegir representantes en los ayuntamientos y en la Asamblea. Quizás les convenga saber que entramos en el periodo en el que la  libertad de prensa es más violentada, sin que haya hecho falta que venga el ministro de Justicia para amenazar a los periodistas si publican información de sumarios secretos. No sólo porque es el tiempo de la información por minutos y no por interés periodístico; el tiempo de los montajes y de las declaraciones enlatadas, sin preguntas incómodas. El tiempo en que los partidos quieren ganar votos a toda costa, para lo cual necesitan una Prensa cuanto menos libre, mejor. Y ya se sabe que, como dice la Asociación de Editores citando a Camus, “una Prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad la Prensa nunca será otra cosa que mala”. Algunos disimulan llamándola ‘sagrada’ para que no se les note que, embozados, trabajan en su asedio.

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Hormigón
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Antonio Tinoco Ardila | 29-04-2015 | 05:14| 0

 

Este periódico recogía el sábado el acto de presentación del programa electoral del PP para las próximas elecciones. En él, el presidente de la Junta y candidato de ese partido, José Antonio Monago, expresaba su rechazo a una política de bloques y, dirigiéndose al candidato socialista, Guillermo Fernández Vara, dijo: “Un bloque de izquierdas es lo que quieres… Un bloque de hormigón te daba yo”.

No es posible –sencillamente, no es posible, porque esa hipótesis es insoportable— que Monago haya pretendido decir lo que comúnmente se entiende por darle a alguien “un bloque de hormigón”. Es demasiado siniestro el recuerdo de los opositores de la dictadura argentina arrojados al mar desde aviones con un bloque de hormigón en los pies; demasiado impactante el modo como el cine nos ha hecho ver para qué utilizaba la mafia los bloques de hormigón… No es posible, por tanto, que el presidente haya querido introducir conscientemente en la campaña electoral referencias a los bloques de hormigón, porque si lo ha hecho, con esa sola cita no sólo habría colmado los contenedores de suciedad que tantos detritus recogen en las semanas previas a las votaciones, sino que se situaría fuera de la convivencia democrática. Si yo estuviera en un error y de verdad José Antonio Monago se refirió al bloque de hormigón con la intención de que se entendiera lo que comúnmente se entiende, ¿cabe temer que, siguiendo el mismo camino, en los próximos días diga que quiere que a sus adversarios les den ‘el paseo’? ¿O matarile? ¿O paredón?

Así que no puedo pensar otra cosa sino que se trata de un desliz. Un desliz que ya debería haber aclarado para tranquilizar a quienes pudieran pensar que no lo fue. Un desliz porque, si no lo fuera, esa sola frase bastaría para que en Extremadura se alzara sin demora un inmenso bloque, no de separación entre la derecha y la izquierda, sino el bloque de todos los que, de derecha y de izquierda, están comprometidos con que los bloques de hormigón nunca jamás puedan tener en Extremadura nada que ver con la contienda política; un bloque hecho con la fuerza del hormigón para acorralar a los que creen –entre ellos, Monago si lo que dijo fue con intención– que los bloques de hormigón son útiles para alcanzar, o retener, el poder.

Ya se sabe que en las campañas electorales se desborda la pasión. No debe ser fácil contenerse ante un micrófono y frente a centenares de los tuyos, enardecidos y jaleándote.  Me imagino que en una situación así se puede decir lo que no se tenía intención de decir. Pero por esa misma razón, cabe pedir a quienes nos tratan de convencer para que les votemos que midan lo que dicen. Porque más importante que las promesas contenidas en el programa electoral son los gestos, las actitudes, los talantes, las palabras. Aquello que te sitúa en el bloque de los que están fuera o de los que están dentro de la ciénaga del horror de los fascismos; de los que conciben el hormigón como un material de construcción o de los que lo emplean para destruir –hasta físicamente—al adversario.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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