Hoy

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Confesión
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Antonio Tinoco Ardila | 27-01-2016 | 07:59| 0

A las 15.10 horas del pasado viernes tuvo la certeza de que se estaba haciendo viejo. Había pasado la mañana solo en casa, ocupado en tareas domésticas: cambió sábanas, tendió ropa, planchó camisas, renovó la tierra del arenero de la gata, hizo la comida… Todos los oficios los fue haciendo mientras oía música y no hubo nada en todo el tiempo que interrumpiera aquel dejarse llevar de la Ceca a la Meca: de Oscar Peterson a Madredeus, de Sade a los Who, de Bob Dylan a John Mayall. Casi a las 14.30, cuando estaba a punto de rematar el guiso para las albóndigas (de primero había puré de verduras), renovó la gratitud de siempre con El Cigala al oír ‘Lágrimas negras’, y le dio un vuelco de alegría el corazón cuando de los auriculares surgió ‘Voy por tu cuerpo’, la inolvidable canción que Luis Pastor hizo de un fragmento del poema ‘Piedra de sol’, de Octavio Paz.

Cuando terminó de hacer la comida puso la mesa, se quitó los auriculares y, un poco aturdido por el sordo siseo que dejó la música en los tímpanos, ingresó en la realidad del día, del viernes 22 de enero. Su mujer y sus tres hijos no tardarían en llegar. Miró por la ventana y vio la calle mojada. Entonces reparó –y le valió una sonrisa– en que el itinerario de la música no había hecho parada en Víctor Jara –“Te recuerdo Amanda,/la calle mojada…”– y en que ni una sola de las canciones por las que había vagado aquella mañana tenía menos de 30 años (quizá se equivocó: es muy posible que las de Madredeus no tuvieran más de 20; alguna incluso no más de diez). Pero las que le emocionaron más –esas sí, estaba seguro—no tenían menos de 40.

Media hora después, a las 15.10, cuando tuvo el fogonazo de certeza de que se estaba haciendo viejo, pensó por un momento que bien podría haber sido el rejuvenecimiento fugaz que le trajeron las canciones de la mañana –sería capaz de escribir una crónica exacta de dónde estaba la primera vez que oyó algunas de ellas– lo que le hicieron sentir que el tiempo le estaba pasando por encima.

Pero no eran las canciones. Era aquel muchacho, tan audaz o tan temerario –no sabía qué pensar— que estaba hablando en la tele. Era la resolución que transmitía adjudicando ministerios, vicepresidencias y presidencias; la inaudita ligereza con que iba forjando gobiernos. Y pensó: si eso eran los nuevos tiempos él no era más que un ciudadano arrumbado. Un viejo súbito. Chatarra ya.

Y lo dijo en voz alta, mientras comían: “Me estoy haciendo viejo”. Miró a su mujer y después a sus hijos. Tuvo la seguridad de que se habían dado cuenta de que algo había en el tono de aquellas cuatro palabras que les hizo intuir que no era una de esas frases en medio de la nada que se pronuncian para romper el silencio. De hecho ocurrió lo contrario: estaban hablando y desde entonces callaron. Y ya no volvió la conversación a la mesa. El peso de aquella confesión no tardó en desvanecerse y el sonido del telediario fue ocupando la cocina, donde los cinco acababan el puré y en la que sólo se oía a Pablo Iglesias haciendo su particular reparto del mundo.

 

 

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Explorador
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Antonio Tinoco Ardila | 20-01-2016 | 07:23| 0

¿Desaparecería el PSOE si facilita un gobierno del PP? Según el presidente de la Junta, Guillermo Fernández Vara, sí. Lo dijo con rotundidad el pasado 13 de enero en un acto organizado en Madrid por el foro Nueva Economía: “Si este país necesita que siga existiendo un PSOE fuerte no nos pueden pedir que se vote a Mariano Rajoy”, porque, en ese caso, “lo que se nos está pidiendo es que desaparezcamos del mapa”. Sin embargo, apenas un día después, el PSOE vivió algo más que otro arrechucho en sus delicadas costuras por prestar cuatro senadores a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y a Democràcia i Llibertat (DiL) para que pudieran formar grupo parlamentario propio. Habida cuenta de que ERC y DiL podrían haber sumado sus senadores y formar grupo entre ellos –es la lógica tesis defendida por Rodríguez Ibarra porque ya fueron juntos a las elecciones catalanas–, el gesto del PSOE no cabe interpretarlo sino como un acercamiento a esos partidos por si los necesitara en el Congreso para que Pedro Sánchez forme gobierno. Es decir, que la debilidad, la crisis, la desunión –condiciones para que un partido sea barrido del mapa–, también amenazan al PSOE si se adentra en un camino que va justo en sentido contrario a aquel que, según Vara, conduciría a su desaparición.

La conclusión muestra el laberinto en que se encuentra el PSOE, de modo que, haga lo que haga, no tienen sus penas remedio. No está en situación de evitar un naufragio, sino de poner todas sus energías en rescatar los restos del naufragio que ya sufrió el 20-D con el menor daño posible para sí mismo y también para la sociedad, puesto que una parte significativa de lo bueno y de lo malo que es hoy España se debe a ese partido y lo que haga terminará condicionando el futuro. ¿Pero, cómo hacer el rescate de los restos del naufragio? Tendrá que inventar, porque nadie ha teorizado qué es lo mejor para un partido que si pacta con la derecha, pierde; si pacta con la izquierda, pierde; y si no pacta con ninguno, pierde también. Tendrá que inventar para reducir la pérdida, tal vez empezando por no dar nada por sentado. Incluido ese vaticinio de Fernández Vara, que en su intervención en Nueva Economía se preguntó “por qué habla la gente con tanta seguridad si nadie ha vivido lo de ahora”. Vara no se formuló –quizá debería haberlo hecho–, esa pregunta a sí mismo cuando tan seguro está de que el PSOE desaparecerá si facilita el gobierno del PP.

Hasta el momento, enredados en siglas y nombres, nadie ha planteado la que debería ser la pregunta principal para salir del atolladero en que estamos: ‘¿un gobierno para hacer qué?’ Mientras no se conteste esa pregunta, todo lo que tendremos no serán más que etiquetas. Esa debería ser la tarea del PSOE: la del explorador, alguien que esté dispuesto a buscar más allá de la etiqueta, a indagar qué política es la posible con la distribución de escaños que han dejado las elecciones. Y obrar en consecuencia, sin prejuicios de derechas o izquierdas y sin temores. Haría un gran servicio a nuestro país y de paso, quién sabe, podría salvarse, también de sí mismo.

 

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Niebla
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Antonio Tinoco Ardila | 13-01-2016 | 06:12| 0

El pasado jueves, junto al magnífico artículo de Juan Domingo Fernández en el que recordaba lo madrastra que ha sido España para con Cervantes, había una carta al director enviada desde Trujillo por el lector José Antonio Barquilla Mateos, en la que, manejando también con notable cuidado el castellano, levantaba el acta de defunción de las navidades y el fin de la venda que esas fechas nos ponen para evitar mirar de frente a la realidad.

Juan Domingo Fernández recordaba en su artículo el trazo que de Cervantes hizo Josep Pla, de quien dijo que era “un hombre muerto de hambre, de asco y de tristeza”, para poner de manifiesto el maltrato que le dio su patria a quien además de exponer su vida por defenderla construyó con su obra lo que constituye sin duda la mayor cumbre del idioma. Coronaba Juan Domingo el propósito de su artículo mencionando la contestación que le dio el presidente del Consejo de Indias al escritor cuando le pidió su traslado a América, harto de no encontrar aquí el mínimo reconocimiento que alentara algo de vida a su ánimo marchito: “Busque por acá en que se le haga merced”, le contestó el presidente. Nueve palabras que también, por su concisión, pueden constituir una cumbre, pero esta vez del áspero desapego con que España se comportó con Cervantes.

Al lado de ese texto, el del lector Barquilla Mateos hablaba del fin de las navidades y de cómo se veía la vuelta a la normalidad desde una ciudad provinciana como Trujillo: “Los coches empiezan a rodar al otro lado del barrio, más allá de los gallos triunfadores, de los perros asustados, de la última oscuridad de la noche agarrada a las copas de los árboles de las afueras. La Navidad ha pasado y quedan en las calles, como peleles, los últimos colgajos, un zapato viejo que un Mago dejó caer en un charco”, decía la carta, que terminaba así: “Queda la niebla, que va cubriendo piadosamente las almas tristísimas de los treinta y cuatro refugiados que el mar Egeo escupió en la arena”.

Sin saber por qué sentí que un texto y otro, el artículo y la carta, se dirigían a mí para hablarme de lo mismo: que el Cervantes muerto de hambre, de asco y de tristeza, y los treinta y cuatro refugiados que el Egeo escupió en las últimas navidades son dos de las infinitas caras de la misma derrota, que queda prendida en el tiempo como la niebla rebelde de la que habla el lector trujillano.

Estoy cada vez más persuadido de que el hecho de leer sucesivamente los dos textos y poder así conectar el genio desdichado del autor del Quijote con los desdichados contemporáneos que huyen de su propia patria, comportada también como madrastra, no es el resultado del azar, sino el fruto de la sabiduría oculta con que los periódicos proceden a diario juntando en la misma página –en esta ocasión la número 20 del ejemplar de HOY del último jueves— el mismo aliento acompasado, la misma niebla resistente que sólo se disipa en la lectura. No le exija explicación: son hallazgos que el lector encuentra sin buscarlos y que sólo se manifiestan en el periódico de papel.

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Tesoro
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Antonio Tinoco Ardila | 06-01-2016 | 09:37| 1

No me dan ganas de escribir de nada salvo de la perplejidad que siento al ver que ningún partido hace el esfuerzo mínimo que cabría exigirle, en razón de la confianza depositada en él por sus votantes, para dar una salida a la situación política surgida de las elecciones del 20 de diciembre. Ya se sabe que los resultados que arrojaron no admiten soluciones sencillas, pero nadie dijo que la política tuviera la obligación de serlo, porque si así fuera nos bastaría con elegir al presidente del Gobierno por sorteo. La tarea que las urnas encomiendan a los partidos es interpretarlas en el único sentido responsable que cabe y que debería ser entendido no como una confusa encomienda, sino como su inmediato deber: conformar una mayoría que permita tomar decisiones, y con la menor demora posible, sobre los muy serios y perentorios problemas que tenemos los españoles. Entiendo que no siempre se logra; lo que no entiendo es que en ese propósito no se empeñen todas las energías, de tal manera que los partidos se abandonan sin rubor al escapismo, a la dejación de obligaciones, a oponer al interés general el particular partidista, cuando no de esta o aquella facción; de este o aquel líder. Que es lo que está ocurriendo. De ahí mi perplejidad.

No creo que nadie votara al PSOE para que apenas a las 48 horas transformara su voto en munición con la que batirse entre las múltiples banderías que asuelan ese partido; no creo que nadie votara al PP para que su líder –al que las urnas le dieron el puesto de primera minoría, que es derecho preeminente pero también la responsabilidad más alta que a ninguno de construir una mayoría parlamentaria en torno suyo–, para que su líder, digo, se sentara en la Moncloa a recibir a los otros líderes sin el más mínimo propósito por enhebrar algo parecido a un acuerdo, sino simplemente por si alguno encuentra atractiva su compañía; no creo que nadie votara a Podemos para que, a los 48 minutos de saberse los resultados, se dedicara a cavar trincheras con su voto, como si la política fuera el hábitat del zapador; ni a Ciudadanos, que se ha entregado con armas y bagajes al PP adoptando, sin que se sepa por qué, el papel del perfectamente prescindible intermediario.

Oteo el horizonte y no detecto en ningún partido el mínimo interés necesario que me haga pensar que valoran mi voto en lo que vale: que mi voto –es decir, el de usted, el de todos— es una herramienta de construcción política. Con esa intención lo deposité en la urna, así que se merece el respeto de intentar utilizarlo para lo que fue emitido, y no de desecharlo sin más por inservible antes de buscar su utilidad y estar ya pensando en que le dé otro.

El pasado lunes, Sansón, el lúcido viñetista de este periódico, ponía en boca de uno de sus personajes la siguiente frase: “Lo cierto es que la idea de repetir elecciones suena como si nos dijeran a los votantes que nos hemos equivocado”. Tiene razón Sansón: nos hemos equivocado, pero no en el sentido en que lo creen los partidos, sino por elegir a quienes, ignorantes para comprender que nuestro voto es un tesoro, lo estiman baratija.

 

 

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'Máschez'
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Antonio Tinoco Ardila | 30-12-2015 | 07:12| 0

Ya se sabe, las elecciones del 20 de diciembre han colocado al PSOE en el centro del escenario político, de tal manera que lo que haga ese partido condiciona al resto y, por lo mismo, la decisión que tome marcará el rumbo de la política española en los próximos meses o años. La mala noticia es que el PSOE tiene a su frente al líder más inconsistente desde la Constitución del 78 justo en el momento más complejo de España desde que aprobamos la Constitución. La mejor prueba de lo que digo es que ningún líder que haya superado la etapa de la adolescencia política hubiera planteado su futuro personal precisamente en el momento en que se está ventilando el futuro de todos. Sánchez lo hizo en cuanto tuvo oportunidad y, como buen adolescente, logró crear un problema –por si no hubiera ya suficientes–, allí donde no debía haberlo.

La buen noticia es –triste consuelo– que lo que está ocurriendo en Cataluña es una impagable vela que va alumbrando los peligros que le acechan. Si el partido socialista quiere evitar que la gestión de los resultados electorales deriven en una farsa que le arrastre hasta la irrelevancia no tiene más que fijarse en el camino trazado por Artur Mas desde las elecciones catalanas hasta la noche del último domingo, en que la CUP parió la nada, que es ya la única metáfora posible para definir a Mas, con lo que se demuestra otra vez que la poesía es el último refugio que se le ofrece a la realidad cuando vaga errante en busca de alguien que la explique.

La mala noticia es que Pedro Sánchez, en su intento de presidir el Gobierno, corre serio peligro de terminar como Artur Mas –y crear ‘Máschez’,una especie de robocop a la inversa— puesto que es el personaje político que, a este lado del Ebro, más se parece al ‘honorable’ menguante: ambos han demostrado tener una irresistible vocación de convertirse en un espectro: Mas ya lo ha conseguido y, al lograrlo, ha reducido a su partido a la cuarta posición en Cataluña; Sánchez parece empeñado en serlo y, de paso, hacer que el PSOE termine desbarrancándose en la próxima cita electoral que consiga adelantar.

La buena noticia… No, no alcanzo a ver buenas noticias en torno al PSOE. El pasado lunes pudo haberla, pero el Comité Federal no fue capaz de olvidarse del manual y dejó que Sánchez ‘explore’ la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Podemos si renuncia al referéndum en Cataluña: un camino que puede acabar con Sánchez convertido en Mas. Yo esperaba otra cosa: a alguien que le dijera a Sánchez que lo mejor para el partido es que se moviera lo menos posible. Que llamar a la puerta de Podemos sería tan arriesgado para el PSOE como poner el Real Madrid en manos de Gerard Piqué. Y también que evite las elecciones, porque ningún botín será mejor que el que ahora tiene. En realidad, el PSOE está en una situación tan delicada que quizás lo menos inconveniente es hacerle la oposición al PP. Mucho más ahora que, al no tener mayoría absoluta –el único dato positivo para los socialistas el 20D–, puede obligarle a modificar algunas decisiones políticas.

 

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Maquinistas
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Antonio Tinoco Ardila | 23-12-2015 | 06:55| 0

Mientras en la noche del domingo Pablo Iglesias afirmaba con la contundencia del que a pesar de la aritmética se sabe ganador, que las elecciones han parido “una nueva España”, las primeras declaraciones de los flamantes representantes para valorar los resultados demostraban que los hábitos de la vieja España, esa que acababa de morir según el líder de Podemos, gozaban de una excelente salud, como si estuviera inmunizada contra la voluntad que los ciudadanos acababan de depositar en las urnas.

Hemos vivido una época en la que los líderes políticos han desarrollado una muy acabada forma de utilizar las palabras para traicionar la realidad y a uno le hubiera gustado pensar que, de entre las cosas que los españoles tiramos por el desagüe durante las elecciones del domingo, debería haber estado ese lenguaje falso e impostado que se empeña sobre todo en ocultar lo que pasa. Pero, a tenor de lo que oímos, me temo que esa costumbre sobrevivirá, y que en esta España cuatripartidista acabada de estrenar, encontrará nuevas formas de adaptación, como si fuera una especie bien dotada para la selección natural, y seguir así tejiendo los cuentos con que nos mecen la cuna.

¿Cómo interpretar, si no, que el líder del PP, Mariano Rajoy, pegue botes de contento en el balcón de Génova cuando su partido ha perdido un tercio de su representación parlamentaria y las urnas le hayan dejado una victoria tan insuficiente –quién sabe si no termina siendo indeseada–, que para auparle a la Presidencia del Gobierno le va a obligar a buscar apoyos justo allí donde es imposible encontrarlos, en las trincheras enemigas?

¿Cómo interpretar, si no, que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, aparezca ante los suyos con una ufanía digna de mejor causa y proclamando que “el Partido Socialista Obrero Español ha hecho historia, compañeros y compañeras,” precisamente el mismo día en que su partido ha registrado, tras perder 20 escaños, el peor resultado de su historia?

¿Cómo interpretar, si no, que aquí, en Extremadura, la flamante diputada por Badajoz Teresa Angulo diga que se ha producido “un empate técnico” (sic) entre su partido, el PP, y el PSOE, cuando lo que ha ocurrido es que ha perdido más de 15 puntos porcentuales y se ha dejado en el camino 114.000 votos y dos escaños, un tercio de la representación que tenía? Chirriaba tanto la mistificación de Teresa Angulo, que de pronto hizo que nos situáramos medio año atrás, en aquel tiempo dominado por las fantasías animadas que, por lo que se ve, todavía la gente del PP extremeño sigue abrazando a pesar de que resultaron ser la tumba de Monago.

Si fue cierto que la nueva España nació el pasado domingo no debería construirse sobre los discursos viejos ni sobre la utilización caduca de una retórica que, en el fondo y bien mirado, ha tomado al pueblo soberano por tonto. Me gustaría creer que los ciudadanos dijeron basta el domingo a esa manera de ejercer la política entendida como una sustancia que debe dejarse en manos de los maquinistas fabricantes de una realidad a conveniencia.

 

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Contraprogramación
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Antonio Tinoco Ardila | 16-12-2015 | 07:28| 0

El pasado viernes, este periódico dedicaba la fotografía de portada a la llegada a los colegios e institutos extremeños de nuevo material tecnológico. La imagen mostraba a dos personas transportando unas cajas que podrían contener grandes pantallas. Dentro de ella iba el titular de la noticia: “Las aulas extremeñas acumulan tecnología”. Me llamó la atención el verbo elegido porque contenía una inequívoca intención editorializante, no muy frecuente en los titulares de este diario. La intención no era accidental, puesto que quedaba reforzada por el subtítulo, que decía: “La reciente llegada de ordenadores, tabletas, pizarras digitales e impresoras 3D causa el desconcierto en los centros educativos”.

El desarrollo de la noticia en la página 14 –cuyo titular y subtítulo ahondaba en la sensación de desconcierto, manifestado por varios directores de centro entrevistados– constituía una magnífica oportunidad para conocer la manera con que los partidos que han gobernado Extremadura conciben las nuevas tecnologías en el ámbito educativo. Aludo aquí tanto al PSOE como al PP, aunque en este caso el asunto atañe al anterior gobierno regional puesto que fue el que decidió el concurso que ha desembocado en que nuestros centros ‘acumulen’ equipamiento tecnológico. Lo que contaba la autora de la información –la periodista Ana B. Hernández, la cual nos tiene acostumbrados al trabajo riguroso— es que la llegada de ese material a los centros no obedecía a un plan específico de necesidades, sino a que había que gastar más de 38 millones de euros en ese tipo de material antes del 31 de diciembre para que el 80% de esa cantidad pueda correr a cuenta de los fondos europeos.

El resultado ha sido que unos centros están recibiendo lo que habían pedido –y están contentos por ello–, pero también material inesperado, inexplicable e inexplicado, por lo cual están sorprendidos. Otros centros sencillamente están recibiendo aparatos que no sólo no necesitan, sino a los que nadie encuentra empleo; algunos, incluso, los consideran un engorro que no saben dónde meter.

El caso es que la información del viernes, como todas las buenas, tenía el don de la oportunidad porque aparecía un día de campaña electoral, una circunstancia que otorgaba a su lectura una especie de sorprendente –y saludable para los votantes– contraprogramación sobre las fútiles promesas de maravillosos pactos e históricas leyes educativas “para varias generaciones” que de seguro va a consensuar el próximo gobierno, sea del signo que sea, apenas tome posesión.

El profesor José Antonio Marina –ahora precisamente de actualidad por su estudio de por dónde debería ir el sistema educativo español, y en el que pone el acento en la mejor formación de los profesores–, es autor de una frase que ha hecho fortuna y es repetida con profusión: “Para educar a un solo niño hace falta el concurso de la tribu entera”. Para nuestros responsables políticos, por lo que se ve, la educación no es cosa de la tribu, sino de la acumulación de aparatos. Y que tengan cuantos más botones mejor,  por supuesto.

 

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Gesto
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Antonio Tinoco Ardila | 09-12-2015 | 06:49| 0

No tendrá efecto en la economía local, ni supondrá mejora para los ciudadanos como la de reducir las listas de espera de los servicios sociales o las del paro, pero de cuantos asuntos hubo en los últimos días no encuentro nada más digno de abanderar el buen nombre de la política que el gesto del alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, de renunciar a renovar el Voto a la Inmaculada, una tradición que, si bien con interrupciones, se ha venido celebrando en la capital extremeña desde el 1620 cada 8 de diciembre en que la iglesia católica conmemora la Inmaculada Concepción. Como se sabe, el Voto a la Inmaculada consiste en que el alcalde de Mérida, por lo común con cabezada incluida, entrega a la Inmaculada –en realidad a las monjas concepcionistas que, hasta que se fueron de la ciudad en el 2009, salían a la reja del convento a recibirla; y desde entonces, ni a ellas siquiera– la vara de mando que simboliza el poder que le han conferido los ciudadanos.

No encuentro que la interpretación amable de que las tradiciones de una ciudad definen su personalidad y que, por ello, deben mantenerse, que es lo que defienden algunos emeritenses notables, deba prevalecer con independencia del propio contenido de la tradición: menudearían los ejemplos de tradiciones que estuvieron arraigadas y que desaparecieron en buena hora por contravenir el signo, cuando no la sensibilidad y aun la ley, de los tiempos. Y esta del Voto a la Inmaculada está a contrapelo del sentido político porque transmite la idea de que el poder civil reconoce su condición vicaria del religioso, representado aquí por la Virgen Inmaculada. Y se mire como se mire, esa simbología, aunque pudiera adaptarse como un guante a otros momentos de nuestra historia, no se atiene a la democracia de hoy, en la que por definición ningún poder, ni de este ni de otro mundo, puede situarse por encima del poder del pueblo soberano que decide quién le gobierna, lo que significa que en los asuntos de ordenanza municipal, hasta la madre de Cristo, de llegar el caso, tendría que sujetarse a ella.

La mayoría de los políticos españoles, y por supuesto extremeños, nacidos de la Constitución del 78 no han tenido el coraje de resistir la tentación de utilizar la representación institucional que ostentan para participar en actos religiosos –quién no recuerda a Monago y a Fernández Vara llevando a hombros a la Virgen de la Montaña–, a pesar de que casi siempre lo que buscaban con ello tenía un sentido oportunista: aprovechar esa representación institucional para su promoción personal. Es decir, para hacer política populista. Por eso, que un político –que además es católico y cofrade en su vida privada, lo cual le otorga mayor credibilidad– haya puesto fin a esa deriva facilona de dejarse llevar por la tradición y, de resultas, colocar al poder democrático y a la religión en el lugar que les corresponde, es digno de feliz reseña. ¿Cundirá el gesto? El viernes pasado, el presidente de la Junta inauguró un belén en Mérida, y otro en Jerez la portavoz de la Junta y la alcaldesa.

 

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Fantochada
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Antonio Tinoco Ardila | 02-12-2015 | 07:11| 1

Desconozco al detalle el fondo del conflicto que ha llevado a que el pasado viernes un grupo de bomberos pertenecientes a la Diputación de Cáceres boicoteara ruidosamente el pleno que se estaba celebrando, y que indujo a la presidenta de la institución a suspenderlo, como nos ha contado el periodista Manuel M. Núñez en estas páginas. Pero, aun desconociéndolo, me atrevo a aventurar que se trata exclusivamente de diferencias laborales y/o salariales con la institución de la que son empleados. Llego a esta conclusión por dos razones: porque tras la devastación que ha provocado la crisis económica en sueldos y derechos laborales sólo cabe esperar una protesta tan enérgica de un colectivo que tiene asegurado su empleo, de modo que no corre peligro por mucho que haga plantes y huelgas -–y que sólo por eso ya se encuentra en una posición de privilegio con respecto a la generalidad de los trabajadores que, o están en el paro o viven con los sueldos recortados y el miedo a acabar en él–; y, en segundo lugar, porque no es frecuente ver en Extremadura manifestaciones tan recias (las de este fin de semana en París ante la Cumbre sobre el Cambio Climático podrían servir de ejemplo), que no tengan que ver directamente con el bolsillo de los manifestantes.

Con todo, lo que más llamó mi atención de lo ocurrido el viernes en la Diputación de Cáceres no fue la contundencia de la protesta ni tampoco la ausencia de una respuesta institucional acorde con la naturaleza de la interrupción de un acto oficial como es un pleno. Lo que más me sorprendió fue que en un momento de la misma uno de los bomberos se paseó por el salón, e incluso trató de dirigirse a los diputados que se habían reunido allí no precisamente para oírle, vestido de modo que pareciera un preso de Guantánamo con su mono naranja, y con las manos y los pies encadenados y con una capucha tapándole la cara y la cabeza, como si también fuera una de las víctimas de las torturas que los soldados estadounidenses infringieron a los prisioneros iraquíes en la tristemente célebre cárcel de Abu Ghraib.

Ante tal representación sólo se me ocurre decir que fantochadas, las precisas, y si quieren protestar por su situación en el trabajo deberían elegir mejor los materiales de los que se sirven, aunque sólo sea por evitar jugar con el fuego de trivializar según qué cosas. Porque ver a un bombero de la Diputación de Cáceres vestirse como si fuera un preso torturado, cuando su problema es simplemente que no le pagan la disponibilidad de estar localizable por si surge una emergencia, es dejar atrás unos cuantos pueblos la raya del respeto a los que sufrieron, y sufren, la barbaridad de una vesania que tan alegremente para ellos les sirve de disfraz.

Me pregunto qué clase de realidad están viviendo estos bomberos para que se les pueda ocurrir pensar -–y no a uno, el disfrazado, sino al conjunto de ellos, que lo jalearon– que un hombre torturado representa su conflicto. ¿Por qué rendijas del cerebro se les cuelan esas ideas?

 

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Agua
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Antonio Tinoco Ardila | 25-11-2015 | 06:34| 0

El pasado domingo, el escritor Manuel Rivas se maliciaba en El País Semanal de que Rajoy hubiera arrasado con la cultura, poniendo al frente de sus huestes al inefable ministro José Ignacio Wert, y pedía a los políticos –si bien con una más que evidente endeble esperanza–, que la cultura y lo que quisieran para ella en nuestro país formara parte de sus asuntos en la inminente campaña electoral. Rivas recordaba el memorable discurso que uno de los más reputados escritores estadounidenses, David Foster Wallace, pronunció en el 2005 durante el acto de graduación de los estudiantes de Artes Liberales del Kenyon College de Ohio. Ese discurso, de apenas 22 minutos, se titula ‘Esto es agua’ y desde el mismo día en que lo pronunció se convirtió en un clásico porque está escrito con el desafiante estilo provocador con que se expresa la verdad y sobre todo porque está elaborado con una delicada sencillez, un rasgo excepcional en un autor que se caracteriza por emplear una prosa tan intrincada que exige al lector una atención atosigante si no quiere perder el sentido de la lectura.

Foster Wallace inicia su discurso con esta pequeña historia: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria. El pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?’. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y preguntó: ‘¿qué demonios es el agua?’”. Manuel Rivas trae a colación la fábula del pez mayor y de los peces jóvenes para reivindicar la cultura como el elemento que da sentido, aunque sea tantas veces invisible, a nuestra existencia. Es decir, el agua para los peces.

Foster Wallace no se refiere específicamente a la cultura en su discurso ante los estudiantes de Ohio, sino a la libertad, que es el elemento fundamental y tan necesario para los seres humanos como el agua para los peces. La libertad que es más fácil de alcanzar, dice, si uno tiene maestros que te enseñen a pensar.

Casualmente, leí el artículo de Manuel Rivas en el que recordaba a Foster Wallace tres días después de que el profesor Víctor Bermúdez fuera entrevistado en el programa ‘Ahora Extremadura’, de Canal Extremadura TV, con ocasión del Día Internacional de la Filosofía, que se celebra cada tercer jueves de noviembre. Bermúdez se quejaba con amargura de que la actual ley de educación –la Lomce de, otra vez, José Ignacio Wert–  ha mutilado la enseñanza de la Filosofía en ESO y Bachillerato. Y dijo una frase que recordaría tres días después, cuando leí a Rivas y a Foster Wallace: “¿Cómo vamos a tener ciudadanos libres si el sistema educativo suprime la Filosofía, que les enseña a pensar?”

Quiero creer que el hecho de que entre el jueves y el domingo me haya topado dos veces con la idea de que la libertad es un don que se conquista a través de los buenos maestros, no sea una simple coincidencia, sino, más poéticamente, la prueba del tesón del agua cuando se empeña en abrirse paso.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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