Hoy

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Independencia
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Antonio Tinoco Ardila | 16-09-2015 | 06:47| 0

Este periódico publicó el pasado domingo un reportaje –cuyos autores, Natalia Reigadas y José Vicente Arnelas, honraron con él al periodismo— sobre el día a día de las once monjas carmelitas descalzas que viven en el convento de clausura de la Inmaculada Concepción del Carmen de Talavera la Real, y si yo fuera político y estuviera enredado en la campaña electoral de Cataluña, haría fotocopias de las tres páginas que ocupaba, las repartiría en mis mítines y dejaría que el texto de Reigadas y las fotos de Arnelas hablaran por mí: no lo podría hacer mejor. Porque de las palabras de las monjas y de esas imágenes sobre sus actividades cotidianas entre las paredes del convento se pueden aprender algunos conceptos más certeros sobre qué es una verdadera declaración de independencia que en la avenida Meridiana de Barcelona por la que discurren las manifestaciones de la Diada, y donde centenares de miles de catalanes marchan alegres cantando ‘Els Segadors’ y haciendo tremolar al viento del Mediterráneo sus banderas esteladas.

Y es que ante la declaración de independencia de, por ejemplo, la monja Yudis, una colombiana que estudió contabilidad y acuicultura y que a los 25 años (ahora tiene 31)  dejó sus aficiones, sus bailes, el rap, el heavy metal, los novios con los que tonteaba, e ingresó en un convento para rezar; o la de Laudy, todavía novicia de 24 años, que abandonó la carrera de Medicina en segundo curso después de estar pensando desde los 13 tomar los hábitos, a pesar de saber que eso supondría reducir el contacto con su familia a sus conversaciones por Skype y limitar sus diversiones a tirar a canasta o lanzar la pelota al otro lado de la red de un campo de voleibol hecho en una explanada de tierra; o la de María, la priora, que lleva 50 años en la clausura (ingresó con 21) y todavía concibe su vocación como una misión… Ante decisiones como éstas, tan poco gregarias, tan independientes, empalidecen los mítines, las soflamas, las comparecencias post-modernas frente a la prensa internacional –periodistas españoles, abstenerse— en las que Artur Mas, Oriol Junqueras y  el cabeza de la candidatura de Junts pel sí (Juntos por el sí), Raül Romeva, parecen empeñarse en tratar de demostrar al mundo que la independencia de Cataluña goza de la mayor legitimidad democrática, pues ningún viaje a ninguna parte puede salir de las mentes de personas que dominan tantas lenguas extranjeras.

Podrán hablarnos de declaraciones de independencia; todo el mundo lo está haciendo en Cataluña estos días. También lo hacen –por vía de contraste y con gran contento del adversario porque es alimento para su justificación–, los que se empeñan en tratar de establecer que España sólo puede existir en la versión monolítica que ellos defienden. Pero ninguna tan decisiva, por radical, como la declaración de independencia de estas mujeres. Ni tan generosa: dispuestas a encerrarse en vida por mantener la decisión de elegir su propio camino. He ahí una declaración de independencia: todas las naves, al fuego.

 

 

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Hombre
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Antonio Tinoco Ardila | 09-09-2015 | 05:33| 0

Se llama Mehmet Cyplak. Es el policía que recogió el cuerpo del pequeño Aylan Kurdi en la playa turca de Bodrum. Y es también mi héroe. He visto el vídeo del cadáver del niño sirio muchas veces sencillamente porque entiendo que los que asistimos a la aterradora muerte de ese niño sólo como espectadores tenemos al menos la obligación de no volverle la cara: hay que mirar y volver a mirar para no olvidar la inmensa soledad de su cuerpo exangüe sobre la arena, su cabeza indefensa golpeada repetidamente por la última ola, su cara inundada (cuando la vi por primera vez pedí un deseo tonto: que la muerte le hubiera llegado con la boca y los ojos cerrados para que al menos la sal no los hurgara), sus manos vueltas, sus piernas dobladas y sus zapatos quietos. Los mismos zapatos de suela de goma granulada con refuerzo en el tacón que nuestros hijos tuvieron cuando no hacía mucho que habían echado a andar.

Hay que mirar. Es lo menos que le debemos a Aylan Kurdi, a su hermano Galip, a su madre, a su padre, al que le ha correspondido la tortura sin límites de tener que seguir vivo después de enfrentarse a la muerte de toda su familia delante de sus ojos. Y a las decenas de miles de refugiados que hoy vagan por Europa. Por eso no entiendo a periódicos como ‘El País’, que justificaron no dar la imagen del  cadáver del niño en la playa debido a su crudeza y sí entiendo a otros periódicos, como el ‘Abc’ o el francés ‘Libération’, que pidieron perdón a sus lectores por no haberla publicado.

Es necesario mirar ese vídeo para no olvidar al niño muerto, pero también al hombre al que le tocó recoger el cuerpo de Aylan y sobre el que la edición digital de este periódico informó el pasado domingo de que se llama Mehmet Cyplak y es padre de un niño de seis años. Porque Mehmet Cyplak pudo hacer de aquello un trámite, un servicio de rutina. Y sin embargo lo evitó: después de escribir algo en un bloc o en un teléfono (¿qué oración gramatical se puede componer en ese momento?) cogió al niño en sus brazos y desde la orilla fue andando hasta depositarlo tras las rocas. Seguramente sin tener que pensarlo lo hizo despacio,  como si hubiese intuido que en ese momento no era sólo un policía trabajando, sino el hombre, el ser humano al que le ha tocado en suerte representar a su especie en el instante inmediatamente posterior a que el cuerpo sin vida de un niño aparece arrojado por el mar. Les invito a que vean de nuevo el vídeo y observen cómo ese breve trayecto de apenas 30 metros entre el mar y las rocas en que oculta el cuerpo, Mehmet Cyplak lo anduvo cuidadosamente, inclinado sobre el cadáver de Aylan, manteniendo un gesto de reverencia a través del cual mostraba que llevaba en sus brazos al niño muerto con el mismo sentido de la protección que hubiera merecido su vida.

Veo con frecuencia ese vídeo y cada vez más como alivio, porque necesito sentir que, ante la inmensidad del drama, el modo como Mehmet Cyplak transporta a Aylan se parece mucho a la piedad. La piedad de un hombre. La piedad del hombre.

 

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Aniversario
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Antonio Tinoco Ardila | 02-09-2015 | 07:02| 0

 

No ha habido medio de comunicación que se precie que no haya recordado el 25 aniversario de la matanza de Puerto Hurraco. Hay heridas en el alma de las sociedades a las que los periodistas nos empeñamos en aplicar el incomprensible tratamiento de echar sal, quizá para avivar el escozor que nos permita recordar de nuevo, cuando pasen otros 25 años, el sufrimiento que produjeron. No digo que tratemos de olvidar los asesinatos de Antonio y Emilio Izquierdo. Yo mismo tengo de ambos un claro recuerdo durante el juicio en la Audiencia de Badajoz que los condenó a 344 años de cárcel: estaban allí, ajenos al mundo, sentados en el banquillo como dos alimañas agarbadas, con sus trajes de disanto, sus calcetines blancos y Emilio con sus gafas de vidrio turbio. Todos los recordamos, pero alguna vez habrá que convenir que no siempre la memoria es un altar venerable, mucho menos cuando exige a un pueblo que fue doblemente víctima, porque puso los muertos y los asesinos, el sacrificio de vivir alimentando un estigma eterno. Ya está bien que un cuarto de siglo después haya medios –-afortunadamente, este periódico y el periodista Antonio Gilgado han hecho justo lo contrario– empecinados en tratar Puerto Hurraco como el único extraño lugar de España donde el tiempo no pasa, una suerte de la Comala de Pedro Páramo en la que el veneno del odio parece que debería formar parte por siempre del aire que allí se respira, como hacían las saponarias podridas en la novela de Juan Rulfo de la que ahora también precisamente se celebra su 60 aniversario.

A los periodistas nos ocurre que amamos tanto la superficialidad que muchas veces sólo admitimos prejuicios como argumentos. Y comoquiera que para el periodismo español Puerto Hurraco fue, desde el mismo 26 de agosto de 1990, el paradigma de la España negra ahora, 25 años después, buena parte de ese periodismo sólo concibe que la aldea se siga comportando a la altura del tópico. Más parece que es en las Redacciones de cristal y acero, esas en las que tanto se adora al algoritmo de Google, donde el tiempo  no pasa.

Lo curioso es que el 25 aniversario de la matanza nos ha brindado una magnífica ocasión para hablar, de haberlo querido, no sólo del tiempo que no pasa sino incluso del tiempo que retrocede, porque la inolvidable foto de Brígido Fernández que resume aquel crimen –la de la detención de Emilio Izquierdo por dos guardias civiles, y que este periódico publicó en 1990 como correspondía, a toda plana–, no se hubiera publicado hoy…, salvo que el director de este diario decidiera correr el riesgo de que le cayera una multa de hasta 30.000 euros por difundir imágenes de una actuación de las fuerzas de seguridad. Esa foto, puro periodismo y pura historia, sería ilegal hoy merced a la modernísima ‘ley  mordaza’, en vigor desde el 1 de julio pero que parece sacada, ahora sí, del hondón de la España negra. Y no fue un periodista quien advirtió de esta inesperada enseñanza del aniversario de Puerto Hurraco, sino el tuitero Rafa González @OtraExtremadura. Los periodistas estábamos a otra cosa: alimentando tópicos, por ejemplo.

 

 

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Veraneo (II)
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Antonio Tinoco Ardila | 12-08-2015 | 09:25| 0

 

Desde aquí, sentado a la sombra, basta asomarse a la baranda para ver, abajo, cómo yace el mar. Es mediodía y, mirándolo abstraído de la luz, del viento leve que hace ondear la faldilla del toldo y la toalla en el respaldo de la hamaca, noto que te acaba llegando con el aire una quietud que va espesándose. En sordina llegan los gritos de los niños jugando en la orilla –el cubo, la pala, el rastrillo, la arena, el castillo, el foso, el agua, la ola, de nuevo el cubo, de nuevo el agua– porque todos los niños del mundo convierten en un dulce trasiego enloquecido la ecuménica felicidad que dan las playas.

Te va anegando despacio la presencia del mar como un ser vivo , como si fuese un magma azul acero que te envuelve y cuya fuerza notas brotada del interior. Y en el duermevela que te va ganando imaginas que allí en el fondo, en ese abismo tenebroso donde Julio Verne situaba los monstruos que te mantenían con los ojos abiertos todas las siestas de los veranos de tu infancia, hay una fragua incansable donde el fuelle de los dioses saca de la sal la energía con que se mueve el agua… El paisaje cobra una densidad de melaza y el tiempo la incierta dimensión de la bruma. Y así, lo quiera o no, uno va cayendo en el pozo tibio del sopor del sueño. Es el mediodía de un veraneo frente al mar.

De pronto, surgen rumores dentro de casa de que se está quemando la Sierra de Gata; de que Acebo, Perales del Puerto y Hoyos han sido desalojados; de que los vecinos se tienen que concentrar en Moraleja, donde el ayuntamiento pide víveres a los vecinos y los vecinos se vuelcan en una arrebatada solidaridad de urgencia. Se ven fotos que parecen de refugiados. Llegan noticias de que hay gente que quiere quedarse en sus casas para, si es preciso, hacer frente a las llamas con las mangueras domésticas de regar los arriates; de que los animales vagan enloquecidos por las calles de los pueblos cercados por el fuego sin entender por qué les ha sobrevenido el infierno. Y pruebas llegan –las trae, puntual, Antonio Armero, el periodista de guardia–, de que las huertas arden; de que los pozos se desecan; de que las cabras y las ovejas mueren en la inmensa parrilla del monte, víctimas de un sacrificio inexplicable; de que los bosques se calcinan y quedan al aire los troncos de los pinos como inmensas cucañas de grafito, estériles ya para siempre en una intemperie de cenizas eternas. Sabemos de Eva, que tenía concertada su boda desde hace un año en Hoyos y ahora llora maldiciendo al fuego en el cruce de La Fatela; De Nolasco Falcón, dispuesto a defender con su vida su gasolinera del monstruo de las llamas… Arde la Sierra de Gata y desde el momento en que la realidad del fuego se impone al deseo del verano uno está fuera de sitio sentado a la sombra, asomado a la baranda desde donde ve, entre las nieblas del sueño, al océano yacente. Ya no hay niños gritando felices en la playa. Ya no hay paisaje de melaza ni el tiempo envuelto en la bruma del sopor del sueño. Acabó ese mediodía. El mar está en silencio. Hay que entrar en casa.

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Veraneo
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Antonio Tinoco Ardila | 05-08-2015 | 11:06| 0

 

De camino a Chichén Itzá, las ruinas mayas mejor conservadas del Yucatán, el guía paró la furgoneta junto a una tienda que allí llaman de abarrotes, donde venden comestibles y bebidas. Dos horas antes había salido de la Mérida mexicana tras pasar algunos días paseando por la avenida Montejo bajo las ceibas y los flamboyanes, admirando las casas coloniales, siempre precedidas por su jardín arbolado y con sus alpendres de columnas, y oyendo los cascos de los caballos que tiran de las carrozas en las que los caleseros explican al turista el pasado de riquezas babilónicas de que disfrutó la ciudad hace más de un siglo, cuando era el centro de la industria del henequén y no había saco ni arpillera en el mundo que no se fabricara con la fibra de la pita que salía de las haciendas de Mérida. Estaba aprovechando el veraneo también para ver flamencos, pelícanos, fragatas y algún cocodrilo pequeño y miedoso que se escondió en los árboles que hunden sus raíces en el manglar. Y para bañarme en los cenotes, esos manantiales que aparecen en grutas y donde el agua es tan limpia, fresca y quieta que el bañista tiene la sensación de profanarla cuando entra en ella. Después, una vez dentro, uno se siente acogido, como si nadar en el cenote fuera moverse por el líquido amniótico del útero de la tierra.

En la tienda de abarrotes, camino de Chichén Itzá, esperaban a los viajeros hojaldres de jamón y queso. Me bajé de la furgoneta. Pronto se formó una cola de gente esperando para ir al baño, que estaba tras una escalera de unos pocos escalones. Un letrero en la pared avisaba de que usarlo costaba cinco pesos. “Es para mantenerlo limpio”, se justificó el comerciante mientras ofrecía los hojaldres. Al inicio de la escalera y junto a un expositor con bolsas de patatas fritas y otros productos de la marca ‘Doritos’ había una niña que daba paso a los usuarios del baño, de modo que no se podía acceder a él hasta que ella lo permitía. Tendría siete años, una larga trenza, gafas con gruesos cristales de miope y tras ellos unos ojos como los ojos aventados de los peces. Cada vez que salía una persona del baño, la niña entraba en él, hacía lo que parecía una rápida inspección, bajaba la escalera y daba paso al siguiente después de cobrarle los cinco pesos. Lo hacía todo con esa concentrada afanosidad con que hacen las cosas los niños obedientes. Cuando me tocó le di los cinco pesos y entré. El baño estaba limpio como no había conocido otro en México y olía a violetas. Al salir aproveché que la niña hacía la inspección rutinaria de después de cada cliente para mirar tras el expositor de los ‘doritos’. Allí tenía, ordenados, estropajo y jabón, una fregona, rollos de papel higiénico y un ambientador de violetas.

Antes de irme, nuestras miradas se cruzaron. Le sonreí, pero no me devolvió la sonrisa. No insistí. Su atención se concentraba en aquellos objetos y en la nueva cola de turistas que se había formado para ir al baño. Eran –como para mí la Mérida mexicana, los manglares, los cenotes y, pronto, las ruinas mayas de Chichén Itzá–, el paisaje de su veraneo.

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Plomo
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Antonio Tinoco Ardila | 29-07-2015 | 04:05| 0

 

Periódicamente, como la erupción de un volcán, a Extremadura le llegan malas noticias sobre el tren. La última, el proyecto de las compañías públicas operadoras del servicio ferroviario en España y Portugal –Renfe y Comboios de Portugal—de conectar Madrid y Lisboa en menos de cinco horas por Fuentes de Oñoro y Salamanca, para lo cual se prevé electrificar el tramo entre ese paso fronterizo y la capital, un dato que indica que se trata de un plan avanzado. De llevarse a cabo, supone echar más tierra encima aún al sueño –que tiene todos los visos de ser eterno– de la conexión por AVE entre las dos capitales ibéricas pasando por nuestra comunidad.

Parece poco discutible que Extremadura tiene una maldición con el ferrocarril, porque las malas noticias se cumplen siempre y las buenas terminan siéndolo sólo en apariencia debido a que no acaban nunca de hacerse realidad. Pero cabría preguntarse al mismo tiempo si esa maldición ha caído del cielo o tienen mucho que ver con ella dos circunstancias. La primera es la empecinada labor de incumplir promesas a la que con tanta perseverancia se han dedicado todos los gobiernos del PP y del PSOE que en España han sido. Una empecinada perseverancia en no hacer lo que se promete sólo posible porque el PP y el PSOE extremeños, cuando gobiernan los suyos, se aprestan a justificar los incumplimientos antes que a mantener viva la exigencia de que el tren no admite retrasos, aunque el que incurra en ellos sea mi partido. La constatación de que nuestro tren es mucho menos importante que romper la disciplina partidista no permite otra conclusión que la de que la conexión ferroviaria sólo importa para que adorne en el escaparate del mercado electoral.

Este guión, como cabía esperar, se ha cumplido en los últimos días y mientras Fernández Vara ha acentuado las críticas contra el Gobierno de su adversario, su delegada en la región y Monago –es decir, el PP— han echado balones fuera. En estas condiciones, el tren –lo que supone de oportunidad de progreso, que es lo importante– nunca dejará de ser en Extremadura materia de contienda y, por ello, su exigencia lleva el plomo de la división en las alas. Porque, a la postre, ¿qué tiene que reprochar ahora Fernández Vara a Rajoy que no pudiera reprocharle Monago a Zapatero cuando era este el presidente y el que generaba las malas noticias?

Con todo, en este asunto del tren, como en tantas cosas de Extremadura –y esta es la segunda circunstancia que propicia que se vea como una maldición–, la opinión pública difiere sustancialmente de la publicada, lo que significa que tras los pronunciamientos de unos y otros, las protestas y los amagos de movilizaciones incluidas, no hay mucho más que un decorado de cartón piedra. Nada sería peor para el futuro del tren que una movilización en su defensa, porque se visualizaría que a los extremeños les preocupan las conexiones ferroviarias mucho menos de lo que aparece en los medios de comunicación. Si no fuera así y el tren pesara en las urnas, pocas dudas cabrían de que el ‘ave’ volaría sin plomo.

 

 

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Centinela
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Antonio Tinoco Ardila | 23-07-2015 | 05:11| 0

Si tienen duda de que la libertad de información está delicada de salud, reparen en lo ocurrido durante este mes de julio en nuestro país: el día 1 entró en vigor la ‘ley mordaza’, que permite a la policía ponerse por montera derechos fundamentales. Podrá multar sin que nadie le tosa a manifestantes pacíficos y podrá impedir a los periodistas ejercer su trabajo. Por ejemplo, ahora podrá ser objeto de castigo fotografiar a un agente golpeando a un manifestante. Está prohibido registrar y difundir ese hecho, porque según la ‘ley mordaza’ no cabe en nuestro sistema informativo. Aprobada sólo por el PP y sobre la que cabe esperar que le quede de vida lo que le quede a este gobierno o lo que tarde en pronunciarse el Constitucional, esta norma ha sido rechazada dentro y fuera de España. Hasta la ONU se ha manifestado radicalmente en contra y el New York Times le dedicó un editorial llamándola siniestra. Es tan dañina, y deteriora tanto la ‘marca España’, que ha dado lugar a que alguien tan estrambótico como Nicolás Maduro –ese adalid de la libertad de información que cierra emisoras de TV; que obliga a las que siguen operando a conectar con sus discursos cuando le pete y que impide a los periódicos comprar papel donde imprimir noticias–, saque pecho a costa de nuestro país y anuncie que va a denunciarla ante los organismos internacionales. Rajoy y Fernández Díaz, el inefable ministro del Interior, deberían darse cuenta de que sólo porque un personaje de la catadura de Maduro encuentre ocasión de redimirse a costa de una ley que en realidad podría servirle de inspiración, merece ser derogada de inmediato.

Pero no acaban las arremetidas contra el ejercicio de informar en este aciago julio: el Ayuntamiento de Madrid ha creado una web cuya intención es “ofrecer directamente a la ciudadanía información contrastada sobre la actividad municipal”. Si esta frase no ha hecho que salten a la cara los malos recuerdos a gente de edad como Manuela Carmena, la memoria va a resultar un órgano demasiado maleable, porque justamente eso era lo que pretendía el censor franquista y lo que hacían los gobernadores civiles todos los días con los periódicos antes de la Ley Fraga: ofrecer a la ciudadanía la información fetén y evitar la que fuera obra de comunistas, ateos, masones y carbonarios o cualquier otra máscara que utilicen los periodistas, que ya se sabe que tienen más disfraces que Mortadelo. Es cierto que no es lo mismo, porque la web, llamada muy intencionadamente ‘Versión Original’, no impide la difusión de informaciones incómodas, pero solo por el tufo a correctivo a la Prensa que expide deberían, como la ‘ley mordaza’ el Gobierno, clausurarla de inmediato.

Acaba de salir ‘Ve y pon un centinela’, la esperada novela de Harper Lee, autora de ‘Matar un ruiseñor’. ¡Es tan fácil caer en la tentación del juego de palabras!: o ponemos centinelas o al ruiseñor de la libertad de información le quedarán dos telediarios. Si no es que algún diputado de Podemos en la Asamblea de Extremadura, en un gesto del que se sienta luego orgulloso, los interrumpe.

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Ruido
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Antonio Tinoco Ardila | 15-07-2015 | 06:26| 2

Las declaraciones el pasado domingo en HOY de la vicepresidenta del anterior gobierno de la Junta, Cristina Teniente, han sido decepcionantes. Que alguien de su experiencia y de su capacidad de discurso explique las razones por las cuales su partido ha sido incapaz de retener el poder con ideas del tenor “Hemos perdido las elecciones con nuestro segundo mejor resultado y otros han ganado con su peor resultado de la historia”; “Extremadura, con un 9%, ha sido donde menos porcentaje de votos se ha perdido en todo el país”; “con la estrategia de Monago hemos tenido el quinto mejor resultado de España”, recuerda demasiado a los malos entrenadores que, tras un partido perdido en casa, tratan de justificarse ante la afición diciendo que un balón de su equipo dio en el poste, otro pasó rozando el larguero y el contrario marcó, sí, pero sin apenas haber tirado a portería. Imagino que los dirigentes del PSOE estarán frotándose las manos al ver a su adversario sentado en el sillón de la autocomplacencia, inmune a la autocrítica y echándole la culpa poco menos que a la mala suerte después de habérsele escapado el poder, tan caro para el PP en Extremadura, tras su única oportunidad de ejercerlo.

Y sin embargo, no es lo peor. Lo peor es el cierre de filas en torno a José Antonio Monago que pone de manifiesto la exvicepresidenta. Si todavía nadie en el PP considera no sólo políticamente desastrosa sino, más importante aún, moralmente inaceptable la gestión del episodio de los viajes a Canarias; si el partido cree, como afirma Teniente, que este asunto fue simplemente “ruido” y que no hay caso, apañados estamos porque eso significa que mantienen la idea de que los extremeños son gente a la que se le puede hacer comulgar con ruedas de molino.

Dice Cristina Teniente que Monago es su mejor candidato para el 2019. Yo creo justo lo contrario: el PP no podrá ganar unas elecciones –al menos, no debería ganarlas—en tanto el expresidente no resuelva el episodio de sus viajes a Tenerife a cuenta del Senado.  Monago, por el bien de su propio futuro político, de su partido, y de los votantes extremeños empezando por los suyos, debería iniciar el camino de intentar ganar las próximas elecciones mostrando que tiene el coraje que se precisa para hacer frente a la verdad. Es tarde; pero más vale tarde que nunca. Ese sería el paso previo, y no simplemente acogerse a nuestra inclinación al olvido, para que él y su partido empezaran a restablecer ante los ciudadanos la confianza perdida. ¿Es que no hay ni un solo dirigente popular que defienda que el PP necesita ejercer su trabajo institucional de oposición sin la herida abierta de un episodio que Monago se empeñó en resolver jugando al trile con los ciudadanos?¿No hay nadie que lea a Quevedo, cuando aconseja echar la verdad fuera de la boca porque “esconderla es necedad”? ¿Nadie que oiga a Joaquín Sabina, que advertía contra el ruido, porque el ruido no deja escuchar el final cuando llega?

¿No hay nadie en el PP que defienda al partido ante Monago? ¿No hay nadie del PP en el PP?

 

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Despedida
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Antonio Tinoco Ardila | 08-07-2015 | 09:22| 2

Estuve en la sesión de investidura de Guillermo Fernández Vara, el martes y miércoles pasado, y para mi sorpresa a los pocos minutos de iniciado el discurso del candidato tenía puesta mi atención en Clemente Checa, el exconsejero de Hacienda. Y no era porque el emplazamiento privilegiado para observar a sus señorías que es la tribuna de la Prensa de la Asamblea permitiera reparar en el hermoso y abundante pelo que luce a sus 61 años; ni porque su figura macilenta me llevara a preguntarme si no estará emparentado con la familia del emperador de Japón, que gasta como él, además de su pelo, delicados modales y, también como Akihito, tiende a desplazarse con pasos cortos; ni tampoco –y eso daría para reflexionar un rato sin distraerse con el entorno–, por qué el catedrático de Derecho Financiero y Tributario, un gran teórico sobre la Hacienda y sus impuestos, ha resultado ser tan manirroto a la hora de pasar de las leyes a la realidad de las leyes, a juzgar por cómo se han disparado la deuda y el déficit desde que lo nombró Monago para sustituir a Antonio Fernández.

Sin embargo, por nada de esto Clemente Checa había logrado, sin proponérselo, que solo tuviera ojos para él en la sesión solemne en la que Fernández Vara reclamaba todo el protagonismo. Sencillamente ocurrió que Checa representaba la excepción: era la única de las 66 personas que se encontraban sentadas en el hemiciclo de la Asamblea que no era diputado y para quien aquel acto de apertura de la IX Legislatura era en realidad su despedida.

Gay Talese, célebre maestro de periodistas, aconseja sin descanso a los reporteros jóvenes que vuelquen toda su atención en los personajes secundarios de las historias sobre las que escriban porque en ellos está la información más original, más inesperada y, por tanto, periodísticamente más valiosa. Y yo, que creo en Gay Talese con la misma devoción con que Fernando Trueba cree en Billy Wilder, puse mis ojos en Checa por jugar a seguir los consejos de Talese y sobre todo porque nadie, salvo él –que de los allí reunidos era no sólo secundario sino el único prescindible porque ni siquiera votaba–, podía vivir la ceremonia iniciática que representa toda investidura con la extraña singularidad de que, justo a la vez, uno está viviendo la hora del adiós.

Sé que es irrelevante, que seguramente pocos se acordarán de él cuando pasen algunas semanas, pero no dejaba de atraerme Checa en sus últimos momentos como personaje público. Vi que, a diferencia de los diputados, no tuvo ni un folio sobre la mesa. Ni una tableta, ni un móvil. Que ocupó la tarde del martes y la mañana del miércoles en jugar mucho con las manos: en tamborilear los dedos contra la madera, en construir círculos y elipses con el cable del teléfono. Aplaudió cuando los diputados populares aplaudían a José Antonio Monago, pero no estuvo en el Pleno; se le veía lejos de allí. Y cuando terminó la investidura y los socialistas se abrazaron, vi a Checa salir del hemiciclo con pasos cortos, quizás sintiendo con alivio consumada la hora del adiós.

 

 

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Naranjas
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Antonio Tinoco Ardila | 01-07-2015 | 06:11| 0

 

El domingo Manuel se despidió de las naranjas. Lo supe cuando lo vi llorar. Por la mañana, como despreocupadamente, me había dicho: “Tráeme alguna naranjita, que la fruta que me ponen es como un potito de bebé”.  Así que al mediodía me acerqué al mercadillo y compré dos kilos de unas naranjas que me dijo el frutero que eran chilenas o argentinas, no me acuerdo bien. Era lo que había. Cuando fui ya estaban recogiendo y la explanada del mercadillo se iba pareciendo a un vertedero donde decenas de bolsas blancas iban volando mecidas por un viento sin criterio, como pájaros borrachos. Cuando le enseñé a Manuel la bolsa en la que le traía las naranjas me dijo: “guárdalas, guárdalas, y nos las comemos en la cena”. Lo dijo bajando la voz, como si fuera un secreto. Le seguí la corriente, me puse el dedo en la boca mandándome callar y las metí en el armario, donde todavía estaba la ropa con la que ingresó.

Aquella brizna de buen humor se prolongó hasta el momento en que, después de comer la crema de espárragos y el puré de ternera de la cena, me pidió que le pelara una naranja. No quería la compota de albaricoque y manzana del menú. “Parece un potito”, me dijo de nuevo. Se la pelé, le separé los gajos, se los dispuse en el plato componiendo una especie de emoticono feliz –la boca sonriente, la nariz torcida (le dije que aquel señor se había roto el tabique nasal al chocarse contra una farola y conseguí arrancarle una pequeña sonrisa), dos cejas circunflejas como de ZP…– y él se los fue comiendo despacio. Yo lo miraba por el rabillo del ojo, medio de espaldas, mientras hacía como que ordenaba los cuencos en la bandeja de la cena. Manuel iba masticando los gajos lentamente hasta que dejó de hacerlo. Entonces se quedó inmóvil, se le fue abriendo la boca de ese modo en que no es posible evitarlo a pesar de que haces un esfuerzo por mantenerla cerrada y, también lentamente, el zumo de la naranja primero y después la pulpa fue saliéndosele por las comisuras, se le derramó por el mentón y manchó la sábana. Luego le brotaron las lágrimas incontenibles y de su boca salió apenas un rumor sordo, un siseo gutural, la soledad sonora de su pecho. No gimió. No se sorbió los mocos. Cogía aire sin ruido y seguía llorando. El llanto de Manuel era tan callado que yo no podría haberme enterado de él si no hubiera estado observándole. No quise que notara que me había dado cuenta. Hice como que trasteaba con la bandeja de la cena, me entretuve en tapar los cuencos donde le habían traído la crema de espárragos y el puré de ternera y, sin saber por qué, me vi tontamente metiendo de nuevo la cuchara usada en la bolsa de plástico en que había venido y doblando con cuidado la servilleta de papel.

Inesperadamente, me brotó una lágrima. Fue una sorpresa. Se cayó, chocó contra la tapadera de uno de los cuencos y se deshizo. Cayó otra y otra más y de pronto vi que, lento y tembloroso, un hilo de saliva bajaba desde mi boca abierta hacia la bandeja de la cena. Me agarré a ella sin ruido. De espaldas a Manuel.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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