Hoy

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Alta política en El Torviscal
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Antonio Tinoco Ardila | 15-02-2017 | 07:19| 0

La historia la contaba este periódico el pasado domingo pero la recuerdo ahora porque temo que, entre el diluvio informativo sobre los congresos del PP y Podemos, pasara inadvertida: es la historia compartida de Mohamed, un niño saharaui de ocho años que vive en los campamentos argelinos de Tinduf y que padece leucemia, y la de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez, que viven en El Torviscal, una pedanía de Don Benito de poco más de 500 habitantes. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez pertenecen a la Asociación AMAL de Amigos del Pueblo Saharaui, y a través del grupo de whatsapp que comparten los miembros de la asociación se enteraron el pasado diciembre de la delicada situación en que se encontraba Mohamed. No eran buenas noticias: lo estaban tratando en Argel, pero las condiciones en que recibía el tratamiento no permitían albergar esperanzas sobre si podría superar la enfermedad.

Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez se comprometieron a acogerlo y, desde el 27 de diciembre, día en que llegó a España y día en que conocieron a Mohamed, hacen con él lo que haría cualquier padre con cualquier hijo: llevarlo y traerlo del médico, que en este caso no es el consultorio del pueblo, sino la Unidad de Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Badajoz, que está a 120 kilómetros de distancia de El Torviscal. Son días de idas y venidas, algunas veces a revisión, otras a sesiones de quimioterapia. Mohamed está de suerte: Cristina es limpiadora (tiene contrato hasta junio), pero Juan Carlos no tiene trabajo, así que siempre está disponible para coger el coche.

Los médicos dicen que el mejor tratamiento de Mohamed sería un trasplante de médula. Quienes más probabilidades tienen de ser donantes son cuatro hermanos que viven en Tinduf, pero la burocracia argelina no les hace el pasaporte para viajar y someterse a los análisis de compatibilidad. Y el tiempo no sobra: el estado de salud de Mohamed es cada día más comprometido. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez han difundido la historia de Mohamed a través de HOY para apremiar a Argelia a que permita sin demora salir a los cuatro hermanos del niño. No saben cómo pagarán sus pasajes del avión, pero de ese problema se ocuparán cuando los hermanos de Mohamed tengan el permiso para viajar a España.

Esta es la historia que contaba este periódico el pasado domingo, el día en que los compromisarios dieron a Rajoy todo el poder en el PP y los inscritos de Podemos hicieron lo mismo con Pablo Iglesias. El día en que Trump empezó una redada para deportar a inmigrantes. Rajoy, Iglesias y Trump han sido el centro de un diluvio informativo y pasarán a las páginas de la historia, y de ellos se escribirán ensayos sobre su estatura política. Nada se dirá, sin embargo, de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez. Sus nombres –más allá de su pueblo; más allá de su asociación– se olvidarán en el fragor de los días, y otras historias de amor vendrán a ocupar el espacio que ahora ocupa la suya. Y ningún historiador glosará la lección de alta política que ambos, sin duda sin pretenderlo, están escribiendo desde El Torviscal.

 

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¡Hurra por las sociedades mansas!
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Antonio Tinoco Ardila | 08-02-2017 | 05:19| 1

 

Seguramente recuerden la portada de este periódico del pasado jueves, el día en que iba a viajar a nuestra región el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, para visitar las obras del AVE. Aparecía en ella la imagen de cuatro ministros de Fomento de los que ha habido entre 2008 y la actualidad. Tres de ellos –Magdalena Álvarez, José Blanco y Ana Pastor–, habían hecho visitas similares a la que iba a hacer ese día el actual ministro del ramo, el cuarto que aparecía fotografiado. A cada uno de los tres primeros le acompañaba bajo su imagen una frase pronunciada con ocasión de esos viajes. Eran frases que hablaban de fechas de apertura de la línea, de prioridades políticas, de intenciones maravillosas que, pasado el tiempo, se demostraron falsas, por lo que el único fin que cabe atribuirles era salir del paso y que su autor volviera a Madrid sin sobresaltos.  Bajo la imagen de Íñigo de la Serna había un gran signo de interrogación que significaba tanto una desconfiada expectativa como una advertencia reforzada por el titular “De la Serna, sexta visita de un ministro de Fomento a las obras del AVE regional”. La interrogación parecía decir algo así como: “Señor ministro, a ver qué nos va a decir sobre el tren porque ya han venido cinco antes que usted y no nos creemos nada. Sea, al menos, imaginativo porque aquí ya hemos oído demasiadas buenas palabras que han sido humo”.

El pasado jueves fue una de las contadas ocasiones en que este periódico ha publicado una portada ‘editorializante’, es decir, en que la intención informativa cotidiana de las portadas de HOY decaía ante una explícita toma de partido. Esa novedad dio lugar a numerosos comentarios, de tal manera que la primera página del HOY fue uno de los elementos relevantes que rodearon a la visita del ministro.

Traigo aquí este asunto de la portada del jueves no para hablar de una excepción en la línea informativa de este periódico, porque eso sería una discusión más o menos académica entre periodistas, sino porque las reacciones de sorpresa que suscitó esa portada tienen un significado social: marcan con cierta exactitud el grado de nuestra temperatura rebelde.

Los extremeños no sabemos vestir el traje de la protesta. Aquí establecemos records en número de parados; records en la caída de la población ocupada; contamos empleos y resulta que nos faltan 50.000 para igualar a los que había antes de la crisis; colmamos nuestras aspiraciones laborales con trabajos de temporada; vemos cómo el conjunto de España se va reponiendo de los estragos de la recesión y cómo pasan los años y nosotros cada vez somos más pobres… Todo eso nos pasa y seguimos sin que desde fuera –ni dentro– oigan de nosotros una voz más alta que otra. Reivindicar, exigir, rebelarse no goza de prestigio en esta tierra, y por eso nos llama la atención cuando alguien –pongo por caso este periódico el pasado jueves–, expresa un descontento, por muy generalizado y justificado que esté.

“¡Un hurra por las sociedades mansas!”, deben decir cuando, por casualidad, miren hacia Extremadura desde Madrid (y desde Mérida).

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Privilegios de periodista
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Antonio Tinoco Ardila | 01-02-2017 | 07:59| 0

No pueden ni imaginarse los privilegios que por el trabajo que desempeñamos tenemos a nuestro alcance los periodistas. Yo he disfrutado de incontables privilegios –y lo que te rondaré, porque se me hacen los dedos huéspedes de los que me quedan por disfrutar—, y de entre ellos no es el menor el haber asistido desde un magnífico asiento –la mayor parte del tiempo desde el que me proporcionaba la Redacción de este periódico–, al espectáculo de ver cómo poco a poco se iba desarrollando el programa de trasplantes de órganos en la Sanidad extremeña. Desde aquellos años –hace más de 25– en que sonaba el teléfono y era el entonces gerente del Infanta Cristina, Dámaso Villa, anunciando con una alegría que no podía disimular que había habido una donación de órganos y de resultas de la cual se había trasplantado un riñón, o dos, en el hospital; o era Melchor Trejo, presidente de Alcer, que daba una rueda de prensa animando a la gente a que se hiciera con el carnet de donante. No tenía efectos prácticos, era sólo un gesto, pero aquel trozo de cartulina te iba brincando en la cartera y uno, con toda la razón, lo sentía como un íntimo secreto solidario y, a la vez, como una orgullosa declaración de intenciones; o era Julia del Viejo.

Julia Del Viejo merece un punto y aparte.  Porque se encargó durante años –y lo hizo hasta que apenas le quedaba vida— de un asunto más delicado si cabe que el de hacer que el riñón, el corazón o el hígado de un cadáver burle al destino y continúe viviendo y dando vida a otra persona. Ella se encargaba de lograr que los familiares de un candidato a donante digan sí a la donación en lugar de decir no justo en el terrible momento en que acaba de morir. Hubo un tiempo en que Extremadura aparecía en los primeros lugares de España en negativas de las familias de los posibles donantes a que se les extrajeran los órganos para implantarlos en quien los necesitara. Ahí, en ese ‘no’, acababa todo el esfuerzo de la ciencia y, más decisivo, también acababan las esperanzas –algunas veces exactamente las esperanzas de seguir viviendo—de los candidatos a recibir un órgano. Julia del Viejo encabezó el grupo de profesionales sanitarios que cambió la ominosa estadística que nos señalaba a los extremeños entre los insolidarios de España. Un estigma del que nos libró al lograr rebajarla por debajo de la media, donde ahora se encuentra.

He recordado todo esto al leer hace unos días en este periódico los datos que ofrecieron el consejero de Sanidad y el gerente del SES sobre la donación de órganos y trasplantes en nuestra región del año pasado: en Extremadura se hicieron 194 trasplantes en 2016; la tasa de donación fue de 42 por millón de habitantes, por encima del objetivo de la Organización Nacional de Trasplantes para el año 2020; y las negativas familiares representaron el 13%, tres puntos por debajo de la media nacional. Pueden parecer datos fríos, pero sería un error que nos los tomáramos así. En realidad, y a pesar de lo que queda por mejorar, son un orgullo colectivo que este oficio mío me proporcionó el privilegio de ver crecer.

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El Estado malvado
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Antonio Tinoco Ardila | 25-01-2017 | 07:27| 0

El pasado domingo este periódico dedicó su foto de portada y las páginas 3 a 5 para dar cuenta de cómo han vivido las dos familias de las víctimas extremeñas del Yak 42 el último episodio de lo que fue la mayor tragedia de la aviación militar española en tiempos de paz: el dictamen unánime del Consejo de Estado, que ha reconocido 14 años después que el Estado pudo evitar, y no lo hizo, el accidente en el que murieron 75 personas (de ellas, 62 militares españoles) cuando regresaban de su misión en Afganistán. De ese dictamen, como se sabe, se ha derivado la posterior petición de perdón de la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, a las familias de las víctimas.

Atravesaba el reportaje el inmenso dolor de los familiares de los dos militares extremeños fallecidos, el sargento de 29 años natural de Montehermoso Juan Jesús Nieto Mesa, y el cabo primero Feliciano Vegas Javier, de 33 años y natural de Moraleja. Sin embargo, lo que establecía ese reportaje con mayor precisión no era, con ser mucho, el dolor acrecentado por la incredulidad; por el silencio del Ministerio de Defensa durante las primeras y angustiosas horas; por las miserables sospechas de algunos mandos militares, que atribuyeron a los familiares de las víctimas aspiraciones de sacar tajada económica de la tragedia; por el viaje a Turquía en busca de respuestas que aquí no les daban… Tampoco era la orfandad ante la desesperada búsqueda de restos de cuerpos, que los familiares de Juan Jesús Nieto tuvieron que añadir al dolor de su muerte porque fue uno de los 21 cadáveres confundidos, de manera que estuvo enterrado durante más de un año en una sepultura de una pedanía de Murcia mientras en el cementerio de Moraleja estaba el del subteniente del Ejército del Aire Joaquín Álvarez, asturiano y con residencia familiar en Zaragoza. No era eso sólo lo que se veía en el reportaje, era –la maestría del periodista Antonio Armero lo hacía posible– la distancia infinita entre quienes en aquellos días de mayo del 2003 detentaban el poder del Estado y los que murieron en una campa de Turquía cuando su avión, una chatarra volante, se desplomó contra el suelo. Una distancia que no explicaba la que hay entre la vida y la muerte, sino la que, más precisamente, hay entre la gente decente y los que tienen una forma de vivir que los incapacita para reconocer el valor de la vida de los que mueren cumpliendo con su deber.

Quizás nunca como en este caso del Yak 42 el Estado –un Estado democrático, no se olvide– ha sido tan malvado con sus servidores. Y lo seguirá siendo mientras, no la actual ministra, sino el máximo responsable del Ministerio de Defensa de esos días –Federico Trillo, que fue mercenario con el dolor de las víctimas— no pague siquiera algo de la inmensa deuda moral contraída. Pudo hacerlo hace unos días, cuando se despidió de la embajada española en el Reino Unido, la regalía de la que tan indignamente disfrutaba por nuestra cuenta. No lo hizo. Quizás lo peor que pueda decirse de ese hombre es que a nadie sorprendió que no tuviera ese coraje.

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Policías del pensamiento
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Antonio Tinoco Ardila | 18-01-2017 | 07:43| 0

Durante los últimos días he sido espectador perplejo de la campaña impulsada por la Red Feminista de Extremadura (RFE), el PSOE de Badajoz y el Círculo Feminismos Podemos Badajoz (pido disculpas si omito alguno) para que los colegios de Aparejadores de Cáceres y de Farmacéuticos de Badajoz impidieran que en sus sedes se celebrara la conferencia titulada ‘Cuando nos prohibieron ser mujeres y os persiguieron por ser hombres’, de la filóloga y militante de Vox Alicia V. Rubio. La campaña, toda vez que la conferencia está organizada por el Aula HOY, exigía también a este periódico que la cancelara e incluso pidiera perdón por programarla. Las razones por las cuales estos colectivos consideran que Rubio no debe hablar en ese foro es por “neomachista y homófoba” y, según el texto de petición de firmas a favor de la prohibición que RFE ha alojado en la plataforma Change.org, también porque defiende que “los hombres por naturaleza deben liderar y las mujeres por su biología están destinadas a cuidar y deben reducir su acción al ámbito doméstico”. Esta posición no significaría sólo expresar una opinión, sino “ser cómplice y promover la violencia” contra las mujeres y contra los homosexuales y transexuales. La campaña ha logrado algún éxito, puesto que el Colegio de Aparejadores de Cáceres declinó acoger la conferencia, que se celebró anoche en un hotel de la ciudad. La prevista esta tarde en Badajoz se mantiene en el Colegio de Farmacéuticos, una decisión que le honra.(*)

Hay muchas cosas dolorosas en esta historia: una es comprobar cómo algunos de nuestros representantes sólo están dispuestos a defender la libertad de expresar ideas mientras coincidan con las suyas. Se delatan como demócratas de conveniencia. Si hoy tenemos que explicar que la democracia consiste en respetar las ideas de los otros y que ese ‘ideas de los otros’ significa precisamente ‘las ideas distintas a las mías’ es que tenemos una concepción sólo oportunista de la libre convivencia. La libertad de expresión en que se ampara Alicia V. Rubio para decir lo que dice es la misma –ni más ni menos valiosa– a la que se acogen sus detractores para sostener lo contrario. Exigir que se le impida hablar anula sus discursos a favor de la tolerancia y alimenta dudas sobre la solidez de sus ideas. La libertad consiste en que cada persona pueda lanzar mensajes que nieguen o critiquen la visión del mundo de los demás. Incluso que sus ideas ofendan, como pueda ser este caso.

Pero también es doloroso constatar cuán corta es la memoria de gente perteneciente a colectivos históricamente perseguidos y qué poco parece que han aprendido del sufrimiento que les causó esa persecución. Estoy pensando en los homosexuales y transexuales, pero también en los socialistas. Observar el empeño que ponen algunos de ellos –o algunos de los que hablan en su nombre– en ordenar el tráfico de ideas y en convertirse en policías del pensamiento es comprobar el entusiasmo con que han adoptado la conducta de quienes hicieron lo posible por silenciarlos. Es la misma que practican ahora con quien no les gusta. Un triste espectáculo.

(*) Reproduzco aquí, como siempre, el artículo que salió el martes en HOY. Eso significa que ‘ayer’ es el lunes pasado y ‘esta tarde’ es la tarde del martes. No incluyo en el artículo nada sobre la concentración que hubo en las puertas del Colegio de Farmacéuticos de personas contrarias a las tesis defendidas por la conferenciante, con la lectura de un manifiesto.

 

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Una lectura de provecho
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Antonio Tinoco Ardila | 11-01-2017 | 06:49| 1

Si ustedes me exigieran que este artículo sirviera para algo más que para justificar la tinta que contiene no se me ocurriría mejor cosa que decirles: “Acaben apenas esta frase que están leyendo, dejen el periódico sobre la mesa, corran a la librería más próxima y háganse con el ‘Manual para mujeres de la limpieza’, de la norteamericana Lucia Berlin”. Pero si me preguntaran por qué recomiendo ese libro con tanto ahínco como para conminarles a que salgan de casa sin despedirse y aun olvidando el abrigo en el perchero, no sabría darles una explicación razonablemente convincente. Porque Lucia Berlin no cumple ni de lejos con el canon de lo que podríamos considerar una escritora: no tiene ‘obra’, sólo escribió 77 relatos en sus 68 años de vida, es decir, sale a poco más que a un relato por año, algunos de no más de un folio, la mayoría de tres o cuatro y el más extenso ¿quizás 30 páginas?

Ni siquiera ella tenía muy claro si era o no una escritora aunque en algún momento hablara del relato que estuviera escribiendo como si fuera uno de sus quehaceres. Nunca tuvo conciencia de que sus textos tuvieran trascendencia literaria a pesar de que alguno de ellos fue premiado y su libro –ese libro que es ahora celebrado en medio mundo– es apenas una recopilación de textos reunidos en 2015, once años después de muerta. Su prosa es tan poco brillante que de su lectura no ha quedado en mi memoria rastro de un párrafo rotundo o una frase feliz; la estructura de sus relatos es tan simple que algunos están toscamente rematados o directamente sin siquiera rematar y quedan colgados de la última frase como si el mundo hubiera echado el freno justo en el instante en que el columpio en el que estamos alcanzó su cénit y el lector, abandonado ahí, se asoma al abismo del punto final. Y, por si fuera poco, no hay en los relatos de Lucia Berlin otra cosa que no sea la vida azarosa de Lucia Berlin porque nunca se salió de eso que se ha dado en llamar autoficción, que es un modo de escribir fabuladamente de uno mismo quizás porque no hay talento para que la imaginación emprenda un vuelo más arriesgado.

Y sin embargo, contra todas las cosas, ese libro es un arrebato, es un huracán con tanta literatura dentro que no podrán leerlo sino de a poco, con la misma disciplinada posología con que cualquiera lee a Machado. Pone tanta emoción Lucia Berlin en lo que cuenta que su libro querrán tenerlo cerca porque su ausencia les terminará inquietando; hay tanta alegría y tanto dolor y risa y amargura y libertad y entrega y pasión en sus frases llanas que se apoderará de ustedes y les birlará el ánimo y recibirán su lectura con risas y lágrimas, atropellada o sosegadamente o como Berlin quiera, como Berlin los lleve y los traiga, los zarandee, los acogote o los acaricie o los bese… Como Berlin elija el modo en que ustedes se enamoren de ella. Porque se enamorarán. Esa mujer –bellísima, por cierto—les enamorará y no podrán vivir sin leerla.

Y yo quedo contento porque Lucia Berlin me da la oportunidad de que esta columna sea una lectura de provecho.

 

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Finlandia, tan lejos
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Antonio Tinoco Ardila | 05-01-2017 | 10:48| 0

Hace unos días leí en el diario ‘El País’ que el gobierno conservador de Finlandia estudiaba aprobar una renta universal para cada finlandés. La razón era que la creciente e imparable incorporación de la inteligencia artificial al proceso productivo y la consiguiente mecanización en la producción de bienes y servicios iba a tener dramáticas consecuencias en el trabajo. Habida cuenta de que cualquier finlandés está expuesto a ese peligro, la renta universal que estudian quería decir eso, renta para todos (se entiende, no obstante, que para todos los mayores de edad), con independencia de cualquier circunstancia y de sus recursos económicos: una renta por el hecho de vivir. La medida la ha implantado a modo de experimento en 2.000 personas seleccionadas aleatoriamente de entre las que habían cobrado el paro en los últimos meses y a las que desde este mes de enero y hasta diciembre del 2018 se les iba a dar 560 euros al mes libres de impuestos. Con ello, el gobierno finlandés –vuelvo a decirlo: de ideología conservadora; para entendernos, correligionarios del PP—  quiere analizar cómo emplean los beneficiarios esa renta inesperada que les ha caído del cielo –que en Finlandia, por lo que se ve, lo tienen tan cerca de sus cabezas que es el Estado– para luego, si la experiencia es positiva, trasladarla al conjunto de los ciudadanos.

Lo que más me sorprendió de la información no era el hecho en sí de que Finlandia estuviera estudiando dar una renta a sus ciudadanos (medidas similares están estudiando otros países) sino que ninguno de los funcionarios que estaba trabajando en esa idea diese por hecho que la reacción de los beneficiarios que participan de ese experimento fuese la que podría tener mucha gente en España –triunfarse los 560 euros y, si es posible, no trabajar más o seguir trampeando haciendo chapuzas,–, sino que serían una oportunidad para emprender nuevos negocios y probar con nuevas ideas. Y precisamente para que fuera así, una de las condiciones que consideran necesarias, además de la subida de impuestos a las empresas y a los más ricos, es que, previamente a su implantación, debían subir los salarios significativamente, de modo que la renta universal no represente más que un complemento, algo así como la guinda en el pastel.

La noticia rompía mis esquemas no sólo porque la renta universal sea un asunto que aquí ni podemos soñar –ya ven la dificultad que hay para desarrollar una renta básica que alcance a las personas que objetivamente la necesitan, cuanto más una renta para todos—, sino porque es preciso mucha confianza entre el Estado y sus ciudadanos para adoptarla. Ahí, justo en ese punto de la confianza, es donde veo la distancia entre Finlandia y los finlandeses y España y los españoles, porque aquí la desconfianza de los ciudadanos hacia el Estado y del Estado hacia los ciudadanos es nuestro modo de vivir. Establecerla –no restablecerla, porque nunca la hemos tenido— podría ser un magnífico propósito, y de beneficios históricos, para este año que comienza.

 

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Un rejón a la enseñanza
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Antonio Tinoco Ardila | 28-12-2016 | 06:55| 1

Un titular en la página 3 de la edición del sábado de este periódico me llamó la atención: “Educación rebaja a 145 las plazas de las oposiciones para paliar ‘el efecto llamada’”. Según la información, la primera intención de la Junta era sacar a oposición el año que viene 335 plazas de Secundaria, pero finalmente saldrán 190 menos porque es el número de plazas de las especialidades sobre las que también habrá oposiciones en 2017 en otras comunidades. El resto de plazas inicialmente previstas se acumularán a las que fueran a salir a oposición en 2018. Esta decisión se toma para que quienes se presenten en Extremadura no tengan la competencia –o tengan menos– de opositores no extremeños.

La decisión de reducir plazas de Secundaria que saldrán a oposición en 2017 obtuvo el apoyo de 4 de los 5 sindicatos con representación en el sector de la Enseñanza –CC OO se opuso, pero por no estar de acuerdo en la distribución de plazas por especialidades—, así como la satisfacción de la consejera de Educación, Esther Gutiérrez, quien dijo que la propuesta “responde al interés general y se basa en consolidar el empleo docente”.

Siempre me ha parecido una incongruencia que la Junta de Extremadura –-y el resto de gobiernos autonómicos— se preocupe tanto por evitar ‘el efecto llamada’ a las oposiciones de profesores. Porque cada vez que lo hace le clava un rejón a la enseñanza, de cuya mejora se proclama tan interesada. Es fácil de entender: si evitamos ‘el efecto llamada’ estamos limitando la adjudicación de plazas a los opositores extremeños, por lo que el sistema educativo de nuestra región estará perdiendo la oportunidad de que esas plazas las ocupen, en lugar de los mejores opositores extremeños, los mejores opositores de España, los cuales serán –no todos, pero sí algunos por mera estadística–, mejores que los extremeños.

Lo que quiero decir es que el interés general del que habla la consejera lo veo justo al revés de como lo interpretan ella y los sindicatos, porque la mejora de la enseñanza extremeña –ese es el interés general; no el particular de los opositores– vendría no por evitar el ‘efecto llamada’, sino por lo contrario: por buscarlo.

Nuestros políticos tienen a gala no estar contaminados por el virus del nacionalismo, e incluso miran por encima del hombro a catalanes  y vascos, a los que consideran, y con razón, presos de la visión aldeana consustancial a su ideología. Sin embargo, no logro ver otra cosa que un ramalazo de nacionalismo empobrecedor –y de falta de coraje político– en la actitud de nuestras autoridades ante las oposiciones en la enseñanza. Claro que a nadie importa. Ni siquiera a las asociaciones de padres de alumnos, cuyo elocuente silencio es quizás lo más preocupante. No he tenido la suerte de oírles decir ni mu nunca en este asunto, a pesar de que si cualquier niño lo preguntara pondría en un aprieto al padre que intentara explicarle –sin apelar a argumentos que nada tienen que ver con su educación– por qué es mejor un profesor de Matemáticas o Biología de Cáceres o Badajoz que de Málaga, Soria o Zaragoza.

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El momento de envejecer
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Antonio Tinoco Ardila | 21-12-2016 | 07:24| 0

A mi padre le gustaba gastarme bromas. Una de ellas parecía imposible de creer incluso en el momento en que me la hizo, cuando yo tendría 8 o 9 años. Fue una de las primeras veces que, desde Higuera de Vargas, mi pueblo, vinimos a Badajoz en el Renault 4 mi hermano Manolo, mi padre y yo. Por aquel entonces apenas había semáforos en la ciudad y los guardias urbanos –eran de los que tenían un casco blanco que parecía un salacot y unos abrigos abrochados hasta el cuello–, dirigían el tráfico en los cruces y desviaban los coches a un lado y a otro haciendo indicaciones enérgicas con las manos metidas en guantes, también blancos y como de hule, que les llegaban casi hasta los codos. Unas veces a la derecha, otras a la izquierda. Y otras más nos daban paso para que continuáramos adelante. La resolución de aquellos hombres me llamaba tanto la atención que le pregunté a mi padre cómo sabían los guardias hacia dónde nos dirigíamos. Él improvisó una respuesta mucho mejor que la pregunta: “porque esta mañana, antes de salir de casa, he llamado por teléfono al cuartel de los guardias urbanos y les he dicho que vendríamos a Badajoz para ir a la Plaza de la Soledad y cada guardia, al ver la matrícula de nuestro coche, sabe a dónde vamos y nos manda por la calle que corresponde”.

Hasta mucho tiempo más tarde, cuando el asunto de los guardias salió a relucir de nuevo, no formaron en mi casa un jolgorio a costa de mi inocencia y me hicieron caer en la cuenta (¡¡aaayyy, cabeza de chorlito!!) de que los coches tienen intermitentes para indicar a los guardias la dirección hacia la que van sin que haya que informarles antes de salir de casa.

No me molestó que mi padre me hubiera tomado el pelo en aquella ocasión en que fuimos él, mi hermano y yo a la Plaza de la Soledad. Al contrario: la asombrosa capacidad de los guardias urbanos de Badajoz de saber por dónde tendría que ir cada coche para llegar a su destino –que yo creí a pies juntos; no me dirán que no era lo suficientemente fantástica como para merecer la pena creerla– fue una prueba más de que aquel viaje estaba consagrado a recordarlo así me muera con cien años. Porque todo lo que hicieron los guardias en aquel viaje fue llevarnos hasta Deportes García-Hierro, donde mi padre nos compró a mi hermano y a mí nuestras primeras botas de tacos. Eran un quiero y no puedo: unas botas de lona negras –las de cuero eran muy caras– con una suela con tacos de goma que mi hermano y yo nos estuvimos probando un rato largo, haciéndonos los interesantes mientras un dependiente se agachaba para ajustárnoslas y para preguntarnos qué tal estábamos con ellas.

El fútbol nos ha dado momentos maravillosos. Uno de esos fue en esa tienda de la Plaza de la Soledad que siempre olió a guarnicionería y de donde mi hermano y yo salimos con la caja de nuestras primeras botas bajo el brazo y con una dicha que hasta hoy, 50 años después, estaba lozana como si hubiera permanecido conservada en ámbar. Pero ha bastado que el lunes  pasado este periódico informara  de que Deportes García-Hierro cierra para siempre para que empiece a marchitarse. Y yo a envejecer.

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Balones fuera
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Antonio Tinoco Ardila | 14-12-2016 | 06:49| 0

En los últimos días ha habido dos malas noticias en Extremadura: los resultados del informe PISA sobre el nivel educativo de nuestros alumnos de 15 años y el cierre de seis quirófanos en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres debido a una invasión de moscas. Ambas han sido, qué duda cabe, preocupantes. Pero no sabría decirles qué es lo que me ha preocupado más, si las noticias en sí o las explicaciones que ha dado la Junta en relación a ellas. Lo digo porque si uno de los indicios sobre la solvencia de un gobierno es su disposición a responsabilizarse de las cosas que ocurren durante su gestión, en los últimos días el gobierno de Fernández Vara ha dado algunas muestras bastante elocuentes de insolvencia. Tanto la invasión de moscas en los quirófanos como el informe PISA han sido despachados desde la Junta echándole la culpa a los demás, es decir, al anterior gobierno del PP. El consejero de Sanidad José María Vergeles, primero, y el gerente del SES, Ceciliano Franco, después, derivaron la responsabilidad a la falta de mantenimiento del centro sanitario en los años en que gobernó Monago. Sólo ante la hipótesis científicamente inverosímil de que esa colonia de moscas invasoras de quirófanos fuera de una especie que necesita 16 meses para alcanzar el estadio adulto –es el tiempo que lleva gobernando de nuevo el PSOE– podría admitirse, al menos en teoría, la queja del consejero y del gerente del SES. Y aun así la excusa sería endeble, puesto que en el mejor de los casos lo que revela este episodio es que nadie en ese hospital habría reparado, y han tenido más de un año y medio para hacerlo, que los quirófanos necesitaban las actuaciones necesarias para que no hubiera contaminación externa que pusiera en peligro su asepsia. Que sean las moscas las que tengan que avisar de la falta de mantenimiento de los quirófanos indica lo poco avisados que están quienes tienen la obligación de mantenerlos limpios.

Y sólo ante un ejercicio de memoria selectiva más sorprendente aún que en el caso de las moscas en los quirófanos, puede achacársele a los cuatro años que gobernó el PP los resultados de PISA como lo ha hecho el secretario de Educación, Rafael Rodríguez de la Cruz. La realidad es que los resultados del último informe no difieren sustancialmente de los habidos en la anterior evaluación de 2013 –es decir, seguimos a la cola de la Educación en España–, ni tampoco de los sucesivamente recogidos en 2010 y antes cuando Extremadura estaba gobernada por el PSOE y no participaba específicamente de la evaluación de PISA pero sí formaba parte de la muestra analizada para el conjunto de España. Cabe recordar, en este sentido, que uno de los aciertos del PP fue precisamente incorporar la educación extremeña a la evaluación de PISA para que se pudieran sacar conclusiones específicas sobre nuestro sistema educativo y tomar decisiones en consecuencia.

Sin embargo, las primeras decisiones tomadas por la Junta han sido echar balones fuera. Es decir, hacerse la irresponsable. Mal asunto.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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