Hoy

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Adel Najjar, imán de Badajoz
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Antonio Tinoco Ardila | 14-06-2017 | 05:42| 1

El pasado viernes, Adel Najjar, el imán de la mezquita de Badajoz, me invitó junto a otras personas de los medios de comunicación, de los grupos políticos de la ciudad y vecinos del barrio del Gurugú, donde está la mezquita, a que compartiéramos la cena que iban a tomar él y otros musulmanes para poner fin al ayuno del Ramadán.

Conozco a Adel Najjar desde hace, quizás, treinta años, cuando aún estaba reciente su decisión de dejar la carrera de Medicina, por la que había venido a Badajoz desde su Palestina natal, para crear una modesta mezquita en la que los escasos musulmanes que había en la ciudad pudieran reunirse en torno al Corán. La mezquita estaba en una casa de la calle Santa Lucía y allí hizo este periódico un reportaje que hablaba sobre qué significaba el Ramadán, sobre los musulmanes en Badajoz y también sobre aquel joven imán, Adel Najjar. Fue su primera aparición pública y siempre que puede recuerda el agradecimiento que tiene a HOY porque aquella información supuso para él y para la mezquita una feliz presentación de los musulmanes ante la sociedad.

Desde entonces, Adel Najjar, con la callada tenacidad de la hormiga, ha ido tejiendo una red de relaciones basadas en el respeto y en la defensa del valor de la convivencia, de tal manera que ha hecho de la mezquita de Badajoz, además del lugar de oración que es para los cada vez más numerosos musulmanes, un punto de encuentro en el que todos, tengan la religión que tengan o no tengan ninguna, se sienten como en casa. El sitio que la mezquita tiene y el papel que ocupa Adel Najjar en el Gurugú lo explicaban durante la cena del pasado viernes algunos vecinos, cuando contaban con un cierto tono zumbón que es este imán, que lleva ya allí veinte años, el que, cuando un nuevo cura llega a la parroquia, lo pone en antecedentes de lo que pasa y de quién es quién en el barrio.

La ciudad de Badajoz debería sentirse afortunada de tener entre sus vecinos a Adel Najjar porque su manera de tratar a los demás es un antídoto contra los prejuicios sobre el Islam. Najjar representa la oportunidad cercana de conocer los fundamentos de una fe que, como la cristiana, predica la paz y la concordia entre todos los hombres y –lo más importante- cumple con ese compromiso desde que abrió la mezquita.

No tengo la menor duda de que Ignacio Echeverría, el joven que trató de impedir con su monopatín que tres terroristas siguieran acuchillando gente en Londres y que pagó ese gesto de auxilio con su vida, es para el imán de Badajoz exactamente el mismo héroe que para usted y para mí, y que la única diferencia entre usted y yo y Adel Najjar ante este o cualquier otro atentado cometido en nombre del Islam, es que él tiene que añadir al dolor por las víctimas la rabia y la amargura de que los terroristas pongan como excusa para el asesinato al dios por el que él abandonó la carrera de Medicina y por el que ha edificado una mezquita.

A Adel Najjar no debería abandonarle el consuelo de que para quienes lo conocemos el Islam siempre será él, nunca los terroristas del Estado Islámico.

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Morales, ese hombre
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Antonio Tinoco Ardila | 07-06-2017 | 04:54| 0

Llámenme ingenuo, pero yo estaba atento al congreso provincial del PP de Badajoz, que ha tenido lugar durante el pasado fin de semana, porque esperaba que se produjera el relevo de Juan Antonio Morales como secretario general. Imaginaba que el congreso era la ocasión de quitárselo de encima menos costosa para la imagen de alguien que, al fin y al cabo, es diputado regional. He aquí una prueba más de mi arraigada incapacidad, por larga y por profunda, para entender la mayoría de las decisiones que toman los partidos políticos.

Y es que me había hecho a la idea, fíjense lo sansirolé que puedo llegar a ser, de que el PP, en el fondo, quería darle puerta. Me había creído que José Antonio Monago, cuando se preguntaba ‘¿qué le debo yo al franquismo?’ la respuesta era ‘nada’ y que precisamente por eso no iba a cargar con la factura que le había endosado Morales; me había creído a Fernando Manzano y a Francisco Javier Fragoso, cuando decían que le habrían impedido a Juan Antonio Morales ir a ningún sitio de haber sabido con antelación que se aprestaba a asistir a una asamblea de la Fundación Francisco Franco en la que, además, le iban a premiar con el título de ‘Caballero de Honor’ y, por si no había tenido suficiente con que lo llamaran así en aquel sitio, no iba a poner reparos a que añadieran que había tenido una “labor destacada en defensa de la verdad histórica y de la memoria del Caudillo y su gran obra”.

No sé por qué, la verdad, pero quizás sólo porque quería creerlo me había convencido de que los dirigentes del PP no es que fueran a hacer una manifestación por las calles de Lobón, el pueblo de Morales, ni por los pasillos de la Asamblea pidiendo que lo crucificaran, pero sí algún gesto que pudiera ser entendido como que le afeaban su fea conducta. Un gesto que esperaba que se produjera en el congreso.

Pero quia; nada de lo que me había imaginado en mis cortas luces ha ocurrido. Y aquí estoy, doliéndome del costalazo que me he dado al caerme del guindo y ver que ahí sigue Juan Antonio Morales. Quiero decir: ahí lo sigue llevando como mano derecha del partido en la provincia Francisco Javier Fragoso, quien podrá decir en su descargo que no está solo, pues le han dado su apoyo 856 de los 865 compromisarios sin ningún voto en contra, ni siquiera uno que pudiera haber emitido alguien aunque sólo hubiera sido en consideración a su naturaleza de especie en vías de extinción.

¿Qué pensará el PP que es la democracia? Es lo que se me ocurre después de que el congreso de este fin de semana en Badajoz (Bulgaria) haya refrendado a Morales. He aquí otra pregunta de ingenuo porque lo que piensa a la vista está: que es una cosa imprecisa, que unas veces sirve para un roto y otras para un descosido, que no hay mucha diferencia entre defender el estado de Derecho y defender suprimirlo. Que ser demócrata es según me caiga, según me convenga, según me peta: un día me envuelvo en la bandera constitucional y otro en la franquista. ¡Qué más da!

Que ser demócrata viene a ser lo que hace Juan Antonio Morales, ese hombre.

 

 

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Un tribunal que me representa
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Antonio Tinoco Ardila | 31-05-2017 | 06:09| 0

Seguramente saben, porque debido a lo llamativo de los resultados ha sido objeto de reiterada atención por parte de este periódico, que la última oposición del SES de Enfermería de Atención Continuada cubrirá cuatro de las 45 plazas que pretendía por la sencilla razón de que sólo cuatro opositores, de los 1.374 que se presentaron, la han aprobado.

Esos resultados, como era de esperar, han dado para mucha indignación y al SES están llegando decenas de escritos pidiendo la anulación y, consiguientemente, la repetición de este “examen vergonzoso”, según denominación de una de las opositoras que lo suspendieron. Incluso hay convocada una manifestación el próximo 8 de junio para exigirlo en la calle.

Faltaba por conocer la opinión de quienes aprobaron el examen y también de enfermeros con experiencia para tener una visión más detallada de lo que había ocurrido con esa oposición. La periodista Ana B. Hernández cubría esa laguna el pasado sábado con una información reveladora –incluso abría la portada del diario–, en la que se ponía de manifiesto que todas las preguntas del ‘examen vergonzoso’ estaban en el temario de la oposición; y que “el examen se aprueba si se estudia”. Purificación Sánchez y Raquel Álvarez, dos enfermeras que habían obtenido la segunda y tercera mejor nota, zanjaban la cuestión con esas siete palabras.

Estoy seguro de que los resultados han sido frustrantes para muchos de los opositores, que se habrán presentado a la prueba después de haberse estudiado el temario acuciosamente y, a pesar de ello, la han suspendido. Pero, salvados estos, me parecen improcedentes las reclamaciones por la dificultad del examen de personas que, por ejemplo, admiten no haberse estudiado el temario completo. Para ellas siempre, a no ser que medie la suerte, será una prueba difícil; e incluso imposible de todo punto si las preguntas del examen se refieren a contenidos de la mitad del temario que no han estudiado.

Hay una cierta indignación que está muy de moda: la dirigida contra los demás. Los culpables son siempre los otros. En este caso el tribunal que ha puesto un examen “vergonzoso”, no quien pretendía aprobarlo sin estudiarse el temario.

Yo, sin embargo, me siento muy bien representado por ese tribunal, porque su exigencia a los aspirantes a ocupar una de las plazas de Enfermería del Servicio de Atención Continuada de una cualificación excelente y de un profundo conocimiento de la actividad profesional que van a desarrollar es exactamente la misma exigencia de excelencia y de profundo conocimiento de su cometido que la de cualquier eventual usuario de dicho servicio: usted, yo o incluso los aspirantes suspendidos cuando, como cualquier ciudadano, necesitaran ser atendidos.

Un servicio público no es una empresa. Es el resultado de un formidable esfuerzo colectivo cuyos beneficios se miden en bienestar, en cohesión social… en derechos. Por eso, trabajar en un servicio público debería estar reservado sólo a los mejores. Por ejemplo, a los que saben que la única manera de aprobar un examen es estudiar y estudiar y estudiar.

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Miénteme, dime que el futuro será mejor
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Antonio Tinoco Ardila | 24-05-2017 | 06:45| 0

 

 

Julián Carretero, el ya ex secretario de Comisiones Obreras, decía cosas interesantes en la entrevista que publicó este periódico el pasado domingo. Una de las que me llamó la atención es que los extremeños nos mentimos mucho. Carretero se refería a que tenemos complejo de ricos a tenor de lo poco que exigimos (“nos creemos que no necesitamos el tren por la simpleza de tener coche”) y a pesar de que somos una sociedad palmariamente pobre. En este sentido es suficientemente elocuente el dato que daba de que la mitad de las 200.000 pensiones que se pagan en Extremadura tienen que complementarse a través de los Presupuestos del Estado porque con las cotizaciones a la Seguridad Social que habían hecho los beneficiarios en su vida laboral no alcanzarían a la cuantía mínima. Mes a mes y desde que tengo memoria en el periodismo, y van ya 36 años, el Instituto de Estadística constata que las pensiones de los extremeños son las más bajas de España. Podríamos ahora subirnos a la máquina del tiempo para situarnos dentro de otros 36 años: comprobaríamos que el Instituto de Estadística que haya entonces dirá exactamente lo mismo.

Pero también hablaba Carretero de la falta de valentía política –la segunda cara de esta moneda cuya primera cara es la atonía social– para abordar los desafíos que tiene una sociedad envejecida y dispersa como la extremeña. Unos desafíos cada vez más preocupantes porque Extremadura no puede hacerles frente sola y lo que ocurre alrededor no invita al optimismo: formamos parte de un Estado en el que cada vez hay más tensiones disgregadoras (¡madre mía, el delirante borrador de declaración de independencia de Cataluña!), cuya víctima principal es justo lo que necesita esta región: la solidaridad interna. Y, por si fuera poco, España forma parte de una Unión Europea a la que le ocurre exactamente lo mismo y con los mismos resultados.

El futuro, en comparación con lo que tenemos ahora, se presenta, por tanto, comprometido. Si utilizáramos el lenguaje épico de las películas de catástrofes planetarias podríamos decir que, con menos solidaridad del Estado y con pocos o ningún fondo europeo, se acerca a Extremadura un asteroide en trayectoria de colisión. El drama es que mientras tanto nadie, por falta de ese coraje político del que habla Carretero, nos ha dicho todavía que es preciso que dejemos de vivir como si no fuera a pasarnos nada.

Quizás lo prudente sería, antes de que se convierta en inexcusable, empezar a preguntarnos qué futuro nos espera y prepararnos para él si quienes nos podrían echar una mano para al menos desviar la trayectoria de ese asteroide disponen cada vez de menos fuerzas para atender esa misión.

Pero no hay visos de que alguien nos diga la verdad y seguimos como en la película ‘Johnny Guitar’: Johnny pidiéndole a Vienna, su viejo amor, que le mienta y que le diga que todavía lo quiere como él a ella. Y Vienna, hipócritamente compasiva, diciéndole que sí, que es exactamente como él dice, que lo quiere con el mismo amor que él le profesa.

Tal para cual: como nosotros, mintiéndonos.

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Un acontecimiento funesto
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Antonio Tinoco Ardila | 17-05-2017 | 05:58| 0

El escritor norteamericano Adams Johnson distingue entre sucesos y acontecimientos en ‘Huracanes anónimos’, uno de los cuentos que conforman su muy notable ‘George Orwell fue amigo mío’, la obra que le valió el Premio Nacional del Libro del 2015 en los Estados Unidos. Dice Johnson: “La vida está llena de sucesos: pasan y tú te adaptas, te apañas como puedes y sigues adelante, pero de vez en cuando (…) comprendes que hay sucesos que en realidad son acontecimientos. Si alguien deja un chaval en tus manos, acabas de darte de bruces con un acontecimiento. Si tu ex desaparece, no lo puedes ignorar como si nada, eso es un acontecimiento serio. A veces hay cosas que parecen acontecimientos dramáticos –te embargan los ingresos, tu viejo te manga el coche y se larga de la ciudad (…)-, pero con el tiempo te adaptas, encuentras otra forma de hacer lo que venías haciendo y te das cuenta de que en el fondo no te han hecho descarrilar. Que no eran más que sucesos”.

Esta distinción entre sucesos y acontecimientos y lo conveniente que en muchos momentos de la vida resulta distinguirlos porque es frecuente que se presenten enmascarados unos de otros, la deseché desde un principio para tratar de comprender la elección de secretario general socialista, prevista para el próximo domingo. Creo que acerté: no es necesario para este asunto andar con esas sutilezas y mucho más después de ver ayer [por el lunes 15] el debate entre los tres candidatos. Era imposible no percibir que lo que en aquella habitación se cocía (los tonos rojizos del decorado remitían a una cierta lumbre) era, sobre todo, el afilado afán de que el lunes que viene no llegara la paz a la calle Ferraz, sino la victoria. Por todo eso, es inútil preguntarse si la elección de Susana Díaz o de Pedro Sánchez al frente del partido socialista (descarto la posibilidad de victoria de Patxi López con pesar: es el único de los tres que para mí no desmerece el cargo) será un suceso o será un acontecimiento.

Esa pregunta podría haber sido pertinente en otras circunstancias; y también en otras circunstancias la respuesta obvia hubiera sido que la elección en primarias del secretario socialista es simplemente un suceso, es decir, una de esas cosas que pasan y a las que los militantes, el partido en su conjunto, se adapta sin que nada descarrile. Pero comoquiera que no hay ningún indicio que haga presagiar que después de la elección de Pedro o de Susana ese partido retomará el rumbo sin tensiones internas (al contrario: algunos vaticinan una fractura inminente; y hasta una escisión), la respuesta no puede ser otra que lo que va a ocurrir el domingo será un acontecimiento para el PSOE.

Porque el mal ya está hecho: el problema no es que gane Pedro o gane Susana; el problema es que Pedro y Susana se hayan presentado. Una vez formalizadas sus candidaturas, el resultado será el mismo: si gana Pedro habrá ganado el PSOE de Pedro sobre el de Susana; si gana Susana, será el PSOE de Susana el que haya ganado sobre el de Pedro. Gane uno u otra, el partido socialista perderá y se habrá dado de bruces con un acontecimiento funesto. Cuyas consecuencias no pagará sólo el partido socialista.

 

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Que se comprometan otros
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Antonio Tinoco Ardila | 10-05-2017 | 06:37| 0

Hubo un tiempo en que había una izquierda comunista cuya seña de identidad era, por encima incluso de su aspiración a hacer la revolución, su antifascismo. Casi todo podría suceder en aquel tiempo, pero lo que garantizaba esa izquierda que no habría de suceder nunca más mientras tuviera un aliento de vida era el renacer del fascismo: darle una oportunidad, aunque fuera por remota omisión, a que la bota se desperezara era considerado la mayor traición que se podía asestar a su ideología. Era aquella izquierda comunista que llevaba el ‘No pasarán’ en la masa de la sangre.

Me pregunto si ahora existe esa izquierda. Y no es una pregunta retórica. Es, sobre todo, una pregunta dolorosa: el mero hecho de formularla es un indicio, más que de duda, de tribulación. Y es que la respuesta a la pregunta: ‘¿existe una izquierda que se reclama comunista y que, al mismo tiempo, no sea antifascista?’ es, por desgracia, afirmativa: ‘sí, existe. ¿Un ejemplo palmario en los últimos días? La que representa la Francia Insumisa’, el partido de Jean Luc Mélenchon, el político que aglutinó casi el 20% de los votos en la primera vuelta de las Presidenciales de Francia (quedó cuarto, a apenas 2,5 puntos de la segunda posición) y que optó por aconsejar a sus seguidores el voto blanco o nulo en la segunda y definitiva vuelta entre el europeísta Emmanuel Macron y la neofascista Marine Le Pen. Afortunadamente, más del 40% de los votantes de Mélenchon en la primera vuelta no le hicieron caso y optaron por el único voto anti-Le Pen que se podía depositar en las urnas de Francia el pasado domingo: el voto a Macron.

No encuentro ni una sola razón de las esgrimidas por Mélenchon para ponerse de perfil ante la posibilidad cierta de que Francia fuera gobernada por una admiradora de Pinochet y de Trump. Tampoco sé si se sentirá juzgado por la Historia, si es que tiene interés en dar a su posición política en estas últimas semanas una perspectiva histórica, pero es muy difícil que se borre la evidencia de que lo que ha hecho el líder de La Francia Insumisa, que se proclama a la izquierda del partido socialista, es sencillamente un oprobioso ejercicio de equidistancia. Como si fuera lo mismo una Francia abierta a Europa que una Francia que diera un trato distinto a las personas en atención a su nacionalidad o color de piel.

Llega un momento en que los espíritus puros empiezan a dar miedo. Porque su aversión a mancharse con el barro de la realidad los convierte en aliados de los que se atribuyen la condición de heraldos del paraíso que –no falla nunca, la Historia es pródiga— acaban con la convivencia a base de hacerlo obligatorio. La actitud de estos inmaculados es la misma que la del irresponsable: que se comprometan otros. Que sean otros los que se encarguen de impedir el paso a los nuevos fascistas, que yo voto en blanco o no voto. Se trata de un comportamiento, por lo que se ve, pregonadamente muy de izquierdas, pero, mal que les pese a sus adeptos, calcado al del propietario absentista (vulgo, señorito): que trabajen otros. Yo me abstengo.

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Aquí, Servicio de información pública
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Antonio Tinoco Ardila | 03-05-2017 | 05:07| 0

Tres o cuatro veces al día, diez en días de intensa contestación ciudadana, el fotógrafo de este periódico en Plasencia Andy Solé y su mujer, la periodista Marian Castillo, del periódico digital ‘PlanVE’, reciben a través de WhatsApp unos mensajes de audio siempre breves: son boletines informativos de no más de dos minutos. Los reciben, muchas veces de madrugada, los oyen, y de inmediato los difunden a sus contactos para que ellos, a su vez, los multipliquen haciendo lo mismo.

Andy Solé y Marian Castillo son un matrimonio que hace alrededor de diez años apilaron lo que tenían, cogieron a sus dos hijos y salieron de Venezuela rumbo a España porque, ya por entonces, se temían lo peor: lo peor para su país –ellos tenían la doble nacionalidad española y venezolana, pero Venezuela era el país en el que trabajaban y en el que nacieron sus hijos–, y también para su oficio periodístico.

Andy y Marian, desgraciadamente, acertaron: lo peor llegó. Y, como tantas veces pasa cuando llega lo peor, es mucho peor de lo que podrían haberse imaginado: hoy Venezuela es un país arruinado sobre sus inmensas riquezas, con sus ciudadanos arruinados, muchos de ellos buscando afanosamente comida, y con un Gobierno que intenta mantenerse sobre la ruina que con tanto denuedo ha creado controlando la información y armando a bandas de encapuchados que, como si fueran los escuadrones de la muerte redivivos, recorren las calles en moto sembrando el terror.

Los boletines informativos que reciben Andy Solé y Marian Castillo, y que ellos inmediatamente difunden después de oírlos, son la respuesta de los periodistas venezolanos al control de la información que ejerce el gobierno de Nicolás Maduro. Oír estos boletines es recibir un golpe en la cara que de inmediato te espabila si sufres de modorra sobre lo que pasa en Venezuela: lo primero que llama la atención es que se trata de textos leídos a gran velocidad que cuentan con apresurada precisión las brutalidades, protestas, saqueos… en que se ha convertido la actualidad de ese país. Lo segundo es que todas y cada una de las noticias que contienen cumplen estrictamente la norma periodística de citar la fuente informativa y el nombre del periodista que la transmite. El nombre del periodista es importante porque va unido a su voz. Así, cuando a través de la red de cooperantes como Andy y Marian llegue a sus destinatarios, los ciudadanos de Venezuela, darán credibilidad a esas noticias al reconocer a su autor por su voz, que es su huella digital, habida cuenta de que quienes se encargan de leerlos son conocidos periodistas de la radio y de la televisión venezolanas que pasan por encima de la lógica competencia entre empresas por participar en el ‘Servicio de información pública’, el obvio nombre que le han puesto a estos boletines.

El 3 de mayo es el día internacional de la Libertad de Prensa. Unirse a la red que difunde el ‘Servicio de información pública’ de Venezuela puede ser una buena manera de honrarla.

 

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Los mercaderes de la rabia
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Antonio Tinoco Ardila | 26-04-2017 | 05:12| 0

Félix de Azúa hablaba estos días de Rafael Sánchez Ferlosio y se maliciaba, porque va a ser el último, de que haya publicado su cuarto libro de memorias. El escritor con casa y querencia en Coria –es quizás su más ilustre, aunque ocasional, vecino y no hace mucho regaló parte de su biblioteca a la de la ciudad-  no quiere escribir más memorias porque, movido como siempre lo ha hecho por la indignación –menos cuando escribió ‘Alfanhuí’ y ‘El Jarama’, que debió hacerlo por darse el placer de dejarnos boquiabiertos–, ahora esa pasión se ha degradado “desde que es materia prima de los mercaderes de la rabia”.

Es fácil identificar ‘los mercaderes de la rabia’ a los que alude Azúa con Podemos, sobre todo a partir de haber ideado el ‘tramabús’, ese vehículo que recorre las calles de Madrid y que amenaza con hacerlo por las del resto de ciudades y al que al menos hay que reconocerle el mérito de haberse hecho un hueco en el muy surtido catálogo español de mobiliario de ajusticiar, porque nadie podrá negar que se trata de un modelo bastante acabado de picota portátil. Se aprecia que su autor está bien dotado para ejercer de verdugo moral, un papel cada vez más disputado y para el que hay lista de espera.

Siempre he pensado que los lectores que compran un determinado periódico para conocer lo que pasa en el mundo –igual valdría para un programa de radio, televisión o de cualquier formato informativo– no hacen un acto de elección. Creo, contra lo que pudiera parecer, que no eligen ellos leer este o aquel periódico, sino al revés: es el periódico el que con sus contenidos diarios, con el enfoque que le da a los asuntos de que se ocupa –por supuesto, también con la decisión de no ocuparse de otros– va construyendo la visión del mundo de quienes lo leen. La conclusión es que, al final, es el periódico el que elige a sus lectores. De igual modo, los ciudadanos no elegimos a un determinado partido político el día de las elecciones, sino que es cada partido el que va creando sus propios electores para que en ese decisivo día voten por él.

Digo esto porque me preocupa el ‘tramabus’ por el evidente mensaje que transmite: el del justicierismo como alternativa a la justicia. Pero sobre todo me preocupa por la idea que su autor quisiera tener de nosotros: que haya un partido al que le parezca una buena operación política ese paseo por las calles de la estampa de determinados políticos, empresarios y periodistas –incursos en delitos de corrupción o no–, es una declaración de intenciones sobre la clase de país que quiere que seamos y sobre el tipo de ciudadanos que a Podemos le gustaría que fuéramos para que, a la postre, nos gustara apoyarles: un país de gente que va detrás del carro del reo, al que se pasea camino del cadalso para que tengamos la oportunidad de tirarle piedras e insultarle. Un país de una gente que ya tenía nombre en las novelas decimonónicas de Galdós: ‘el populacho’.

Podemos nos quiere degradar con el tramabús y, como dice Azúa, convertir la rabia en mercancía electoral. Y va ganando: ya ha conseguido callar a Ferlosio. Paso a paso.

 

 

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José estuvo en Hayange
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Antonio Tinoco Ardila | 19-04-2017 | 06:49| 0

El periódico del domingo traía el nombre de Hayange y por eso el periódico del domingo trajo a mi memoria las memorias de otro hombre, de José, emigrante en los años 60 precisamente en esa ciudad del norte de Francia, en la comarca de las grandes empresas de fundición, que ahora el periódico llama el ‘oxidado pulmón siderúrgico francés’.

Recuerdo que a José no le hacía falta reunirnos para contarnos cosas de Hayange, le salían así, de pronto, en medio de una conversación sobre otro asunto. Pero algo era seguro: cuando José empezaba a contar cosas de sus años en Hayange, todos callábamos. Y eso que él las contaba con tanta naturalidad que parecía que no fueran de otro mundo. Quiero decir que no le daba importancia a las cosas que contaba. Eran cosas sencillas del trabajo, de sus compañeros españoles, portugueses, italianos, argelinos… También franceses. José hablaba del calor de la siderurgia pero, seguramente para no alarmarnos, apenas se detenía en hablar de que trabajaba en medio del metal hervido, respirando la bruma que dejaban los gases del acero. Hablaba de los turnos doblados y de cómo caía en la cama después de 16 horas seguidas trabajando.

A mí me gustaba oírlo contar precisamente el momento en que caía en la cama. Y es que la cama se había ganado en aquellos relatos suyos un espacio propio después de que nos contara cómo un paisano y él habían llegado a Hayange desde España con un colchón a cuestas. Contaba cómo ambos, sin saber ni una palabra de francés, se habían aventurado por los subterráneos del metro de París  arrastrando aquel colchón de borra. Y esa imagen de José y su paisano, ambos campesinos de Extremadura, con el colchón a la espalda por los túneles de hollín del metro, la guardo como el tesoro capaz de explicarme por sí solo en qué consiste el extravío de un emigrante. De modo que cuando José contaba cómo se desplomaba en el colchón los domingos por la tarde después de trabajar desde la noche del sábado en aquel paisaje en el que borboteaba la chatarra colada que era la fundición de Hayange, uno sentía que ese instante debía de ser para él como el final feliz de un naufragio, algo así como la acogida de lo que le quedaba de patria.

Era fácil de imaginar que José vivió en Hayange casi tres años de soledad y desarraigo y en muchos momentos sólo sostenido por la llama del recuerdo de su familia de España. Y, sin embargo, siempre habló de Hayange con un fulgor en la mirada. Decía que, a pesar del trabajo extenuante, lo habían tratado como a una persona con derechos y eso le había bastado para disolver la amargura.

Ahora leo en el periódico que Hayange se ha convertido en el ‘oxidado pulmón siderúrgico francés’, con fundiciones cerradas y obreros en paro. Leo que es una ciudad entregada al Frente Nacional, el partido de ultraderecha que el próximo domingo espera ganar las elecciones en Francia, y no puedo evitar recordar a José y su Hayange. Porque creo que no le gustaría que la ciudad donde trabajó en medio del hierro encendido, pero también en la que se le reconocieron sus derechos, sea ahora apenas un pulmón oxidado que respira el aire que le trae Marine Le Pen.

 

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Bayardo San Román nunca muere
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Antonio Tinoco Ardila | 12-04-2017 | 09:52| 0

Hubo un tiempo en que hubiese matado por ser, en lugar de yo, un personaje de García Márquez. Por ser, así lo escribí una vez, Aureliano Buendía, aunque fuera frente al pelotón de fusilamiento, sólo para sentir en la mía la mano de José Arcadio, el loco de mi padre; o Melquíades el alquimista, y poder pasear por el mundo el título de ser el más grande benefactor de Macondo; o Amaranta Úrsula y que un aviador estuviera tan enamorado de mí que se precipitara con su aeroplano al patio del colegio de señoritas en que estudiaba interna sólo por hacerme la corte; o Jeremiah de Saint Amour, el suicida irresistible, el hombre que se quitó la vida tan delicadamente que lo que en realidad hizo fue ponerse a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro; o Blacamán, el vendedor de milagros, capaz de resistir sin perder la sonrisa la picadura de una serpiente mapaná con tal de salir bien en las fotos que le tiraban los yanquis; o María dos Prazeres, para tener risa de granizo; o Frau Frida y poder alquilarme para soñar.

No me hubiese importado, incluso, aparecer como un personaje tonto y ser ese torpe periodista que, después de que Manolo López, su redactor jefe, lo mandara a ver si había algo de interés en el vaciado de la cripta del convento de Santa Clara, volviera al periódico diciendo que allí no había historia ni para un suelto a pesar de que bajo la losa había aparecido el cadáver de la Sierva María de Todos los Ángeles, muerta de rabia y amor dos siglos atrás, y con una cabellera intacta que le había sobrevivido hasta alcanzar los 22 metros y 11 centímetros.

Cuento estas cosas mías porque el pasado sábado se me cayeron los palos del sombrajo: leí en este periódico que ha habido quien, a diferencia de lo que habría hecho yo, puso un pleito a García Márquez precisamente por convertirlo en una de sus criaturas. Y es que resulta que el viernes murió en Barranquilla, Colombia, a los 95 años, Miguel Reyes Palencia, un amigo de la infancia del escritor. Miguel Reyes había repudiado a su mujer en su noche de bodas al descubrir que no era virgen. Por ese hecho se convirtió nada menos que en Bayardo San Román, el hombre que repudió a Ángela Vicario la noche de bodas por el mismo motivo. Aquel gesto de Bayardo puso en marcha la maquinaria de la muerte que los hermanos de Ángela fueron anunciando por todo el pueblo y cuya noticia llegó tarde justo a Santiago Nasar, el único que, de haberla conocido a tiempo, habría hecho todo lo posible para que se quedara en rumor.

Contaba el periódico que al leer ‘Crónica de una muerte anunciada’, Miguel Reyes sintió que su amigo García Márquez había violado su intimidad y lo llevó a los tribunales, reclamándole de paso la mitad de los derechos de autor de la novela. Reyes perdió el pleito y me alegro. Nadie se merece más el olvido que quien desprecia ser universal y no morir nunca descrito como Bayardo San Román, el que “tenía una cintura angosta de novillero, ojos dorados y la piel cocinada a fuego lento por el salitre”.

Algunos hubiésemos matado aunque Márquez hubiera dicho de nosotros mucho menos.

 

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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