Hoy

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Miedo
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Antonio Tinoco Ardila | 28-09-2016 | 04:50| 0

Hace unos días Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se enzarzaron en twitter en una disputa en torno al miedo. El primero reclamaba para Podemos ser la fuerza política capaz de “meter miedo a los sinvergüenzas”. El segundo le replicó diciendo que las energías de Podemos debían emplearse, más que en meter miedo, en seducir a quienes todavía no los consideran un partido en el que confiar.

El asunto, como cabía esperar, ha suscitado multitud de comentarios y ha permitido que las redes sociales –ahí donde hemos convenido en pensar que se ha refugiado la realidad— echen humo sobre la divergencia, cada vez más notoria, entre el jefe de Podemos y su escudero. El hecho de que inmediatamente después se apresuraran en las mismas redes los correspondientes peces-piloto de uno y otro por mostrar su adhesión inquebrantable (aunque sobre todo a Iglesias, por algo es el macho alfa), no hizo más que poner de manifiesto la magnitud de la discrepancia que, más tarde, y siguiendo la lógica de la vieja política, se quiso disimular.

Esa disputa me interesó, pero no tanto por la discusión Iglesias-Errejón, que al fin y al cabo es la del clásico dilema del Príncipe querido o temido, sino porque, de pronto, me hizo visible el miedo. Es decir, el miedo que les tengo. Miedo a todos: a Rajoy, a Sánchez, a Iglesias, a Rivera. Miedo a no saber qué criatura monstruosa son capaces de crear, pero miedo porque lo que sí sé es que, sea cual sea, será a imagen y semejanza de uno, dos, tres o de todos, qué más da, y que, por tanto, no hay esperanza de que sea algo distinto a una creación que temeré.

Y es que los cuatro nos han traído hasta aquí. Repartir las culpas, como quien distribuye porciones desiguales de queso, es a estas alturas inútil: después de casi un año he llegado a la conclusión de que uno de los errores que hemos cometido –disculpable porque tienen distinta apariencia– es pensar en cada uno de ellos como individuos. Abramos los ojos: no existen Rajoy, Sánchez, Iglesias o Rivera. No existen por más que quieran hacernos creer que cada uno de ellos es un (mal) político, singular en su género, cada cual con sus miserias propias. Pudieron existir hace meses, pero desde diciembre hasta acá han fabricado una batidora que ha triturado lo que fueron cada uno de ellos, con sus partidos, sus siglas y con aquellos discursos con los que nos trataron de seducir y que ya nos atemorizan, de manera que ahora sólo queda un magma informe, una pulpa hecha de la suma de sus cuatro inutilidades, de sus cuatro egoísmos, de sus cuatro voluntades aderezadas, eso sí, de a cual más bonito discurso autoexculpatorio.

Siempre me he resistido a justificar esa idea cínicamente desencantada del ‘todos los políticos son iguales’, que es uno de los asuntos clásicos de las barras de los bares. Pero llegados a este punto no encuentro argumentos, y bien que me gustaría, para no rendirme ante ella. Y es que lo han logrado: son ya el mismo individuo con cuatro cabezas. Un monstruo que mete miedo y del que barrunto que a poco que le dejemos nos hundirá. Todavía más.

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Guerra
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Antonio Tinoco Ardila | 21-09-2016 | 07:45| 0

Siempre he prestado atención a lo que dice Alfonso Guerra. Porque junto a sus indudables hechuras de político tiene una notable capacidad reflexiva. No es frecuente que personajes con influencia política en nuestro país sepan expresar su pensamiento con la precisión con que él lo hace. La última vez que lo ha demostrado ha sido cuando se ha pronunciado sobre la situación del momento al explicar con gran economía verbal el laberinto en que está Pedro Sánchez, enfrentado a dos callejones sin salida: el de unas nuevas elecciones que, salvo milagro, debilitarían aún más al PSOE, y el de la imposibilidad de armar una alternativa políticamente viable a Rajoy. Al tiempo, su biografía le añade atractivo: un librero metido a político, alguien que ha leído mucho y con aprovechamiento (‘como beben los pájaros’, primero inclinado sobre el libro y después con la vista levantada, reflexionando sobre lo leído, tal como decía Tierno Galván que se debía leer), además de portar un cierto aire galdosiano que lo acompañaba por los pasillos del Congreso, y al que en la pasada legislatura ordinaria se le atribuía, por ser uno de los últimos representantes de la España de la Transición, la condición de depositario de las habilidades que la hicieron posible. Hay escultores que dicen que a ciertos bloques de mármol casi se les transparenta la obra escultórica que llevan dentro. Algo así podría decirse de Guerra, que pide a gritos encarnarse en el personaje literario que es.

Esta opinión que tengo sobre Alfonso Guerra no me permite ser complaciente con él. Porque emplea su agudeza cuando quiere y muchas veces –muchas– dice cosas indignas de su fuste intelectual. La última, el pasado jueves en Badajoz, cuando participó en el acto de presentación de un libro de Rodríguez Ibarra. Allí dijo que Podemos era una invención de la derecha para dividir a la izquierda (es decir, al PSOE, la única izquierda para él existente), y en cuya creación habría participado un canal de televisión. Como ‘boutade’ es perfecto. Para echarse unas risas, estupendo, y quizás ingenioso como parte de un ‘pique’ con el expresidente extremeño, que en el mismo acto, codo con codo con Guerra y a lo mejor ya embalado, declaró que la prueba de que habría nuevas elecciones en diciembre es que la Fiscalía está ya en campaña al pedir 6 años de cárcel para José Antonio Griñán y diez de inhabilitación para Manuel Chaves por los ERE de Andalucía.

Pero, apagadas las bromas, lo que dijo Guerra es que los españoles nos tragamos cualquier invento que nos pongan por la tele y que los votantes de Podemos son los tontos útiles de una operación urdida por los poderes que mueven los hilos para no bajarse del poder. Lo que dijo Guerra es que sólo mediante engaños se puede convencer a alguien de izquierdas para que deje de votar al PSOE, porque razones, lo que se dice razones para dejar de hacerlo, no debe haber ninguna.

A mí me preocupa lo que dijo Guerra porque es un insulto a los ciudadanos y porque muestra que ni siquiera un talento como el suyo parece entender qué pasa en su propia casa.

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Himno
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Antonio Tinoco Ardila | 14-09-2016 | 06:54| 0

Ajeno a los fastos del Día de Extremadura, alcanzo noticia por medio del artículo del pasado viernes publicado en estas páginas por Fernando Valbuena, de que en el acto institucional del Teatro Romano el grupo ‘Los niños de los ojos rojos’, cito textualmente, “descerrajó una versión caníbal del himno de Extremadura”. Escribía Valbuena bastante enfadado, cosa extraña en él, pues tiene la socarronería como disolvente del mal humor. No nombró –imagino que como castigo– al grupo musical en su artículo, pero les afeó su indumentaria –iban vestidos con faldas escocesas; tal vez para poder enseñar fácilmente el culo, como hicieron al final–; criticó el corte de pelo de alguno de sus integrantes, y les tildó de ‘desharrapados’. Comoquiera que sobradamente sé, porque no me pierdo ninguno de los artículos de Fernando, de su acuciado uso del lenguaje, ante el empleo de tales términos me tiré como gato a bofe a internet para ver esa ‘versión caníbal’ del himno regional.

¡Resultó –lo lamento, Fernando– que lo que vi era estupendo! ¡Me encantó esa versión gamberra, rapera, (¿cómo es lo opuesto a solemne? ¿insolente, desvergonzado?), y por eso mismo tan refrescante: era pura juerga! No es fácil convertir un himno en un jolgorio y ‘Los niños de los ojos rojos’ lo consiguieron. Olé por ellos. Y no es fácil que un himno sobreviva a tal sesión de apostasía. Y también lo logró. Olé por Miguel del Barco.

Que conste que a mí, como a Valbuena, me gustan los himnos solemnes, que te pongan la piel de gallina y un nudo en la garganta. El de Extremadura lo consigue porque me parece, música y letra, precioso y porque soy un sentimental: siento cuando lo oigo –y lo canto por lo bajini: me sé la letra—que dice cosas de mí, de mi gente, del sitio donde vivo y me he criado… en fin, eso que a veces resulta importante sentir.

Pero aún gustándome mucho que la Orquesta de Extremadura toque el himno y, pongo por caso, el coro de la Universidad lo cante en la ceremonia oficial del Día de Extremadura, no dejo de reconocer que a los himnos les falta… ¿cómo lo diría?: darse un revolcón. O alguien que se lo dé. Si bien miramos, los himnos son esas piezas musicales a las que tenemos mal acostumbradas porque nos obligan a soportar su permanente ataque de importancia. Y es bueno que se les bajen los humos. Para que dejen de obligarnos a escucharlos con el espinazo tieso y expresión marcial, como si los himnos –y llegados aquí habría que decir ya ‘como si la patria’—sólo se pudiera sentir en posición de firmes.

‘Los niños de los ojos rojos’ han hecho una versión del himno –mejor sin enseñar el culo: eso sobró– opuesta a la posición de firmes: es una versión, digamos, del rompan filas, que es la patria que a mí más me gusta: la de todos y revueltos en la calle, contaminada por los bares, por las fiestas, por las verbenas. Esa patria, con su himno, que sabe estar –como Dios en los pucheros, que diría Santa Teresa— en todos los sitios donde hay alguien que la sienta sin necesidad de exhibir las credenciales de patriotismo que se expenden en los patios de armas.

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Juan
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Antonio Tinoco Ardila | 07-09-2016 | 09:40| 0

Siempre coincidimos en el sitio donde pasamos las vacaciones. Cuando llego lo busco, y cuando lo encuentro descanso porque su presencia me disipa la inquietud que siempre me ronda al principio del veraneo de caer preso de la monotonía.

Hablo de Juan, del que bastaría decir que hay dos o tres cosas en él que hacen que me rinda a sus pies: no conozco a nadie que utilice mejor su imaginación como un arma para seducir; allá donde llega instaura la república de la alegría; y tiene la virtud de hacer que todos los niños lo reconozcan como uno de los suyos. Juan los mantiene en estado de fascinación –lo siguen como un bando de gorriones–, les inventa juegos, les organiza fiestas y concursos, los lleva de acampada y les crea, sin prender un mísero palitroque, el ambiente prometedor de un fuego de campamento, la excitada emoción de una noche al albur del monte.

Juan tiene, como corresponde, el don de la aventura y si ve un barco de vela bogando mansamente por la bahía levanta ante nuestros ojos –ante los ojos de los niños, que a esa altura ya somos todos– un asalto bucanero, una escaramuza, una persecución hasta una ensenada, un cañoneo, un abordaje, un hundimiento, un rescate de las fauces de un escualo. Allí donde sobresale una roca de la superficie del agua Juan ve un león echado. Y si no, un perro bebiendo. Y si no, un barco varado en la arena después de sucumbir en un combate en el que la artillería enemiga lo desarboló, partió la botavara, el gaviero cayó al mar desde la cofa, los marineros iban y venían agarrándose a las jarcias como Tarzán a sus lianas, el capitán murió heroicamente en el castillo de popa y al grumete lo arrastró un golpe de mar que barrió la cubierta. Juan es como un cine: empieza a hablar y despliega una pantalla en la que van sucediendo las vidas que querríamos vivir sin arriesgarnos.

Todos los veranos Juan sube a sus nietos a su barca –‘Pesquerito’—y los lleva a la cueva donde un pirata esconde su tesoro. Es una cueva del acantilado a la que sólo se accede cuando baja la marea. Los niños saltan de la barca y –bajo las paredes de la roca tachonada de lapas, donde si uno se detiene a oír, el aire se llena del rumor que deja en los guijarros de la orilla el mar cuando se retira–, brota el milagro de la imaginación: los niños buscan efectivamente el tesoro, trazan planes, escarban, gatean, trepan por las paredes de la cueva mientras vigilan el mar por el rabillo del ojo por si barruntan la llegada del pirata, el amo del tesoro, que nunca llega pero siempre parece que va a llegar porque de pronto se oyen voces, ruido de gente que chapotea, llamadas de apremio para embarcar, un miedo en la espalda que te empuja a huir… Otra vez, y como siempre, remando para alejarnos de la cueva, poniendo pies en polvorosa sin encontrar el tesoro que, cada año, venimos a buscar con el resuelto afán de no volver sin él.

Así es Juan, un hombre que conoce el secreto del tesoro de la infancia inextinguible. El que consigue que estrene cada año el mismo mar de todos los veranos y que se me haga tan cuesta arriba la vuelta a la realidad de tierra adentro.

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Vanderlei
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Antonio Tinoco Ardila | 10-08-2016 | 06:24| 0

La madrugada del sábado, justo al final de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, me propuse vivirlos como si estuviese en el mismo Río en lugar de en Badajoz. Terminó de convencerme Vanderlei de Lima, el último relevista de la llama olímpica, el que encendió el pebetero con el fuego sagrado de los dioses. Seguramente recuerden qué le pasó a Vanderlei de Lima en los Juegos de Atenas, en 2004: encabezaba la prueba de maratón a falta de seis kilómetros cuando un exsacerdote irlandés, quizás borracho, se saltó los controles de seguridad, irrumpió en la calle por la que transcurría el maratón y se echó encima de Vanderlei para que no siguiera corriendo. Vanderlei fue sobrepasado por dos corredores antes de poder continuar su maratón.

Sin embargo, cuando entró en el estadio asombró al mundo: todos esperábamos ver a un hombre abatido por la desgracia de ser víctima del loco que minutos antes le había arrebatado lo que seguramente era el sueño que había estado labrando durante toda su vida, ser campeón olímpico de maratón, pero lo que vimos fue a un hombre dichoso, como si nada le hubiera pasado seis kilómetros atrás: iba regalando besos al público y haciendo con las manos el contorno de un corazón mientras se acercaba a la meta. Y en el podio recibió la medalla de bronce emocionado y con una sonrisa que transmitía felicidad.  Días después, cuando se le preguntó a Vanderlei de Lima cómo fue capaz de sobreponerse al ataque de aquel demente, dijo que porque para él su medalla de bronce, y cualquier puesto en el que hubiera llegado, siempre tendría el mismo significado que el oro.

Comprenderán que esta historia no me deja elección y que desde que el pebetero arde con el fuego que le prendió Vanderlei de Lima, mi ánimo está instalado en Río de Janeiro aunque yo siga en Badajoz. Y de allí no se va a mover mientras duren los Juegos porque no hay mejor sitio en el que pueda estar: a 8.000 kilómetros de España y cobijado bajo la generosa fortaleza de un hombre que ha demostrado con creces ser capaz de sacarle a la realidad, aunque la tuerza un injustísimo infortunio como el que sufrió, hasta la última gota de provecho.

Y es que necesito, como español que soy, ver a mi alrededor un espíritu que encuentra solución a la adversidad. Necesito huir de esta nómina de personajes públicos que llevan meses emborricados en nuestra vida política y que hasta ahora lo único que han demostrado es que el Poder causa en ellos el mismo influjo obsesivo que en Gollum el Anillo que quería arrebatarle a Frodo Bolsón (¡“mi tesoro, mi tesoro!”).

Veo a Rajoy exigiéndole a los demás que le apoyen a mantenerse en el poder (su tesoro) con el único argumento de que es capaz de decir más lugares comunes que nadie en menos tiempo; y veo a Rivera y a Sánchez mostrando esa palmaria incapacidad para hacer valer el tesoro que esconde su posición en el medallero electoral y me dan ganas de pedirle a los dioses del Olimpo que convenzan a Vanderlei de Lima para que se sacrifique, venga a España y les muestre cómo hacerle frente a la adversidad y sacar de ella hasta la última gota de provecho.

 

 

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Leer
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Antonio Tinoco Ardila | 03-08-2016 | 08:03| 0

Allí, entre los muchos que despedíamos a Luz Rueda el pasado jueves, y mientras oíamos a uno de sus hijos –emocionado él y nosotros– recitar algunos versos de su madre –versos que hablaban de la contemplación de los tejados de una ciudad y de pájaros que la cruzan— era imposible no sentir la certeza de que la vida, aun la más amarga o la más estéril, siempre reserva un rescoldo que da sentido a la esperanza si tienes a mano qué leer. Porque estábamos allí en torno al féretro conquistado por las flores y nuestro silencio, mientras oíamos a Fernando, el hijo de Luz, era el silencio ecuménico de los que, escuchándole, leíamos con él lo que él iba diciendo por boca del corazón de su madre.

Aquellos versos –ya lo he dicho: de alguien contemplando una ciudad y unos pájaros cruzándola, pero qué más da: podrían ser otros—eran los versos de todos, porque sólo si atendemos a la convención podría decirse que eran de Luz Rueda por ser su autora. La realidad fue que así leídos por su hijo Fernando yo quiero creer que eran los versos que nos dejó en herencia para siempre: la dicha de leerlos hoy y la esperanza de volver mañana sobre ellos sólo por dar pública fe de que seguimos vivos como un homenaje a Luz.

Por todo ello era imposible no sentir en aquellos momentos, cuando nos habíamos reunido en torno a su recuerdo, que vivir no es el mero vivir: es vivir mientras se pueda leer. Luz sabe bien que basta leer apenas nada, digamos un humilde cuento del Capitán Trueno comprado en un estanco y leído sobre una manta tirada en un pasillo durante el silencio de la siesta de un verano, para que ya nunca deje de brincarte en el pecho, así vivas cien años, la noción de generosa valentía que te enseñó aquel muchacho llamado Crispín que acompañaba atolondrado y feliz al Capitán Trueno en aquellas aventuras que eran tuyas; basta leer cómo Ismael oía desde la bodega los enfebrecidos paseos del capitán Acab golpeando con su pata de mandíbula de cachalote la cubierta del Pequod, para que jamás olvides que hay nudos del destino cuya tenacidad arrastra la vida de un hombre; bastan algunos versos de Antonio Machado (“Y todo el campo un momento/se queda mudo y sombrío/meditando. Suena el viento/en los álamos del río./ La tarde más se oscurece;/ y el camino que serpea/y débilmente blanquea/ se enturbia y desaparece”) para que ellos por sí solos den suficiente noticia de lo mejor de la sensibilidad humana: un hombre describiendo con la delicadeza que ofrecen las palabras escogidas cómo va transformándose el mundo al dictado de la luz…

Luz sabe bien que sus versos –el de los pájaros cruzando la ciudad observados por ella, y que su hijo leyó emocionado en su funeral; pero bien podrían ser otros que escribiera– guardan también, cada vez que los leamos, el tesoro del tiempo y la memoria. Serán su memoria y la nuestra. La que nos ha permitido compartir nuestro paso por el mundo.

Y también, a partir de ahora, la áspera certeza de no ver más por las calles de mi ciudad la dulce fiera arriscada que era Luz Rueda.

 

 

 

 

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Zahínos
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Antonio Tinoco Ardila | 27-07-2016 | 05:59| 0

De entre las muchas cosas que desde pequeño no he olvidado de mi padre está su opinión sobre los zahineros. Decía que no conocía a ninguno que no fuera honrado. Y tenía motivos para decirlo: mi padre tenía una tienda en Higuera de Vargas, a 15 kilómetros de Zahínos, en la que vendía desde un traje a munición para rellenar cartuchos de caza. Allí compraba gente de Zahínos y era raro que pagara a tocateja; la mayoría pagaba poquito a poco, ‘a la dita’. No había problema: los zahineros siempre volvían a nuestra tienda a pagar sus deudas.

Aunque no lo hubiera aprendido de mi padre, yo supe por mí mismo que los zahineros son honrados por una pequeña historia de fútbol y gaseosa: un año Zahínos nos llamó a los de Higuera para jugar el trofeo de la feria, y allá que fuimos en la furgoneta de Secundino. Cuando terminó la primera parte íbamos ganando 0-2. Hacía un calor como solo lo hace en los cuentos de Juan Rulfo, así que estábamos descansando a la sombra de una encina igual que las ovejas cuando llegó el alguacil con una caja de gaseosas para que nos aliviáramos la sed. Diez botellas, diez litros. De naranja, limón y cola. Ocurrió que en la segunda parte, empancinados por la gaseosa, no podíamos ni rabearnos. Nos metieron 4. Al final del partido vinieron a disculparse y hubo quien dijo que aceptarían el resultado del primer tiempo para que no nos cupiera duda de que la gaseosa había sido un regalo y no, como resultó ser, un dopaje inverso.

Me he acordado de la honradez de los zahineros a raíz de que Hacienda ha tirado de estadística, ha hallado la media de lo que se declara en cada municipio y ha concluido que Zahínos es el segundo pueblo más pobre de España (con Higuera de Vargas, por cierto, pisándole los talones: somos el 14 entre los más pobres).  Sinceramente, me da igual lo que diga Hacienda porque yo soy partidario de Mark Twain, ese lúcido escritor que decía que las mentiras se dividen en tres clases: las mentiras propiamente dichas, las malditas mentiras y, fuera de categoría como algunos puertos del Tour, las estadísticas.

Pero sí me hubiera gustado que Hacienda, con los recursos que tiene debido a su casi ilimitado conocimiento sobre cada uno de nosotros, hubiera cruzado datos y hubiera completado el estudio con otro sobre el altísimo índice de honradez de los zahineros, pues a pesar de su escaso dinero sí les llega para pagar puntualmente sus deudas (y para no apropiarse de victorias obtenidas por provocar, involuntariamente, la inferioridad del rival). Quizá de este modo, Zahínos aparecería donde le corresponde: en el ‘top ten’ de la honradez, y Pozuelo de Alarcón, que según Hacienda es lo más opuesto a Zahínos pues es el pueblo más rico de España, no iría por ahí sacando pecho al verse como uno de los primeros pueblos en esa estadística de la infamia de los casos de corrupción. Porque cabe recordar que en Pozuelo hizo fortuna la red ‘Gurtel’, que era un nido de trincones, y nos hicieron creer que en ese pueblo obran prodigios tales como que los coches Jaguar brotan de un día para otro en los garajes de gente que, con el tiempo, llega a ministra de Sanidad.

En Zahínos no hay  ni un Jaguar.

 

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Destino
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Antonio Tinoco Ardila | 20-07-2016 | 06:46| 0

Aviso al lector por si no quiere seguir leyendo: voy a escribir bien de Vara. Me gustó su discurso sobre el estado de la región. No porque hiciera un diagnóstico de la situación más o menos acertado. En este aspecto creo que fue demasiado complaciente consigo mismo, pero ¿quién no lo es, quién se coloca delante del espejo y no encuentra suficientes argumentos que le permiten mirarse con indulgencia? Me gustó a pesar de no admitir que su gobierno es, estructuralmente, un disparate en el que, preso de un estúpido compromiso sobre la austeridad mal entendida, se ha obligado a mezclar perros con cencerros; o a pesar de intentar hacernos creer que una ley, y no la mejora de la vida en la región, pudiera siquiera paliar el grave problema demográfico de Extremadura.

Pero me gustó Vara a pesar de esas apreciaciones, erróneas a mi juicio.  Me gustó porque vi en su discurso un intento de no presentarse ante la tribuna de la Asamblea exclusivamente como un gestor cuyo trabajo de responsable político se reduce a reflejar el dietario de la contabilidad anual. Me gustó a partir del momento en que empezó a desobedecer las reglas no escritas de lo que debe ser un discurso sobre el estado de la región, según las cuales el presidente de la Junta está obligado a dar cuenta de lo hecho y de lo no hecho –aunque de eso ya se encargará la oposición de recordárselo, como es su obligación— desde el anterior discurso sobre el estado de la región.

Dicho en corto: me gustó Vara a partir del momento en que empezó a soñar, en que empezó a hacer planes de futuro, y concretamente a partir del momento en que planteó ese proyecto de aprovechar las condiciones de la región para hacer de la Extremadura verde una oportunidad de desarrollo.

Llevo 35 años dedicado, por profesión y devoción, a observar la realidad extremeña y he llegado a la conclusión de que uno de nuestros males históricos es haber convertido nuestra realidad en una costumbre. Una costumbre que en buena parte está aposentada debido a una decisión común tácita, y no a una condición impuesta. Nos gusta la familiaridad y el confort de lo conocido –¿a quién no?–, y así, un discurso del estado de la región tras otro, una legislatura tras otra, nos vemos enredados en los mismos familiares recuentos de parados mes a mes, de cotizantes mes a mes, de listas de espera sanitarias cada cuanto… Tasas, porcentajes, oscilaciones de variables para todo porque todo cabe en la estadística, en la que hemos caído presos hasta el punto de que hemos acabado consintiendo que sea la estadística –¿cuántos parados más o menos tiene Vara que Monago?– el supremo juez de la política.

Por eso, cuando veo que el presidente de la Junta se salta el guion y se pone a hablar del futuro, no como si el futuro fuera el viejo conocido fruto de la inercia del presente, sino como un territorio que se construirá mediante la inspiración colectiva y el esfuerzo de muchos, me siento en la obligación de reconocer que ahí estuvo líder. Aunque sea para no olvidarlo y para, de ese modo, poder exigírselo. Porque Extremadura necesita, como el comer, un nuevo destino y una nueva política que lo haga posible.

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Portugal
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Antonio Tinoco Ardila | 13-07-2016 | 07:32| 0

Por supuesto, yo iba con Portugal. El gol de Éder me produjo una de esas alegrías que sólo se sienten de niño, aumentada porque ocurrió precisamente en los momentos en que todas las esperanzas iban tomando el camino que conducía a las manos del portero Rui Patrício, del que confiábamos que dominara, con la misma seguridad que demostró todo el partido, el miedo a los penaltis.

Yo iba con Portugal por razones fáciles de entender: porque es un país que quiero de ese modo tan poco afectado que me permite sentirme con derecho a ponerlo verde con la misma desenvoltura con que lo hacen los portugueses en los veladores de las terrazas, y porque si no tuviera el mío me gusta creer que ningún otro país en el mundo necesitaría de menos palabras para justificar por qué me acoge.

Yo iba con Portugal porque no veo equipo más capaz de entregarse a la resignación de perder a su mejor futbolista en uno de los partidos más importantes de su historia sin que le cambie el semblante. Y eso sólo se consigue cuando uno está acostumbrado a hablarle de tú a la mala suerte y a vivir sabiendo que todo lo que pueda torcerse se torcerá en algún momento; a veces cuando más daño hace.

Iba con Portugal no sólo porque la historia de la Eurocopa le debía la cuenta que no le pagó cuando Grecia le birló la copa con un fútbol infame de metisaca pescuecero. Ahora había una buena ocasión de saldar la deuda porque nada como París, y también ante el anfitrión,  para que se entienda que hay derrotas dolorosas y luego hay otras derrotas trapaceras –como esa ante Grecia del 2004 y en el mismo Lisboa–, que cuando acaba el dolor el sufrimiento sigue mientras no se disuelve –y dura años– el estupor que deja. Ahora lo sabrá Francia, que también sabrá que la ventaja del músculo no es suficiente en el fútbol, y que ahí radica parte de su hermosura.

Yo iba con Portugal, pero no precisamente por Cristiano Ronaldo, que es quien más cerca estará de hacer de la Eurocopa una interpretación fenicia, sino por el pasado de Eusebio, de Torres, de Coluna, de Futre, de Figo…, alguno de los cuales vi en el Trofeo Ibérico, en el viejo Vivero de la mano de mi padre, y con quienes los campeonatos de selecciones fueron injustos. Y también, y sobre todo, iba con Portugal por el futuro de gente como Renato Sanches, ese muchacho de 18 años que juega como quien ha escogido el fútbol para que le ayude a explicar qué es la alegría de vivir. Ese Renato Sanches, al que me gustaría ver en él a la juventud de Portugal paseando su insolencia por el continente.

Iba con Portugal porque imagino que el lunes, el martes y muchos días por delante, en todos los rincones de Francia donde haya un emigrante portugués habrá alguien con un nido de orgullo ardiendo en el pecho tras el cerillazo de Éder.

Yo iba con Portugal por todo lo que aquí digo y por más que no cabe. Pero aunque nada de esto sirviera, siempre iría con Portugal frente a cualquier equipo al que se enfrentara por una cosa sola: sencillamente porque le debo el café.

Seguro que hay gente que me entiende.

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Ceguera
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Antonio Tinoco Ardila | 06-07-2016 | 08:37| 0

El pasado domingo, el analista Moisés Naím escribía sobre los nuevos populismos en un artículo en ‘El País’ y señalaba que, a tenor de su éxito, cabía concluir que a millones de personas no les importa que les mientan o, al menos, no miden su adhesión a una causa o a un político por la coherencia de sus planteamientos.

Todo ello propicia que triunfe gente como Donald Trump, cuyos seguidores no menguan a pesar de que una de las ideas que con más ahínco defiende para controlar la inmigración es la construcción de un muro de más de 2.000 kilómetros en la frontera con México que –para rematar la locura–, deberá pagar este país. O gente como Nigel Farage, líder del Partido de la Independencia del Reino Unido, que ha tenido que reconocer que mintió cuando, durante la campaña del ‘Brexit’, dijo que ‘la factura’ que ahora paga el Reino Unido a la UE se invertiría en mejorar el sistema sanitario cuando el país estuviera fuera de la Unión.

¿Por qué tienen tan buena acogida los mentirosos y los irresponsables? Según Naím, porque a millones de personas no les importan los hechos.

Sería un error pensar que para observar cómo los hechos se despeñan por la pendiente del desprestigio hay que irse al Reino Unido o a los Estados Unidos, sin reparar en que ese fenómeno también es cotidiano aquí. Observen si no el caso –por hablar del último—del indescriptible Jorge Fernández Díaz, ministro que mangonea el aparato del Estado para que sirva a sus intereses partidistas. Pocas veces hemos asistido los españoles a una malversación de las reglas de la democracia tan a lo vivo nada menos que desde el Ministerio del Interior; y pocas veces también hemos asistido a que el victimario intente pasarse por víctima con tanta desfachatez. Son hechos lo suficientemente rotundos e inadmisibles no solo para poner a Díaz de patitas en la calle, sino para llevarlo ante la Justicia. Ya sabemos que Mariano Rajoy no iba a hacer nada porque no ha sido llamado nuestro presidente en funciones por el camino de atajar la corrupción, ni siquiera la palmaria del ministro que lo mismo condecora a una Virgen que urde operaciones para llevar al trullo a los que no piensan como él, que es la índole genética de las dictaduras.

Cabía la esperanza de que, habiendo una urna, los ciudadanos, ya que no el Gobierno, aprovecharan la oportunidad de demostrar que los hechos importan, y que quien atenta contra la democracia lo paga. Pero no. Ocurrió lo contrario y la candidatura del PP encabezada por Fernández Díaz sacó un diputado más que en diciembre. Fue, además, la única que logró más votos en la circunscripción de Barcelona.

Sería fácil –hay quien lo ha hecho– insultar a los votantes que han engordado la candidatura barcelonesa del PP, pero creo que más necesario para la convivencia es preguntarnos por qué hay cada vez más gente a la que, como dice Naím, no le importa los hechos. Por qué, a sus ojos, está tan desacreditada la realidad. Yo no sé contestar la pregunta, pero intuyo que esa ceguera voluntaria tiene que ver con la velocidad a la que el estado de Derecho va perdiendo pulso camino del desmayo. Lo intuyo porque es lo que hace fuertes a gente como Trump, Farage, Fernández Díaz…

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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