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Cassandra y su vara del humor
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Antonio Tinoco Ardila | 05-04-2017 | 04:43| 0

Tengo serias dudas de que España sea mejor país después de que a la tuitera Cassandra Vera le haya caído un año de prisión y siete de inhabilitación absoluta a cuenta de los trece tuits que dedicó a Carrero Blanco; ni de que las víctimas del terrorismo estén más protegidas después de esa sentencia; ni tampoco de que nuestro país se haya hecho más fuerte contra ETA, el yihadismo o cualquier otra banda que nos amenace con sembrar el terror en la calle. Me parece un despropósito de medios y energías –cuando tanta falta hace de ambos a nuestra Administración de Justicia–, que nada menos que la Audiencia Nacional tenga que estar pendiente de juzgar el caso de esta tuitera, como ya lo hizo con otros anteriores y –si nadie lo remedia— lo hará con otros que vendrán después de ella. A este paso, la Audiencia Nacional va a tener que inaugurar una sección para juzgar sólo los infinitos detritus de las redes sociales.

El Congreso de los Diputados haría una demostración de prudencia, sentido común y proporcionalidad, conceptos de los que muchas veces ha declarado ser devoto nuestro presidente del Gobierno si, a la vista de que los ‘casos Cassandra’ se están multiplicando como setas, tratara de ajustar el delito de enaltecimiento del terrorismo a conductas que no dieran lugar a equívocos sobre la voluntad de sus autores. Si el carácter delictivo de un comportamiento se mueve en el terreno de lo interpretable, es la presunción de inocencia la que está sometida a riesgo. Y no deberíamos jugar con fuego con uno de los principios sobre los que se asienta la sociedad democrática.

Cassandra Vera ha sido injustamente condenada porque ha sufrido la aplicación de un artículo del Código Penal (el 578) que no fue concebido por el legislador para tuiteros mucho más aficionados al mal gusto que a la alabanza de terroristas, tal como agudamente –y con generosidad– dijo Lucía Carrero-Blanco, la nieta del almirante, cuando en enero pasado supo que Vera se enfrentaba a penas de cárcel por reírse del atentado sufrido por su abuelo 40 años antes. Lucía Carrero-Blanco concluyó con una frase que deberían grabar en su memoria los jueces que se cobijan en la literalidad del código para dictar sentencia: “Me asusta una sociedad en la que la libertad de expresión, por lamentable que sea, pueda acarrear penas de prisión”.

Cassandra Vera tiene mi apoyo como víctima de una legislación estrambótica, pero hasta ahí llego. Le muestro mi solidaridad, pero no tendrá ni un gramo de mi simpatía como tuitera dicharachera encantada de conocerse. No batiré ni una sola vez mis palmas para jalear sus tuits, que no tienen ni pizca de gracia. Y me decepciona que una persona tan bien dotada para reírse de las desgracias ajenas –maldito el humor que hay en los tuits de Carrero o en los que dedicó a Cristina Cifuentes cuando sufrió un gravísimo accidente de moto–  esté, sin embargo, tan poco dotada para reírse de las propias. Es una pena que su sentido del humor tenga dos varas de medir: la que aplica a los demás y la que se aplica a sí misma.

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La tómbola del fango
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Antonio Tinoco Ardila | 29-03-2017 | 05:19| 0

El pasado domingo, entre las informaciones del inevitable ‘procés’; del Gobierno y sus fatigas porque no tiene mayoría en el Congreso; de la expectación ante la candidatura de Susana Díaz a la Secretaría del PSOE presentada con tanto poderío que parece que estuviera pidiendo a Delacroix que resucitara sólo para pintarla a ella como una nueva versión de ‘La Libertad guiando al pueblo’; y de la última afición de Pablo Iglesias por los diccionarios de sinónimos, este periódico publicaba una magnífica información del periodista Melchor Sáiz-Pardo en la que explicaba cómo el Ministerio del Interior ha ido premiando con condecoraciones pagadas o con destinos de relumbrón a los policías que, en la etapa del nunca suficientemente señalado como burlador –o algo peor– de la democracia ministro Jorge Fernández Díaz, le ayudaron a convertir su despacho oficial en un bujío en el que las conspiraciones contra los adversarios políticos eran tan surtidas que acabaron por enredarse en ellas y conspirar contra sí mismos.

Lo que Melchor Sáiz-Pardo explicaba era que gente como Eugenio Pino, ex ‘número dos’ de la Policía, había sido agraciado con la suculenta pedrea de la Medalla de Plata al Mérito Policial, con pensión vitalicia del 15% de su sueldo, por crear dos unidades que se dedicaron a investigar casos ya juzgados como el del 11-M o el chivatazo a ETA por si podían remover algo que salpicara a los socialistas; y a impulsar maniobras orquestales en la oscuridad para sacar rédito político –no para hacer justicia– de la indesmayable inclinación de la familia Pujol por hacer acopio de dinero ajeno.

O que gente como el comisario José Manuel Villarejo se había jubilado con la también notable pedrea de la Medalla Roja al Mérito Policial, que supone que su sueldo vitalicio tendrá una regalía del 10%. Villarejo, hombre capaz de compaginar su trabajo policial con la dedicación a más de una docena de empresas, está imputado en el caso  del ‘pequeño Nicolás’ y en el de las escuchas al ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a pesar de lo cual se permite el lujo de ir ufanándose de que si el Congreso de los Diputados le llama para que testifique en la comisión de investigación constituida para averiguar las andanzas de esos policías por las cloacas del Estado, podría poner “todo patas arriba” y meter a muchos “en problemas”.

O que gente como el también comisario José Luis Olivera, que presionó a los fiscales anticorrupción para que en la campaña electoral catalana de 2012 resucitaran la investigación del ‘caso Palau’ y, de paso, reclamaran al juez que registrara la sede de Convergéncia, ahora disfruta de otra de las medallas con derecho a dinero público y, por si fuera poco, con la Dirección del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado.

Recuerdo aquí la información de Melchor Sáiz-Pardo porque me pareció de un valor extraordinario: en poco más de media página de periódico nos explicaba cómo el ex ministro Fernández Díaz, en una especie de tómbola del fango, ha ido repartiendo premios a policías a los que sólo con la nariz tapada se les podría llamar servidores del Estado.

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Los desahuciados de la misa
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Antonio Tinoco Ardila | 22-03-2017 | 07:16| 1

Cuando oí que Podemos había presentado una iniciativa en el Congreso para que La 2 de TVE dejase de emitir misa los domingos tuve una reacción que me sorprendió: no me gustó. Me sorprendió porque no soy precisamente religioso, pero no me gustó porque lo primero que me vino a la cabeza fueron familiares míos oyendo misa por la tele en un momento de sus vidas en que ya no podían ir a la iglesia: esa misa era importante para ellos.

Creo que nuestro país no tiene resuelta la relación del Estado con la Iglesia Católica. La presencia del crucifijo en las tomas de posesión de los ministros; las condecoraciones oficiales a la Virgen, las consideraciones de ‘autoridad’ a los responsables de la Iglesia… son muchos momentos en que demostramos una actitud genuflexa ante la jerarquía católica que tendríamos la obligación de evitar no sólo por respeto al resto de religiones, sino porque deberíamos cumplir las obligaciones inherentes a nuestra condición de Estado aconfesional. Creo que el acuerdo de España con la Santa Sede no resiste un examen a la luz del principio de igualdad que establece nuestra Constitución a pesar de que su última revisión trataba de adecuarse a ella. Creo que les permitimos privilegios que ningún gobierno –y cabe recordar que mucho menos el de Zapatero, que ha sido el más izquierdista hasta ahora– ha tenido el coraje de atajar y que, en ocasiones, desde el púlpito se difunden mensajes inaceptables por ser contrarios a la convivencia y, particularmente, contrarios al respeto que merece cualquier persona, tenga la orientación sexual que tenga.

Pero sería faltar a la verdad si dijera que la Iglesia Católica es sólo eso. Porque la Iglesia es también para muchas personas, no importa de qué creencias ni de qué origen, un sostén de dignidad. Y en ocasiones, su único sostén. Poco tienen que ver los voluntarios de Cáritas o simplemente los miles y miles de fieles que tratan de seguir el Evangelio con –lo cito aquí sólo por ser el último caso—el obispo de Canarias, Francisco Cases, más preocupado por la visión transgresora del Crucificado en la fiesta de ‘drag queen’ del Carnaval de Las Palmas que de las víctimas del accidente de Spanair. Cases, como prelado de una iglesia que predica el amor al prójimo, dejó entrever –aunque después rectificó– una notable impiedad al considerar que hay más dolor por una actuación en el Carnaval, donde toda irreverencia tiene su asiento, que en una tragedia que se saldó con 154 muertos.

Ahora siento también que Podemos, con su propuesta de suprimir la misa dominical de La 2, se conduce con una impiedad muy similar a la del obispo canario. Porque con esa iniciativa, el partido de Pablo Iglesias, que predica la atención preferente a los más vulnerables, fortalece a los fuertes y debilita a los débiles: le regala a la jerarquía católica el papel de víctima por el que siempre suspira –una paradoja que a Cases y compañía le debe parecer como un milagro caído del cielo— y desahucia de la misa dominical a enfermos y ancianos católicos. ¡Qué chollo de izquierda!, debe pensar la derecha.

 

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La rebelión de la liebre
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Antonio Tinoco Ardila | 15-03-2017 | 06:54| 0

La actualidad es tan áspera que uno se siente bien acogido cuando se encuentra con historias inesperadas como la de Jonah Kipkemoi, un atleta keniano de 27 años. Ocurrió el domingo en el maratón de Barcelona. Kipkemoi lo ganó. Lo que hace extraordinaria su historia no es que lo ganara, como así fue, con un tiempo muy notable (2 horas, 8 minutos y 57 segundos) teniendo en cuenta además que el trazado tenía algunas buenas subidas en la parte final; tampoco que, aunque sea un avezado corredor de medios maratones, fuera la primera prueba de maratón en la que participaba; ni siquiera –aunque sólo por eso sería suficiente para llamar la atención– que sufra una discapacidad por la que participó en las paralimpiadas de Londres que le afecta a la cara y al brazo derecho, que lo tiene más débil y que debe hacerle más difícil efectuar los movimientos de carrera con la eficacia que se precisa para hacer la marca que hizo…

Lo extraordinario de la victoria de Jonah Kipkemoi en el maratón de Barcelona es que era precisamente uno de los pocos participantes a los que la organización había pagado –concretamente, 3.000 euros— para hacer de ‘liebre’, que como seguramente saben es un atleta encargado de llevar durante unos kilómetros un determinado ritmo de carrera para que los corredores que luchan por la victoria hagan, además, una buena marca que dé prestigio a la prueba. Hacer de ‘liebre’ supone aceptar una misión que significa, no explícitamente pero sí en la práctica, renunciar a ganar. La misión que se le encomendó a Jonah Kipkemoi fue que imprimiera un buen ritmo hasta el kilómetro 35. Ahí acababa su trabajo y, como ocurre siempre, era de esperar que también acabara, porque se le agotaran sus fuerzas, su posición entre los primeros.

Pero ocurrió que llegado a ese punto de la carrera se encontró solo en cabeza: el favorito del que debía ‘tirar’ ni siquiera tomó la salida y el segundo favorito se había lesionado en el kilómetro 30.  Así que siguió y ganó. Sería injusto decir que su victoria es consecuencia de esas bajas porque el tiempo que hizo fue inferior en 34 segundos al del ganador del año pasado. Incluso obtuvo un premio extra de 10.000 euros por haber acabado la carrera en menos de 2 horas y 9 minutos.

Lo que me gusta de la historia de Jonah Kipkemoi es que estaba preparado para rebelarse contra su condición de ‘liebre’ a pesar de que nadie había considerado que pudiera hacerlo. Y también que aprovechó la oportunidad que le ofrecieron las calles de Barcelona de obtener la recompensa más inesperada para su condición subalterna: ganar el maratón.

Y lo que no me gusta de esta historia es que apenas nos queda el deporte como reducto en el que tiene lugar el raro y primitivo acto de justicia que consiste en que alcance el triunfo sencillamente quien lo merece. Porque ¿cuánta gente, por ejemplo en el trabajo, sabe hacer más cosas de las que se le permite demostrar sin que logre nunca la oportunidad de rebelarse a la condición de ‘liebre’ en la que se le ha encasillado?

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Las enseñanzas del hombre de Cromañón
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Antonio Tinoco Ardila | 08-03-2017 | 07:53| 0

El pasado jueves, los periódicos de nuestro país se hicieron eco, muchos de ellos en sus portadas, del premio Pritzker otorgado al estudio de arquitectura RCR, de la localidad gerundense de Olot. El asunto bien merecía ese despliegue informativo toda vez que el Pritzker es considerado el premio Nobel de Arquitectura. Sólo un español lo ha conseguido desde que se instituyera en 1979: Rafael Moneo, autor entre otras obras magníficas del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. El estudio premiado se llama RCR porque responde a las iniciales de los nombres de los tres arquitectos que lo forman: Ramon Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda. Todas las informaciones hacían referencia a las razones que había tenido el jurado para otorgar el premio a RCR: “por hacer una arquitectura emocional y vivencial en la que conviven lo local y lo universal”. Precisamente este periódico tituló la información del premio utilizando esas mismas palabras: ‘Pritzker español, local y universal’. El diario ‘El País’, por su parte, titulaba:  ‘Pritzker a tres cosmopolitas de pueblo’.

Seguí la información con atención no sólo por comprobar cómo en los tres arquitectos olotianos se hacía realidad lo que sabiamente decía Juan Ramón Jiménez sobre el lugar de uno en el mundo –“si quieres ser universal, habla de tu pueblo”–, sino por unas frases de Carme Pigem a raíz del premio, que eran una declaración de principios: “No creemos ni en fronteras ni en purezas. El hombre de Cromañón no era de ningún sitio. No podemos retroceder”.

El caso es que el sábado, dos días después de leer lo del premio Pritzker  al estudio RCR, fui a la fiesta-manifestación convocada por Amnistía Internacional para exigir que Badajoz se convierta en una ciudad que acoja a algunos de los miles de refugiados que aguardan a que Europa se atreva a estar a la altura del concepto que tiene de sí misma. Estuvimos allí unas 200 personas con música, versos, discursos improvisados y también con el sinsabor de que, incomprensiblemente, nadie del equipo municipal de gobierno se sintiera concernido por la convocatoria. Y cuando volvía para casa recordé de pronto las palabras de Pigem.

La memoria no es tonta. Ni arbitraria. La memoria sabe que justamente esas tres frases concisas dichas por una arquitecta para hablar de su trabajo (“No creemos ni en fronteras ni en purezas. El hombre de Cromañón no era de ningún sitio. No podemos retroceder”) bastaban también para dar consistencia intelectual y moral a la exigencia de que Badajoz y cualquier otra ciudad europea sea un sitio de acogida para los refugiados que nos esperan. Porque no acogerlos es creer en las fronteras y en la afilada maldad de los que quieren imponer las razas puras. No acogerlos es despreciar las enseñanzas de los cromañones, que vivieron en Europa hace 40.000 años y que para muchos –notoriamente para muchos de nuestros gobernantes— parece ser que fueron un ‘homo sapiens’ insoportablemente cosmopolita.

No podemos retroceder. Porque no acoger a los refugiados es permitir que los cromañones nos miren por encima del hombro.

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La moción de censura de Pepe Gotera
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Antonio Tinoco Ardila | 01-03-2017 | 07:03| 0

Hay dos o tres hipótesis sobre la moción de censura que Ricardo Cabezas, el candidato socialista a alcalde de Badajoz, está preparando desde antes de Carnavales que todavía no se han contemplado: una, que en realidad se trate de una operación urdida por Francisco Javier Fragoso. No sería extraño: si convenimos en que un modo de conocer un fenómeno es por los efectos que de él resultan –la última prueba del mismo es el hallazgo a 40 años luz de siete planetas ‘parecidos’ a la Tierra que nadie ha visto, pero que se sabe que existen por las alteraciones que provocan sus campos gravitatorios en su estrella–, pocas dudas hay de que esa anunciada y cada vez más alucinógena moción de censura está descubriendo una sustancia política en Fragoso que hasta ahora quizás no había sido advertida por los vecinos. Y es que sólo ha bastado dejarle a Cabezas todo el escenario y que actúe a su sabor para que Fragoso parezca más alcalde. Y Cabezas menos alcaldable.

La segunda hipótesis es que no se trate de un plan urdido por el PP, sino por Podemos, que en Badajoz tiene la suerte de contar con gente inteligente que caza al vuelo la oportunidad de quedarse con toda la caja de la izquierda con sólo darle hilo a la cometa para que Cabezas –y con él el PSOE local y quién sabe si también algo, o bastante, el regional–, se estrelle y luego venga Remigio Cordero a aprovechar los restos del descacharre que tan sutilmente ha alentado.

Y hay una tercera hipótesis que apunta a que, si descartamos la ‘mano negra’ de Fragoso o de Cordero, se trate de una moción de censura maquinada por Pepe Gotera y Otilio, que como todo el mundo sabe es una acreditada empresa de chapuzas.

¿Qué otra conclusión cabe deducir del desarrollo de los acontecimientos? Ricardo Cabezas anunció su intención de presentar una moción de censura, para la que indefectiblemente necesita los votos de los 14 concejales de la oposición y el permiso de los tres partidos, sin tener negociado, ni mucho menos comprometido, un programa de gobierno que le asegure el apoyo; Cabezas afirma que la moción es necesaria no sólo para cambiar de políticas, sino para salvar al Ayuntamiento de la corrupción del PP, pero no sólo no tiene en su poder las pruebas que demostrarían la existencia de esa corrupción para presentarlas a continuación en la Fiscalía, sino –¡viva el surrealismo!– pide al mismo Ayuntamiento gobernado por ‘los corruptos del PP’ que le proporcione esas pruebas; Cabezas sigue pensando en la moción cuando Ciudadanos ha dicho que no la firmará, una decisión que debería haberlo parado en seco, puesto que sin Ciudadanos la moción de censura es ya imposible, ya que no tendría apoyo suficiente ni aun en el caso de que los dos concejales de Ciudadanos dejaran el partido para suscribirla.

Sea cual sea la hipótesis, lo que sí parece cierto es que el problema es Cabezas, pero también los dirigentes locales, provinciales y regionales del PSOE, acabando por Fernández Vara, que no han sacado a Cabezas de su delirio advirtiéndole de que con la moción de censura puede estar jugando con la cabeza de todos.

 

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El referéndum de las gasolineras
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Antonio Tinoco Ardila | 22-02-2017 | 08:18| 1

Debo de ser un soso, pero no logro verle la gracia a que el presidente de la Junta nos pida opinión a los ciudadanos sobre si las gasolineras de bajo coste tienen que estar atendidas o no por personal. No es que no le encuentre la gracia en particular a esa especie de referéndum sobre las gasolineras que nos propone Fernández Vara, sino que desconfío de todas esas oportunidades de participar que están surgiendo en el mundo político como setas y que hacen que nuestros representantes se sientan tan estupendos: ahora nos piden que nos pronunciemos –que se pronuncien los madrileños, en este caso– sobre la reforma de la plaza de España de Madrid, o sobre la peatonalización de la Gran Vía, o sobre si es bueno o no el billete combinado de autobús y metro. O más cerca: que nos pronunciemos sobre el proyecto del Campillo, que impulsó Podemos en Badajoz; o que los vecinos digan si se tira o no el quiosco de la música del parque de San Ginés de Guareña, como ha propuesto el grupo municipal de IU de esa localidad…

Debo, además de ser soso, padecer de algo mucho más grave: tener el sentido democrático atrofiado porque me asaltan serias dudas sobre si sale ganando la democracia por el hecho de que nuestros representantes políticos nos pidan opinión sobre asuntos que, o bien son técnicamente complejos y es preciso contar con un alto nivel de información para votar con propiedad, o bien son simples y el pronunciamiento en un sentido u otro es, sobre todo, emocional.

Y es que en este tipo de consultas, bajo la impecable apariencia de ‘dar la voz al pueblo’, no veo otra cosa que el atajo que ha encontrado el gobernante para escaquearse de la responsabilidad de gobernar. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, lo que me parece todo esto es un modo de darnos gato por liebre y de depreciar la democracia. Escaquearse porque gobernar significa tomar decisiones (luego, los gobernados, harán de su capa un sayo y respaldarán o no con su voto la gestión del gobernante en razón de las decisiones que haya tomado). Y depreciar la democracia porque en ese tipo de consultas se establece una desigualdad del voto en origen, de tal manera que quienes tengan intereses en el objeto sobre el que se consulta votarán mucho más que los que no tengan intereses, y precisamente la limpieza y grandeza de la democracia radica en que son muchos más los ‘desinteresados’. Esos que son lo contrario del grupo organizado en algo muy parecido a un ‘lobby’.

¿Se imaginan al director de este periódico sometiendo a consulta en las redes sociales qué noticias llevar a la portada del periódico del día siguiente? ¿O, más dramáticamente, a un cirujano preguntando en Facebook si opera o no por laparoscopia un cáncer de colon? ¿Engrandecería la medicina éste o el periodismo aquél por hacer lo que le indique la opinión mayoritaria resultante de la consulta? ¿O deberíamos correrlos a gorrazos por banalizar su trabajo?

Debo de ser un bicho raro –o algo peor: ¿un carca trabucaire?– porque donde muchos ven una oportunidad más para la democracia yo veo una oportunidad menos.

 

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Alta política en El Torviscal
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Antonio Tinoco Ardila | 15-02-2017 | 07:19| 0

La historia la contaba este periódico el pasado domingo pero la recuerdo ahora porque temo que, entre el diluvio informativo sobre los congresos del PP y Podemos, pasara inadvertida: es la historia compartida de Mohamed, un niño saharaui de ocho años que vive en los campamentos argelinos de Tinduf y que padece leucemia, y la de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez, que viven en El Torviscal, una pedanía de Don Benito de poco más de 500 habitantes. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez pertenecen a la Asociación AMAL de Amigos del Pueblo Saharaui, y a través del grupo de whatsapp que comparten los miembros de la asociación se enteraron el pasado diciembre de la delicada situación en que se encontraba Mohamed. No eran buenas noticias: lo estaban tratando en Argel, pero las condiciones en que recibía el tratamiento no permitían albergar esperanzas sobre si podría superar la enfermedad.

Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez se comprometieron a acogerlo y, desde el 27 de diciembre, día en que llegó a España y día en que conocieron a Mohamed, hacen con él lo que haría cualquier padre con cualquier hijo: llevarlo y traerlo del médico, que en este caso no es el consultorio del pueblo, sino la Unidad de Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Badajoz, que está a 120 kilómetros de distancia de El Torviscal. Son días de idas y venidas, algunas veces a revisión, otras a sesiones de quimioterapia. Mohamed está de suerte: Cristina es limpiadora (tiene contrato hasta junio), pero Juan Carlos no tiene trabajo, así que siempre está disponible para coger el coche.

Los médicos dicen que el mejor tratamiento de Mohamed sería un trasplante de médula. Quienes más probabilidades tienen de ser donantes son cuatro hermanos que viven en Tinduf, pero la burocracia argelina no les hace el pasaporte para viajar y someterse a los análisis de compatibilidad. Y el tiempo no sobra: el estado de salud de Mohamed es cada día más comprometido. Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez han difundido la historia de Mohamed a través de HOY para apremiar a Argelia a que permita sin demora salir a los cuatro hermanos del niño. No saben cómo pagarán sus pasajes del avión, pero de ese problema se ocuparán cuando los hermanos de Mohamed tengan el permiso para viajar a España.

Esta es la historia que contaba este periódico el pasado domingo, el día en que los compromisarios dieron a Rajoy todo el poder en el PP y los inscritos de Podemos hicieron lo mismo con Pablo Iglesias. El día en que Trump empezó una redada para deportar a inmigrantes. Rajoy, Iglesias y Trump han sido el centro de un diluvio informativo y pasarán a las páginas de la historia, y de ellos se escribirán ensayos sobre su estatura política. Nada se dirá, sin embargo, de Cristina Cordero y Juan Carlos Gómez. Sus nombres –más allá de su pueblo; más allá de su asociación– se olvidarán en el fragor de los días, y otras historias de amor vendrán a ocupar el espacio que ahora ocupa la suya. Y ningún historiador glosará la lección de alta política que ambos, sin duda sin pretenderlo, están escribiendo desde El Torviscal.

 

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¡Hurra por las sociedades mansas!
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Antonio Tinoco Ardila | 08-02-2017 | 05:19| 1

 

Seguramente recuerden la portada de este periódico del pasado jueves, el día en que iba a viajar a nuestra región el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, para visitar las obras del AVE. Aparecía en ella la imagen de cuatro ministros de Fomento de los que ha habido entre 2008 y la actualidad. Tres de ellos –Magdalena Álvarez, José Blanco y Ana Pastor–, habían hecho visitas similares a la que iba a hacer ese día el actual ministro del ramo, el cuarto que aparecía fotografiado. A cada uno de los tres primeros le acompañaba bajo su imagen una frase pronunciada con ocasión de esos viajes. Eran frases que hablaban de fechas de apertura de la línea, de prioridades políticas, de intenciones maravillosas que, pasado el tiempo, se demostraron falsas, por lo que el único fin que cabe atribuirles era salir del paso y que su autor volviera a Madrid sin sobresaltos.  Bajo la imagen de Íñigo de la Serna había un gran signo de interrogación que significaba tanto una desconfiada expectativa como una advertencia reforzada por el titular “De la Serna, sexta visita de un ministro de Fomento a las obras del AVE regional”. La interrogación parecía decir algo así como: “Señor ministro, a ver qué nos va a decir sobre el tren porque ya han venido cinco antes que usted y no nos creemos nada. Sea, al menos, imaginativo porque aquí ya hemos oído demasiadas buenas palabras que han sido humo”.

El pasado jueves fue una de las contadas ocasiones en que este periódico ha publicado una portada ‘editorializante’, es decir, en que la intención informativa cotidiana de las portadas de HOY decaía ante una explícita toma de partido. Esa novedad dio lugar a numerosos comentarios, de tal manera que la primera página del HOY fue uno de los elementos relevantes que rodearon a la visita del ministro.

Traigo aquí este asunto de la portada del jueves no para hablar de una excepción en la línea informativa de este periódico, porque eso sería una discusión más o menos académica entre periodistas, sino porque las reacciones de sorpresa que suscitó esa portada tienen un significado social: marcan con cierta exactitud el grado de nuestra temperatura rebelde.

Los extremeños no sabemos vestir el traje de la protesta. Aquí establecemos records en número de parados; records en la caída de la población ocupada; contamos empleos y resulta que nos faltan 50.000 para igualar a los que había antes de la crisis; colmamos nuestras aspiraciones laborales con trabajos de temporada; vemos cómo el conjunto de España se va reponiendo de los estragos de la recesión y cómo pasan los años y nosotros cada vez somos más pobres… Todo eso nos pasa y seguimos sin que desde fuera –ni dentro– oigan de nosotros una voz más alta que otra. Reivindicar, exigir, rebelarse no goza de prestigio en esta tierra, y por eso nos llama la atención cuando alguien –pongo por caso este periódico el pasado jueves–, expresa un descontento, por muy generalizado y justificado que esté.

“¡Un hurra por las sociedades mansas!”, deben decir cuando, por casualidad, miren hacia Extremadura desde Madrid (y desde Mérida).

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Privilegios de periodista
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Antonio Tinoco Ardila | 01-02-2017 | 07:59| 0

No pueden ni imaginarse los privilegios que por el trabajo que desempeñamos tenemos a nuestro alcance los periodistas. Yo he disfrutado de incontables privilegios –y lo que te rondaré, porque se me hacen los dedos huéspedes de los que me quedan por disfrutar—, y de entre ellos no es el menor el haber asistido desde un magnífico asiento –la mayor parte del tiempo desde el que me proporcionaba la Redacción de este periódico–, al espectáculo de ver cómo poco a poco se iba desarrollando el programa de trasplantes de órganos en la Sanidad extremeña. Desde aquellos años –hace más de 25– en que sonaba el teléfono y era el entonces gerente del Infanta Cristina, Dámaso Villa, anunciando con una alegría que no podía disimular que había habido una donación de órganos y de resultas de la cual se había trasplantado un riñón, o dos, en el hospital; o era Melchor Trejo, presidente de Alcer, que daba una rueda de prensa animando a la gente a que se hiciera con el carnet de donante. No tenía efectos prácticos, era sólo un gesto, pero aquel trozo de cartulina te iba brincando en la cartera y uno, con toda la razón, lo sentía como un íntimo secreto solidario y, a la vez, como una orgullosa declaración de intenciones; o era Julia del Viejo.

Julia Del Viejo merece un punto y aparte.  Porque se encargó durante años –y lo hizo hasta que apenas le quedaba vida— de un asunto más delicado si cabe que el de hacer que el riñón, el corazón o el hígado de un cadáver burle al destino y continúe viviendo y dando vida a otra persona. Ella se encargaba de lograr que los familiares de un candidato a donante digan sí a la donación en lugar de decir no justo en el terrible momento en que acaba de morir. Hubo un tiempo en que Extremadura aparecía en los primeros lugares de España en negativas de las familias de los posibles donantes a que se les extrajeran los órganos para implantarlos en quien los necesitara. Ahí, en ese ‘no’, acababa todo el esfuerzo de la ciencia y, más decisivo, también acababan las esperanzas –algunas veces exactamente las esperanzas de seguir viviendo—de los candidatos a recibir un órgano. Julia del Viejo encabezó el grupo de profesionales sanitarios que cambió la ominosa estadística que nos señalaba a los extremeños entre los insolidarios de España. Un estigma del que nos libró al lograr rebajarla por debajo de la media, donde ahora se encuentra.

He recordado todo esto al leer hace unos días en este periódico los datos que ofrecieron el consejero de Sanidad y el gerente del SES sobre la donación de órganos y trasplantes en nuestra región del año pasado: en Extremadura se hicieron 194 trasplantes en 2016; la tasa de donación fue de 42 por millón de habitantes, por encima del objetivo de la Organización Nacional de Trasplantes para el año 2020; y las negativas familiares representaron el 13%, tres puntos por debajo de la media nacional. Pueden parecer datos fríos, pero sería un error que nos los tomáramos así. En realidad, y a pesar de lo que queda por mejorar, son un orgullo colectivo que este oficio mío me proporcionó el privilegio de ver crecer.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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