Hoy

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Se murió Fidel
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Antonio Tinoco Ardila | 30-11-2016 | 06:18| 3

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, la redes sociales se llenaron de frases adversativas: de ‘pero’, de ‘aunque’, de ‘sin embargo’. De gente que reconocía que no había sido un modelo de gobernante democrático, ‘pero’ sí había logrado que Cuba fuera modelo para organismos internacionales como la Unesco por su sistema educativo gratuito desde la etapa pre-escolar a la universitaria; que no había respetado los derechos humanos ‘aunque’ su resistencia al bloqueo de los Estados Unidos pasará a la historia como una epopeya de dignidad; que había encarcelado a los disidentes y muchos de ellos, para evitarlo, viven en el exilio simplemente por opinar distinto, ‘sin embargo’ hizo de Cuba un ejemplo de solidaridad, mandando a cientos de médicos a paliar desastres humanitarios en países pobres.

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, las redes sociales se llenaron de justificaciones. De equilibristas en el alambre de la retórica. Como si un sistema educativo universal y gratuito; o un sistema sanitario muy superior al de los países de su entorno; o una resistencia nacional frente al agresor imperialista fuese intercambiable y compensara una dictadura. Como si hubiera que elegir entre una educación para todos y la democracia; entre una sanidad para todos y la democracia; la resistencia contra el bloqueo estadounidense y la democracia. Y como si, de tener que elegir, hubiera que optar por sacrificar la democracia.

Se murió Fidel y mí me ha sorprendido la cantidad de gente dispuesta a hacer juegos de manos con la mente para no tener que caer en la cuenta de que ese Fidel aureolado y tenido por uno de los mayores políticos del siglo XX es el mismo Fidel que ha gobernado casi 60 años con mano de hierro. Y lo ha hecho de tal modo que más de un cuarto de sus compatriotas –tres millones de personas– haya preferido irse de Cuba –decenas de miles de ellos jugándose la vida en una balsa; miles la perdieron en el empeño–, antes que vivir bajo su régimen, por muy universales que fuesen sus sistemas educativo y sanitario.

Se murió Fidel y a mí me ha causado estupor que haya tanta gente entre nosotros dispuesta a dar por bueno para los cubanos lo que no querrían ni en pintura para sí, como si los cubanos merecieran menos o fuera una osadía que aspirasen a los mismos derechos que nosotros. Gente que aspira a que los demás reconozcan en ellos su espíritu democrático e igualitario no muestran la más mínima inclinación a pedirle cuentas a Fidel –y por lo mismo no le otorgan a los cubanos el derecho a exigírselas– sobre por qué no ha permitido la prensa libre, ni los partidos políticos, ni la igualdad de oportunidades de progresar para todos de acuerdo a sus capacidades y no a la intensidad de adhesión a su partido.

Se murió Fidel y a mí me ha alarmado la cantidad de gente que estos días se ha resistido a llamar a las cosas por su nombre: que Castro fue un dictador que sojuzgó a su pueblo. Temo a esa gente porque, llegado el caso, la creo dispuesta a vender barata la libertad, con lo cara que cuesta.

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La vida de los que murieron
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Antonio Tinoco Ardila | 23-11-2016 | 06:18| 0

Si no han leído el reportaje que el periodista Antonio Gilgado publicó el pasado domingo en este periódico no dejen de hacerlo. Este es el enlace a hoy.es: http://www.hoy.es/prov-badajoz/201611/19/condena-sufrimos-nosotros-20161119193058.html. Habla de los niños del equipo de fútbol de Monterrubio de la Serena que murieron el 8 de mayo de 2014 cuando el autobús en que viajaban volcó al encontrarse con una máquina retroexcavadora que había iniciado un giro a la izquierda cuando el autobús la adelantaba.

Lo traigo aquí no sólo porque sea un texto y unas fotos emocionalmente inolvidables, sino porque si alguna vez se preguntan para qué sirve el periodismo –y es fácil que lo hagan ya que vivimos tiempos en que las noticias falsas con apariencia de verdaderas es un fenómeno tan extendido que hasta han influido en la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea y en la elección a presidente de los Estados Unidos…–, si alguna vez se preguntan, digo, para qué sirve el periodismo, ahí, en ese texto de Gilgado y en esas fotos de Brígido tienen una buena respuesta. Nada de tratados, nada de monografías, tampoco reporteros jugándose la vida en primera línea del frente ni sesudos análisis sobre el porvenir de nuestros políticos: sólo los emocionados testimonios –y conmovedoramente civilizados, sin dar una oportunidad al rencor– de unos padres recordando a sus hijos y su pasión por el fútbol; los detalles del mismo día del accidente, cuando ganaron 4-5 a pesar de que en el descanso del partido perdían 4-0 y nadie hubiera dado un duro por ellos; y sus sueños para cuando fueran grandes.

Se necesita mucho respeto por la simple verdad, como lo demuestra Gilgado, para mantener a raya la retórica y sólo emplear palabras sencillas para contar a los lectores la realidad en cueros de esa pérdida. Hasta ahora sabíamos cosas de ese accidente, algunas en detalle como que la retroexcavadora no tenía espejo retrovisor; o que su conductor no tenía permiso del dueño para conducirla. Sabíamos los nombres de los niños, sus edades, el arrasador dolor que su muerte ha causado en sus familiares, en su instituto, en la comarca entera. Sabíamos mucho del suceso pero poco de quienes lo sufrieron. No sabíamos que José Manuel Tena Furtado, el portero del Monterrubio, jugó su último partido a escondidas de su madre porque tenía una brecha en la cabeza ni que, aun en primero de ESO, superaba exámenes de matemáticas de segundo. No sabíamos que el delantero Ismael Herrador, un zurdo que marcó el primer gol de la remontada del Monterrubio sobre el Herrera del Duque, era un biólogo en ciernes y que se hacía preguntas sobre cómo conjugaba su padre su trabajo de guarda de caza de una finca con su ecologismo. No sabíamos  que José Antonio, el padre que lleva tatuado el nombre de Ismael, ha dejado la finca en la que trabajaba porque no puede con el recuerdo de haberla recorrido tantas veces con su hijo. Nada sabíamos de lo que cuenta Gilgado. A pesar de que lo que cuenta es tan simple de entender como que los que murieron tenían vida. Para mostrarla sirven el periodismo y los periodistas como Antonio Gilgado.

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La máquina del fango
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Antonio Tinoco Ardila | 16-11-2016 | 07:34| 0

Me hubiera gustado que Ramón Espinar, el candidato apoyado por Pablo Iglesias para dirigir Podemos en Madrid, hubiera perdido las elecciones primarias habidas en la última semana. Me hubiera gustado que las hubiera perdido no por ser el candidato de Pablo Iglesias, del que tengo opiniones encontradas: por un lado pienso que ahora mismo constituye una rémora para el crecimiento de su partido pero, por otro, es digna de admiración la capacidad que ha tenido de transformar un sentimiento de indignación de millones de españoles contra la crisis y el sistema político (el 15M) y convertirlo en menos de un lustro, según los últimos sondeos, en el primer partido de la izquierda. Aunque este Podemos se parezca a aquel 15M como se parece un huevo a una castaña.

Me hubiera gustado que Ramón Espinar hubiera perdido las primarias de Madrid porque esa derrota podría significar que los militantes de Podemos se resisten a perder el contacto con la realidad, a lo que cada vez con más insistencia les invita, por ejemplo, Pablo Iglesias. Porque la realidad es que Ramón Espinar, con la venta de su famoso piso de Alcobendas por 30.000 euros más de lo que le costó, fue un especulador de manual al que todos los dirigentes de Podemos habrían criticado con tanta severidad como razón si hubiera sido de cualquier otro partido. Y por eso mismo, habida cuenta de que en ningún momento admitió que su proceder fue censurable, debió salir ampliamente derrotado de su disputa por el control de la organización madrileña de Podemos. ¿Cómo se entiende que alguien que se comporta igual que cualquier especulador gane una elección precisamente en un partido que ha enarbolado la bandera de la lucha contra la especulación? Sólo se entiende porque han funcionado los ardides de la política en su versión rancia: aquellos que tratan de identificar a quienes les critican como enemigos embozados, sicarios de oscuros intereses, traidores al servicio de poderes ocultos… (pongan en los puntos suspensivos lo que más les guste para demonizar a los medios de comunicación. Por si les sirve de orientación, pongan “la máquina del fango”, que es la expresión que utilizó Pablo Iglesias –y que es un eco de Umberto Eco, que fue quien la acuñó– para denunciar ‘el acoso’ al que los medios estaban sometiendo a su candidato Espinar por informar de un hecho que ocurrió). A mí me duele que gente que está en Podemos porque tiene la esperanza de que ese partido sea el heraldo de una nueva política caiga en la vieja trampa de dar crédito a la teoría de las conspiraciones a la que apelan los jefes de Podemos siempre que les da un bofetón la realidad.

No falla: cuando un político acusa a la prensa de influir en un proceso en el que tenga intereses por publicar informaciones que le perjudican lo que está queriendo decir es que la prensa debería estar callada para que ese silencio se convierta en una especie de influencia por omisión a su favor. Justo eso es lo que hacen las dictaduras: tener silenciada a la prensa para que la ausencia de crítica lo interpreten los ciudadanos como un implícito y sostenido publirreportaje de lo bien que está todo. Por ejemplo, de lo bien que hizo Ramón Espinar especulando con un piso de protección oficial en Alcobendas.

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Herencia
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Antonio Tinoco Ardila | 09-11-2016 | 07:29| 0

La portada del diario ‘La razón’ de ayer lunes anunciaba un reportaje sobre las elecciones de hoy en los Estados Unidos y de cómo la disputa por el voto entre Donald Trump y Hillary Clinton ha dividido a la sociedad de ese país. El periódico ponía cara y voz a un votante de cada uno de ellos. Una mujer negra decía que votaría a Clinton porque “está más cualificada para el cargo y Trump está loco”. Y un hombre blanco aseguraba que votaría a Trump porque “dice lo que los americanos opinamos cuando estamos en casa”.

Me parecen muy oportunas las frases de ambos votantes que ese periódico eligió para su portada porque resumen el núcleo del mensaje que ha defendido cada uno de los candidatos a lo largo de la campaña electoral y también porque representan los dos extremos de uno de esos dilemas que afectan a la política: ¿qué es preferible, elegir a los que consideramos mejores porque están más capacitados para encontrar soluciones a los complejos problemas de nuestra vida común, o elegir a los que son lo más parecido a cualquiera de nosotros porque tendrán nuestra misma sensibilidad y estarán en mejor posición para resolver los problemas de acuerdo a nuestros intereses? En ese dilema, los votantes de Clinton representarían a quienes entienden que hay que votar a los más preparados, mientras que los de Trump representarían a quienes defienden que hay que votar a los que sean lo más parecidos a nosotros, las personas corrientes, si bien es difícil imaginar que haya muchas personas ‘tan corrientes’ en Estados Unidos y en cualquier parte que crean, como ha defendido hasta la náusea el candidato republicano, que la mejor solución contra la inmigración ilegal es construir un muro en la frontera con México o que el terrorismo islámico se erradica impidiendo la entrada de los musulmanes a los Estados Unidos.

Digo esto porque uno de los riesgos más preocupantes que están acechando a la política es el de que arraigue la idea de que su ejercicio es, en el fondo, muy simple. Aun estando de acuerdo en que el epítome de la simplificación es Donald Trump y que afortunadamente no tenemos en España uno como él, por estos pagos también contamos con ilustrativas propuestas de soluciones simples a problemas que no lo son. Uno de ellos es el ‘no es no’ de Pedro Sánchez; otro, el irresponsable tancredismo de Rajoy con respecto a Cataluña, que nuestro flamante presidente calificaría, con ese candor que despliega y para remachar la simpleza, como “de sentido común”.

Pero no es sólo preocupante la simpatía que empiezan a despertar las propuestas de soluciones simples a asuntos complejos, sino que de un tiempo acá hay ciudadanos que atribuyen a las soluciones menos reflexivas –es decir, “lo que opinamos cuando estamos en casa”–, una suerte de superioridad moral frente a las tomadas con cautela y con reservas, de modo que las decisiones terminantes que el mundo necesita sólo estarían al alcance de políticos limpios, de los que no tienen intereses inconfesables y nada que temer por cortar por lo sano.

Esos ciudadanos, adictos a lo simple que están por todas partes, son los alevines de Trump, la herencia que deja aunque hoy –ojalá—pierda.

 

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Broma
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Antonio Tinoco Ardila | 02-11-2016 | 07:30| 0

Hay una curiosa novela portuguesa de 1870, ‘El misterio de la carretera de Sintra’, que fue escrita de un modo tan singular que merece contarse: los novelistas Eça de Queirós y Ramalho Ortigão se concertaron para escribirla al alimón y publicarla por entregas en el ‘Diário de Notícias’. Bajo el formato de cartas al director, un aparente lector iba informando anónimamente de unos sucesos extraños que se habían producido en la carretera entre Lisboa y Sintra. La novela, con muertos, lances y amores contrariados, como correspondía a un folletín, avanzaba a trompicones porque Eça y Ramalho se impusieron la disciplina de no saber lo que escribía el otro hasta leerlo en el periódico, y a partir de ahí seguir la narración. La primera entrega se publicó el 23 de julio. Las siguientes estaban tan bien escritas, describían hechos tan vívidamente y suscitaron tantos rumores en Lisboa a partir de lo que en ellas se contaba, que ‘Diário de Notícias’ empezó a recibir cartas de lectores que habían dado la historia por verdadera y que aportaban detalles que la enriquecían. La cosa empezaba a escapársele de las manos a sus autores y el 27 de septiembre decidieron salir del anonimato y descubrir que todo había sido una broma. Una broma cuyo resultado es una obra literaria que ha llegado hasta nuestros días.

Me he acordado de ‘El misterio de la carretera de Sintra’ a raíz del caso del payaso diabólico de Badajoz. Ya saben: la difusión en Facebook de imágenes trucadas con payasos en sitios de la ciudad, que hizo un mozalbete, y la denuncia falsa de otro en Comisaría asegurando que le había atacado alguien vestido de payaso. “Fue una broma”, dijeron cuando los policías les descubrieron. Me he acordado de la novela portuguesa porque quizás una historia y otra nos ilustren sobre cómo han degenerado las bromas y de cómo en estos tiempos somos mucho más sugestionables que hace siglo y medio debido a que estamos infinitamente más expuestos e indefensos ante la falsedad. Los espontáneos sugestionados por el misterio de la carretera de Sintra tardaron semanas en aparecer; si esa historia se contara hoy a través de las redes sociales aparecerían en minutos. Y basta un solo ‘bromista’ para que los efectos de la broma se multipliquen exponencialmente creando, como en Badajoz, alarma social.

La preocupación por este fenómeno, como pertinentemente advirtió el domingo en estas páginas la periodista Rocío Romero, atañe a los policías: a la vista está que los de Badajoz debieron comprobar la historia antes de difundir la denuncia del falsario, y no al revés. Pero al que atañe de lleno es al periodismo. Estoy perplejo ante la evidencia de que cada día son más los colegas míos que consideran fuentes de información –es decir, emisores fiables—las redes sociales, donde todo rumor, infundio anónimo, y asuntos delirantes dados por verdaderos tienen su habitación. Si las redes sociales son las que van a inspirar al periodismo, a este viejo oficio –y lo que es más importante, al derecho a la información veraz como pilar de una sociedad democrática– le quedarán dos telediarios. Y el segundo y último, por supuesto, no será más que una sarta de bulos. Una broma.

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Sin líder
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Antonio Tinoco Ardila | 26-10-2016 | 07:06| 0

La estampa que queda después de la larga batalla vivida por el PSOE hasta decidir abstenerse para facilitar el gobierno de Rajoy no puede ser más desoladora: por doquier, cadáveres sobre los escombros –el más notorio, el de Pedro Sánchez—y cadáveres bajo los escombros, ocultos a la vista. La siguiente tarea de los que mantienen la cabeza sobre los hombros en ese partido será la de protegerlo de la gente que ya está muerta pero que todavía no lo sabe. Porque son estos los que aún están en disposición de acabar con lo que queda del PSOE.

Los espectadores que hemos contemplado esta batalla como si fuera una versión patria de ‘Juego de tronos’ hemos echado de menos que Susana Díaz, en quien estaban puestas todas las miradas, se comportara a la altura de la opinión que parece tener de sí misma. Ha estado, sin embargo, muy lejos de lograrlo y ahora es una zombi más, una especie de ‘caminante blanco’ que vaga por los restos de un partido que hasta ahora había encarnado como ninguno el espíritu de la Constitución del 78 y a cuya devastación ha contribuido tan resuelta como mezquinamente. Señalo hacia Díaz porque ella fue la mano que ungió a Pedro Sánchez –tan iluso él que todavía saca pecho porque sigue empeñado en olvidar el origen de su victoria en las primarias–; y porque era ella la que hacía cálculos de futuro. Por eso era ella quien, antes que nadie, debió asumir la responsabilidad de establecer el relato de la abstención, crudo, sin la hojarasca en que ha estado enredado meses y meses. Y es que en una tesitura como la vivida, ningún dirigente socialista –tampoco Fernández Vara, aunque sea el que más se acercó– ha tenido hasta la hora en que les pillaba el tren el coraje de sostener un discurso nítido para facilitar el gobierno de Rajoy. Mucho menos Susana Díaz, que ha ramoneado bajo el árbol de la abstención pidiendo a los demás que le hicieran el favor de interpretar sus gestos.

Y eso que la situación a la que se enfrentaba el partido socialista a partir de diciembre –y mucho más después de junio, cuando los españoles repitieron sólo con algunas variantes lo expresado en diciembre–, era sencilla de entender y explicar: tenía tres opciones: facilitar un gobierno de Rajoy; intentar uno alternativo; ir a nuevas elecciones. Una vez que se puso de manifiesto que el gobierno alternativo era una operación de arenas movedizas en la que el PSOE tenía muchas opciones de acabar sepultado, y de que las terceras elecciones eran un viaje hacia la irrelevancia, ¿por qué todos se pusieron durante meses a perder el tiempo y a devaluar su posición dando rodeos sobre la abstención y cuidándose de no nombrarla? Sólo cabe una respuesta: al PSOE le falta un líder y Susana Díaz ha faltado a la cita con el liderazgo a la que ella misma se había convocado. Menos mal, sin embargo, que el partido aún conserva su particular marqués de Pombal, Javier Fernández, el hombre que está tratando de hacer lo que hizo el portugués tras el terremoto de Lisboa: enterrar a los muertos y tratar de dar de comer a los que quedan. Ojalá pueda enterrar a todos los muertos; también a los que creen haber sobrevivido a la batalla.

 

 

 

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Bob
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Antonio Tinoco Ardila | 19-10-2016 | 05:54| 0

Queríamos tanto a Bob que por él hicimos un grupo de música. Salió espontáneo, cosa de una tarde, y ninguno sabíamos apenas nada, sólo Chus Rivas cantaba y lo imitaba más o menos regular y sólo Rafa Bardají tenía ese don trabajado, tan de Bob, de tocar la guitarra y acompañarse al mismo tiempo de la armónica. El resto éramos gente que paseábamos tan perdidos por la música como por las estrellas, pero unos y otros teníamos en común que cuando oíamos a Bob en aquellos radiocasetes Philips o alguien, en un banco del paseo de San Francisco de Badajoz, se ponía a cantar alguna de sus canciones, nos parábamos y ya se nos iban las horas muertas.

Así que cuando algunos de nosotros decidimos formar un grupo de música nadie dijo que aquello fuera una locura porque la mayoría entendió que era la oportunidad que buscábamos de mostrar que estábamos rendidos ante Bob. Y era verdad. Estábamos en un momento de nuestras vidas en que cualquiera de nosotros nos hubiéramos partido la cara con quien hubiera puesto en duda que cantar ‘Blowing in the wind’ –sólo cantarla, aunque fuera mal– no te hacía inmediatamente artista. Y es que aquella canción era tanto como una brújula, la guía para ir por el mundo siendo compañeros del viento en el que, si sabíamos escucharlo, estaban suspendidas todas las respuestas que necesitábamos para vivir.

Y para nosotros bastaba con que la cantara Bob.

Por eso hicimos aquel grupo, porque lo que nos importaba entonces era pertenecer a la cofradía de quienes lo queríamos sin condiciones. Y porque lo queríamos tanto nos reuníamos tardes enteras bajo las escaleras del aparcamiento de Simago. Allí, entre las cajas de madera y de cartón que sus empleados arrumbaban todos los días antes de que las tiraran a la basura, cantábamos las canciones del maestro y allí, si llegamos a componer algún blues, fue exclusivamente por el aliento de Bob. Lo queríamos tanto que todos nosotros, sin habernos puesto de acuerdo, nos compramos una armónica. Porque la armónica era el verdadero instrumento de Bob (por el que se expresaba el alma), y porque la armónica nos permitía soñar con él mientras la soplábamos hasta lograr aprender, no por la vía del talento sino por la de la insistencia, los solos inolvidables de ‘Just like a woman’.

Queríamos tanto a Bob que su voz desgarrada era lo único que dejábamos que nos acompañara cuando íbamos solos, sus canciones nos ocupaban enteramente el pensamiento como una tierra conquistada y las tarareábamos resueltos por la calle aun comprendiendo apenas -o no comprendiendo nada– lo que significaban. Pero no importaban sus letras porque entendíamos a Bob: entendíamos lo que hacía, su vida rebelde, su vestir atrabiliario, sus rarezas y sobre todo entendíamos su música, que para nosotros, por tanto como lo queríamos, resultaba ser un jeroglífico tan fácil que no necesitaba explicación. He ahí por qué no tiene sentido discutir; he ahí la mejor razón por la que la poesía de Bob Dylan merece el Nobel de Literatura: porque se entiende sin necesidad de comprenderla. Es lo que tiene el amor.

 

 

 

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Piqué
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Antonio Tinoco Ardila | 12-10-2016 | 06:49| 2

El defensa del Barcelona y de la selección, Gerard Piqué, anunció tras el partido contra Albania del pasado domingo que dejaría La Roja después del Mundial de Rusia, en 2018. Dijo que era una decisión meditada, pero que en ella ha tenido que ver la cacería a la que desde hace meses es sometido por un sector de la afición que considera al jugador ‘antiespañol’ porque se ha mostrado partidario de que se celebre un referéndum para dirimir si Cataluña se queda o se va de España. El último episodio –“la gota que ha colmado el vaso”, dijo al anunciar su retirada de la selección—han sido las críticas vertidas en las redes sociales por aparecer en el partido contra Albania con una camiseta sin los colores de la bandera en las mangas. De poco ha servido su explicación y que la Federación Española de Fútbol difundiera un comunicado informando de que la camiseta de manga larga, que es la que Piqué utilizó, no lleva la bandera y por tanto el futbolista, cuando cortó las mangas de esa camiseta, no lo hizo para evitar lucir los colores nacionales.

Me tomo que Piqué se vaya de la selección como una derrota personal porque con su renuncia estamos renunciando al patriotismo que necesitamos: el de los hechos, el del trabajo, el que se sostiene por encima de las ideas distintas; no el de los gestos impostados, el del pecho henchido, el de la ensoñación falangista de ‘las montañas nevadas banderas al viento por rutas imperiales caminando hacia Dios’, ni el de los tirantes y la correa rojigualda del reloj.

Hay en Gerard Piqué, ese que quiere que se vote si Cataluña sigue o no con España, más compromiso con nuestro país que el que hubo –lo cito por estar tan de actualidad en cierto banquillo de la Audiencia Nacional– en la boda de la hija de Aznar, donde había demasiados invitados cuya exhibición de la bandera sólo buscaba un salvoconducto para el saqueo.

Aunque no tengo muchas esperanzas a pesar de que el tirón popular del fútbol podría facilitarlo, ojalá este asunto de Piqué se transforme en una oportunidad que nos lleve a meditar a los españoles sobre qué nos está ocurriendo. Porque de eso va: no de fútbol, ni de banderas, ni siquiera de patria. Va de qué está pasando con nuestra democracia, de que la voluntad de los ciudadanos está siendo secuestrada por un sector –no sé si cada vez más nutrido, pero sí más estruendoso entre otras razones porque sólo se le oye a él– adicto a los pelotones de fusilamiento. Ese sector que ha encontrado en las redes sociales una autopista para el odio. Al que no le interesa que España progrese, que los mejores participen en ese progreso (Piqué es de los mejores defensas del mundo), sino de que sólo tengan la condición de español los que pasen su particular examen de la caspa. Si por ellos fuera, Lopetegui haría la alineación de La Roja en la Legión.

El domingo, ese sector, que en el fondo representa al fascismo rampante, se cobró la cotizada pieza de Gerard Piqué. No deberíamos permitírselo porque lo que derriban con Piqué es mucho más que Piqué: es nuestra voluntad de convivir por encima de las ideas de cada uno.

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Viaje
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Antonio Tinoco Ardila | 05-10-2016 | 06:40| 0

Gabriel García Márquez temía al avión y conjuraba el miedo haciendo buena chanza de él y recordando vuelos de sus tiempos de reportero en unos aviones mansos que “apenas asustaban con sus hélices las flores de los potreros”. No le gustaban a Márquez los aviones porque pasaba miedo, pero también porque decía que en los viajes aéreos su alma se separaba del cuerpo y vivía desparejado con el mundo durante el tiempo que tardaba el alma, que viajaba por tierra o por mar, en reencontrarse con el cuerpo, que se había adelantado por el aire.

He recordado lo que le sucedía al alma y al cuerpo del escritor colombiano cuando viajaba en avión porque noto que algo así le pasa al PSOE, que mientras la sociedad española ha hecho en diciembre y en julio el viaje del bipartidismo al multipartidismo en avión y ha llevado al partido –-al cuerpo del partido—al territorio de los 85 diputados, el alma socialista –la vieja alma socialista de naturaleza bipartidista— ha viajado en tren. El difícil reencuentro de un alma bipartidista en un cuerpo inmerso en una situación que ha dejado de serlo es lo que está viviendo el PSOE, una situación que imagino que estaría viviendo el PP con parecido desgarro entre sus militantes y estupor en la opinión pública si los resultados electorales –también los de Ciudadanos con respecto a Podemos– hubieran sido a la inversa. Lo digo porque, a diferencia de muchos militantes socialistas, no creo que el conflicto que sacude hoy a su partido sea ideológico, y de hecho no veo a nadie entre los críticos a Sánchez partidario de que gobierne Rajoy, sino lógico (de lógica), de adaptación a la nueva situación multipartidista que se ha instalado en España y que, entre otras cosas, significa que los ciudadanos han empezado a pensar diferente a como lo hacían cuando votaban mayoritariamente a sólo dos partidos.

Por eso creo que también es falso que el PSOE venda su alma y pierda más apoyo electoral si facilita con su abstención el gobierno de Rajoy que si no lo hace. Al cabo, han sido los propios electores los que han creado una situación nueva de la que se derivan consecuencias hasta ahora nunca vistas, como el laberinto en que se encuentra el PSOE, que no puede construir una alternativa viable al gobierno del PP y, a la vez, huye de otras elecciones porque tendría menos posibilidades de ser alternativa al PP.

Imagino que en el ejercicio político habrá muchas ocasiones en que un partido o un gobierno haga cosas que no quiere hacer. Lo imagino porque también pasa en la vida común. Ya se sabe: a la fuerza, ahorcan. En esas circunstancias, cuando alguien toma una decisión en contra de su voluntad, nadie le exige que comparta las razones por las que se pone una soga al cuello. Sí es obligatorio, sin embargo, que comprenda por qué lo hace. Y que lo explique. El PSOE tiene el problema de que está fracturado, pero también el de que nadie tiene el coraje suficiente –es decir, el liderazgo suficiente—para emprender el viaje de la ensoñación (‘no es no’) a la realidad (dejar gobernar a Rajoy). Y explicarlo.

Con lo fácil que es.

 

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Miedo
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Antonio Tinoco Ardila | 28-09-2016 | 04:50| 0

Hace unos días Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se enzarzaron en twitter en una disputa en torno al miedo. El primero reclamaba para Podemos ser la fuerza política capaz de “meter miedo a los sinvergüenzas”. El segundo le replicó diciendo que las energías de Podemos debían emplearse, más que en meter miedo, en seducir a quienes todavía no los consideran un partido en el que confiar.

El asunto, como cabía esperar, ha suscitado multitud de comentarios y ha permitido que las redes sociales –ahí donde hemos convenido en pensar que se ha refugiado la realidad— echen humo sobre la divergencia, cada vez más notoria, entre el jefe de Podemos y su escudero. El hecho de que inmediatamente después se apresuraran en las mismas redes los correspondientes peces-piloto de uno y otro por mostrar su adhesión inquebrantable (aunque sobre todo a Iglesias, por algo es el macho alfa), no hizo más que poner de manifiesto la magnitud de la discrepancia que, más tarde, y siguiendo la lógica de la vieja política, se quiso disimular.

Esa disputa me interesó, pero no tanto por la discusión Iglesias-Errejón, que al fin y al cabo es la del clásico dilema del Príncipe querido o temido, sino porque, de pronto, me hizo visible el miedo. Es decir, el miedo que les tengo. Miedo a todos: a Rajoy, a Sánchez, a Iglesias, a Rivera. Miedo a no saber qué criatura monstruosa son capaces de crear, pero miedo porque lo que sí sé es que, sea cual sea, será a imagen y semejanza de uno, dos, tres o de todos, qué más da, y que, por tanto, no hay esperanza de que sea algo distinto a una creación que temeré.

Y es que los cuatro nos han traído hasta aquí. Repartir las culpas, como quien distribuye porciones desiguales de queso, es a estas alturas inútil: después de casi un año he llegado a la conclusión de que uno de los errores que hemos cometido –disculpable porque tienen distinta apariencia– es pensar en cada uno de ellos como individuos. Abramos los ojos: no existen Rajoy, Sánchez, Iglesias o Rivera. No existen por más que quieran hacernos creer que cada uno de ellos es un (mal) político, singular en su género, cada cual con sus miserias propias. Pudieron existir hace meses, pero desde diciembre hasta acá han fabricado una batidora que ha triturado lo que fueron cada uno de ellos, con sus partidos, sus siglas y con aquellos discursos con los que nos trataron de seducir y que ya nos atemorizan, de manera que ahora sólo queda un magma informe, una pulpa hecha de la suma de sus cuatro inutilidades, de sus cuatro egoísmos, de sus cuatro voluntades aderezadas, eso sí, de a cual más bonito discurso autoexculpatorio.

Siempre me he resistido a justificar esa idea cínicamente desencantada del ‘todos los políticos son iguales’, que es uno de los asuntos clásicos de las barras de los bares. Pero llegados a este punto no encuentro argumentos, y bien que me gustaría, para no rendirme ante ella. Y es que lo han logrado: son ya el mismo individuo con cuatro cabezas. Un monstruo que mete miedo y del que barrunto que a poco que le dejemos nos hundirá. Todavía más.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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