Hoy

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Ygritte
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Antonio Tinoco Ardila | 29-06-2016 | 06:40| 0

Cuando en la madrugada del pasado lunes ya estaban repartidos los escaños del Congreso y Senado y Rajoy había aparecido en el balcón de Génova para pronunciar el discurso más estrambótico (él lo llamó “el mas difícil”) de su vida, con saltitos incluidos; cuando ya los líderes habían avanzado algunas intenciones a tenor del dictado de las urnas, me gustaría creer que la onda expansiva de los votos llegó hasta el mismísimo dormitorio de Pablo Iglesias para depositar en él un último, pero me temo que no decisivo, mensaje.

Y me gustaría creer que Pablo Iglesias, al que imagino ya en la cama pero sin conciliar el sueño porque todavía no había aflojado la áspera desazón por su fracasado intento de convertir a Podemos en la fuerza política hegemónica de la izquierda; cuando todavía era incapaz de sobreponerse a la tribulación que le acongojaba y se sentía solo frente al mundo con el único sostén de la almohada, me gustaría creer que, justo bajo esa inquietud, dedicó un momento a recordar a Ygritte.

Quiero creerlo y no es descabellado pensar que la recordó. Le sobraban los motivos: porque Ygritte es un personaje de ‘Juego de tronos’, su serie favorita, la que, según manifiesta siempre que se le pregunta, inspira su acción política; porque Ygritte es uno de esos personajes secundarios de la serie que han dejado huella en el espectador, a pesar de su pequeño papel; porque Ygritte es la joven de la que se enamora Jon Nieve, uno de los grandes protagonistas de la serie, y por la que hace lo que resultaba impensable en un personaje con tan alto concepto de la lealtad: cometer la doble traición de enamorarse de ella –una salvaje, habitante de Más Allá del Muro– y olvidar los votos profesados a la Guardia de la Noche. Pero sobre todo porque Ygritte es la que pronuncia una de las frases recurrentes en la serie, que repiten como un sonsonete sus adeptos –entre ellos, es de imaginar, Pablo Iglesias–: “No sabes nada, Jon Nieve”.

Ygritte es la mujer indómita y libre que una vez y otra, cuantas son necesarias y con un irritante rigor, recuerda al joven Lord comandante de la Guardia de la Noche que le queda mucho por aprender. Y es por eso por lo que quiero creer que Pablo Iglesias, en la madrugada electoral del lunes, cuando las urnas le acababan de infligir la más severa derrota de su carrera, oyó nítidamente en la intimidad de su dormitorio la voz de Ygritte recordándole su ignorancia.

Uno no sabe si, al oír a Ygritte en su cabeza, Pablo Iglesias sacó conclusiones. Temo que no lo hiciera, porque ningún político español, viejo o nuevo, sabe darse por aludido, pero no tengo dudas de que sería lo mejor que le debería pasar a Iglesias y a Podemos: que Ygritte se haga oír. Es lo mejor que nos debería pasar a los ciudadanos: que Ygritte se haga oír y con el mismo irritante rigor que la indómita salvaje lo hacía con Jon Nieve le espete a Pablo Iglesias que para jugar a la política quizás sea demasiado pedirle al aspirante que sepa jugar al ajedrez, pero sí se le debería exigir –es lo mínimo que se despacha–, que sepa jugar a las siete y media.

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Escombro
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Antonio Tinoco Ardila | 22-06-2016 | 07:39| 0

La edición de Badajoz de este periódico traía el pasado jueves en la portada una foto de Casimiro Moreno en la que se veía a un albañil que arrojaba grava de una carretilla desde el tejado del Cubo. Ya saben, el edificio de la Facultad de Documentación y Comunicación, sito en la Alcazaba de Badajoz, cuyas dos plantas superiores ha ordenado derribar el Tribunal Superior de Justicia después de un larguísimo pleito entre la Asociación de Amigos de Badajoz, que lo ha ganado, y el Ayuntamiento y la Junta.

El caso es que hemos escrito y discutido tanto sobre este asunto, ha sido el Cubo uno de esas polémicas ciudadanas tan vivas y prolongadas, que estoy por asegurar que nadie ha visto en la imagen del periódico exclusivamente lo que muestra –el inicio de las obras de derribo justo en el momento en que se empieza a retirar del tejado del edificio la grava que lo ha protegido–, sino mucho más: para unos, esa imagen significa el triunfo de la justicia; para otros, el del fundamentalismo; para otros más, 300.000 euros del erario que podían haberse ahorrado o empleado en otra cosa.

Podrían añadirse muchas más interpretaciones a esa imagen. La mía es que en esa carretilla va, convertida en material de escombro, la Política. Así, escrita con mayúscula. La Política como instrumento para dirimir conflictos públicos. Ya sé que las sentencias, en un estado de Derecho, hay que cumplirlas. Pero también sé que la realidad no se agota en las leyes, y que si el ordenamiento de nuestra vida común se lo entregáramos exclusivamente a las leyes sería porque nos habríamos resignado a una convivencia de autómatas. Habríamos prescindido de nuestra capacidad de discutir, de acordar, de negociar para comprometernos con una decisión que se proponga el beneficio de la mayoría. Es lo que ha faltado aquí: voluntad para acordar algo mejor que lo que dicta la sentencia. Voluntad de nuestros políticos de  hacer justo para lo que se les ha puesto ahí: política, que en este caso concreto consistía en proponerle a Amigos de Badajoz, que tenían la ley de su parte, algo que beneficiara más a todos que su estricto cumplimiento, que es el derribo de dos plantas de un edificio cuya exacta reposición sería legal. Claro que en este caso, para hacer política se necesitaba de la condición previa de que nuestros representantes asumiesen la responsabilidad que les corresponde en que el asunto del Cubo haya llegado hasta los tribunales. Y aquí está el quid de la cuestión: que ninguno de los concernidos por este caso ha estado dispuesto a asumir responsabilidades sin necesidad de que se las haya tenido que exigir una sentencia.

No hubiera vuelto a escribir sobre el Cubo, –he escrito en parecidos términos más de una vez; qué periodista en Badajoz no lo ha hecho— si no fuera porque veo muchos reflejos del episodio del Cubo en la coyuntura que vivimos, la que nos ha hecho que el próximo domingo tengamos que volver a votar. Miro la actitud de los partidos –otra vez los vetos; otra vez la incapacidad para acordar y para asumir la parte de responsabilidad de cada uno en el callejón sin salida en el que estamos–  y sólo veo a la Política convertida, como la grava del Cubo, en material de escombro.

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Deseo
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Antonio Tinoco Ardila | 15-06-2016 | 08:03| 0

Hace unas semanas, el columnista José Ignacio Torreblanca señalaba en el diario ‘El País’ que uno de los rasgos que diferencian a Podemos del resto de partidos es que ha inventado una variante del clásico ‘efecto camaleón’. Como se sabe, los camaleones tienen la capacidad de mimetizarse con el entorno para pasar inadvertidos ante sus predadores y ante sus presas. El logro de Podemos, según Torreblanca, no sería mimetizarse con lo que le rodea, sino hacer que sea el interlocutor el que lo mimetiza y lo adapta a su paisaje particular. Este invento reporta grandes ventajas al partido de Pablo Iglesias. Una de las más significativas es que ni siquiera tiene que hacer el trabajo de plantear propuestas que coincidan con los intereses de los electores, porque son los electores los que ven en Podemos el partido que coincide con sus ideas; son los electores quienes lo adaptan a sus circunstancias, a pesar de que esas circunstancias cambien y también cambie –y de esto hemos visto suficiente en poco tiempo– lo que pregona Podemos.

En este contexto, la operación de márketing que ha supuesto dar al programa electoral la apariencia de un catálogo de Ikea es como una llama improductiva que se consume en sí misma, porque los votantes de Podemos leen en él –si lo leen– lo que ya están seguros de saber sin leerlo.

Aunque no lo dice así, Torreblanca viene a concluir que Podemos ha logrado un milagro que en estas circunstancias políticas tiene un valor incalculable: ser el partido que cada uno de nosotros quiere que sea. Y aunque hay millones de españoles que desconfían de él, e incluso lo consideran un peligro para la estabilidad económica y aun para la democracia, hay muchos otros que anhelan que las cosas cambien, y que han visto en Podemos la herramienta del cambio. Y son muchos los que lo desean. Porque ¿quién no anhela el cambio, incluso con independencia de la dirección que tome, cuando el statu quo político es el que ha echado a millones de personas al paro; a otros tantos a temer por sus salarios o por sus pensiones; a decenas de miles –la mayoría jóvenes muy preparados–, a la emigración porque en España no ven futuro?

El caso es que Podemos se está convirtiendo en algo más que un partido: es la proyección del deseo político de millones de españoles. Errejón, del que ya pocos dudan de que bajo su cara de zangolotino esconde talento, lo ha sintetizado con una frase feliz: “La política es sexy”. Y ya se sabe lo que ocurre cuando en nosotros se despierta el deseo. Que no hay razones que lo detengan. Al contrario: el deseo se afianza frente a todas ellas. Sólo el deseo puede explicar que los electores perdonen a Iglesias cuando abraza a Anguita y cuando se confiesa devoto de la socialdemocracia. O cuando se declara patriota y cuando en Cataluña se muestra más patriota con unos ciudadanos que con otros.

Es el deseo. Quizás la coleta de Iglesias, que a millones de españoles les ha hecho tilín.

Lo resumía con mejores palabras el poeta salvadoreño Roque Dalton: “Contra todas las cosas te amo. Inútil todo lo demás. Te amo”.

 

 

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Fiscalía
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Antonio Tinoco Ardila | 08-06-2016 | 05:47| 0

Hace dos años fui juzgado por revelación de secretos. El abogado de Mérida Ángel Acedo se querelló contra mí por considerar que varias informaciones publicadas en el año 2011 en el ‘Periódico Extremadura’ cuando yo era su director –y que se referían a los tratos de favor que Pedro Acedo, mientras era alcalde de Mérida, había tenido para con su hermano Ángel-, se habían apoyado en documentos privados que habían sido obtenidos ilegalmente.  Ángel Acedo pedía para mí tres años de prisión, inhabilitación para ejercer mi trabajo de periodista durante ese tiempo, 24 meses de multa y una indemnización por daños morales de 75.000 euros.

Fui absuelto, tanto en el Juzgado de lo Penal 2 de Cáceres como, por sentencia firme, en la Audiencia Provincial, pues el querellante, que nunca puso en duda la veracidad de las informaciones, no demostró que aquellos documentos en los que se basaban ni siquiera tuvieran el carácter de privados; mucho menos, porque no era el caso, que hubieran sido obtenidos ilegalmente.

He recordado la querella de Ángel Acedo porque guarda algunas similitudes con la presentada por el diputado asturiano del PP David González Medina contra Marcos Moro e Íñigo Noriega, periodista y director, respectivamente, del periódico ‘El Comercio’, de Gijón, también acusados de revelación de secretos y a los que se les pedía tres años y medio de cárcel y otros tantos de inhabilitación por publicar, entre otros datos y a pesar de que las sentencias son públicas, que el diputado fue condenado por tráfico de drogas.

Pero sobre todo he recordado ambos casos por sus diferencias. Y, particularmente, por una: los periodistas asturianos tienen un defensor, su abogado, y dos acusadores: el diputado Medina y, además, el fiscal, que ahora, para mayor compromiso, se ha quedado como único sostén de la querella tras la retirada de la misma por parte del perjudicado.  Yo, en cambio, conté con una acusación, la que representaba al querellante, y dos defensas: mi abogado y, además, la fiscal del caso, una mujer joven cuyo nombre ignoro y a la que le estaré agradecido eternamente porque hizo el más riguroso e inolvidable alegato a favor de la libertad de expresión y el derecho a la información que yo haya oído nunca en un tribunal.

Y, ahora, dos años después, veo este caso de los periodistas asturianos; veo  hace un mes el de los periodistas de ‘Abc’ Pablo Muñoz y Cruz Morcillo, a los que también acusaba el fiscal de revelar secretos y les pedía dos años y medio de cárcel, y comparo. Y me pregunto si son figuraciones mías o últimamente está pasando algo preocupante para el derecho a la información en España alentado nada menos que por la Fiscalía. Yo entiendo, aunque no pueda compartirlo, al diputado Medina y al abogado Acedo porque defienden sus intereses. Ninguno, aunque uno sea representante de los ciudadanos, hace peligrar las libertades, pero que ahora el fiscal, el garante de la ley, el que nos representa a usted y a mí en cada caso en el que es parte, tome partido en contra de la verdad hace que se me enciendan las alarmas.

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Sastre
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Antonio Tinoco Ardila | 01-06-2016 | 05:27| 0

Hace unos días, el periodista de Don Benito Ángel Sastre, que ha estado casi diez meses secuestrado en Siria, tuvo la generosidad de aceptar la invitación de la Asociación de la Prensa de Badajoz y de la Sociedad Económica de Amigos del País para hablar sobre su trabajo en situaciones de conflicto. Su pretensión era contar cómo se hace el periodismo en una guerra, para lo cual mostró imágenes –algunas, inéditas– sobre todo de combates en Siria tomadas por él y por sus compañeros de cautiverio Antonio Pampliega y José Manuel López, que revelaban suficientemente hasta qué punto es verdad que un reportero de guerra juega a diario a la ruleta rusa con la muerte.

Sastre quería evitar que su charla se centrara en su cautiverio en manos de Al Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, pero inevitablemente sus propias palabras fueron derivando hacia ese episodio y, en el coloquio posterior, también las preguntas del público, que llenó el salón de la Económica a pesar de ser las siete de la tarde del sábado 21, con la Feria del Libro y la fiesta de los Palomos en la calle.

Para mí fue un relato impresionante que los días transcurridos desde entonces no han borrado. Impresionante por lo que contó y dejó entrever, y que podría resumirse en que los diez meses cautivo no fueron una prolongada aventura laboral simplemente comprometida y en territorio hostil, sino la  incertidumbre sin fin de vivir con el temor de que te pasen a cuchillo y encima hagan del asesinato un acto televisado de propaganda, para lo cual ni siquiera faltó el atrezo del mono naranja con que los terroristas vistieron a los tres, y que era idéntico al que les ponen a otros periodistas o cooperantes cuyo degüello retransmite el Estado Islámico.

Pero sobre todo me impresionó Ángel Sastre por cómo contó su cautiverio. Porque podía haberse entregado al discurso del héroe y nadie se lo hubiera reprochado. Algunos, quizás, incluso lo hubieran celebrado porque no hay nada que ilusione más que ver refrendada por un testigo la versión de un episodio construido sobre la imaginación. Pero Sastre lo evitó. Y lo hizo sin trampa ni cartón, y sólo se atuvo a las sencillas palabras que emplean los hombres normales –y los buenos periodistas– para contar el tormento. Y empezó por reconocer su propia irresponsabilidad al entrar en el avispero de Siria en el verano del año pasado –añadía al desatino que él aprovechara sus vacaciones de corresponsal en América Latina para emprender ese viaje–, cuando todos le aconsejaron que no lo hiciera porque nadie podría garantizar su seguridad. Y habló del miedo, de su profundo miedo a morir por unas crónicas que, así lo dijo, valían menos que su vida y que el dolor que había causado a sus padres, que allí estaban, en primera fila, oyéndole.

En algunos momentos, la charla de Ángel Sastre pareció una confesión. Y el resumen de su secuestro el viaje de ida y vuelta desde sus errores. Fue emocionante sentir cómo en el aire de la Económica quedó el peso de la lección aprendida: la bienvenida al hombre; la despedida al héroe.

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Aprosuba
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Antonio Tinoco Ardila | 25-05-2016 | 05:32| 0

Hace unos días recibí en el teléfono móvil un ‘whatsapp’ del que desconozco su autor –venía rebotado de otros receptores– que celebraba el cambio de nombre de los centros Aprosuba. Seguramente saben que los centros Aprosuba son las instituciones que durante más de 40 años han venido trabajando por la atención y el desarrollo de personas con discapacidad intelectual en la provincia de Badajoz. El mensaje anunciaba con alborozo que los centros Aprosuba –son alrededor de una quincena y están numerados: Aprosuba 3 en Badajoz, Aprosuba 9 en Villanueva, 14 en Olivenza…– pasaban a llamarse Plena Inclusión Extremadura.

Pero el mensaje no ponía el acento en el cambio de denominación de estos centros, sino en la importancia de que desapareciera el nombre de Aprosuba. “Desde hoy Aprosuba dejará de existir en cualquier lugar de Extremadura… Por fin llegó esta gran noticia!!!”, decía el mensaje. Y continuaba: “Saben por qué? ¿Saben qué significa Aprosuba? ¿Saben que en el fondo estamos ofendiendo a las personas con discapacidad? A: Asociación; PRO: personas; SUB: subnormales; BA: Badajoz. Estas siglas lo que hacen no es sólo ofender, sino desprestigiar e infravalorar las capacidades que poseen las personas con discapacidad”.

No tengo nada que ver con Aprosuba ni nadie de mi entorno tiene relación con esta institución. Sé de ella sólo porque muchas veces cubrí informaciones que le atañían y por lo que leo en el periódico cuando aparece alguna noticia relacionada con ella. Y también creo que, en un asunto como este, en el que la sensibilidad está a flor de piel, la actualización de los nombres puede evitar dolor a muchas familias. Sé, además, que ya ha se ha difundido el nuevo como una renovación positiva e integradora.

Pero no me gustó el tono del mensaje. Precisamente porque no encontré en él ese respeto, cuyo autor tan desabridamente reclama para sí, hacia las personas que hace más de 40 años trabajaron hasta la extenuación para crear una institución que defendiera la inclusión personal, laboral y social de las personas con discapacidad.  Que ahora alguien les reclame que en los años 70 no tuvieran la sensibilidad que se les habría de exigir casi medio siglo después y le pusieran a esa institución un nombre que, en aquel entonces, nadie daba por ofensivo es, lo digo con pesar, una ofensa. El mensaje, tal como estaba redactado, me pareció una de esas ocasiones en que alguien coge el rábano por las hojas, además de un ejemplo de los estragos de la corrección política, que se imbuye en el paradigma de lo que debe ser admitido sin la más mínima objeción…, a menos que el objetor quiera colocarse bajo la luz de la sospecha.

También lo colocaba en este caso, porque el mensaje sobre el cambio de nombre de Aprosuba conminaba al receptor a que tomara el camino ‘correcto’ con estas palabras: “Desde hoy queremos y favorecemos la inclusión. ¿Y tú, ayudas o no ayudas a incluir?”. Y acababa con unas palabras que resultaban paradójicas en un mensaje pretendidamente defensor de la diversidad: “Todos somos uno”. Paradójica frase. Y reveladora.

 

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Ilusión
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Antonio Tinoco Ardila | 18-05-2016 | 06:17| 0

El pasado jueves este periódico informaba de que 17 juristas partidarios de la independencia de Cataluña habían presentado a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, una propuesta de Constitución para la República de Cataluña. Se trataba de un documento, decía la información, que formará parte de la documentación con la que trabaja la comisión parlamentaria sobre el proceso constituyente.

Sentí envidia. No porque en mí anide el más remoto espíritu independentista que me haga soñar con que esté en vigor un texto que diga: “Extremadura se constituye en Estado libre, soberano, democrático, social, ecológico y de derecho”, tal como se define a Cataluña en el primer artículo de la citada propuesta. No siento envidia por eso. Por eso siento decepción por que una comunidad como Cataluña, en cuya capital viví entre el 79 y el 81 con la certeza de que estaba en una ciudad que había hecho de su espíritu de acogida una solemne declaración de carácter, la vea ahora desbarrancándose por la pendiente del aldeanismo.

Sentí envidia porque un documento como ese no nace del aire, nace de que en Cataluña existe una ilusión de la que participa una parte significativa de catalanes. Yo, ya lo he dicho, de ser catalán no estaría entre los ilusionados por la independencia, pero no dejo de envidiar ese impulso, esa aspiración colectiva. Y aun a sabiendas de que, en cualquier caso, ese impulso aquí sería más prosaico que el de crear una nueva nación, no lo siento menos necesario, sino más. Porque lo que yo echo de menos en Extremadura es un plan de futuro para todos y trazarnos un camino para conseguirlo. No soy político, no tengo la capacidad de articular un proyecto social, lo cual alguna vez lamento. Sólo me hago preguntas. Pero cuando me pregunto a mí mismo ‘¿crees que dentro de diez, de veinte años, Extremadura será una sociedad que haya avanzado decisivamente en bienestar, en igualdad, en calidad de vida porque diez, veinte años atrás –es decir, hoy— hubo planes, ilusión, objetivos colectivos que se empeñaron en hacerlo posible?’, la respuesta es no, no lo creo. Ojalá lo creyera, pero uno lee el periódico, presta atención al discurso público, se detiene a oír las ideas sobre las que discutimos en la Asamblea y nada veo que me induzca a pensar que algo de lo que hablamos, aunque sólo sea una cosa, alberga no el mero propósito de ir tirando, sino el germen de transformación de esta tierra. Un ejemplo: ¿cuántos planes de empleo se han hecho; cuántas veces hemos oído decir que lo que Extremadura necesita es un cambio de modelo productivo sin que nada haya conseguido remover un solo centímetro esta menesterosa realidad que tenemos? ¿Y cuántas veces hemos perdido la oportunidad de ordenarle a la Universidad la misión de variar nuestro rumbo inexorable hacia el mismo horizonte de todos los siglos?

Nada veo que sea capaz de sacarnos de la linde del marasmo. ¿No hay nadie, en la Junta, en la oposición, que alce el dedo y diga ‘tengo un plan, un sueño, para el futuro de esta tierra’? Habría mucha gente –yo, uno—que se apuntaría a esa ilusión.

 

 

 

 

 

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‘Postureo’
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Antonio Tinoco Ardila | 11-05-2016 | 05:41| 3

Como saben, la pasada semana celebramos el Día de la Libertad de Prensa. Mi artículo del último martes hacía referencia a él. Lo recuerdo ahora no porque quiera volver sobre lo mismo, sino porque ese día me encontré con algunos colegas de los que me sorprendió que pusieran en duda la existencia en nuestro país de la libertad de Prensa, lo cual para mí está fuera de discusión como lo está que en España disfrutamos, merced a nuestro sistema constitucional, de otras libertades, como la de expresión, manifestación, huelga o participación política. Otra cosa es que las libertades citadas estén siendo recortadas, o sufran amenazas (la ‘ley mordaza’, sin ir más lejos). O quienes nos encargamos de gestionar alguna de ellas, como los periodistas la de Prensa, cumplamos o no con nuestro deber y estemos o no a la altura de lo que se nos exige. Pero libertad de Prensa hay en España. Basta para comprobarlo que no escasea la gente con poder que insulta a los periodistas cuando publican algo que no les gusta. Cuando no había libertad no los insultaban; mandaban directamente a la policía a buscarlos.

Pero, como decía, no quiero hablarles de la libertad de Prensa, sino de ese descreimiento en torno a las libertades que tenemos. A veces tengo la sensación de que esa posición desapegada es más un gesto propio de un diletante que fruto de la reflexión y la experiencia. Un ‘postureo’. Como si afirmar que nuestro país es democrático y que sus ciudadanos gozamos de un sistema de libertades, más que un motivo de satisfacción por este logro colectivo, fuera una declaración de conformismo. O de algo todavía peor: de una cierta relajación moral, algo así como dar por bueno que, llegado el caso, los principios flaquean, de modo que admitir que en España hay libertad sería estar de acuerdo con ‘el sistema’ y, por tanto, con sus trampas, mientras que rechazar la existencia de esas libertades por no tener el grado de pureza que merece nuestro alto rasero, aunque las practiquemos con toda tranquilidad, fuera mantener una posición de gallarda rebeldía.

La realidad es, para mí, justo lo contrario, de tal manera que la pretendida superioridad moral que reclaman para sí algunos de los que practican esa aparente actitud insurgente –que se resume en algo así como: “esta democracia es una mierda; no hay libertad de Prensa ni de nada”– esconde el conformismo de no empeñarse en el modesto afán diario de mejorarla. Seguramente porque no la aprecian lo suficiente, que es precisamente la misma actitud que la de los que tratan por todos los medios de empobrecerla.

Antonio Muñoz Molina, en su ensayo ‘Todo lo que era sólido’, advierte con agudeza del error en que caemos cuando sólo reparamos retrospectivamente en lo que teníamos, mientras que se hace invisible en el momento de tenerlo. Así nos puede ocurrir con este sistema democrático, delicado y siempre en España expuesto a ser fugaz: que empecemos a añorarlo cuando lo perdamos por no saber verlo mientras lo tenemos. No saber verlo es no saber defenderlo. O no querer, que es una de las variantes más cínicas de la ceguera.

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Preguntas
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Antonio Tinoco Ardila | 04-05-2016 | 05:37| 0

Jeremy Paxman y Stephen Sackur son veteranos periodistas de la BBC célebres por sus preguntas. Llevan años entrevistando a todo tipo de personajes, a los que someten, si es preciso, a un tenso interrogatorio. Quizás lo recuerden: Sackur fue quien entrevistó a Raül Romeva cuando encabezaba la candidatura de Junts pel Sí en las elecciones catalanas. Seguramente Romeva pretendía con aquella entrevista difundir en el Reino Unido la buena nueva de la independencia de Cataluña, pero se convirtió en un vía crucis sobre la corrupción autóctona, empezando por el ex ‘molt honorable’ Jordi Pujol. A Romeva se le veía intentando echar balones fuera ante las preguntas de Sackur porque no era de aquello de lo que él quería hablar en la BBC; contestando mal que bien que la corrupción, si la había en Cataluña, era por contagio de España y asegurando que no cabría jamás en la Cataluña independiente porque, por definición, los catalanes son buenos y benéficos.

Paxman acaba de jubilarse tras 25 años en la cadena pública británica y un espejo para periodistas es su entrevista al jefe de Coca Cola en Europa, el cual tuvo que admitir, ante la insistencia del entrevistador, que la Coca Cola que muchos espectadores beben en el tiempo que dura una película tiene el contenido de 44 bolsitas de azúcar para el café. Y también entrevistó a un ministro del Interior británico, al que le hizo ¡doce veces! la misma pregunta porque su entrevistado no la respondía.

Muchos pensarán que Paxman y Sackur son agresivos (algunos dicen que son “abrasivos”), y que debido a esa agresividad habrán perdido más de una oportunidad de obtener información. Y es posible que así sea porque a veces para obtener información no basta preguntar enérgicamente por ella, sino saber extraerla delicadamente, como el pescador prudente que sabe que puede perder un pez si tensa el sedal.

Hablo de Paxman y Sackur porque hoy, 3 de mayo, es el Día de la Libertad de Prensa, y porque tal vez no haya nada que resuma con más tino en qué consiste eso tan decisivamente importante para el estado de Derecho que es la Libertad de Prensa como el modesto mecanismo de preguntar: la pregunta libre, innegociable, lo que hacen Paxman y Sackur, es el germen del periodismo.

¿Qué ocurriría en Extremadura si tuviéramos a entrevistadores como ellos? Me temo que si alguno surgiera tendría como tal una vida muy corta y sería mayor su relación de peticiones de entrevistas rechazadas que concedidas. Mi experiencia indica que los entrevistados se contrarían con increíble facilidad ante preguntas sólo levemente incómodas. E incluso se lo hacen notar al entrevistador (por persona interpuesta, por supuesto). O directamente se niegan a ser entrevistados ante el temor a que se  les pregunte según qué cosas.

Este de las preguntas, de la libertad para preguntar, es un asunto menor frente a las preocupaciones ciudadanas, pero quizás sea más importante de lo que indica su discreta apariencia. Porque de las preguntas cabe esperar respuestas. Y en las veces en que la espera de respuestas es en vano está el tamaño de nuestra democracia.

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Ofensa
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Antonio Tinoco Ardila | 27-04-2016 | 05:53| 1

Seguramente muchos de ustedes estarán al tanto de las palabras que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, dijo el pasado jueves contra los periodistas en general y, en particular, contra el redactor de ‘El Mundo’ Álvaro Carvajal durante el acto de presentación de un libro que tuvo lugar en la Universidad Complutense. Iglesias vino a decir que si uno quiere prosperar hoy día en una empresa periodística de nuestro país tiene que criticar a Podemos aunque esa crítica no se atenga a los hechos. “Son las reglas del juego”, añadió en medio del alborozo de su auditorio. Horas después vino la disculpa e incluso, el pasado domingo, el abrazo de Pablo Iglesias al ofendido Carvajal. Por supuesto, el abrazo fue fotografiado y, como mandan los cánones de la comunicación política, difundido por la redes sociales. De este modo,  Iglesias ha logrado ‘ser  noticia’–con alguna portada incluida– por decir lo que dijo y por desdecirse de lo que dijo. Bingo.

A mí, como periodista y a pesar de que algunos de mis compañeros de la Asociación de la Prensa de Badajoz me lo puedan echar en cara, la invectiva de Pablo Iglesias no me ofendió. Al contrario, esa desconfianza que demostró tenernos me supo a gloria: si una de las reglas no escritas más saludables del oficio del periodista es desconfiar de los políticos, lo lógico es esperar que la desconfianza sea mutua. Y cuando alguien la expresa, aguantarse si te escuece: donde las dan las toman.

De hecho, me preocupa más la reacción que, como colectivo ofendido, hemos tenido los periodistas, que las palabras de Iglesias. En primer lugar, porque abandonamos el acto de la Complutense, como si no tuviéramos más ocasiones de abandonar actos a los que se nos convoca, y muy particularmente esas ‘ruedas de prensa’ sin preguntas, que es una contradicción en sus términos y a las que asistimos con la cara de cordero degollado que inevitablemente se nos pone cuando aceptamos muy sumisamente ser los figurantes de la farsa.

En segundo lugar, porque somos un colectivo fácilmente criticable. Quiero decir que acumulamos razones para que nos pongan a caldo. Entre otras, porque bajo el manto del periodismo hemos dejado que tengan cobijo cosas que no lo son. Y le otorgamos idéntico calificativo  de ‘periodístico’ a un trabajo que aspira a contar lo que pasa con las reglas del oficio, y por el que su autor no va a ganarse nunca una palmadita en la espalda de ningún político –al contrario: si se gana algo es su malhumor, su insulto o, algunas veces ocurre, la petición de su cabeza–, que a otro que no es más que un ejercicio de almíbar y de baba. Y no es lo mismo el periodismo de investigación que el periodismo de felación, aunque los dos se nos presenten con las mismas hechuras formales.

En medio de la polémica sobre las palabras de Pablo Iglesias, el director de HOY escribió en Twitter dos frases interesantes. Decía Ortiz: “Un político criticando a un periodista indica que algo va bien. El problema serio son los periodistas que escriben al dictado de políticos”. Un buen resumen al que me acojo.

 

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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