Hoy

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El Estado malvado
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Antonio Tinoco Ardila | 25-01-2017 | 07:27| 0

El pasado domingo este periódico dedicó su foto de portada y las páginas 3 a 5 para dar cuenta de cómo han vivido las dos familias de las víctimas extremeñas del Yak 42 el último episodio de lo que fue la mayor tragedia de la aviación militar española en tiempos de paz: el dictamen unánime del Consejo de Estado, que ha reconocido 14 años después que el Estado pudo evitar, y no lo hizo, el accidente en el que murieron 75 personas (de ellas, 62 militares españoles) cuando regresaban de su misión en Afganistán. De ese dictamen, como se sabe, se ha derivado la posterior petición de perdón de la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, a las familias de las víctimas.

Atravesaba el reportaje el inmenso dolor de los familiares de los dos militares extremeños fallecidos, el sargento de 29 años natural de Montehermoso Juan Jesús Nieto Mesa, y el cabo primero Feliciano Vegas Javier, de 33 años y natural de Moraleja. Sin embargo, lo que establecía ese reportaje con mayor precisión no era, con ser mucho, el dolor acrecentado por la incredulidad; por el silencio del Ministerio de Defensa durante las primeras y angustiosas horas; por las miserables sospechas de algunos mandos militares, que atribuyeron a los familiares de las víctimas aspiraciones de sacar tajada económica de la tragedia; por el viaje a Turquía en busca de respuestas que aquí no les daban… Tampoco era la orfandad ante la desesperada búsqueda de restos de cuerpos, que los familiares de Juan Jesús Nieto tuvieron que añadir al dolor de su muerte porque fue uno de los 21 cadáveres confundidos, de manera que estuvo enterrado durante más de un año en una sepultura de una pedanía de Murcia mientras en el cementerio de Moraleja estaba el del subteniente del Ejército del Aire Joaquín Álvarez, asturiano y con residencia familiar en Zaragoza. No era eso sólo lo que se veía en el reportaje, era –la maestría del periodista Antonio Armero lo hacía posible– la distancia infinita entre quienes en aquellos días de mayo del 2003 detentaban el poder del Estado y los que murieron en una campa de Turquía cuando su avión, una chatarra volante, se desplomó contra el suelo. Una distancia que no explicaba la que hay entre la vida y la muerte, sino la que, más precisamente, hay entre la gente decente y los que tienen una forma de vivir que los incapacita para reconocer el valor de la vida de los que mueren cumpliendo con su deber.

Quizás nunca como en este caso del Yak 42 el Estado –un Estado democrático, no se olvide– ha sido tan malvado con sus servidores. Y lo seguirá siendo mientras, no la actual ministra, sino el máximo responsable del Ministerio de Defensa de esos días –Federico Trillo, que fue mercenario con el dolor de las víctimas— no pague siquiera algo de la inmensa deuda moral contraída. Pudo hacerlo hace unos días, cuando se despidió de la embajada española en el Reino Unido, la regalía de la que tan indignamente disfrutaba por nuestra cuenta. No lo hizo. Quizás lo peor que pueda decirse de ese hombre es que a nadie sorprendió que no tuviera ese coraje.

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Policías del pensamiento
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Antonio Tinoco Ardila | 18-01-2017 | 07:39| 0

Durante los últimos días he sido espectador perplejo de la campaña impulsada por la Red Feminista de Extremadura (RFE), el PSOE de Badajoz y el Círculo Feminismos Podemos Badajoz (pido disculpas si omito alguno) para que los colegios de Aparejadores de Cáceres y de Farmacéuticos de Badajoz impidieran que en sus sedes se celebrara la conferencia titulada ‘Cuando nos prohibieron ser mujeres y os persiguieron por ser hombres’, de la filóloga y militante de Vox Alicia V. Rubio. La campaña, toda vez que la conferencia está organizada por el Aula HOY, exigía también a este periódico que la cancelara e incluso pidiera perdón por programarla. Las razones por las cuales estos colectivos consideran que Rubio no debe hablar en ese foro es por “neomachista y homófoba” y, según el texto de petición de firmas a favor de la prohibición que RFE ha alojado en la plataforma Change.org, también porque defiende que “los hombres por naturaleza deben liderar y las mujeres por su biología están destinadas a cuidar y deben reducir su acción al ámbito doméstico”. Esta posición no significaría sólo expresar una opinión, sino “ser cómplice y promover la violencia” contra las mujeres y contra los homosexuales y transexuales. La campaña ha logrado algún éxito, puesto que el Colegio de Aparejadores de Cáceres declinó acoger la conferencia, que se celebró anoche en un hotel de la ciudad. La prevista esta tarde en Badajoz se mantiene en el Colegio de Farmacéuticos, una decisión que le honra.(*)

Hay muchas cosas dolorosas en esta historia: una es comprobar cómo algunos de nuestros representantes sólo están dispuestos a defender la libertad de expresar ideas mientras coincidan con las suyas. Se delatan como demócratas de conveniencia. Si hoy tenemos que explicar que la democracia consiste en respetar las ideas de los otros y que ese ‘ideas de los otros’ significa precisamente ‘las ideas distintas a las mías’ es que tenemos una concepción sólo oportunista de la libre convivencia. La libertad de expresión en que se ampara Alicia V. Rubio para decir lo que dice es la misma –ni más ni menos valiosa– a la que se acogen sus detractores para sostener lo contrario. Exigir que se le impida hablar anula sus discursos a favor de la tolerancia y alimenta dudas sobre la solidez de sus ideas. La libertad consiste en que cada persona pueda lanzar mensajes que nieguen o critiquen la visión del mundo de los demás. Incluso que sus ideas ofendan, como pueda ser este caso.

Pero también es doloroso constatar cuán corta es la memoria de gente perteneciente a colectivos históricamente perseguidos y qué poco parece que han aprendido del sufrimiento que les causó esa persecución. Estoy pensando en los homosexuales y transexuales, pero también en los socialistas. Observar el empeño que ponen algunos de ellos –o algunos de los que hablan en su nombre– en ordenar el tráfico de ideas y en convertirse en policías del pensamiento es comprobar el entusiasmo con que han adoptado la conducta de quienes hicieron lo posible por silenciarlos. Es la misma que practican ahora con quien no les gusta. Un triste espectáculo.

(*) Reproduzco aquí, como siempre, el artículo que salió el martes en HOY. Eso significa que ‘ayer’ es el lunes pasado y ‘esta tarde’ es la tarde del martes. No incluyo en el artículo nada sobre la concentración que hubo en las puertas del Colegio de Farmacéuticos de personas contrarias a las tesis defendidas por la conferenciante, con la lectura de un manifiesto.

 

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Una lectura de provecho
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Antonio Tinoco Ardila | 11-01-2017 | 06:49| 1

Si ustedes me exigieran que este artículo sirviera para algo más que para justificar la tinta que contiene no se me ocurriría mejor cosa que decirles: “Acaben apenas esta frase que están leyendo, dejen el periódico sobre la mesa, corran a la librería más próxima y háganse con el ‘Manual para mujeres de la limpieza’, de la norteamericana Lucia Berlin”. Pero si me preguntaran por qué recomiendo ese libro con tanto ahínco como para conminarles a que salgan de casa sin despedirse y aun olvidando el abrigo en el perchero, no sabría darles una explicación razonablemente convincente. Porque Lucia Berlin no cumple ni de lejos con el canon de lo que podríamos considerar una escritora: no tiene ‘obra’, sólo escribió 77 relatos en sus 68 años de vida, es decir, sale a poco más que a un relato por año, algunos de no más de un folio, la mayoría de tres o cuatro y el más extenso ¿quizás 30 páginas?

Ni siquiera ella tenía muy claro si era o no una escritora aunque en algún momento hablara del relato que estuviera escribiendo como si fuera uno de sus quehaceres. Nunca tuvo conciencia de que sus textos tuvieran trascendencia literaria a pesar de que alguno de ellos fue premiado y su libro –ese libro que es ahora celebrado en medio mundo– es apenas una recopilación de textos reunidos en 2015, once años después de muerta. Su prosa es tan poco brillante que de su lectura no ha quedado en mi memoria rastro de un párrafo rotundo o una frase feliz; la estructura de sus relatos es tan simple que algunos están toscamente rematados o directamente sin siquiera rematar y quedan colgados de la última frase como si el mundo hubiera echado el freno justo en el instante en que el columpio en el que estamos alcanzó su cénit y el lector, abandonado ahí, se asoma al abismo del punto final. Y, por si fuera poco, no hay en los relatos de Lucia Berlin otra cosa que no sea la vida azarosa de Lucia Berlin porque nunca se salió de eso que se ha dado en llamar autoficción, que es un modo de escribir fabuladamente de uno mismo quizás porque no hay talento para que la imaginación emprenda un vuelo más arriesgado.

Y sin embargo, contra todas las cosas, ese libro es un arrebato, es un huracán con tanta literatura dentro que no podrán leerlo sino de a poco, con la misma disciplinada posología con que cualquiera lee a Machado. Pone tanta emoción Lucia Berlin en lo que cuenta que su libro querrán tenerlo cerca porque su ausencia les terminará inquietando; hay tanta alegría y tanto dolor y risa y amargura y libertad y entrega y pasión en sus frases llanas que se apoderará de ustedes y les birlará el ánimo y recibirán su lectura con risas y lágrimas, atropellada o sosegadamente o como Berlin quiera, como Berlin los lleve y los traiga, los zarandee, los acogote o los acaricie o los bese… Como Berlin elija el modo en que ustedes se enamoren de ella. Porque se enamorarán. Esa mujer –bellísima, por cierto—les enamorará y no podrán vivir sin leerla.

Y yo quedo contento porque Lucia Berlin me da la oportunidad de que esta columna sea una lectura de provecho.

 

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Finlandia, tan lejos
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Antonio Tinoco Ardila | 05-01-2017 | 10:48| 0

Hace unos días leí en el diario ‘El País’ que el gobierno conservador de Finlandia estudiaba aprobar una renta universal para cada finlandés. La razón era que la creciente e imparable incorporación de la inteligencia artificial al proceso productivo y la consiguiente mecanización en la producción de bienes y servicios iba a tener dramáticas consecuencias en el trabajo. Habida cuenta de que cualquier finlandés está expuesto a ese peligro, la renta universal que estudian quería decir eso, renta para todos (se entiende, no obstante, que para todos los mayores de edad), con independencia de cualquier circunstancia y de sus recursos económicos: una renta por el hecho de vivir. La medida la ha implantado a modo de experimento en 2.000 personas seleccionadas aleatoriamente de entre las que habían cobrado el paro en los últimos meses y a las que desde este mes de enero y hasta diciembre del 2018 se les iba a dar 560 euros al mes libres de impuestos. Con ello, el gobierno finlandés –vuelvo a decirlo: de ideología conservadora; para entendernos, correligionarios del PP—  quiere analizar cómo emplean los beneficiarios esa renta inesperada que les ha caído del cielo –que en Finlandia, por lo que se ve, lo tienen tan cerca de sus cabezas que es el Estado– para luego, si la experiencia es positiva, trasladarla al conjunto de los ciudadanos.

Lo que más me sorprendió de la información no era el hecho en sí de que Finlandia estuviera estudiando dar una renta a sus ciudadanos (medidas similares están estudiando otros países) sino que ninguno de los funcionarios que estaba trabajando en esa idea diese por hecho que la reacción de los beneficiarios que participan de ese experimento fuese la que podría tener mucha gente en España –triunfarse los 560 euros y, si es posible, no trabajar más o seguir trampeando haciendo chapuzas,–, sino que serían una oportunidad para emprender nuevos negocios y probar con nuevas ideas. Y precisamente para que fuera así, una de las condiciones que consideran necesarias, además de la subida de impuestos a las empresas y a los más ricos, es que, previamente a su implantación, debían subir los salarios significativamente, de modo que la renta universal no represente más que un complemento, algo así como la guinda en el pastel.

La noticia rompía mis esquemas no sólo porque la renta universal sea un asunto que aquí ni podemos soñar –ya ven la dificultad que hay para desarrollar una renta básica que alcance a las personas que objetivamente la necesitan, cuanto más una renta para todos—, sino porque es preciso mucha confianza entre el Estado y sus ciudadanos para adoptarla. Ahí, justo en ese punto de la confianza, es donde veo la distancia entre Finlandia y los finlandeses y España y los españoles, porque aquí la desconfianza de los ciudadanos hacia el Estado y del Estado hacia los ciudadanos es nuestro modo de vivir. Establecerla –no restablecerla, porque nunca la hemos tenido— podría ser un magnífico propósito, y de beneficios históricos, para este año que comienza.

 

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Un rejón a la enseñanza
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Antonio Tinoco Ardila | 28-12-2016 | 06:55| 1

Un titular en la página 3 de la edición del sábado de este periódico me llamó la atención: “Educación rebaja a 145 las plazas de las oposiciones para paliar ‘el efecto llamada’”. Según la información, la primera intención de la Junta era sacar a oposición el año que viene 335 plazas de Secundaria, pero finalmente saldrán 190 menos porque es el número de plazas de las especialidades sobre las que también habrá oposiciones en 2017 en otras comunidades. El resto de plazas inicialmente previstas se acumularán a las que fueran a salir a oposición en 2018. Esta decisión se toma para que quienes se presenten en Extremadura no tengan la competencia –o tengan menos– de opositores no extremeños.

La decisión de reducir plazas de Secundaria que saldrán a oposición en 2017 obtuvo el apoyo de 4 de los 5 sindicatos con representación en el sector de la Enseñanza –CC OO se opuso, pero por no estar de acuerdo en la distribución de plazas por especialidades—, así como la satisfacción de la consejera de Educación, Esther Gutiérrez, quien dijo que la propuesta “responde al interés general y se basa en consolidar el empleo docente”.

Siempre me ha parecido una incongruencia que la Junta de Extremadura –-y el resto de gobiernos autonómicos— se preocupe tanto por evitar ‘el efecto llamada’ a las oposiciones de profesores. Porque cada vez que lo hace le clava un rejón a la enseñanza, de cuya mejora se proclama tan interesada. Es fácil de entender: si evitamos ‘el efecto llamada’ estamos limitando la adjudicación de plazas a los opositores extremeños, por lo que el sistema educativo de nuestra región estará perdiendo la oportunidad de que esas plazas las ocupen, en lugar de los mejores opositores extremeños, los mejores opositores de España, los cuales serán –no todos, pero sí algunos por mera estadística–, mejores que los extremeños.

Lo que quiero decir es que el interés general del que habla la consejera lo veo justo al revés de como lo interpretan ella y los sindicatos, porque la mejora de la enseñanza extremeña –ese es el interés general; no el particular de los opositores– vendría no por evitar el ‘efecto llamada’, sino por lo contrario: por buscarlo.

Nuestros políticos tienen a gala no estar contaminados por el virus del nacionalismo, e incluso miran por encima del hombro a catalanes  y vascos, a los que consideran, y con razón, presos de la visión aldeana consustancial a su ideología. Sin embargo, no logro ver otra cosa que un ramalazo de nacionalismo empobrecedor –y de falta de coraje político– en la actitud de nuestras autoridades ante las oposiciones en la enseñanza. Claro que a nadie importa. Ni siquiera a las asociaciones de padres de alumnos, cuyo elocuente silencio es quizás lo más preocupante. No he tenido la suerte de oírles decir ni mu nunca en este asunto, a pesar de que si cualquier niño lo preguntara pondría en un aprieto al padre que intentara explicarle –sin apelar a argumentos que nada tienen que ver con su educación– por qué es mejor un profesor de Matemáticas o Biología de Cáceres o Badajoz que de Málaga, Soria o Zaragoza.

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El momento de envejecer
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Antonio Tinoco Ardila | 21-12-2016 | 07:24| 0

A mi padre le gustaba gastarme bromas. Una de ellas parecía imposible de creer incluso en el momento en que me la hizo, cuando yo tendría 8 o 9 años. Fue una de las primeras veces que, desde Higuera de Vargas, mi pueblo, vinimos a Badajoz en el Renault 4 mi hermano Manolo, mi padre y yo. Por aquel entonces apenas había semáforos en la ciudad y los guardias urbanos –eran de los que tenían un casco blanco que parecía un salacot y unos abrigos abrochados hasta el cuello–, dirigían el tráfico en los cruces y desviaban los coches a un lado y a otro haciendo indicaciones enérgicas con las manos metidas en guantes, también blancos y como de hule, que les llegaban casi hasta los codos. Unas veces a la derecha, otras a la izquierda. Y otras más nos daban paso para que continuáramos adelante. La resolución de aquellos hombres me llamaba tanto la atención que le pregunté a mi padre cómo sabían los guardias hacia dónde nos dirigíamos. Él improvisó una respuesta mucho mejor que la pregunta: “porque esta mañana, antes de salir de casa, he llamado por teléfono al cuartel de los guardias urbanos y les he dicho que vendríamos a Badajoz para ir a la Plaza de la Soledad y cada guardia, al ver la matrícula de nuestro coche, sabe a dónde vamos y nos manda por la calle que corresponde”.

Hasta mucho tiempo más tarde, cuando el asunto de los guardias salió a relucir de nuevo, no formaron en mi casa un jolgorio a costa de mi inocencia y me hicieron caer en la cuenta (¡¡aaayyy, cabeza de chorlito!!) de que los coches tienen intermitentes para indicar a los guardias la dirección hacia la que van sin que haya que informarles antes de salir de casa.

No me molestó que mi padre me hubiera tomado el pelo en aquella ocasión en que fuimos él, mi hermano y yo a la Plaza de la Soledad. Al contrario: la asombrosa capacidad de los guardias urbanos de Badajoz de saber por dónde tendría que ir cada coche para llegar a su destino –que yo creí a pies juntos; no me dirán que no era lo suficientemente fantástica como para merecer la pena creerla– fue una prueba más de que aquel viaje estaba consagrado a recordarlo así me muera con cien años. Porque todo lo que hicieron los guardias en aquel viaje fue llevarnos hasta Deportes García-Hierro, donde mi padre nos compró a mi hermano y a mí nuestras primeras botas de tacos. Eran un quiero y no puedo: unas botas de lona negras –las de cuero eran muy caras– con una suela con tacos de goma que mi hermano y yo nos estuvimos probando un rato largo, haciéndonos los interesantes mientras un dependiente se agachaba para ajustárnoslas y para preguntarnos qué tal estábamos con ellas.

El fútbol nos ha dado momentos maravillosos. Uno de esos fue en esa tienda de la Plaza de la Soledad que siempre olió a guarnicionería y de donde mi hermano y yo salimos con la caja de nuestras primeras botas bajo el brazo y con una dicha que hasta hoy, 50 años después, estaba lozana como si hubiera permanecido conservada en ámbar. Pero ha bastado que el lunes  pasado este periódico informara  de que Deportes García-Hierro cierra para siempre para que empiece a marchitarse. Y yo a envejecer.

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Balones fuera
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Antonio Tinoco Ardila | 14-12-2016 | 06:49| 0

En los últimos días ha habido dos malas noticias en Extremadura: los resultados del informe PISA sobre el nivel educativo de nuestros alumnos de 15 años y el cierre de seis quirófanos en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres debido a una invasión de moscas. Ambas han sido, qué duda cabe, preocupantes. Pero no sabría decirles qué es lo que me ha preocupado más, si las noticias en sí o las explicaciones que ha dado la Junta en relación a ellas. Lo digo porque si uno de los indicios sobre la solvencia de un gobierno es su disposición a responsabilizarse de las cosas que ocurren durante su gestión, en los últimos días el gobierno de Fernández Vara ha dado algunas muestras bastante elocuentes de insolvencia. Tanto la invasión de moscas en los quirófanos como el informe PISA han sido despachados desde la Junta echándole la culpa a los demás, es decir, al anterior gobierno del PP. El consejero de Sanidad José María Vergeles, primero, y el gerente del SES, Ceciliano Franco, después, derivaron la responsabilidad a la falta de mantenimiento del centro sanitario en los años en que gobernó Monago. Sólo ante la hipótesis científicamente inverosímil de que esa colonia de moscas invasoras de quirófanos fuera de una especie que necesita 16 meses para alcanzar el estadio adulto –es el tiempo que lleva gobernando de nuevo el PSOE– podría admitirse, al menos en teoría, la queja del consejero y del gerente del SES. Y aun así la excusa sería endeble, puesto que en el mejor de los casos lo que revela este episodio es que nadie en ese hospital habría reparado, y han tenido más de un año y medio para hacerlo, que los quirófanos necesitaban las actuaciones necesarias para que no hubiera contaminación externa que pusiera en peligro su asepsia. Que sean las moscas las que tengan que avisar de la falta de mantenimiento de los quirófanos indica lo poco avisados que están quienes tienen la obligación de mantenerlos limpios.

Y sólo ante un ejercicio de memoria selectiva más sorprendente aún que en el caso de las moscas en los quirófanos, puede achacársele a los cuatro años que gobernó el PP los resultados de PISA como lo ha hecho el secretario de Educación, Rafael Rodríguez de la Cruz. La realidad es que los resultados del último informe no difieren sustancialmente de los habidos en la anterior evaluación de 2013 –es decir, seguimos a la cola de la Educación en España–, ni tampoco de los sucesivamente recogidos en 2010 y antes cuando Extremadura estaba gobernada por el PSOE y no participaba específicamente de la evaluación de PISA pero sí formaba parte de la muestra analizada para el conjunto de España. Cabe recordar, en este sentido, que uno de los aciertos del PP fue precisamente incorporar la educación extremeña a la evaluación de PISA para que se pudieran sacar conclusiones específicas sobre nuestro sistema educativo y tomar decisiones en consecuencia.

Sin embargo, las primeras decisiones tomadas por la Junta han sido echar balones fuera. Es decir, hacerse la irresponsable. Mal asunto.

 

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Trueba
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Antonio Tinoco Ardila | 07-12-2016 | 07:24| 0

La última polémica en la que estamos es la del boicot a la película ‘La reina de España’ porque su director, Fernando Trueba, dijo hace más de un año que no se había sentido español ni cinco minutos en su vida y que en una guerra contra España siempre iría con el enemigo. Escogió para decirlo un momento de lo más (in)oportuno: precisamente al recoger el premio Nacional de Cinematografía, dotado con 30.000 euros. Trueba, a los pocos días, matizó sus palabras asegurando que no había querido decir que no amara España; sus amigos salieron en su defensa y explicaron que había que conocer la inclinación a la ironía de Trueba para entender cabalmente lo que dijo, pero el incendio en las redes sociales, que es un material más inflamable que la gasolina y con efectos más devastadores, ya se propagaba sin remedio. Los rescoldos se han avivado ahora.

Lo que piense Fernando Trueba de España, si la ama o la aborrece, sencillamente no me interesa. Lo relevante para mí son sus películas, unas mejores que otras, y entre las primeras la inolvidable ‘Belle époque’ que le valió un Oscar. Recuerdo que en la secuencia inicial de esa película, cuya acción transcurre en el año 1931, dos guardias civiles, que además eran suegro y yerno, discuten sobre si deberían dejar libre a un soldado desertor que acaban de detener. La discusión va subiendo de intensidad hasta que se sale completamente de madre: el yerno mata al suegro y luego, horrorizado con lo que ha hecho, se suicida. Traigo aquí esa secuencia porque, fuera esa su intención al filmarla o no, me parece una prueba irrefutable de la acendrada españolidad de Trueba, pues solo un español de ley sería capaz de mostrar en apenas cinco minutos nuestra probada capacidad para que lo que empieza como un asunto de opiniones encontradas lo llevemos hasta el descacharre de acabar matándonos, que tantas veces ha sido el tuétano de nuestra patria. Quizás simplemente lo que hizo Trueba con las declaraciones que levantaron la polémica fue acogerse a la ventaja que tiene ser español sobre ser francés, estadounidense, alemán… Y es que una de las maneras de mayor solera para demostrar que uno es español es precisamente renegar de serlo, y cuanto más estentóreamente mejor.

Creo que es más inteligente no perdernos nada valioso de lo que hay en el mundo por prejuicios que nada tienen que ver con la valía. Yo, por si acaso, no dejaré de leer ‘La familia de Pascual Duarte’ porque su autor, Camilo José Cela, fuera un indeseable que cuatro años antes de publicar esa novela admirable se ofreciera a los golpistas para delatar republicanos; ni tampoco de escuchar el ‘Viatge a Ítaca’, de Lluis Llach –la hermosura de versión que hizo del poema de Cavafis–, porque el ahora diputado de ‘Junts pel sí’ diga que si Cataluña no logra ser independiente se irá a vivir a Senegal. Pues vaya en buena hora. Me da lo mismo. Lo que no me da es que alguien quiera impedir que le sigamos escuchando, o leyendo a Cela, o viendo las películas de Trueba en aplicación de su particular visión del mundo.

 

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Se murió Fidel
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Antonio Tinoco Ardila | 30-11-2016 | 06:18| 3

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, la redes sociales se llenaron de frases adversativas: de ‘pero’, de ‘aunque’, de ‘sin embargo’. De gente que reconocía que no había sido un modelo de gobernante democrático, ‘pero’ sí había logrado que Cuba fuera modelo para organismos internacionales como la Unesco por su sistema educativo gratuito desde la etapa pre-escolar a la universitaria; que no había respetado los derechos humanos ‘aunque’ su resistencia al bloqueo de los Estados Unidos pasará a la historia como una epopeya de dignidad; que había encarcelado a los disidentes y muchos de ellos, para evitarlo, viven en el exilio simplemente por opinar distinto, ‘sin embargo’ hizo de Cuba un ejemplo de solidaridad, mandando a cientos de médicos a paliar desastres humanitarios en países pobres.

Se murió Fidel y los periódicos, las radios, las televisiones, las redes sociales se llenaron de justificaciones. De equilibristas en el alambre de la retórica. Como si un sistema educativo universal y gratuito; o un sistema sanitario muy superior al de los países de su entorno; o una resistencia nacional frente al agresor imperialista fuese intercambiable y compensara una dictadura. Como si hubiera que elegir entre una educación para todos y la democracia; entre una sanidad para todos y la democracia; la resistencia contra el bloqueo estadounidense y la democracia. Y como si, de tener que elegir, hubiera que optar por sacrificar la democracia.

Se murió Fidel y mí me ha sorprendido la cantidad de gente dispuesta a hacer juegos de manos con la mente para no tener que caer en la cuenta de que ese Fidel aureolado y tenido por uno de los mayores políticos del siglo XX es el mismo Fidel que ha gobernado casi 60 años con mano de hierro. Y lo ha hecho de tal modo que más de un cuarto de sus compatriotas –tres millones de personas– haya preferido irse de Cuba –decenas de miles de ellos jugándose la vida en una balsa; miles la perdieron en el empeño–, antes que vivir bajo su régimen, por muy universales que fuesen sus sistemas educativo y sanitario.

Se murió Fidel y a mí me ha causado estupor que haya tanta gente entre nosotros dispuesta a dar por bueno para los cubanos lo que no querrían ni en pintura para sí, como si los cubanos merecieran menos o fuera una osadía que aspirasen a los mismos derechos que nosotros. Gente que aspira a que los demás reconozcan en ellos su espíritu democrático e igualitario no muestran la más mínima inclinación a pedirle cuentas a Fidel –y por lo mismo no le otorgan a los cubanos el derecho a exigírselas– sobre por qué no ha permitido la prensa libre, ni los partidos políticos, ni la igualdad de oportunidades de progresar para todos de acuerdo a sus capacidades y no a la intensidad de adhesión a su partido.

Se murió Fidel y a mí me ha alarmado la cantidad de gente que estos días se ha resistido a llamar a las cosas por su nombre: que Castro fue un dictador que sojuzgó a su pueblo. Temo a esa gente porque, llegado el caso, la creo dispuesta a vender barata la libertad, con lo cara que cuesta.

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La vida de los que murieron
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Antonio Tinoco Ardila | 23-11-2016 | 06:18| 0

Si no han leído el reportaje que el periodista Antonio Gilgado publicó el pasado domingo en este periódico no dejen de hacerlo. Este es el enlace a hoy.es: http://www.hoy.es/prov-badajoz/201611/19/condena-sufrimos-nosotros-20161119193058.html. Habla de los niños del equipo de fútbol de Monterrubio de la Serena que murieron el 8 de mayo de 2014 cuando el autobús en que viajaban volcó al encontrarse con una máquina retroexcavadora que había iniciado un giro a la izquierda cuando el autobús la adelantaba.

Lo traigo aquí no sólo porque sea un texto y unas fotos emocionalmente inolvidables, sino porque si alguna vez se preguntan para qué sirve el periodismo –y es fácil que lo hagan ya que vivimos tiempos en que las noticias falsas con apariencia de verdaderas es un fenómeno tan extendido que hasta han influido en la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea y en la elección a presidente de los Estados Unidos…–, si alguna vez se preguntan, digo, para qué sirve el periodismo, ahí, en ese texto de Gilgado y en esas fotos de Brígido tienen una buena respuesta. Nada de tratados, nada de monografías, tampoco reporteros jugándose la vida en primera línea del frente ni sesudos análisis sobre el porvenir de nuestros políticos: sólo los emocionados testimonios –y conmovedoramente civilizados, sin dar una oportunidad al rencor– de unos padres recordando a sus hijos y su pasión por el fútbol; los detalles del mismo día del accidente, cuando ganaron 4-5 a pesar de que en el descanso del partido perdían 4-0 y nadie hubiera dado un duro por ellos; y sus sueños para cuando fueran grandes.

Se necesita mucho respeto por la simple verdad, como lo demuestra Gilgado, para mantener a raya la retórica y sólo emplear palabras sencillas para contar a los lectores la realidad en cueros de esa pérdida. Hasta ahora sabíamos cosas de ese accidente, algunas en detalle como que la retroexcavadora no tenía espejo retrovisor; o que su conductor no tenía permiso del dueño para conducirla. Sabíamos los nombres de los niños, sus edades, el arrasador dolor que su muerte ha causado en sus familiares, en su instituto, en la comarca entera. Sabíamos mucho del suceso pero poco de quienes lo sufrieron. No sabíamos que José Manuel Tena Furtado, el portero del Monterrubio, jugó su último partido a escondidas de su madre porque tenía una brecha en la cabeza ni que, aun en primero de ESO, superaba exámenes de matemáticas de segundo. No sabíamos que el delantero Ismael Herrador, un zurdo que marcó el primer gol de la remontada del Monterrubio sobre el Herrera del Duque, era un biólogo en ciernes y que se hacía preguntas sobre cómo conjugaba su padre su trabajo de guarda de caza de una finca con su ecologismo. No sabíamos  que José Antonio, el padre que lleva tatuado el nombre de Ismael, ha dejado la finca en la que trabajaba porque no puede con el recuerdo de haberla recorrido tantas veces con su hijo. Nada sabíamos de lo que cuenta Gilgado. A pesar de que lo que cuenta es tan simple de entender como que los que murieron tenían vida. Para mostrarla sirven el periodismo y los periodistas como Antonio Gilgado.

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Sobre el autor Antonio Tinoco Ardila
Blog personal del periodista Antonio Tinoco.

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