«Good evening! Do you want to enjoy tipycal spanish food?». La voz, edulcorada con una decadente sonrisa, está modulada con el tono forzado y artificial de un mal actor de reparto. «We have mixed tapas for two people». Las frases parecen incrustadas en sus cuerdas vocales, y su sonido es áspero, hermético, como oxidado. «We can get a special price for you». La consistencia de su voz se va diluyendo con cada frase; se desinfla hasta quedar reducida al vacío del silencio. «Have a nice time!».
Situada en la encrucijada de dos calles, expuesta a la incesante marea de paseantes, casi todos turistas, la camarera, uniformada con camisa blanca y pantalón negro, prendas impersonales y asexuadas, está al acecho de potenciales clientes. Su presa más deseada son los grupos numerosos, ante los cuales se adelanta unos metros para disponer de más tiempo para convencerlos de la conveniencia de detener su caminar distraído y sentarse a comer en su restaurante. Con las parejas de turistas extranjeros de mediana edad, su actitud es cordial y empalagosa; con los jóvenes que pasean con la mochila al hombro, su verborrea es apática y apenas malgasta cuatro palabras.
Mientras espera, la camarera se mantiene en posición de alerta, firme como un disciplinado recluta que está de guardia, y otea las calles con obstinada ansiedad. Ella no descansa ni se relaja: no se lo tiene permitido. A veces se frota la nuez de la garganta con la yema de los dedos: debe cuidar y mantener en buen estado de forma su principal herramienta de trabajo.
Su labor es mecánica; sus funciones, reiterativas. Con su brazo extendido, de torero que abre su capote ante la bestia, invita a todos los que la rebasan a entrar en el restaurante. La camarera tiene siempre un menú en la mano, que despliega con un gesto maquinal, casi como si se tratase de un abanico, cuando aborda a cualquier paseante. Su mensaje de bienvenida puede ser en español, en inglés, en alemán o en italiano.
Pero ella, a pesar de las muchas similitudes, no es una máquina, ni siquiera un robot, y en ocasiones su voz se humaniza para lanzar un saludo desprovisto de artificialidad, desinteresado y espontáneo, a una persona conocida. Entonces, su «buenas noches» suena a otra persona, a la mujer de carne y hueso que se mantiene aprisionada en un cuerpo mecanizado durante las seis horas, como mínimo, que trabaja pescando clientes para el restaurante.
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En Los Cristianos, una localidad marítima de Santa Cruz de Tenerife, situada en el litoral suroeste de la isla, lo artificial se expande como una sensación a aire enturbiado por sus calles. La ciudad, como creación cultural del ser humano, es substancialmente algo postizo, mecánico, forzado; una construcción aleatoria —formada por muchos elementos también construidos y aleatorios— que se ha impuesto como bastión de progreso, bienestar e ingeniería al paisaje natural de las cosas. Una ciudad, en su esencia, es siempre algo artificial. Pero, gracias al ingenio y la sensibilidad del ser humano, muchas ciudades han sabido soterrar esta condición de artificio bajo la superficie de sus fachadas, sus plazas y sus entresijos de calles, bulevares y grandes avenidas. Hay ciudades que, siendo ciudades, uno se olvida cuando las habita que son realmente ciudades.
Este, sin embargo, no es el caso de Los Cristianos. En ella, lo artificioso, lo postizo, lo impuesto por la mano racional e interesada del hombre es evidente y contundente. Nada escapa a esta sensación de ficción: los edificios que en la mayoría de los casos son hoteles, los ciudadanos que en la mayoría de los casos son turistas, los monumentos que son enormes maquetas de otros monumentos, las luces de Navidad que decoran los bulevares comerciales en el mes de septiembre…
En Los Cristianos no hay máscaras, no hay doble moral, todo es crudo y directo: la ficción es su señal de identidad, como las vacaciones son una farsa en una existencia encorsetada por la rutina laboral y las responsabilidades sociales y domésticas. Los Cristianos se muestra ante aquellos que lo visitan como lo que realmente es: un parque temático del viaje turístico con vistas al mar.
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Las terrazas son un hervidero de actividad. Los turistas parecen al margen, protegidos en sus pequeños oasis de tranquilidad y regocijo, de la frenética actividad que se desarrolla entre las mesas. Los camareros no paran. Precedidos por sus bandejas, van y vienen de mesa en mesa, o de la terraza a la barra, sirviendo o recogiendo, escribiendo comandas, sonriendo o mirando con estrés a su alrededor, siempre con la cabeza procesando información y el cuerpo con el piloto automático encendido. Los camareros trabajan mientras sus clientes descansan, en un contraste existencial que, a pesar de su radical antagonismo, se mantiene estable e imperturbable en su precario equilibrio social.
Entre las mesas de las terrazas, o entre los turistas y los camareros, también se desarrolla el trabajo de los vendedores ambulantes. Éstos forman un gremio mestizo, donde se intercalan las razas, las vestimentas, las actitudes y los productos en venta. Algunos vendedores ambulantes son africanos que, por lo general, visten ropas holgadas y coloridas, de alegres estampados, y que abordan con un inagotable desparpajo subrayado con amplias sonrisas a sus potenciales clientes. Ellos venden cinturones de cuero, relojes y bisutería, en contraste con los vendedores de origen asiático, que son un mercadillo ambulante de objetos inútiles y luces fosforescentes que se convierten en la tentación irresistible de los pequeños —y un mal digerido disgusto para el bolsillo de los padres—. Los vendedores asiáticos son fácilmente reconocibles, no sólo por sus cuerpos menudos y sus miradas rasgadas, sino porque en la mayoría de los casos llevan un paraguas multicolor aferrado a la cabeza.
Los vendedores ambulantes se cuelan entre las mesas, bloquean el paso parsimonioso de los paseantes, se atrincheran en los puntos estratégicos del paseo marítimo. Son como moscas que revolotean entre los turistas en una búsqueda desesperada de ese comprador imprevisible que justifique tantas horas de sonrisas enlatadas, conversaciones repetitivas y angustiosa incertidumbre. ¿Cuántas vueltas en círculo ha costado vender una sortija de plata? ¿Cuántas pilas ha gastado un Papá Noel que toca la guitarra española antes de hacer berrear a un crío hasta el aburrimiento?
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En Los Cristianos, la felicidad es una mercancía. Toda la ciudad es un artificio construido para la satisfacción del placer ajeno. Si todos aquellos que viven en Los Cristianos trabajan para servir en bandeja la felicidad al turista, ¿hay espacio para su propia felicidad fuera del horario laboral?
Las parejas y las familias se esfuerzan en pasárselo bien. La felicidad es una obligación impuesta por los que supuestamente son felices; y los que se aburren, o se quejan, o emborronan con su actitud la dicha de los otros, son inmediatamente recriminados: «Recuerda que estamos de vacaciones».
En Los Cristianos no existe otro deber que el de sonreír; es la exigencia legítima del consumidor ante la compra de un producto: si una persona ha pagado un precio para obtener la felicidad, exige que esa felicidad sea eficiente, satisfactoria y duradera.
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Tras el crepúsculo y su surrealista paleta de colores derramada en el cielo, los turistas abordan en masa la zona de locales y pubs, que se encuentran concentrados en dos calles paralelas. En el interior de los locales y en las terrazas se escuchan las canciones efímeras de la música en directo. Los Cristianos es refugio de cantantes que han discriminado la vocación errante de la música por la satisfacción de un público complaciente y la estabilidad de un sueldo fijo a final de mes.
Cada bar tiene su propio estilo de música que atrae a un determinado tipo de clientela. El soul y el folk-rock americano está secundado por un público de mediana edad, mientras que los pensionistas del norte de Europa prefieren entusiasmarse con las bandas que interpretan los hits de Tom Jones, Abba o Elton John. El ambiente es alegre y ruidoso, donde el público asiste a conciertos que no requieren ponerse en pie, excepto cuando algún espontáneo decide marcarse un baile o invitar al resto de la clientela a formar una conga, y donde las bebidas son servidas a la mesa y abundan las jarras de cerveza, las copas de vino y los cubatas.
Y, en este ambiente, los cantantes son más actores o cómicos que músicos, profesionales de la interpretación que pretenden suplantar la presencia, los gestos y la voz de otros cantantes, en un karaoke o juego de máscaras que satisface a su público, donde la impostura pasa desapercibida o no tiene importancia porque, a fin de cuentas, eso es Los Cristianos: una realidad ficticia concebida para el consumo de masas donde, por ejemplo, en un supuestamente restaurante mexicano, un cocinero tunecino prepara una enchilada para hacer las delicias de un paladar francés que se ha pedido para beber una cerveza de cebada alemana.
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¿Existe identidad en una realidad social parcheada de atributos culturales que pertenecen a otras naciones? ¿Qué hay de propio, de auténtico y genuino, detrás de la corteza artificial de una ciudad construida para dar cabida a visitantes que están de paso; personas que permanecen un tiempo, pero nunca se quedan? ¿Se puede considerar una ciudad una versión de aglomeración urbana que está conformada por tantos hoteles como bloques de viviendas?
Los Cristianos es un artificio de ciudad que está pensado para almacenar gente. Es un inmenso contenedor de personas. Un no-lugar a gran escala; un mastodóntico resort turístico enfocado a convertir la felicidad en una mercancía que se puede empaquetar como una máquina de coser, que se puede comercializar y que se puede consumir durante un determinado periodo de tiempo, preferiblemente en los meses de vacaciones estivales.

