Crónicas Aisladas (VII): Los Cristianos (o la ciudad donde la felicidad es una mercancía)

«Good evening! Do you want to enjoy tipycal spanish food?». La voz, edulcorada con una decadente sonrisa, está modulada con el tono forzado y artificial de un mal actor de reparto. «We have mixed tapas for two people». Las frases parecen incrustadas en sus cuerdas vocales, y su sonido es áspero, hermético, como oxidado. «We can get a special price for you». La consistencia de su voz se va diluyendo con cada frase; se desinfla hasta quedar reducida al vacío del silencio. «Have a nice time!».

Situada en la encrucijada de dos calles, expuesta a la incesante marea de paseantes, casi todos turistas, la camarera, uniformada con camisa blanca y pantalón negro, prendas impersonales y asexuadas, está al acecho de potenciales clientes. Su presa más deseada son los grupos numerosos, ante los cuales se adelanta unos metros para disponer de más tiempo para convencerlos de la conveniencia de detener su caminar distraído y sentarse a comer en su restaurante. Con las parejas de turistas extranjeros de mediana edad, su actitud es cordial y empalagosa; con los jóvenes que pasean con la mochila al hombro, su verborrea es apática y apenas malgasta cuatro palabras.

Mientras espera, la camarera se mantiene en posición de alerta, firme como un disciplinado recluta que está de guardia, y otea las calles con obstinada ansiedad. Ella no descansa ni se relaja: no se lo tiene permitido. A veces se frota la nuez de la garganta con la yema de los dedos: debe cuidar y mantener en buen estado de forma su principal herramienta de trabajo.

Su labor es mecánica; sus funciones, reiterativas. Con su brazo extendido, de torero que abre su capote ante la bestia, invita a todos los que la rebasan a entrar en el restaurante. La camarera tiene siempre un menú en la mano, que despliega con un gesto maquinal, casi como si se tratase de un abanico, cuando aborda a cualquier paseante. Su mensaje de bienvenida puede ser en español, en inglés, en alemán o en italiano.

Pero ella, a pesar de las muchas similitudes, no es una máquina, ni siquiera un robot, y en ocasiones su voz se humaniza para lanzar un saludo desprovisto de artificialidad, desinteresado y espontáneo, a una persona conocida. Entonces, su «buenas noches» suena a otra persona, a la mujer de carne y hueso que se mantiene aprisionada en un cuerpo mecanizado durante las seis horas, como mínimo, que trabaja pescando clientes para el restaurante.

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En Los Cristianos, una localidad marítima de Santa Cruz de Tenerife, situada en el litoral suroeste de la isla, lo artificial se expande como una sensación a aire enturbiado por sus calles. La ciudad, como creación cultural del ser humano, es substancialmente algo postizo, mecánico, forzado; una construcción aleatoria —formada por muchos elementos también construidos y aleatorios— que se ha impuesto como bastión de progreso, bienestar e ingeniería al paisaje natural de las cosas. Una ciudad, en su esencia, es siempre algo artificial. Pero, gracias al ingenio y la sensibilidad del ser humano, muchas ciudades han sabido soterrar esta condición de artificio bajo la superficie de sus fachadas, sus plazas y sus entresijos de calles, bulevares y grandes avenidas. Hay ciudades que, siendo ciudades, uno se olvida cuando las habita que son realmente ciudades.

Este, sin embargo, no es el caso de Los Cristianos. En ella, lo artificioso, lo postizo, lo impuesto por la mano racional e interesada del hombre es evidente y contundente. Nada escapa a esta sensación de ficción: los edificios que en la mayoría de los casos son hoteles, los ciudadanos que en la mayoría de los casos son turistas, los monumentos que son enormes maquetas de otros monumentos, las luces de Navidad que decoran los bulevares comerciales en el mes de septiembre…

En Los Cristianos no hay máscaras, no hay doble moral, todo es crudo y directo: la ficción es su señal de identidad, como las vacaciones son una farsa en una existencia encorsetada por la rutina laboral y las responsabilidades sociales y domésticas. Los Cristianos se muestra ante aquellos que lo visitan como lo que realmente es: un parque temático del viaje turístico con vistas al mar.

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Las terrazas son un hervidero de actividad. Los turistas parecen al margen, protegidos en sus pequeños oasis de tranquilidad y regocijo, de la frenética actividad que se desarrolla entre las mesas. Los camareros no paran. Precedidos por sus bandejas, van y vienen de mesa en mesa, o de la terraza a la barra, sirviendo o recogiendo, escribiendo comandas, sonriendo o mirando con estrés a su alrededor, siempre con la cabeza procesando información y el cuerpo con el piloto automático encendido. Los camareros trabajan mientras sus clientes descansan, en un contraste existencial que, a pesar de su radical antagonismo, se mantiene estable e imperturbable en su precario equilibrio social.

Entre las mesas de las terrazas, o entre los turistas y los camareros, también se desarrolla el trabajo de los vendedores ambulantes. Éstos forman un gremio mestizo, donde se intercalan las razas, las vestimentas, las actitudes y los productos en venta. Algunos vendedores ambulantes son africanos que, por lo general, visten ropas holgadas y coloridas, de alegres estampados, y que abordan con un inagotable desparpajo subrayado con amplias sonrisas a sus potenciales clientes. Ellos venden cinturones de cuero, relojes y bisutería, en contraste con los vendedores de origen asiático, que son un mercadillo ambulante de objetos inútiles y luces fosforescentes que se convierten en la tentación irresistible de los pequeños —y un mal digerido disgusto para el bolsillo de los padres—. Los vendedores asiáticos son fácilmente reconocibles, no sólo por sus cuerpos menudos y sus miradas rasgadas, sino porque en la mayoría de los casos llevan un paraguas multicolor aferrado a la cabeza.

Los vendedores ambulantes se cuelan entre las mesas, bloquean el paso parsimonioso de los paseantes, se atrincheran en los puntos estratégicos del paseo marítimo. Son como moscas que revolotean entre los turistas en una búsqueda desesperada de ese comprador imprevisible que justifique tantas horas de sonrisas enlatadas, conversaciones repetitivas y angustiosa incertidumbre. ¿Cuántas vueltas en círculo ha costado vender una sortija de plata? ¿Cuántas pilas ha gastado un Papá Noel que toca la guitarra española antes de hacer berrear a un crío hasta el aburrimiento?

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En Los Cristianos, la felicidad es una mercancía. Toda la ciudad es un artificio construido para la satisfacción del placer ajeno. Si todos aquellos que viven en Los Cristianos trabajan para servir en bandeja la felicidad al turista, ¿hay espacio para su propia felicidad fuera del horario laboral?

Las parejas y las familias se esfuerzan en pasárselo bien. La felicidad es una obligación impuesta por los que supuestamente son felices; y los que se aburren, o se quejan, o emborronan con su actitud la dicha de los otros, son inmediatamente recriminados: «Recuerda que estamos de vacaciones».

En Los Cristianos no existe otro deber que el de sonreír; es la exigencia legítima del consumidor ante la compra de un producto: si una persona ha pagado un precio para obtener la felicidad, exige que esa felicidad sea eficiente, satisfactoria y duradera.

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Tras el crepúsculo y su surrealista paleta de colores derramada en el cielo, los turistas abordan en masa la zona de locales y pubs, que se encuentran concentrados en dos calles paralelas. En el interior de los locales y en las terrazas se escuchan las canciones efímeras de la música en directo. Los Cristianos es refugio de cantantes que han discriminado la vocación errante de la música por la satisfacción de un público complaciente y la estabilidad de un sueldo fijo a final de mes.

Cada bar tiene su propio estilo de música que atrae a un determinado tipo de clientela. El soul y el folk-rock americano está secundado por un público de mediana edad, mientras que los pensionistas del norte de Europa prefieren entusiasmarse con las bandas que interpretan los hits de Tom Jones, Abba o Elton John. El ambiente es alegre y ruidoso, donde el público asiste a conciertos que no requieren ponerse en pie, excepto cuando algún espontáneo decide marcarse un baile o invitar al resto de la clientela a formar una conga, y donde las bebidas son servidas a la mesa y abundan las jarras de cerveza, las copas de vino y los cubatas.

Y, en este ambiente, los cantantes son más actores o cómicos que músicos, profesionales de la interpretación que pretenden suplantar la presencia, los gestos y la voz de otros cantantes, en un karaoke o juego de máscaras que satisface a su público, donde la impostura pasa desapercibida o no tiene importancia porque, a fin de cuentas, eso es Los Cristianos: una realidad ficticia concebida para el consumo de masas donde, por ejemplo, en un supuestamente restaurante mexicano, un cocinero tunecino prepara una enchilada para hacer las delicias de un paladar francés que se ha pedido para beber una cerveza de cebada alemana.

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¿Existe identidad en una realidad social parcheada de atributos culturales que pertenecen a otras naciones? ¿Qué hay de propio, de auténtico y genuino, detrás de la corteza artificial de una ciudad construida para dar cabida a visitantes que están de paso; personas que permanecen un tiempo, pero nunca se quedan? ¿Se puede considerar una ciudad una versión de aglomeración urbana que está conformada por tantos hoteles como bloques de viviendas?

Los Cristianos es un artificio de ciudad que está pensado para almacenar gente. Es un inmenso contenedor de personas. Un no-lugar a gran escala; un mastodóntico resort turístico enfocado a convertir la felicidad en una mercancía que se puede empaquetar como una máquina de coser, que se puede comercializar y que se puede consumir durante un determinado periodo de tiempo, preferiblemente en los meses de vacaciones estivales.

Pájaros de ciudad

Como de costumbre, los vencejos han llegado puntualmente a su cita con mi casa en el umbral de la primavera.

Su regreso siempre produce una agitación inesperada al otro lado de la ventana: pequeños, oscuros, de vuelo delirante y juguetón, sus alas son como flechas borrachas que garabatean dibujos infantiles entre las nubes y el lienzo azul del cielo. Los vencejos subrayan en el aire el comienzo de la primavera, como si la tristeza y la terquedad del cielo invernal se fuesen desgranando bajo el ímpetu de esta caravana de pájaros circenses que rechazan temerariamente el reposo del suelo.

Para mi madre, en cambio, la llegada de los vencejos no representa un cambio de estación, sino el inicio de un viejo quebradero de cabeza. A los vencejos les gusta anidar bajo el alero del tejado de nuestra casa, donde construyen sus nidos de barro, justo encima de la ventana de la cocina. Y mi madre los considera unos pájaros okupas: se instalan en su casa, no pagan alquiler, le guarrean todo y, encima, no hay quien los eche a la calle.

Por eso, mi madre delega en mí la responsabilidad de acabar con la invasión doméstica de los vencejos. Desde la ventana, y aferrando una barra de metal o un palo de fregona como si de una bola de demolición se tratase, voy golpeando las incipientes construcciones de adobe que se alejan del muro para ir albergando un agujero. Poco a poco, los nidos de desgranan, dócilmente, cuyos restos acaban estrellándose contra el suelo, formando pequeños promontorios de tierra entre los adoquines, o desvaneciéndose inmediatamente detrás de una ráfaga de viento.

Sin embargo, los vencejos no se repliegan ante la destrucción. “Son unos pájaros testarudos, unos auténticos cansinos”, se queja amargamente mi madre. “Todas las tardes les tiras abajo el nido, y todas las mañanas empiezan de nuevo a construirlo”. Dicen algunos vecinos que la única manera de echar a los vencejos de las cornisas y los aleros de las casas es rociando la zona con aguarrás. En una ocasión, pusimos en práctica esta estrategia. Y funcionó, pero temporalmente: cinco días después, otra vez había barro amontonándose debajo del tejado.

Los vencejos son pájaros de ciudad, y parece que su propia naturaleza se ha adaptado a los ritmos de la sociedad que habitan: son animales frenéticos, que viven y van a un ritmo endiablado, sin tiempo que perder mientras surcan el cielo. Dicen que los vencejos hacen todo volando: se alimentan volando, se acicalan volando, se aparean volando, juegan volando, duermen volando… Son aves que sólo saben volar: los vencejos nunca se posan en el suelo, excepto por accidente, porque sus patas son tan cortas que, de caer al suelo, serían incapaces de remontar el vuelo.

Los vencejos viven en el cielo, como único hogar que conocen y les pertenece, y de donde sólo se apartan momentáneamente para bajar a la ciudad y construir sus nidos de barro en los edificios; nidos que no son para ellos, o al menos no por ellos, sino para y por sus crías. El vencejo únicamente repliega sus alas porque los huevos no conocen el arte del vuelo, y necesitan de un cuerpo inmóvil y sereno que los incube y luego cebe los polluelos que brotarán de sus entrañas.

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Mi abuela, cuando camina por la calle y mira al cielo, a veces se detiene y expresa en alto un miedo, o una tristeza, o la dilatación de un recuerdo: “Ya no hay pájaros en el campo”.

Entonces, ella añade, con el tono de voz de un lamento, que todos los pájaros se han venido a la ciudad. “Aquí tienen de comer”, considera mi abuela, que enumera la lista de la compra de los pájaros de ciudad: la basura del suelo, los vertederos, las migajas de las terrazas, el agua de las alcantarillas… “Además, en la ciudad hay muchos árboles”, prosigue, casi de memoria. “No como en la plaza de Santa Amalia, donde el alcalde ha quitado las árboles y en su lugar ha puesto farolas. Qué triste está la plaza: sólo hay cemento y luz. Y luego dice que lo hace para ahorrar en gasto de mantenimiento, pero, ¿acaso la electricidad es gratis?”.

Al atardecer, el trinar de los pájaros compite en volumen con el rumor del tráfico en Sinforiano Madroñero, donde vive mi abuela. Cuando vamos a visitarla, mi madre siempre tiene cuidado de no aparcar bajo un árbol: el coche acabaría hecho un asco por culpa de las cagadas. Pero, ¿los pájaros también mean? Según mi abuela, los pájaros hacen sus necesidades de una vez: mean y cagan al mismo tiempo. Y, por tanto, su cagada también es su meada.

Hay placitas en Badajoz que, como la que hay frente al balcón de la casa de Cristina, se han convertido en un inodoro público para pájaros. “La placita es una gran cagada”, dice ella. Hay tantos pájaros asentados en los edificios de la vecindad que su trinar es una estridente cacofonía a primera hora de la mañana. Por ese motivo, algunos vecinos hacen explotar petardos en las ventanas. La detonación hace enmudecer a los pájaros, pero es cuestión de minutos que su agudo griterío se vuelva a apoderar del aire. “Los petardazos son inútiles”, me comenta Cristina. “Pero supongo que se trata de una especie de venganza, una manera de pegarle a los pájaros un susto de muerte”.

Todas las mañanas, un palomo se posa en el alféizar de la ventana del dormitorio de Cristina. Desde allí, el palomo se hincha, saca pecho y entona con la constancia de una máquina programada su arrullo de apareamiento. “Mi ventana es su picadero”, ironiza Cristina, cuya mirada se enternece cuando me enseña el nido que hay en un tiesto hueco de su balcón. Hay dos huevos cobijados en el cuenco de paja. Cristina me cuenta que las palomas son monógamas, y tienen una única pareja durante toda su vida. Ella ha visto que, a la hora de incubar los huevos, lo hacen tanto el macho como la hembra, los cuales permanecen en el nido por turnos. En este sentido, las palomas son un ejemplo para el ser humano, y sin necesidad de haber oído hablar del feminismo.

“Ahora hay tantos pájaros porque está prohibido cazarlos”, opina mi abuela. En otro tiempo, ella me cuenta, la gente los mataba y se dedicaba a su comercio ambulante. “En Santa Amalia, los vendedores recorrían las casas del pueblo con los pajarillos que habían sido cazado con trampas. En el bar Sol, ése que está en la plaza, los ponían de tapas. Los pajarillos apenas tenían pellejo, pero estaban muy ricos”. Y ahora, sin embargo, no se les puede matar porque están protegidos. “En las ciudades hay más pájaros que personas”, considera mi abuela. “Como esto siga así, algún nos llevaremos un disgusto…”.

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Hubo un tiempo en que confundía a los vencejos con las golondrinas. De hecho, los vencejos son a primera vista como las golondrinas excepto porque éstas tienen la panza blanca. Además, según mi abuela, vencejos y golondrinas se diferencian en que éstas vuelan a ras de tierra, mientras que “a los vencejos les gusta volar bien alto”.

Así sucede, antes de la puesta de sol, al otro lado de mi ventana. Los vencejos parecen multiplicarse en el cielo. Sus cuerpos alados ocupan todo lo que hay por encima de los edificios, con sus parábolas desquiciadas y sus trinos, alzándose cada vez a más altura, como subiendo al firmamento o alejándose del suelo, hasta que, justo antes del crepúsculo, todos se pierden de vista. Los vencejos escalan a lo más alto del cielo para dormirse de la única manera en la que saben hacer todas las cosas: volando.

Y, allí, a miles de metros por encima de los techos de la ciudad, los vencejos duermen acunados por el viento, moviendo inconscientemente sus alas y dejándose llevar por la corriente, ajenos a todo lo que sucede en el mundo de los hombres, en ese bosque de hierro, asfalto y hormigón que ellos asaltan para perpetuarse y dar cobijo a su prole, y donde, tal vez, en ese preciso instante en que se ha producido una perturbación en el aire, hay un vecino enfadado que está destrozando a escobazos sus nidos o rociando las cornisas y los aleros de su casa con aguarrás.

Cuando la poesía hubiera preferido no haber existido

A cierto punto,

en ese momento impreciso del día que algunos llaman media tarde, la música a cappella dio paso a la poesía. Entonces, el micrófono del Movimiento 15-M, como si de un gesto natural se tratase, fue abordado por aquellos ciudadanos que querían expresar a través de la gramática cadenciosa de los versos su malestar por la situación actual, dando voz a poemas como “Van por nosotros”, de Accidents Polipoètics, “A la mujer de hoy”, de Kique Moreno, “Permanezco en pie”, de Jorge Brunete, “Capitalismo”, de Ana Pérez Cañamares…

El recital de poesía,

celebrado en la Plaza del Ayuntamiento de Valenciaahora también Plaça del Quinze de Maig, como ha sido bautizada por la marcha ciudadana englobada bajo el lema “Democracia Real Ya”

fue una sucesión de versos reivindicativos, ácidos, hirientes, crudos y vertiginosos como la verdad que describían, como la sociedad que retrataban, como el miedo del que trataban de huir aquellos que los escribieron, pero que pocos, ni siquiera ellos, pueden dejar atrás. La voz popular se hizo verso que niega el verso si no es honesto. Lírica comprometida, que desgarraba, que no querría ser escuchada, que maldecía todo aquello que hace necesaria la protesta, el grito, la lucha. Era poesía que hubiera preferido no haber existido.

Y, así,

con la voz de los ciudadanos y la letra de los poetas, el centro neurálgico de Valencia se convirtió en escenario inmejorable

ahora tengo la sensación de que fue concebido para este momento

para que los ciudadanos recitasen y escuchasen, para compartir esa lírica viva del pueblo, ese eco que lleva días rebotando de garganta en corazón, de pancarta en canción, de plaza en plaza. Un grito de protesta que no se agota, que surge de todas partes, con nervio, con pasión, con indignación, cada vez más fuerte y prolongado, como si se tratase de un torrente de palabras que han estado demasiado tiempo encallado en la garganta a medio camino entre la lengua y el cielo de la boca.

Poesía, en definitiva,

que pretendió desgranar en versos el capitalismo, la violencia de género, el consumismo, la indiferencia, el materialismo… Incluso eso que algunos se han atrevido a calificar como la “generación perdida”.

O, también, en palabras de un poeta valenciano:

“Yo, Jorge Brunete

Yo, cuerpo que no soy tú

He pretendido ser poeta

Yo, que no soy tu palabra

Soy tu mordaza

Yo, que no soy tu herida

Soy tu balada

Yo, que escribo para re-vivir

Lo que asoma después de la matanza

Nada: el viento

No hay paredes en el desierto

Donde pueda rebotar, dilatarse, acurrucarse,

Tu grito.

Solo por eso: el poema.”

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El Movimiento 15-M en Valencia, en otros artículos que he escrito:

“Asamblea popular de ciudadanos indignados en Valencia”

“Valencia clama por una democracia real, ¡ya!”

¡Ya tenemos nuevo material! —o dos mujeres de piel color tierra mojada—

En la puerta de la estación de autobuses de Navalmoral de la Mata, dos mujeres de piel color tierra mojada, de rostro carnoso y rasgos exóticos, de cuerpo exuberante, desbordante en curvas y matices, se acercan a un taxi. Mientras las dos mujeres colocan su equipaje en el portamaletas, el taxista anuncia a unos peones que están trabajando en una obra cercana al aparcamiento: «¡Ya tenemos nuevo material!».

Esta noche ya sé donde me voy a tomar una copa —responde uno de los peones, lo cual provoca la carcajada de sus compañeros. Alguno deja escapar un silbido; otro espeta un piropo que habla del chocolate y cómo éste se derrite cuando entra en contacto con algo caliente.

Las dos mujeres murmuran entre ellas en un idioma que no necesita ser traducido palabra por palabra para saber que en este momento está supurando irritación y desagrado. Antes de subirse al taxi, una de ellas se desahoga en español:

—¡Esto no está bien! ¡¿Nos quiere llevar o nos montamos en otro taxi?!

El taxista, inconmovible, exhibiendo un absoluto dominio de la situación, no ceja en su empeño de ser el centro de atención de sus colegas: «¿Por qué no te sientas alante conmigo?».

Finalmente, las dos mujeres se montan en el taxi —ambas en los asientos traseros—, y, cuando se están alejando de la estación, el taxista agita la mano por fuera de la ventanilla, mientras los peones le despiden con bulliciosa alegría. Hasta que, un instante después, los peones se dispersan buscando algo que hacer, un silencio inquieto se desliza furtivamente entre los aparcamientos, y el sol parece querer martillear con más fuerza que antes el asfalto.

Trajes típicos que aguardan a ser fotografiados

Dentro de cualquier circuito turístico de Perú, una fotografía con un poblador indígena cuesta 1 Sol, como mínimo, de propina.

En el centro histórico de Cuzco, en las islas del lago Titicaca, a lo largo del Cañón del Colca…; en todos los espacios de máxima atracción turística de Perú hay trajes típicos que aguardan a ser fotografiados. Y, junto a los trajes típicos, casi siempre hay un camélido andino, lanudo e indiferente, o un cabrito que berrea tozudamente para ser mimado. Ambos, animal y traje típico, conforman un pictórico primer plano que encaja perfectamente en el encuadre de una hermosa fotografía costumbrista. ¿Acaso no es irresistible poder retratar a un dulce niña andina, de mirada cándida y mejillas ligeramente encarnadas, que viste el vestido folclórico de su pueblo, lleno de abalorios y alegres colores, la cual sostiene con férrea ternura a una chivita en su regazo, mientras de fondo se abre una espectacular panorámica del Cañón del Colca, con su rugosa andenería, con sus valles, sus cumbres y sus despeñaderos, y con unas comunidades campesinas que se distinguen a lo lejos, aparentemente en lugares inaccesibles, y que permiten imaginar que, en alguna de ellas, ha nacido esa muchachita que ahora se encuentra justo delante del objetivo de tu cámara fotográfica, y sonríe?

Al principio del viaje, estos clichés fotográficos llamaron ingenuamente mi atención y me resultaron simpáticos. En un par de ocasiones piqué el anzuelo de los trajes típicos, y los fotografíe. Pero, a fuerza de repetirse constantemente, en forma y en concepto, en todos los miradores y en todos los puntos estratégicos de consumo turístico, con su acercamiento interesado y su presencia suplicante, estos trajes típicos han ido revelando su verdadera naturaleza: no son otra cosa que los impersonales uniformes de trabajo de unos campesinos, en su mayoría mujeres y niños, que se disfrazan de sí mismos para mendigar a los turistas.

Ahora, los trajes típicos me resultan incómodos y ofensivos. Ante mis ojos, los trajes típicos no aparecen como una espontánea invitación a realizar una fotografía turística, sino como la tentación a ser cómplice de una obscena corrupción de los rasgos culturales de la sociedad andina; una estrategia que transforma la identidad de un pueblo en una serie de elementos postizos que se exhiben con fines lucrativos y que, para ello, explota como maniquíes a sus propias mujeres e hijos.

Puedo estar pecando de tener una visión anacrónica o ingenua de la realidad ¿acaso no estamos en el siglo XXI?, pero, más que compasión o rechazo, siento una clara y afilada repugnancia por esta perversa demostración de que todo puede estar en venta en este mundo si hay alguien dispuesto a pagar un precio por ello, incluso si el producto que exhibimos en el escaparate es la sonrisa ingenua de una niña.

Un pequeño taburete de plástico

Un pequeño taburete de plástico que da voz a los ciudadanos anónimos y los convierte, aunque sólo sea durante unos instantes, en personajes públicos; un pequeño taburete de plástico sobre el cual todos sin importar su raza, cultura, edad, ideología política, poder adquisitivo o cualquier otra categoría diferenciadora dentro del abanico social tienen el mismo derecho a expresar su opinión sobre los temas de debate general; un pequeño taburete de plástico que promueve una democracia real directa, práctica y popular, en la que las personas pueden participar, dando su voz y proponiendo ideas, más allá de la pretendida democracia gubernamental institucional, impersonal y burocrática, que se lleva a cabo en el restrictivo espacio interno de los ayuntamientos, sindicatos y ministerios; un pequeño taburete de plástico que permite hablar a la gente de la calle, en la calle, sobre lo que sucede en sus calles.

Estos eran algunos de los conceptos que transmitió un hombre con gafas y gorro de lana, un ciudadano anónimo, una mañana de sábado en la Piazza Maggiore de Bologna. El ciudadano anónimo llegó montado en una bicicleta roja, situó un pequeño taburete de plástico sobre el pavimento de la plaza, se subió a él, y expuso su parecer sobre un tema que, según su opinión, merecía ser discutido públicamente: la crisis de los modelos educativos en la actual sociedad italiana.

Con el paso de los minutos, un grupo de personas se reunió en torno al orador espontáneo. Era gente que pasaba, que cruzaba la Piazza Maggiore camino de cualquier otra parte, pero con paso perezoso y distraído, como el mío, y que decidió pararse y curiosear la presencia insólita de un hombre con gafas y gorro de lana que hablaba subido a un pequeño taburete de plástico. De viandantes dispersos, todos los allí congregados nos convertimos automáticamente en oyentes; en una fluctuante y abigarrada audiencia que daba relevancia al discurso del declamador público.

Y, entre los que escuchaban, algunos decidieron dar su opinión momento en el cual el hombre con gafas y gorro de lana se bajaba del pequeño taburete de plástico y se lo cedía a quién deseaba hablar, convirtiéndose en debatientes. Hombres y mujeres, con corbata y con chándal, universitarios y pensionistas, locuaces y discretos, pragmáticos e inconformistas, filósofos y payasos… Todos tenían derecho a hablar, a escuchar y a ser escuchados.

Y, así, bajo un radiante sol de abril, arropado por el murmullo incesante de una ciudad que seguía con su perpetuo movimiento, descaradamente ajena a nuestras palabras, se desarrolló un improvisado debate público in piazza; una proposición de sesión parlamentaria reducida a la escala de un pequeño taburete de plástico en torno al cual los ciudadanos anónimos, la gente de la calle, se agrupó y, participando con su opinión o sencillamente poniendo el oído, de manera informal e indiscriminada, los elevó a la categoría de sujetos activos y voces protagonistas de la realidad política que afecta cotidianamente a sus vidas.

Crónicas Aisladas (VI): Hablar silbando

Estoy apoyado en la barra tomando un cortao de leche y leche, dando vistazos furtivos a la televisión donde retrasmiten un partido de Segunda, cuando una mujer entra en la cafetería silbando. Oscar, el cubano, el propietario del establecimiento, que está pelando ajos al otro lado de la barra, entre el fregadero y la caja registradora, le brinda una punzante bienvenida: «Paquita, la mujer que silba mientras camina es porque le gusta otra mujer. Silbar es cosa de machos».

Paquita, agredida, pero no ofendida, se defiende atacando.

Tantos años aquí, y todavía no entiendes nada: no estaba silbando; estaba cantando.

Yo no puedo reprimir una ligera sonrisa. Y Paquita, que la caza al vuelo, utiliza mi sonrisa como subterfugio para introducirme en la conversación. «Es verdad, rey. Aunque te parezca mentira, aquí sabemos hablar y cantar silbando».

El pueblo gomero posee un tesoro folclórico del que casi ninguna cultura puede presumir: como extraordinaria herencia de sus antepasados, los gomeros han aprendido a comunicarse a través del silbido. Paquita me explica que el Silbo nombre que recibe este genuino idioma fue desarrollado por los antiguos pobladores de la isla para lanzar mensajes a larga distancia.

En el pasado, los gomeros no teníamos teléfonos móviles. Pero no nos hacía falta: para eso estaban los barrancos.

El ondulante perfil geográfico de La Gomera, donde profundos valles se abren paso entre las elevaciones rocosas de sus cerros, como una tentacular criatura que tiene su cabeza en el centro de la isla y las garras a los pies del océano, tiene unas excelentes cualidades acústicas que permiten que el sonido resucite con cada eco y pueda estirarse en el tiempo y el espacio. De esta forma, los pastores y los agricultores de la isla han aprendido a beneficiarse de los barrancos para que, rebotando de desfiladero en garganta, de roca en choza y de palmera en pájaro, sus silbidos recorran los valles de un extremo a otro hasta alcanzar los oídos de su destinatario.

La antigua casa de mis padres estaba en La Lomada, en la parte alta de la Villa me comenta Paquita—. Todos los días, cuando mi padre volvía del mar, éste silbaba a mi madre desde la plaza para que supiera que ya estaba subiendo a casa para almorzar.

Óscar, dirigiéndose a mí, pregunta si he visto la película Guarapo.

Es una película que retrata la realidad social de La Gomera durante los años de la Guerra Civil. En ella, el Silbo es uno de los protagonistas de la historia.

El cubano me cuenta que los pobladores de la isla utilizaron el Silbo como lenguaje cifrado durante los combates. La gente silbaba a sus compadres para avisarles sobre la presencia y los movimientos de las tropas enemigas.

Y esto les daba una gran ventaja frente a los militares porque les permitía comunicarse sin que los otros entendieran sus mensajes.

Y puntualiza: «Aunque, al final, ni siquiera el Silbo les libró de perder la guerra».

***

En la actualidad, el Silbo es un elemento cultural que está perdiendo presencia cotidiana y, por tanto, está siendo relegado al pasado de la memoria colectiva. En la Villa, apenas se escucha silbar. Y, como gesto ordinario, el silbido está restringido a un pintoresco saludo entre dos paisanos de avanzada de edad.

Como tantas otras viejas costumbres, el Silbo gomero parece estar condenado a sobrevivir como tradición embalsamada en los libros de historia y reencarnada artificialmente en las representaciones folclóricas de las fiestas patronales y los homenajes institucionales.

Sin embargo, el cabildo de La Gomera intenta salvar al Silbo de su muerte como lengua: el Silbo es una asignatura obligatoria en todas las escuelas de la isla.

El señor Ortiz enseña a silbar a los niños de San Sebastián apunta Paquita. ¿Verdad, Óscar?

Y el cubano asiente, y a continuación presume de que, aunque él no sepa silbar, su hija ha aprendido el Silbo en el colegio. Y aprovechando que hay un muchacho en la cafetería, Paquita le pregunta: «Oye, rey. ¿Tú sabes silbar?». El muchacho le contesta juntando los labios para lanzar un sonoro silbido.

Pero me refiero a hablar silbando matiza Paquita.

Ah, eso ya lo olvidé responde el muchacho.

Psicosis colectiva al otro

Cuando en las calles de Madrid te aproximas a un desconocido para entablar un contacto espontáneo, la otra persona se siente instintivamente violentada. Las mujeres lanzan el brazo al bolso; los hombres, a la muñeca donde tienen aferrado el reloj. En Madrid existe un psicosis colectiva al otro.

La calle es una suerte de territorio comanche: la aglomeración social no representa la comunión entre personas, sino la obligación a sobrevivir a pesar del extraño. La amenaza es latente y se rehúye la confrontación con los demás. El metro es la boca del lobo; la noche, las entrañas de la bestia.

Las grandes concentraciones de población despiertan el instinto de conservación del yo, traducido en recelo al ser anónimo, al extraño y desconocido. El extranjero, siempre y cuando no se demuestre lo contrario, es un invasor del espacio propio: un presunto culpable de agresión, de confrontación, que siempre tiende a la violencia, a la intimidación, al pillaje. La diferencia genera temor entre los seres humanos.

Los ciudadanos de Madrid están amedrentados en su propia ciudad. Y lo social se corrompe, se invierte, produce rechazo; y la calle es una amenaza que acecha la seguridad de lo doméstico. Madrid ha sido usurpada por aquellos que merodean su espacio público. Y el madrileño, al igual que sus hijos, está obligado a sobrevivir a su ciudad, a pesar de que considera que todo lo que hay en ella es suyo. Única y exclusivamente de ellos, y no del otro.

Vanidad encubierta en un vagón de metro de Madrid

En un vagón de metro de Madrid, una mujer de avanzada edad entra en compañía de un grupo de personas. No hay sitio para sentarse, y ella está obligada a permanecer de pie. Un hombre sentado se percata de su situación y hace un gesto para ofrecerle su asiento. La anciana está charlando animadamente y no se da cuenta del ofrecimiento del hombre, el cual no insiste y permanece en su sitio.

Apenas un minuto después, otro hombre, sentado en la hilera de enfrente, se levanta y también invita a la anciana a ocupar su asiento. En esta ocasión, ella no ignora el ofrecimiento, y acepta encantada.

El otro hombre, el amable ciudadano discriminado, dibuja una cínica sonrisa. Está visiblemente ofendido: su gesto de cortesía no ha sido recompensado con el agradecimiento de la anciana, a pesar de su buena intención. Y, en lugar de alegrarse porque la mujer ha logrado finalmente sentarse —el único propósito por el cual anteriormente le había ofrecido su asiento—, el hombre se siente despechado y despreciado por no haber sido él quien cediese su sitio. La cortesía es, en este caso, la vanidad del amable ciudadano que busca reconocimiento social y satisfacción personal con un gesto que se presupone altruista, de buena voluntad.

Así es —o al menos yo lo he interpretado de esta manera—: el hombre no había ofrecido su asiento por el bienestar de la anciana, sino por él mismo, como una muestra cotidiana del egoísmo que está enquistado en el espíritu de los seres humanos, incluso en aquellos que intentan escudarse detrás de la máscara de la amabilidad y los buenos modales.

Crónicas Aisladas (V): Estas cosas se arreglan con las manos

Un matrimonio de avanzada edad se baja en la parada de guagua que hay junto al instituto de La Lomada, en la zona alta de la Villa.

-Muchas gracias, Manolo -dice en voz alta el hombre al conductor-. Y si no nos vemos mañana, es que me han echado de casa. Mi mujer me acaba de pedir el divorcio.

Su frase final está empalagada de un ácido sarcasmo, y varios pasajeros dejan escapar espontáneas sonrisas.

-No lleguen a tanto, pareja -responde el conductor-. Estas cosas se arreglan con las manos.

-Mal asunto -espeta un señor de pelo canoso y piel acartonada que está sentado en la primera fila-. Eso de las manos está ahora mal visto.

-Señor Vicente, no me malinterprete- responde el conductor-. Me refería a que solucionaran el problema con caricias; no con mamporros.

Hoy.es

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