Había arroz de cebada derramado por la carretera

Había arroz de cebada derramado por la carretera.

El autobús se detuvo por orden de un agente de policía, a medio camino entre Cuenca y el Parque Natural de Cajas, en las entrañas de los Andes ecuatorianos. A más de 3000 metros de altura sobre el nivel del mar, pero sólo a unos metros de la luna empañada del autobús, se había producido un accidente. Un par de camiones estaban cruzados en la carretera. Eran dos desfigurados monstruos de hierro, mudos e impasibles, que exhalaban una quietud impropia; una ausencia de movimiento que solo pertenece a un objeto inanimado, a lo inerte, a aquello que, si alguna vez tuvo vida, ahora está muerto. Y, entre los hierros y los neumáticos descuartizados, por encima de los dos colosos petrificados, a su alrededor y en su interior, acariciando, ocultando y moldeando todas las superficies deformadas, había arroz de cebada. A consecuencia de la fuerza del choque frontal que habían sufrido los dos camiones, el arroz de cebada se había liberado de la opresión del remolque que lo transportaba y se había derramado violentamente por la carretera.

El día era gris. El cielo, opaco y triste, se arrastraba entre las faldas de las montañas. Llovía. El viento soplaba con fuerza y desmenuzaba la lluvia, que caía fina y agresiva, arañando la cara y nublando la vista. En las altas laderas de Los Andes, el frío se materializa en el aire, es líquido e inunda los pulmones. El sol estaba ausente, a pesar del día, y todo tendía a la penumbra, excepto en el preciso lugar donde se había producido el accidente. Intenso y brillante, el manto amarillo del arroz de cebada se había apoderado de todo el siniestro. Una persona, que sólo era identificable por el par de zapatillas blancas que no cubrían unos sacos negros, yacía en el suelo. Estaba muerto. Era el conductor del camión que transportaba el arroz de cebada. El cuerpo, intuido, permanecía inmóvil, fallecido sobre su propia mercancía. El arroz de cebada se había convertido, accidentalmente, en su propia mortaja fúnebre.

La gente, proveniente de las filas de vehículos que se alargaban a ambos lados de la carretera, se agrupaba en torno al conductor muerto, a pesar de la lluvia, el viento y el frío, para mirar detenidamente los sacos negros y el par de zapatillas blancas. La muerte no tenía rostro ni herida, pero conmovía y asustaba, y todos los ojos se clavaban alucinados en ella. Las mujeres se lamentaban en voz alta y hacían amago de apartar la mirada. Los hombres indagaban y fumaban. Los más jóvenes sonreían, casi sin querer, y hacían fotos con sus teléfonos móviles. “Pobrecito”, se escuchaba constantemente. Un hombre, con mochila y sonrisa agujereada, sacó del bolsillo de su abrigo un paquete de Malboro e improvisó un puesto ambulante de cigarrillos sueltos y cajetillas de fósforos. A 15 centavos de dólar cobraba el bálsamo de frío, inquietud y morbo.

La atracción empujaba ciegamente a la gente hacia la muerte. El arroz de cebada se adhería al calzado mojado de los más curiosos. El círculo se estrechaba poco a poco alrededor del cadáver. Acorralaba al conductor muerto. Entonces, un agente de policía ordenaba despejar la zona. El arroz de cebada sirvió para delimitar el área restringida. El grupo se distanciaba, pero enseguida, al menor descuido del policía, iniciaba de nuevo a estrechar el círculo. Un hombre logró acercarse lo suficiente al cadáver para levantar sus sacos negros y confirmar el motivo de su muerte: el cuerpo estaba completamente destripado, con algunos de sus órganos internos, irreconocibles, tirados por el suelo. El arroz de cebada, arrastrado por el viento, flotaba en el aire y se confundía con las gotas de lluvia. La sangre formaba parte del frío. Además de los zapatos, las medias y el bajo de los pantalones, los granos de arroz de cebada se adherían a las manos, a los labios, al pelo y al cuello. La muerte tenía color amarillo, y ya se había apoderado de toda la vida que había a su alrededor.

Minutos antes del accidente, Uli y yo estábamos esperando en uno de los puestos de control del Parque Natural de Cajas la llegada de algún medio de transporte que nos condujera hasta Cuenca. Un guardia del Parque asumió la responsabilidad de conseguirnos un vehículo. Justo antes de la llegada del autobús que nos recogió, un pequeño camión de mercancías pasó por el puesto de control. Al verlo aproximarse, el guardia del Parque anunció que quizás habíamos encontrado el medio de transporte que estábamos esperando. El camión transportaba arroz de cebada. Sin embargo, el conductor no viajaba solo: otro hombre estaba sentado junto a él en la cabina. No había espacio suficiente para otras dos personas. El hombre que había imposibilitado que nos subiéramos al camión sobrevivió al accidente, a diferencia del conductor, pero gravemente herido. Tirado en el suelo, incapaz de moverse, aparentemente con las dos piernas destrozadas y múltiples fracturas de hueso, pero consciente y viviendo cruelmente su dolor, tuvo que esperar la llegada de la ambulancia. La gente levantó una muralla, hecha con sacos de arroz de cebada, para resguardarlo del viento y el frío. Si este hombre no hubiera viajado con el conductor del camión y nosotros hubiéramos subido a la cabina, ¿habríamos sufrido una suerte parecida a la suya? En cambio, si el hombre no hubiera viajado con el conductor del camión y nosotros hubiéramos subido a la cabina, modificando inevitablemente el posterior transcurrir de los acontecimientos, ¿se hubiera evitado el accidente? ¿Nuestra presencia habría podido salvar al conductor del camión de su muerte? O, sin embargo, el accidente era inevitable, un capricho irrevocable de la muerte, y el arroz de cebada tenía que ser derramado por la carretera esa mañana oscura y lluviosa en las altas laderas de Los Andes ecuatorianos.

Poco después de la ambulancia, llegaron los periodistas al lugar del accidente. Muchachos jóvenes con cámaras de video al hombro se apoderaron del espacio con descaro y soberbia, violentado la pesadumbre y la fascinación de la muerte con sus ojos cuadriculados y sus pasos decididos, sin respeto ni miedo. Sus pies se hundían vorazmente en el arroz de cebada. Todo el siniestro quedó registrado en un primerísimo primer plano: el amasijo de hierros retorcidos de la cabina del camión, la sangre coagulada en el filo de los cristales rotos, el par de zapatillas blancas que no cubrían los sacos negros ni el arroz de cebada… Un agente de policía, irritado por este mundano exhibicionismo de la muerte, tapó el par de zapatillas blancas con un trozo de cartón mojado. Una periodista tomaba declaraciones a la gente. Un hombre con bigote, pelo engominado hacia atrás y traje de chaqueta oscuro, hizo suya la teoría de otro hombre, sin bigote, con gorra de propaganda y mono de trabajo, explicando que, por las huellas del frenazo que había quedado impresas en la carretera, la culpa había sido del camión que transportaba el arroz de cebada. El impacto tuvo que ser brutal. El conductor del camión debió morir en el acto. Un periodista se acercó hasta el cadáver para intentar levantar sus sacos negros. El agente de policía lo apartó con un gesto brusco. El periodista quería retratar con su cámara de video la muerte. Sin embargo, él no sabía que, a pesar de su incapacidad para reconocerla, la muerte había protagonizado todos los planos que registró del accidente.

Y allí siguió la muerte, en el mismo lugar en que había nacido, a pesar de que una ambulancia retiró el cuerpo del conductor fallecido. Y nuestro autobús la sobrepasó y siguió su camino lejos de ella, pero algo de la muerte se quedó entre sus hierros, sus neumáticos y sus pasajeros. Era una muerte diferente y persistente. Una muerte amarilla, brillante e inquieta. Una muerte que no se conformaba con estar derramada por la carretera. Una muerte que volaba, que jugaba, que nunca antes había estado tan viva. Una muerte que, quizás, también me pertenecía.

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