El señor Vicente, una Campaña Sanitaria y unas Fiestas Patronales en Huancabamba

Las comunidades campesinas de la sierra de Huancabamba son casi invisibles. A veces, son aldeas efímeras, que aparecen, y desaparecen al mismo tiempo, en los márgenes de la carretera. A veces, son caseríos disimulados, cuyas casas de barro están desperdigadas, y apenas se distinguen, entre las faldas rugosas de las montañas. Las familias de la sierra de Huancabamba viven ocultas por costumbre y por tradición. Quizás también por ello, por costumbre y por tradición, estas familias se mantienen prácticamente aisladas del resto del mundo. Ellas subsisten por cuenta propia: dan de comer a la tierra, con la esperanza que luego la tierra les dé de comer a ellos. Son familias que apenas conocen la civilización, y desconfían de sus mecanismos abstractos y misteriosos, de ese mundo “moderno” que se mueve a otro ritmo, que funciona con otras reglas, que se desarrolla según principios y prioridades radicalmente diferentes, tantas veces opuestas. Para estas comunidades campesinas, la ciudad es un evento insólito, algo lejano y extraordinario, que únicamente visitan por necesidad, por negocios o para festejar las festividades locales, casi como turistas.

Por esta razón, y ya que estaba dirigida a estas familias campesinas, la Campaña Sanitaria que tuvo lugar en la ciudad de Huancabamba se realizó coincidiendo con la celebración de sus fiestas patronales, en honor a la Virgen del Carmen.

Las Fiestas Patronales de la Virgen del Carmen duran una semana. Huancabamba, al menos durante siete días, es una ciudad vital, nerviosa y alegre, convertida en el punto de encuentro de todos los habitantes de la región. La gente de la ciudad se mezcla con los campesinos de la sierra, en una vistosa y abigarrada combinación de estilos en el modo de vestir, de comportarse, de expresarse y relacionarse con los demás. Un enorme mercado, que se apodera de las calles del centro, ofrece todo tipo de productos, desde esencias “mágicas” para curar el asma y, al mismo tiempo, el mal aliento y el dolor de huesos, hasta sombreros de paja confeccionados a mano, cazuelas inoxidables, zapatillas de marca falsificada y los últimos estrenos de Hollywood en dvd. En la Plaza de Armas, situado delante de la fachada del municipio, un escenario de madera, adornado con lienzos de colores, sirve para celebrar todo tipo de eventos institucionales, principalmente para la promoción de los logros y maravillas realizadas por el alcalde y su equipo de trabajo. Desde el escenario, el alcalde inauguró, con orquesta y desfile de autoridades, el primer cajero automático de la historia de toda la región. Muchos tipos de espectáculos pasaron por el escenario de la Plaza de Armas durante las fiestas, pero ninguno tuvo tanta expectación ni tanta acogida como el gran Bingo de la Virgen del Carmen. El apagón era de 1500 Soles (algo más de 400 Euros). Cientos de personas tentaron la fortuna, que finalmente, para decepción de todos los que no habían ganado, fue a parar al bolsillo de un veinteañero, que ni siquiera era del pueblo.

Huancabamba se viste de domingo para recibir a la Virgen del Carmen. Los vecinos decoran las fachadas de sus casas con globos y ramas de árbol para recibir la procesión de la patrona. La Virgen del Carmen, simple y bella, pálida e impasible, sale de la Iglesia de la Plaza de Armas el miércoles, a primera hora de la mañana, y no regresa hasta el domingo de madrugada. Durante cinco días, de manera casi ininterrumpida, con un naranjo situado a sus espaldas y un paraguas oscuro por encima de la cabeza, la Virgen recorre las calles y los cerros de Huancabamba, siempre acompañada por una humilde orquesta de músicos sin traje ni corbata. Además de la orquesta, la Virgen está todo el tiempo escoltada por un grupo de “diablicos”. Con sus trajes de colores y sus máscaras de hojalata, los “diablicos” bailan al son de la música, siempre las dos mismas coreografías, mientras acompañan al “Capataz”, el señor Diablo, con su cara roja, sus bigotes negros y sus dos cuernos en las sienes. El “Capataz” está enfrentándose a duelo con el “Angelito”, un niño de melena rizada, traje blanco y un cuchillo en la mano. Es una lucha que se desarrolla durante todas las fiestas, día tras día y noche tras noche, hasta que la última noche del último día, el “Angelito” da una puñalada mortal al “Capataz”. Y así, todos los años, el Bien se impone al Mal, al menos por un día, en Huancabamba.

Durante la Campaña Sanitaria, un grupo de médicos y especialistas en psiquiatría, encabezados por Tomás, un enfermero murciano que lleva media vida trabajando en Sudamérica, realizaron varias visitas a domicilio para enfermos con problemas mentales. De camino a una casa, el grupo de doctores y enfermeros encontraron en la carretera una mujer que sujetaba a su hijo en brazos, llorando, mientras un grupo de personas la rodeaba. El niño estaba sangrando y se quejaba de un inmenso dolor en las piernas: había sido arrollado por un alud de troncos que estaban siendo transportados por las laderas de la sierra. Tomás acompañó al niño hasta la clínica de Huancabamba, donde horas más tarde, ante las dificultades para encontrar yeso suficiente para escayolar sus pequeñas piernas destrozadas, y a pesar de no tener un equipo de rayos-x para evaluar el alcance del daño, lo atendió un traumatólogo de Lima, que había venido a Huancabamba para la Campaña Sanitaria. Al día siguiente, el niño fue trasladado a Piura, la capital del departamento, sin ambulancia, sufriendo las 5 horas de viaje por una carretera de tierra irregular, de implacables baches y vertiginosas curvas, para dejar atrás las profundidades de Los Andes y disponer de atención médica para curarse las piernas rotas y, quizás, poder volver a caminar.

Tomás, el enfermero murciano, y el resto de expertos en psiquiatría conocieron al señor Vicente durante una visita a domicilio. Su hija los condujo, entre las laderas de la sierra, hasta donde él vive junto a su familia. Pero el señor Vicente, a diferente de su esposa, de su hija, de su yerno y sus dos nietos, no vive bajo el techo de la que siempre fue su casa, de adobe, sino bajo la copa de un naranjo, al que permanece encadenado. El señor Vicente sufre de esquizofrenia y tiene inesperados e incontrolables ataques de violencia, tanto contra los demás, como contra sí mismo. Una enfermedad que se manifestó por primera vez hace trece años, los mismos que lleva el señor Vicente encadenado al tronco de su naranjo. El señor Vicente estaba sentado sobre un montón de paja, para hacer más confortable el suelo de tierra, y bajo la copa del naranjo, para cobijarse del sol con su sombra.

El señor Vicente saludó con indiferencia a su hija, que le trajo una gaseosa y un trozo de pan como “lonche” de media tarde. Casi no prestó atención a que tenía visita. Sin embargo, el señor Vicente acabó revelándose como un educado y atento conversador. Era una persona plácida y resignada. Él, aparentemente, ha aprendido a aceptar su vida de perro, de perro rabioso y temido, que vive encadenado, aislado y a la intemperie, alejado del resto de la familia; pero también de perro viejo y querido, que es alimentado y cuidado por su familia, que las noches que anuncian agua su mujer le instala una techumbre de calamina entre las ramas del naranjo para protegerlo de la lluvia.

Su situación es algo ordinario para el resto de familias de la zona. Según sus vecinos, la locura del señor Vicente depende del tamaño de la luna y su posición en el cielo. Los médicos, más prácticos y químicos, dieron al señor Vicente unas cajas de pastilla para mitigar las reacciones paranoicas de su esquizofrenia. Tomás, quien presume de haber “desencadenado” a decenas de enfermos mentales en Sudamérica, principalmente durante los años que trabajó en Honduras, tiene la esperanza de haber añadido otro nombre a su lista de “loquitos liberados”. En 30 días, el señor Vicente debería encontrarse mucho más estable psicológica y emocionalmente gracias a la medicación. Y, por tanto, su familia podría desencadenarlo del naranjo. Trece años después, el señor Vicente sería una persona libre. Pero esta decisión no depende de los médicos, sino del propio señor Vicente, de su familia y del tamaño y la posición en el cielo de la luna.

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