Cuando en las calles de Madrid te aproximas a un desconocido para entablar un contacto espontáneo, la otra persona se siente instintivamente violentada. Las mujeres lanzan el brazo al bolso; los hombres, a la muñeca donde tienen aferrado el reloj. En Madrid existe un psicosis colectiva al otro. La calle es una suerte de territorio comanche: la aglomeración social no representa la comunión entre personas, sino la obligación a sobrevivir a pesar del extraño. La amenaza es latente y se rehúye la confrontación con los demás. El metro es la boca del lobo; la noche, las entrañas de la bestia. Las grandes concentraciones de población despiertan el instinto de conservación del yo, traducido en recelo al ser anónimo, al extraño y desconocido. El extranjero, siempre y cuando no se demuestre lo contrario, es un invasor del espacio propio: un presunto culpable de agresión, de confrontación, que siempre tiende a la violencia, a la intimidación, al pillaje. La diferencia genera temor entre los seres humanos. Los ciudadanos de Madrid están amedrentados en su propia ciudad. Y lo social se corrompe, se invierte, produce rechazo; y la calle es una amenaza que acecha la seguridad de lo doméstico. Madrid ha sido usurpada por aquellos que merodean su espacio público. Y el madrileño, al igual que sus hijos, está obligado a sobrevivir a su ciudad, a pesar de que considera que todo lo que hay en ella es suyo. Única y exclusivamente de ellos, y no del otro.
Psicosis colectiva al otro
RSS | Javier Gragera | Martes, 12 de abril de 2011 | Sin comentarios |     ciudad, diferencia, diferente, españa, madrid, otro, social, sociedad | 

