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Funcionario público nº equis

2012 julio 30
por Julián Portillo Barrios

 

 El despertador sonó a las 6:45 y la realidad se hizo de pronto, dejándole un resquicio de derrumbe, una sensación virulenta del mundo de los sueños que se desploma. Ahora era el apartamento, la mañana, la disposición a repetir sistemáticamente el proceso de los despertares en días laborables: tomar un desayuno ligero, consistente en café y una tostada, aseo metódico, afeitado impecable frente al espejo aun en albornoz, recoger los restos del desayuno, hacer meticulosamente la cama, recreándose en cada pliegue, doblando las sábanas con agilidad pasmosa, y por último, vestirse de camisa clara, pantalón oscuro de tergal, beige/azul marino-marrón/gris marengo, en la correcta estética del buen funcionario de la delegación, del intachable empleado público que gana honradamente sus honorarios, que se acomete a un ritmo exacto, a un rito minuciosamente calculado para llegar cada mañana, perfectamente puntual a su trabajo.

 Pero algo le decía que aquella mañana no sería como todas las demás. Se encontraba realmente cansado, inusualmente cansado. Una fatiga desconocida parecía emanar desde todos sus músculos, doloridos, tensionados como por un aparato medieval que lo torturara en sueños. Aunque no le prestó importancia alguna. Hacia tiempo que ese tipo de cosas habían dejado de cobrar importancia para él: no dormir, o dormir mal, comer escasamente, vivir en un malestar generalizado, era ya parte de la rutina ordinaria, y se abandonó, como en otras ocasiones, a la mecánica del despertar laborable. Lo principal era llegar puntual cada mañana a la oficina, abarrotada de mesas grises, adosadas, homogéneas, llegar y saludar al jefe que como de costumbre ignorará el saludo tras su mesa caoba de roble, al fondo de la estancia, fingiendo atender algo más importante.

 Ya eran las 7:50 y aún no había terminado de abotonarse la camisa. Apresuró los movimientos y abandonó la casa. Las calles arruinadas parecían el escenario de una batalla campal que acabara de concluir. Las manifestaciones, repetidas y constantes eran como un tumulto continuo, como un zumbido de trenes cercanos que a fuerza de costumbre, se termina por desoír. Incluso algunos de sus compañeros se habían unido a las protestas contra los recortes en los sueldos de los empleados públicos, pero él no se identificaba en absoluto con aquella masa informe que bostezaba las consignas de siempre, y pintaba cartoncitos con colores y frases más o menos bienintencionadas. Él por su puesto sabía que las cosas andaban mal. Pero no porque el gobierno de turno les hubiese recortado el sueldo, al él incluso sin las extra le bastaba, ni porque todo el sistema público del país, incluyendo sanidad y educación, estuviesen pendientes de un hilo, al fin y al cabo ¿que coño le importaban la sanidad y la educación?, tampoco por el retroceso en los derechos civiles, ni por la indignación que provocaba ver como las elites mantenían sus privilegios a costa del sacrificio de las clases medias y desfavorecida, no, tampoco por eso, si no por algo peor.

 Mientras caminaba podía ver los contenedores humeantes, los escaparates rotos, zapatillas de deporte abandonadas, caretas de cartón, serpentinas de colores, un tambor con el parche rajado, una pancarta pisoteada sobre la acera que reza: “El colectivo español de prostitutas insiste, los políticos no son hijos nuestros”. Era como si un ejercito de mercenarios hubiera hecho desaparecer de pronto a un multitudinario desfile gay. Él estaba convencido de que toda esa parafernalia no llevaría a ninguna parte, y quería hacer algo que de verdad cambiara el orden de las cosas, que rompiese esa cadena atroz de mesas grises y noches sin dormir, de desayunos ligeros y reducciones de salario, de dolores musculares y saludos sin respuesta.

 A la 8:25 se unió a la fila para fichar la entrada. Sus compañeros hablaban de la huelga, algunos mostraban a los demás rasguños que lucían con el orgullo de un torero que recapitula cornadas en su cuerpo. Él los miraba con distancia, sin pronunciarse. Le embargaba la certidumbre de que debía implicarse en el asunto, hacer algo de verdad, hacer irremediablemente algo ¿pero el qué? Una vez dentro, todos fueron ocupando sus puestos. Salvo él, que comenzó a avanzar extrañamente desde su segunda fila habitual, hacia el fondo de la estancia. En cuanto se plantó frente al jefe, que por primera vez en años se dignaba a mirarlo cara a cara, gritó atronadoramente: ¡Le estoy diciendo que buenos días! Él quería hacer algo que cambiase el mundo, el orden establecido de las cosas, y se limitó a bajase el pantalón oscuro de tergal, darse la media vuelta, y defecar sobre la mesa caoba del jefe.