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“Anomia” (o el espejo social de Eugenio Amaya)

2013 noviembre 30
por Julián Portillo Barrios

Foto: Mai Saki

  1. Ausencia de ley.
  2. Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.
  3. Trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.

 Cuando uno acude al teatro, tal vez en una de esas noches asépticas de los días laborables, sin saber muy bien o sólo de oídas que es lo mismo, con lo que va a encontrarse sobre las tablas; y llega puede ser, cansinamente, con el cuello del abrigo levantado, acompañado del brazo, porque lo invitan o porque le da la gana; y al llegar mira la cartelera y se topa con el siguiente palabro:

νομα

 Sí, escrito así, en caracteres griegos, en blanco sobre fondo negro. Y es entonces cuando se deviene la pregunta, ¿a cual de las tres acepciones al principio mencionadas, querrá hacer referencia Eugenio Amaya con el título de la obra?

 No hay que obviar, que ésta es la opera prima como autor de este chileno/español, que se crió en los liceos europeos de Santiago, de los que era expulsado por sistema, se licenció en Berkeley, California, -en la soleada y transgresora California de los 70’- y que actualmente reside en Badajoz, al frente de la compañía Aran Dramática, donde viene desarrollando, allá desde los primeros 90’, una ininterrumpida carrera como director y productor teatral.

 La obra, -que en un alarde de temeridad ha sido coproducida por el Centro Dramático Nacional, y estrenada en Madrid, en el María Guerrero, donde se mantuvo un mes en cartelfue escrita en 2007, según me cuenta el propio Eugenio, adelantándose al posterior alubión de títulos literarios y cinematográficos que ha arrastrado consigo la actual coyuntura socio-económica. La única escena, transcurre en el sótano de un ayuntamiento o en la sede de un gobierno de provincias. Allí, un joven concejal de cultura, comunica a la veterana y todopoderosa concejala de urbanismo, Carmen –encarnada por una acertadísima Mª Luisa Borruelque está salpicada en un escándalo de corrupción, y que va a ser inminentemente relegada de las listas electorales.

 A partir de aquí se desata el espectáculo dantesco de la política intramuros, de los pulsos de poder en las filas de los partidos, de los chantajes más viles y despreciables, del atropello descarado y atroz de las normas éticas más elementales, de una megalomanía ridícula –y muy lucrativa por otra parte- extendida hasta en la más nimia de las alcaldías, en fin, lo que todos sabemos, un documentado retrato de las cañerías de la administración.

  Pero al margen de lo evidente, me resulta de gran maestría como el autor nos muestra de forma natural, el perfil más humano de los personajes. La esposa y madre esforzada que lidia con la enfermedad del marido y con las tropelías ilícitas de un hijo adolescente, el alcalde sencillo y campechano, analfabeto funcional que ha ascendido desde abajo, -interpretado por Quino Díez, que consigue una síntesis graciosísima de varios presidentes, y de algún político de provincias que por aquí resultará muy cercano- el joven idealista que aspira a servir honestamente desde las instituciones… poseedores de una impecable imagen pública, perfectamente podrían pasar por un familiar o un conocido, y a la vez, se revelan capaces de cometer los actos más denigrantes, y de actuar, por mera ambición o simple usura, con un desdés y una bajeza moral más que reprobables. 

 Pura sociología amigos, o en palabras de su autor el teatro que desempolva el espejo del que hablaba Shakespeare y reflexiona sobre nuestras contradicciones, nuestras debilidades, nuestra forma de encarar una vida plagada de imperfecciones”.

Ya sólo me queda decir, que después de ver la representación de Anomia, se me ocurren fundamentalmente dos cosas:

  1. Que pagaría por ver el careto de cualquier cargo intermedio, director general, o concejal de marras, que en un despiste se colase en un pase de la obra.
  2. Que alguien debería revisar algunos aspectos elementales de las teorías de Durkheim.