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Contra Leopoldo Mª Panero

2014 marzo 4
por Julián Portillo Barrios

                 Leopoldito tan a gusto.

Ayar la diñó Leopoldo Mª Panero. Yo no suelo compartir efemérides, ni pésames, aborrezco por norma los convencionalismos sociales y las celebraciones póstumas, los obituarios me resultan cargantes y molestos -especialmente si son de algún poeta- y hoy he tenido que enfrentarme a un aluvión inagotable de artículos afectados, de amigos postenado en Facebook sus encuentros con Panero en plan “El día que conocí a Leopoldo Mª bla bla bla”, con foto incluida posando junto al difunto en la Feria del Libro de Madrid, o en el Festival de Perfopoesía de Sevilla. Lo mismo ocurría hace poco con Gelman, con Ana María Moix, con Félix Grande… y a mi estas cosas me tocan los cojones particularmente, no sé porqué razón, pero me los tocan, y no citaré nombres, no quiero ganar más afectos entre mis amigos, con la estima que ya me tienen me es más que suficiente.

 Por supuesto yo no me había planteado escribir lo más mínimo al respecto, independientemente de que el muerto sea probablemente uno de los poetas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX , a mí eso me la trae floja, se mueren poetas todos los días y muchos de ellos sin haber escrito jamás una línea. Incluso me había reafirmado en la idea de no hacerlo, pero como uno finalmente es el producto resultante de sus propias contradicciones, pues aquí me tienen de vuelta dándole un rato a esto de las teclas.

 Me ahorraré toda esa paparrucha tan repetida sobre los premios que no le dieron, sobre su peregrinaje voluntario por manicomios de media España, el amor incestuoso hacia su madre, las drogas, la cárcel, las citas inventadas… todo eso ya lo sabemos, y lo cierto es que Leopoldito –a mí me gusta llamarlo Leopoldito,  al fin y al cabo nunca dejó de ser el hijo de Felicidad Blanch y Leopoldo Panero, sobre todo de Felicidad, a pesar de que definitivamente consiguiera matar a su padre, entiéndase, en términos freudianos, y de intentarlo de forma algo más literal con su hermosa progenitora- era un autentico fenómeno de masas. Su aparición en el “Desencanto” o en programas televisivos como “Crónicas Marcianas” y “Negro sobre Balnco”, el doble disco y documental que Bunbury, Ann, & cía  grabaran en entorno a su figura, -por no decir caricatura- han contribuido a aumentar la imagen patética del un hombre que causaba repulsión y asombro a partes iguales. Por no hablar de toda esa horda de pésimos imitadores –me abstengo de nuevo de dar nombres- que van de jam en jam vistiendo un vistoso traje prefabricando de poeta. 

 Ya en sus postrimerías, Leopoldo Mª se había convertido en un sujeto tolerado y asimilado por los agentes de la cultura, lejos de incomodar era algo así como “el loco oficial de las letras españolas”, y no había feria del libro a la que no estuviese invitado, o editorial grande o pequeña que no se muriera por sus versos. Y es que además de prolífico, ha sido longevo teniendo en cuenta su modus vivendi y sus supuestas dolencias y encima vendía libros como pocos en la actualidad. Conozco a más de uno que entre sus dos o tres best sellers, tiene una antología de Panero -generalmente la de Visor- en la estantería sobre la tele.

 Al margen de todo esto, y recalcando que a Panero hay que leerlo con distancia y cierto escepticismo –no hay que olvidar que escribía cuanto se le pasaba por la cabeza, y le publicaban cuanto escribía-   es innegable que en Así se fundó Carnaby Street,  Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, Agujero llamado Nevermore, Guarida de un animal que no existe, Teoría lautreamontiana del plagio, Poemas del manicomio de Mondragón, o Visión, por citar algunos títulos de entre su extensa obra, demuestra unas cotas de genialidad, una originalidad y un universo personal propios de un poeta mayor. Basta recordar, El lamento del vampiro, Canción para una discoteca, Deseo de ser piel roja, El loco mirando desde la puerta del jardín, o Ma mère, para saber que nos encontramos ante un sujeto excepcional en el panorama de las letras hispánicas -siempre en términos subjetivos porque estamos tratando de poesía, por supuesto-.

 Por otro lado también es innegable que en sus últimas entrevistas y apariciones públicas se repetía cansinamente en aquello de la conspiración de la CIA para matarlo, en los intentos de los psiquiatras por envenenarlo con vodka y estricnina intravenosa, en la espera a todas luces infructuosa del premio Novel, en la cita de Stirner, etcétera etcétera,  y yo no sé bien si es culpa de la psicosis, la esquizofrenia, los pequeños bumburys y aspirantes a serlo que lo perseguían para sacarse la foto del rollo “nosotros los malditos” como si fuese un puto mono de feria, o de la prensa que le hacía siempre las mismas preguntas para que diese las repuestas que todos queríamos oír. En fin, misrerios del fenómeno que, ahora sí, descansa en paz.