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Una de Tarkovsky

2012 junio 14

“un aire de antaño canta y se querella
en la diminuta cámara suntuosa
en donde palpitan los perfumes de Ella

Paul Verlaine

 Hay un cine y una calle. Una calle corriente de una ciudad cualquiera, con una multitud de transeúntes y de ruidos urbanos –el ladrido agudísimo e imbécil de un chiwawa que pasea a una señora gorda, el estrépito chirriante de un autobús en frenada, un tipo desaliñado que grita desde la otra acera: Struggle for a live!!-.

 Una pareja se detiene a mirar la cartelera. Ella va como colgada del suéter de Él, ese suéter de rayas que huele a tristeza y a tabaco de liar, y que… -Le queda tan bien – piensa mientras él está que si Bergman, que si Tarkovsky, dale con el neorrealismo italiano, dale con Visconti, etc. y sonríe porque en el fondo le aburren esas películas antiguas en las que casi siempre se queda dormida, y él, entonces, se siente caer como por un agujero, y la agarra, la huele mientras duerme, porque siente como que resbala en un pozo hecho de algo que nada tiene que ver con la materia, la respira profundo y huele a tierra-hembra, y a mar, a fruto de mar que huele a sexo florecido, y a arrollo, entonces él sabe que la quiere porque huele a tierra-hembra y a mar, y a promesa de la espuma, y a ola… y sucede que se salva en ese instante, y el agujero/pozo se deshace bajo su culo.

 -¿Porqué no ponen nunca éstas películas en los cines? ¡Dios!, la cartelera es terrible, abominablemente detestable.

 Y continúan caminando ya que de todos modos no tienen dinero para el cine, pero no les importa porque saben que pasear, que soñar, que hacer el amor es gratis. Y se van a sentar a un parque donde seguramente es otoño y él enciende un cigarrillo y calla. Unos niños alborotan lejos mientras sus madres fingen ignorarse leyendo revistas atroces de esas que llaman del corazón. Ambos, miran las hojas secas del parque mientras ella dice no se qué de su padre, y él la envidia un poco porque puede mirar las hojas y ver las hojas, vivir-las-hojas, sin pensar estúpida, necesariamente en Pissarro, en Verlaine, en Yves Montand, en C’est une chanson qui nous ressemble/ Toi, tu m’aimais et je t’aimais, y toda esa cultura/basura-mental que lo tiene siempre en guardia, como esquivando realidades paralelas. Pasa un perro callejero y se para junto a ellos que lo acarician –Mira, que simpático ¿No te gustaría tener uno? Parece tan sucio, tan abandonado- y él asiente, porque claro que le gustaría cuidar un perro, y una casa propia o de alquiler, y un trabajo, y a ella, amantísima, que también cuidara de él, de su trabajo, de la casa y del perro, Et nous vivions tous deux ensemble/ Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais, y así dejaría de perder el tiempo en las ciudades, que son la misma con el tiempo, y de huir, y de pensar en canciones tristes y en gatos en los tejados de Luxemburgo… El perro le arrima el lomo, y él lo sigue acariciando, cada vez con más intensidad, con ritmo vívido, creciente, Mais la vie sépare ceux qui s’aiment/ Tout doucement, sans faire de bruit, y vuelve a sentir esa desmaterialización en las posaderas, ese horror vacui que le empieza por el culo como un vértigo del intelecto, Et la mer efface sur le sable/ Les pas des amants désunis, y el viento del norte que arrastra les feulles mortes, y el día gris a las orilla del Oise de Pissarro, y todo Verlaine, y el perro al que acaricia ya con vehemencia, y el agujero/pozo que lo absorve como al agua que traga el lavabo, y ella que irrumpe de pronto:

-¡Que te pasa! ¿Estás llorando?

Y él que replica:

-No. Mejor vayámonos a casa a ver una de Tarkovsky.

 

Vasco de Gama, navegante ¿oliventino?

2012 junio 6

Retrato de Vasco da Gama por Gregorio Lopes, autor de los dos cuadros para el retablo mayor de la iglesia de Santa María Magdalena, que se encuentran en el Museo Etnográfico de Olivenza.

“As armas e os barões assinalados,
Que da ocidental praia Lusitana,
Por mares nunca de antes navegados,
Passaram ainda além da Taprobana,”

Os Lusíadas. Canto I. Luís de Camões.

 Poco o nada sabemos acerca de la infancia del hombre que abrió la ruta marítima a la India. Las teorías que sitúan su lugar de nacimiento en la villa de Sines –celeste y litoral- son cuanto menos inciertas. La falta de documentos fehacientes, como una carta bautismal o una partida de nacimiento, ha precipitado por parte de historiadores y eruditos, toda una serie de conjeturas basadas en hitos de la biografía, tanto del marino, como de la de sus más cercanos parientes.

Sanjay Subrahmanyam, atestigua en su libro “The career and legend of Vasco Da Gama” (Cambridge: University Press, 1997) que Etsêvão da Gama, padre del descubridor, era hijo de un tal Vasco da Gama, de Olivença, y de Teresa da Silva. Éste, casó a su vez con Isabel Sodré, una joven de noble ascendencia inglesa, con la que tuvo cinco hijos, entre ellos  Vasco, y Paulo da Gama, quien acompañaría a su hermano menor en la aventura naval, muriendo antes de completar el primer viaje, en Azores, y que ciertamente también habría nacido en Olivença alrededor de 1465.

 La suma de estos sucesos, conocidos con anterioridad a la obra citada por diversos historiadores hispano-lusos, junto con la aparición de una lapida sepulcral en la mencionada villa fronteriza con la siguiente inscripción:

Aquí jaz Vasco da Gama, fidalgo

da Casa del Rey, alcaide das Sacas

Faleceu na era de mil quinhentos e vinte y tres anos,

a doze dias de feureiro. Esta sepultura mando facer

António da Gama, seu filho.

Llevó a Humberto Baquero Moreno a afirmar en un artículo sobre los bandos nobiliarios en la Olivença de finales del siglo XV, publicado en la revista Encuentros/encontros de Ajuda” (18,19, 20 de octubre de1985, págs. 637 y sss.) que, Vasco da Gama, alcalde de aduanas “…que veio a ser o famoso almirante que descubriu o caminho marítimo para a India […] aparece-nhos profundamente ligado a Olivença, onde era residente e exercia as funções atrás referidas”.

La obra conjunta de José Pedro Machado y Viriato de Campos Vasco da Gama e a sua viagem de descubrimento”, y en concreto el capítulo referido a Os Vascos da Gama de Elvas, de Olivença, e de Évora”, así como una posterior rectificación del autor en la misma revista en el año 89, evidencian el error incurrido.

De ambos textos se desprende que el sepultado alcaide das sacas no era más que un homónimo que nada tenía que ver –salvo un posible parentesco- con la persona del almirante. Más acertadamente Baquero Moreno narra en su primer artículo los conflictos nobiliarios acaecidos entre las familias Melo, por un lado, y Gama y Lobo por otro, que tal vez, junto con otras circunstancias, propiciaran la marcha de Estêvão a Sines.

 Puestos a conjeturar, la inclinación que Vasco sintió por la villa de la que su padre fuera Alcalde-mor, y en la que mandó reedificar la Igreja de Nossa Señora das Salas a su regreso de India -a pesar de la severa oposición de la Ordem de San Tiago-, nos induce a aceptar las teorías más extendidas.

No obstante, imaginemos por un momento. Supongamos que un ligero error de cálculo, una leve desviación geográfica en el mapa de la estadística, un tropiezo inaudito de la Historia, situara a Vasco da Gama, el inspirador de “Os Lusíadas” de Camões –el otro prohombre de Portugal- en la hoy villa española de Olivenza; transfiriendo a ésta, como su lugar de nacimiento, la categoría de símbolo, de emblema que esgrimir ante los desacatos del destino ¿Habría influido éste hecho en los episodios históricos que posteriormente se desatarían, modificando, tal vez, el presente desde el que escribo estas líneas?

Werther y yo

2012 mayo 23

Sobre todas las cumbres
hay paz.
En todos los árboles
sientes apenas
un hálito que pasa.
Los pajarillos callan en el bosque.
Espera, que pronto
tú también reposarás.

Goethe.

  No podría precisar el año, pero es seguro que yo tendría menos de doce, porque aun no vivíamos en el pisito nuevo, que todavía –creo- mi madre sigue pagando. Probablemente fuese primavera, puesto que la sintomatología que ahora me acucia: este escozor en los ojos, este moqueo incesante; y la adversidad del clima, cuando mayo en sus postrimerías por primera vez nos impacta, como un aviso, con la canícula estival del junio que se aproxima, me remiten al recuerdo. Sí, sin duda era primavera. Como olvidar aquellas tardes inmensas, aquellas mañanas de absentismo escolar, que encerrado en casa -mientras mis amigos cazaban las primeras lagartijas o estudiaban a Benavente- vivía pegado a la mascarilla del vaporizador de antihistamínicos, con un fastidio resignado de niño levemente enfermo.

 No se estaba mal, a pesar del calor y las molestias alergógenas, en la casa de mis abuelos. Mi madre no estaba, trabajaba mucho entonces, y tampoco mis hermanas que privadas de mi suerte estarían en el colegio, así que sería por la mañana. Solía elegir para sentarme a respirar los paliativos gases, una silla de madera que colocaba junto a la puerta del patio -cerrada a cal y canto, a las gramíneas y al polen- para poder mirar a través de los postigos, por los que entraba una luz irradiante, casi cegadora, esa gran variedad de colores y formas, de plantas y flores, que mi abuela colgaba de la pared frente al umbral, y cuyo contacto y aroma me estaban vedados. Elevando la vista un poco, más al fondo, se alzaban, gigantescas a la mirada de un niño la torre del homenaje y las murallas del castillo, que el cielo recortaba en silueta con su azul indiferente.

 Mi abuelo, que era devoto de Manuel Alcántara al modo en que su esposa lo es de la virgen de Chandavila, de una forma un tanto aconfesional y distante, leía el Hoy con pasmosidad altiva de militar retirado, y yo tal vez por imitación, me acerqué a la estantería a por un libro sobre el que reposar el paroxismo de las horas y los medicamentos. De entre los cientos de volúmenes que había en la sala, tomé uno, que hacía poco tiempo había visto correr de mano en mano entre las amistades de mis padres, y que tal vez por ello desprendía para mí un misterio y un magnetismo imposibles de eludir: Las desventuras del jóven Werther.

 El ejemplar, que desde entonces, más que haber heredado, he incautado de la colección de mi madre -que ahora no lee a Goethe, ni a Sartre, ni a Hesse, ni a Dostoyevski, porque ya se los sabe, y no sólo de haberlos leído-, tenía en la cubierta un retrato en azul con fondo verde del autor, y en su interior, ilustraciones tipo grabado de Jaime Azpelicueta ¿Cómo evitar la identificación con aquel personaje enfermizo, pasional y algo deprimido, que surgía de aquellas páginas como una aparición reveladora? Aún, cuando ojeo de tanto en cuando este ejemplar, puedo sentir la reconfortante presencia de mi abuelo, entre vapores y canturreos de adormecedora cadencia portuguesa que emanaban de la cocina…

Diego Corrientes, bandolero prerromántico.

2012 mayo 16

 Es una noche de primeros del año 1781. Un joven de veintitrés años, ataviado de bandolero, cruza huyendo la frontera hacia Portugal. El gobernador de Sevilla, Francisco de Bruna y Ahumada, ha ofrecido 1.500 reales a quien entregue su cabeza, y veinte alguaciles de la compañía de escopeteros lo acechan desde Sierra Morena con la vehemente avaricia que despierta el cuantioso botín. Es una noche hosca de luna muda.  Sólo resuena en las espesura un sofocado piafar ecuestre, y el crepitar cercano de encinas y coscojas que ceden ante las cabalgaduras de los perseguidores. Diego – que así se llama el fugitivo-, ha sido delatado y busca entre las gentes humildes de la sierra, en los cortijos y las ‘majás’ de Alor, alguien a quien pedir un caballo de refresco para emprender de nuevo la precipitada fuga, como en tantas ocasiones anteriores. Pero esta vez están demasiado cerca. La frontera no ha conseguido frenar a los hambrientos escopeteros, y a estos se ha unido un regimiento de la infantería portuguesa, que venido desde la cercana ‘Vila de Olivença’ se aposta en las inmediaciones del Pozo del Caño, en las faldas de la sierra, para disparar al  joven como a un animal batido. En su refugio, Diego, tal vez consciente de su destino, se ajusta las polainas, se hecha al cinto el ‘naranjero’, de cañón corto y boca ancha, carga en la montura vaquera sus tahalíes de hermosos troquelados vegetales con cuatro pistoletes, y cabalga sierra abajo, para huir o batirse, cara a cara, con su suerte…

Diego Corrientes, el famoso bandolero capturado en Olivenza.

 Hay en la biografía de Diego Corrientes, el bandolero generoso, todos los componentes necesarios para reescribir una tragedia griega o una obra de Racine, esto es, desgracia y juventud. No en vano, ha sido ficcionado en numerosos romances populares, aparece como héroe en el desarrollo de la novela picaresca, y posteriormente, ya a finales del XVIII, pasaría a encarnar, casi más puramente que ningún otro personaje hispano, el ideal del Romanticismo. Son tantas y de autoría tan dispar las fuentes que aluden al utrerano, que dificilmente podríamos hacernos una idea fidedigna de los hechos que acontecieron en su vida. Por ejemplo, en el caso del delator, la mayoría de las variantes señalan a uno de sus compinches, que habiendo caído prisionero del yugo de Bruna, reveló bajo tortura la situación del escondrijo. En cambio en mi pueblo, donde fehacientemente fue apresado cuando ‘a vila’ aún pertenecía a territorio portugués, veinte años antes de la Guerra de las Naranjas, se cuenta que fue una amante despechada, una oliventina azarosa, quien guió a los captores hasta el refugio. Diego Corrientes, podría perfectamente compararse en su calidad de personaje literario al gaucho Martín Fierro, pues como él, y a pesar de haber gozado de una existencia mundana, dio lugar a todo un subgénero de aspectos perfectamente definidos. El mito trágico adquiría entonces las formas de un andaluz audaz y valeroso, con rasgos de donjuanismo, que robaba a los ricos potentados, para hacer a su modo una suerte de justicia social.

 …De pronto, se hizo un estruendo de escopetas y trabucos, el olor de la pólvora saturaba la atmósfera de nitrato potásico y azufre, los soldados teñían con su sangre el rojo suelo de Alor. La brava resistencia se dilataría hasta el amanecer, cuando exhausto y sin munición, Diego Corrientes, el temido bandolero, era apresado y transportado a la cárcel de Badajoz. El 30 de marzo de ese mismo año y sin imputársele mayores crímenes que el de asalto y robo de caballos, pues –y en esto coinciden todas las fuentes- jamás cometió homicidio alguno salvo en propia defensa, era ejecutado por ahorcamiento en Sevilla, en la plaza de San Francisco, ante una multitud compungida. Su cadáver fue descuartizado y expuesto como escarmiento para otros salteadores en los cruces de caminos más transitados de la provincia. Su cabeza colgaría de un gancho en el mismo lugar donde en otro tiempo, osó atracar la diligencia del cabildo Francisco de Bruna. Y así, de esta macabra manera, es como acaba la vida del hombre, un joven forajido hijo de pobres labriegos, para dar con su muerte, origen a la leyenda.

Tríptico de un Poeta en la Tierra.

2012 mayo 7

 Primero vemos a un niño. Es uno de esos niños color sepia de los años veinte. Hay en la tarde de invierno un silencio afligido de ausencias, un desamparo misérrimo de hospicio, una tristeza rumiante de niño internado. Sentado en el patio, inmerso en sus lejanías, escucha el desconcierto de la lluvia en los tejados, el crepitar persistente de las gotas que se derraman sobre los charcos como un llanto incontenible. Tiene siete años y hace solo un par de meses que ha llegado al orfanato. Otro niño se le acerca y le pregunta que si no tiene frío, pero no contesta, sus pantalones cortos empapados ya son impermeables. Insiste y pregunta que ¿qué fue lo que le pasó?, o ¿que hizo para estar allí? Y entonces, sin volverse, aún absorto en el agua que precipita, murmura: Mi padre murió en el otoño cogiendome almendras.

 Ahora un hombre ya maduro, de una espesa cabellera rizada en la que asoman las primeras canas, curtido de cargar en los muelles, de limar asperezas al mármol, de sacarse los cuartos a golpes de gubia o paleta, camina por la calle San Juan. Este hombre que ahora vemos, -y que es aquel hospiciano que tuvo que ser monaguillo, y cantaor de tangos, y mil historias para llegar a los cuarenta y tres años que hoy, sábado 22 de diciembre del 63, tiene- ha leído toda su vida con afán devorador, y a demás, ha escrito, con éxito incipiente, textos y poemas que van apareciendo por revistas de medio mundo, y comienzan a ser traducidos a otros idiomas. Va contento, casi dando imperceptibles saltos, hacia la sastrería donde trabaja Manuela, su esposa, porque tiene que darle una noticia importante. El Gobernador Civil va a regalarles una casa. Esta noche darán en su honor una gran fiesta en la residencia de los Segura, y van a estar todos los chicos: Esperanza, Vaquero Poblador, López Lago… -¡Una casa nueva para los dos Manuela!- y allí él podrá escribir algo bueno, piensa mientras camina, algo tan bueno que ella podrá dejar de romperse las manos subiendo bastillas, haciendo pespuntes, cosiendo las ropas de medio Badajoz.

 Para concluir vemos al último Manuel Pacheco. El celebrado, el numerario de la Real Academia de la Artes y las Letras, el Medalla de Extremadura, el que ha dado nombre a colegios público, múltiples calles, un certamen literario, e incluso a una biblioteca. Está sentado en el sofá de su casa, no en esa tan precaria que le cedieron en los 60 en la carretera de Sevilla, si no en un pisito también modesto, pero con ascensor, que alivia los lastres de la coja Pacheca -como el vulgo ha rebautizado a su anciana señora- que ha bajado al Pryca a por un güisqui. Es ya un viejo de imponente cabellera blanca, algo desaseado, que gusta de leer a los jóvenes sus correspondencias con los grandes nombres de la literatura, y habla con contenida nostalgia de los amigos de entonces. Un viejo que ha visto morir a sus coetáneos, que sabe que le han caído ya todos los “gordos”, y que tal vez intuye le queden pocos años de vida. Con él hay un joven ecologista que pretende disuadirle para que escriba en una revista y acepte ser socio de honor del grupo Rosa de Alejandría. Va acompañado de un niño de ocho años, su hijo, que mira con intriga y estupefacción a ese hombre del que su padre le ha dicho que es un gran artista. Ese niño de aquel día de 1993 es, o mejor dicho fue, quien escribe estas líneas. Pocos años después, en marzo del 98, fallecía Pacheco. Sólo unos meses más tarde lo seguiría Manuela, con la pierna coja y las manos reventadas de zurcir remiendos en el alma del Poeta.

La mano que me sobra

2012 abril 29

 Uno piensa mucho en esto de escribir. Sobre todo piensa, porque ha sido siempre un trabajador fatigable, y ha escrito sólo por la imperiosa necesidad o el gusto mismo de hacerlo, o sea, cuando las musas, siempre caprichosas, le han tocado las castañuelas o se le incrusta, de vez en vez, una tuerca en los intestinos. Por eso a veces duda del escritor profesional, porque tiene que ajustarse a unos tiempos impuestos, a unas determinadas exigencias del mercado, a una prosodia estricta, y claudica, como claudican los santos y los mártires en la más alta renuncia -que es la de uno mismo- pero ante un dios material que nada tiene que ver con lo divino. Así que éste –perdonen que les hable tanto en tercera persona, entiendan que lo hago para desvincularme de mí- sabe que su oficio es otro, y que ser escritor, que es cosa bien distinta de ser un grafómano remunerado o no, consiste en mirar hacia el mundo con un láser orgánico, en tomarle el pulso a su tiempo, en buscar petroglifos en las cavernas del alma.

 Claro que con una visión tan anacrónica del asunto, probablemente tenga que volver para subsistir al telúrico afán de los ancestros, a domar el barro con  las manos -estas mismas que ahora, como pájaros inquietos, revolotean sobre las teclas en un espanto de lluvia-, a urdirle en las entrañas a los surcos para extraer de ellos el fruto que lo sustente. Porque estamos en Extremadura y aquí ya se sabe… no en vano el Financial Times ha elegido Montijo como ejemplo ilustrativo de las cosas mal hechas. Tenemos una cifra de parados desorbitante, y cerca de un cuarenta por ciento de la población está en camino de atravesar eso que llaman tan poéticamente, los umbrales de la pobreza. La  historia está más cruda aún para los jóvenes, que vemos, ante la imposibilidad de trabajar en un empleo acorde, como nuestras intenciones de seguir formándonos en master y postgrados, se truncan por el encarecimiento de las matriculas, que ya a duras penas conseguíamos pagar; y por la mala conciencia que supone ser una carga para las familias, mermadas por la insidia y las estrecheces económicas, nos vemos obligados, en el mejor de los casos, a aceptar trabajos precarios en la adusta realidad de una región agreste. Vamos que a coger espárragos, o tomates, o lo que toque, se ha dicho. Por otra parte el panorama político es descabellado, tanto que la gente ya no sabe si reafirmarse en haber votado a la derecha, o ir corriendo a auto-inmolarse en el ayuntamiento más cercano. El PSOE sigue emperrado en la disparatada idea de montar una refinería en la fértil Tierra de Barros, en plena decadencia del petróleo, y PP e IU, que se las entienden, no se si demasiado bien, forcejean en los tramites para aplicar en la comunidad una reforma laboral que podría calificarse de golpe de estado financiero.

 En días como hoy, me acuerdo que mi abuelo solía decirme tras leer alguno de mis textos que por entonces comenzaban a publicarse, que para ser un gran escritor –entiéndase, profesional- ya solo me faltaba el dinero. Quizás mi abuelo por una vez se equivocara, y puede ser que no me falte nada, si no que más bien me sobre. Tal vez para ser escritor me sobre una mano. Como a Valle, como a Cervantes. Que altivo iría yo por las avenidas, por los parques públicos, luciendo mi extremidad disminuida, ensoñado en los versos hermosos de un manco, mostrando la perturbadora belleza del idílico muñón… De modo que aprovecho desde aquí, desde este espacio virtual que los señores del Hoy han tenido a bien concederme, para instar a todos esos funcionarios de la cultura, editores mercaderes, y demás aludidos por mis artículos en éste y otros medios de difusión que lo deseen, a que me den hora y lugar para un duelo a garrotazos, a la vieja usanza, como hicieran tantos célebres románticos para mitigar sus cuentas. Pero eso sí que me apunten a la mano, que yo por mi parte, prometo no devolver el golpe.

De chutes y puntapiés

2012 abril 22

 Es una noche de verano, de finales de verano, cuando septiembre en sus postrimerías declina hacia el otoño inevitable. Hay en el aire una dulzura de biznagas y azahares, de brezos y enebros que el aliento tenue del mediterráneo mece sobre las calles una Málaga de ensueños hamudíes. Pero estamos en 1979, o puede que ya en los primeros ochenta. Un joven barbado y vigoroso, camina de la mano de su novia Merche. Ambos regentan un bar, y él además escribe, o mejor dicho, escribía, porque lo cierto es que hace tiempo que ha dejado de reunirse con los chicos del Grupo 9, y de mandar sus versos a la revista Luna de Madrid, o a Antorcha de paja, y de acudir a las asambleas, y de colaborar en antologías, e incluso puede que deteste su poema más famoso de entonces, Dos cuchillos, que el grupo de Folk-rock Aguaviva musicó para su disco Poetas andaluces de ahora,  que tuvo gran repercusión en la época. Y es que ya no tiene tiempo para todo eso, porque ha vendido su tiempo. Ya no camina, si no que corre, se arrastra atropelladamente -con Merche de la mano o de la mano de Merche- por las calles del centro hacia La Trinidad, o siguiendo el cauce sordo del Gudalmedina hasta La Palmilla, en busca de un colérico pinchazo, de un furioso chute que le amanse los tigres internos. Después, a veces, dormidas las sierpes de la guarda, sedados los cíclopes del tálamo, corrige viejos poemas, no escribe, pero reescribe versos púberes, bosqueja ininteligibles epigramas… está preparando sin saberlo un proyecto mucho más ambicioso: estructura sus Obras Completas. El joven poeta, aun no sabe que nunca será otra cosa que eso, un joven poeta…

 Ahora ya es otoño, pero estamos en otro lugar, no muy lejano,  –y la Magia de la literatura reside precisamente en esto, en que lo lleva a uno a donde le da la gana-  allá por octubre de 1994, en las proximidades de otro río, el Guadiana, donde Paco Lobo, de Lobo Records, de sobra conocido dentro y fuera de los ambientes musicales del terruño, ultimaba los detalles para un concierto en la plaza de toros de Olivenza, cuando allí se hacían otras cosas aparte de lidias y mítines del PP, claro. Contrabando Legal presentaba en cartel a Inlavables, Los Enemigos, y la que a pasaría a ser la banda de punk-rock más mítica de Portugal: Xutos e Pontapés. La afluencia de público, de unas seiscientas personas, venidas supongo, que de toda la comunidad y del vecino Alentejo,  entre ellas, jóvenes no muy distintos a los de la descabezada Málaga anterior, pudo escuchar, vibrante ante el estrépito eléctrico de las guitarras, himnos del rock portugués como Circo de feras o tal vez Chuva disolvente, junto a temazos de títulos tan sugerentes como La otra orilla, o El gran calambre final, de Los Enemigos, y a Gene, en la etapa más rockera de Inlavabales, desgarrándose la garganta con el Don´t Touch Me. Toda una fiesta monumental a dos calles de mi casa, donde imagino, yo estaría ya a esas horas dormido como el niño que era entonces.

 Trece o catorce años antes de ese antológico concierto, en un día fúnebre de un mes incierto de 1981, encontraban, tras la barra de su propio bar, el cadáver yaciente de Fernando Merlo -el joven poeta malagueño que no conoció los treinta años- y colgando aún de su cárdeno brazo, la jeringuilla que le suministró el chute letal, cerrándole de un puntapié, todas las puertas de la Vida. En sus bolsillos encontraron dos premonitorios sonetos, A mis venas y Oasis, incorporados como última parte del libro Escatófago, que sus amigos publicarían un año después de su muerte, reeditándose exitosamente en 1992 y en 2004, con portada de Miquel Barceló.

Cafés de tertulias

2012 abril 15

 Los Poetas, esos seres extraños, sibilinos en su extravío, perdidos entre las gentes negras de los albores, insaciables, insomnes, buscando un alivio, un subterfugio, un paisaje a contemplar en el brillo sangrante de una copa de vino, un alma hermana con quien prodigarse en su oculta tragedia…

 En Madrid las famosas tertulias de los cafés, como la del desaparecido Colonial a la que acudían Alejandro Sawa, Valle-Inclán o Rubén Darío, por citar algunos; o la del Café Gijón, donde se dejaban ver tímidamente en la posguerra Eugenio d’Ors o Cela, y que actualmente es como un glorioso mausoleo, frecuentado por intelectuales y políticos de alto standing –te cobran seis pavos por un carajillo-, han ido dando paso con los años y “la movida”, a las jam session de los garitos. Ahora el café ha sido sustituido por la cerveza, el elegante Paseo de Recoletos por la noctívaga Malasaña, y la concurrencia, mucho más heterogénea, compuesta por personajes pintorescos y ruidosos: juerguistas del verso, viejos calaveras, raperos más o menos líricos, femmes fatales volubles y fluctuantes, y por supuesto, escritores profesionales o no, creando un ambiente de Variété mucho mas parecido al de la “bohemia madrileña” de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, que al de los anquilosados círculos oficiales. Así uno puede darse un rulo por la capital en su condición de poeta provinciano –voluntariamente provinciano que decía Delibes- y dejarse caer por el Bukowski Club o Los Diablos Azules, a escuchar la algarabía estrepitosa de la nueva poesía, e incluso a veces, puede toparse con Benjamín Prado y su coleguita Sabina –que están a soplar y sorber-, o con Luís Antonio de Villena, que va como levitando desde el parnaso de su prolificencia, a dos palmos del suelo.

 También aquí, en Badajoz, ha habido y hay lugar para el quehacer poético. Desde Los sabáticos, en el piso de la calle Calatrava, bajo el mecenazgo de los Segura, donde se reunían Manuel Pacheco, Delgado Valhondo, o los pintores Pedraja y Vaquero Poblador, lo más destacable ha sido la infatigable labor del señor Méndez del Soto, que desde La Ribera, o La Regenta, en principio, y después en el ya de sobra conocido Gran Café Victoria, en la céntrica calle de San Juan, coordinó, al margen de patronatos y subvenciones, poniendo muchas veces dinero de su tembloroso bolsillo, los recitales y publicaciones que de ellos se derivaron, y en los que tubo a bien invitarme a participar en varias ocasiones. Allí uno, desconcertado en su adolescencia, se sentaba al abrigo de Mediterráneo –pseudónimo de José Antonio Sánchez Carrasco– y sus pájaros de raíces podridas, o del genial Rafael Piedehierro, pintor, escultor, y artista de la vida en general, a decir y a escuchar decir sus versos a los asistentes, algunos ya reputados como Moisés Cayetano, o el luischamiciano’ Feijó. Ahora el cotarro del Victoria, tras retirarse Juan Antonio, supongo que cansado de escuchar tanta perorata insípida, lo lleva la poetisa Antonia Cerrato, que aun me guarda, creo, algunos cuadernillos que editaron con textos del menda. Pero ya no es lo mismo, uno se ve por allí de cuando en cuando con José Manuel Díez, -entre colegas, Joséle, el del Desván-, y no puede evitar sentirse como atrapado en un tiempo, en un verso que no le corresponde.

 Uno de veras cree que todo el mundo tiene la capacidad de escribir un par de buenos versos -otra cosa es hacer poesía-, y asiste a los recitales con el alma abierta y los oídos expectantes, esperando ese adjetivo, ese verbo inflamable que le incendie los nardos de adentro; aunque a veces, algunas veces, todo acabe con la sensación de haber asistido a un desfile de sombreros.

Semiótica

2012 abril 4

 En algunas extrañas ocasiones, tan azarosas como escasas, sucede que las cosas más cotidianas o triviales, inadvertidas en la frenética rutilante de los días sucesivos, se nos revelan de pronto como un signo o un presagio. Basta un número entrevisto en un calendario de hace diez años, que casualmente miramos colgar de la hosca pared de un comercio de barrio, el nombre de una calle por la que transitamos a diario o por primera vez, una campana que oímos tañir desde la lejanía a la hora exacta en la que el tiempo dejó de correr para alguien…

 Pensaba el otro día subiendo la Cuesta de la sangre, en Trujillo, cuando José Cercas, condescendiente no se si con mi absortamiento o mi juventud, me palmeaba el hombro arrancándome de un alucinado sopor. Habíamos coincido con motivo de la feria del libro de la localidad, donde yo fui contratado para impartir unos modestos talleres en los días dedicados a los géneros de relato y poesía, y él encabezaba un séquito de poetisas y poetastros más o menos jóvenes -menos que más- a los que ha prologado en una antología para una editorial de nueva cuña en la región. El organizador del evento –y también poeta- Daniel Casado, nos contaba entre cañas que la Alcaldesa de Guadalupe del Perú -que se encontraba de paso por estos pagos para estrechar un hermanamiento entre ésta ciudad y su homónima extremeña-, había venido a la inauguración portando un vistoso medallón de oro, y no pude evitar que mi imaginación exaltada se formara la imagen, algo arquetípica, de una altiva criolla que como truncada Virreina de La Nueva Castilla, miraba con orgullo impostado, desde las escaleras de la Plaza Mayor, a los diez Incas encadenados, tallados  bajo el escudo de armas  del marqués sin marquesado Francisco Pizarro, en la hermosa fachada del palacio renacentista que un sobrino de Churriguera construyera para la hija mestiza del ambicioso conquistador, Francisca Pizarro Yupanqui.

 Mis tendencias a la mitomanía se desbocaban aquella pétrea noche -pasada hace sólo un par de días-, cuando a veintinueve, y en la dicha Cuesta de la sangre,  escuché repicar una campana a la hora siniestra y homicida en la que hacía justamente dos meses, perdía al hombre que me hizo de padre.

Artículo desactualizado

2012 marzo 24
por Julián Portillo Barrios

 Me hallo de nuevo frente a la pantalla. Tal vez por no ser una hoja, ni ser de papel, será que no siento ese terror mallarméano al blanco, que era para él sinónimo de silencio, sepultura sin mácula de versos que aún vislumbrados, jamás serán escritos.

 Tras liarme un pitillo, que el tabaco industrial está muy caro para todo el mundo, y especialmente para los poetas, que por lo general  solemos ser pobres -los ricos de nuestra época, salvo gloriosas excepciones, andan en otros menesteres-, y acomodar sobre el escritorio una copa de Verdejo cortesía de un gentilhomme, caigo en la cuenta de que llevo toda la semana reuyendo sistemáticamente de la actualidad. Cosa difícil, trabajando en un periódico, aunque sea de becario, pero resulta que tiene uno desde la infancia una habilidad especial para esto de abstraerse, incluso de la realidad más palpante o palpitante. Las palabras de las noticias que leo resbalan de mi mente como una corriente de agua/tinta que inútilmente pretendemos retener entre los dedos. Significantes desprovistos, sílabas de una lengua desusada que ya no reconocemos, pero que tampoco conseguimos olvidar. Y a ratos, disueltos en la mecánica del trabajo, van surgiendo los significados como apariciones funestas en un poema de Lovecraft: los mercados y las naciones se desploman como ruinas de un templo impío, Europa arde en sus arrabales,  el fraude y la corrupción son el valor de los hombres de portada, las guerras asolan hasta los últimos vergeles del alma humana… el planeta parece sucumbir a una oscura profecía del cosmos.

 Así que acaba la semana, y uno doliente de tanta pesadilla, solo quiere acurrucarse junto a su ángel, que en mi caso se llama Ángela, a rezar para que Irán, Corea o los U.S.A, nos borren del sistema solar, por piedad, de un pepinazo.