La prisa(y no va con segundas)

Go to fullsize image La prisa y la impaciencia son los corceles sobre los que cabalga la sociedad de este incipiente XXI. Esa prisa que permite que las cosas se hagan mal y esa impaciencia que impide que se hagan a conciencia.
Es notorio que a nuestros conciudadanos se les hace la boca agua ante la perspectiva de ganar dinero rápido y se les seca cuando para ello deben esforzarse demasiado durante demasiado tiempo. No están preparados para la vida en calma y con unas ciertas dosis de serenidad, imprescindibles para emprender cualquier acción que requiera de minuciosidad. ¡Como para dedicarse a orfebres o relojeros, vamos!
Los aturullamientos están a la orden del día, y así quienes deben acometer la nada despreciable tarea de enseñar al que no sabe (que son inmensa mayoría) se las ven y se las desean para conseguir su propósito sin perder la chaveta por el camino.
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Desde aquella nefasta generación que comenzó a plantarles cara a sus mayores hasta hoy mismo, han pasado años de llover sobre mojado en el “tantomedatodoísmo”, y los resultados no pueden ser mas desalentadores, tanto para padres como para educadores.
Aquí todo quisqui se las ingenia para ser más que los demás aunque tenga que robar, mentir, defraudar, extorsionar, y violentar. Y el que no lo hace así es tenido por gilipollas o pringado(o ambas cosas). Los valores han dejado de ser útiles ante la avalancha de abusos por parte de todos en los mas variados campos. Y así, sin valores a los que aferrarse, quienes no le ven salida al asunto – gran parte de la población – se dedican a repetir y repetir y repetir los mismos errores de bulto que nuestros antepasados lejanos hubieran resuelto en una semana. Y sin tantos adelantos tecnológicos y gadgets que nos facilitan la vida.
Ahora, después de hacer todo el mundo lo que le sale…, se ha llegado a la situación de “punto crucial” en que, o volvemos la mirada hacia los tiempos en que se hacían las cosas bien o caemos en el abismo del “todo a cien vital” del que no se puede salir, por profundo. Claro que, si ya les va bien con eso, ¿para que cambiar?… Estamos tan acostumbrados al síndrome de Diógenes mental, que no concebimos nada más.
No hay vuelta atrás y, sin embargo, la inmensa mayoría sigue y sigue y sigue por los mismos derroteros que nos han conducido a la presente situación. Es como aquellos animales de carga que tienen puesto el protector de esparto a los lados de los ojos para que no vean más allá de lo que tienen delante de sus narices.
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