Había un pueblo donde su ayuntamiento pretendía tomar una decisión pública trascendental, a demanda de la mayoría de sus vecinos. Proponían la eliminación de todas las aceras de aquella localidad, porque ya nadie las utilizaba de manera habitual. Todos disponían de coches y motos para desplazarse, nadie circulaba andando; así, las aceras se habían convertido en obstáculos sobre las calzadas para el tráfico rodado. De este modo, las calles se convertirían en vías aptas sólo para la circulación de vehículos a motor.
Nadie presentaba impedimento ante tal decisión, a excepción de un vecino, ya mayor, que no quería aceptarla dado que él todavía ambulaba cada día durante varias horas por las aceras, unas veces por obligación otras por ocio. Este ciudadano senior no quería modificar su estilo de vida, era feliz paseando por las aceras del municipio. No se doblegaba a las peticiones del vecindario cuando le solicitaban su voto favorable. Rechazo que se había convertido en una pesadilla para la mayoría que ilusionaban circular por las calles a mayor velocidad, con mayor holgura de calzada, sin aceras ni pasos de cebras, sin paseos para niños y ancianos,…
Nuestro hombre pensaba que eliminando las aceras, perdería libertad para decidir las formas de transitar por su querido pueblo. Cada día quería seguir decidiendo si ser peatón, viajero, y a veces conductor de su viejo coche. Rechazaba la imposición de los demás frente a su autonomía personal. A su vejez observaba riesgos de inseguridad vial cuando andaba entre coches aparcados, y peor aún cuando circulaban. Le preocupaba la velocidad de los vehículos; algo que era ajeno a su vida sosegada. No era la edad avanzada el motivo de su voto singular, sino el deseo de continuar disfrutando de las aceras por donde ambulaba diariamente, desde su infancia.
Incluso el ayuntamiento barajó la opción de regalar a este vecino un coche nuevo, con tal de aceptar aquella decisión; pero no prosperó el ofrecimiento municipal. No admitía obsequio como contraprestación al cambio de voto, pues entendía que hubiera sido incoherente con su actitud cívica de caminar por sus calles, sin vehículo, hasta desaparecer.
A pesar de todo, el pueblo respetaba el pensamiento del único vecino que no quería eliminar las aceras, siendo un acuerdo casi unánime del vecindario. Todos cuidaban con cariño al viejo opositor para que nadie pensara que deseaban su muerte inmediata, y así hacer viable lo antes posible aquella pretendida decisión. Finalmente, todas las calles continuaron disponiendo de aceras y calzadas, incluso tras su muerte, por lo que había simbolizado para todos.
Éste y otros peatones seguirán conviviendo en pueblos y ciudades de Extremadura. La enseñanza del relato es que no debemos olvidar que tanto en carretera como en calles, el peatón siempre es el usuario de la vía pública más débil y vulnerable. Y que por tanto, su condición debe ser respetada, aunque algunos quisieran que únicamente hubiera espacios para vehículos. Dixit.

