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El acceso futuro al agua, un problema pendiente
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Adolfo Marroquín Santoña | 05-09-2015 | 11:29

No es casual que hablemos de nuestro planeta como “el planeta azul”, el color que asociamos con el agua, que es sinónimo de vida. Los seres humanos estamos constituidos por un 70 % de agua, y el agua es vital para la salud, la agricultura, la industria y para el medio ambiente en general. Sin embargo, sólo una pequeña parte de las reservas mundiales son de agua dulce, y la inmensa mayoría de ese agua potable no es accesible para el común de los mortales.

Por otra parte, su volumen en un lugar dado no se mantiene constante. Las condiciones meteo-climáticas de los meses y años anteriores, que determinan la cantidad de agua disponible en un momento dado, varían mucho en el marco del propio ciclo hidrológico. El agua, evaporada por el Sol, va a parar a la atmósfera, y desde allí regresa a la superficie en forma de precipitaciones, que se evaporan de nuevo hacia la atmósfera, tras la escorrentía de una parte hacia los lagos, ríos u océanos, o la infiltración hacia aguas subterráneas, y esa situación cambia de un lugar a otro y de un día a otro.

Las actividades humanas afectan también al suministro de agua a través del ciclo hidrológico. Con el cambio climático, la deforestación, el regadío o la construcción de presas, modifican continuamente los recursos hídricos y el acceso a los mismos. El enorme aumento de la demanda que se viene produciendo, sobre todo en los últimos decenios, pone aún más de relieve la necesidad de evaluar el potencial real de la disponibilidad global, para tratar de asegurar en el futuro un suministro adecuado de agua.

La demanda del sector agrícola (en torno al 80 %), de la industria, de las plantas generadoras de energía y de otras fuentes parece ir en rápido ascenso, a la par que la población mundial. A medida que aumenta la demanda van apareciendo problemas medioambientales en relación con los ríos, lagos, aguas subterráneas y acuíferos. La extracción de agua de los ríos está reduciendo el caudal de éstos y la extensión de los lagos en los que desembocan. La extracción excesiva está reduciendo los niveles de agua subterránea, y algunos acuíferos han descendido ya decenas de metros, lo cual rebaja también el caudal de los ríos que se alimentan de las capas freáticas.

Algunos acuíferos están perdiendo más agua que la que reciben de las precipitaciones, y esa situación es un verdadero problema en las regiones áridas, con escasas perspectivas de reponer sus reservas. La ineficacia en el uso del agua es también otro factor importante, ya que hasta un 60 % del agua utilizada para riego se escapa o se evapora antes de llegar a los cultivos; y en un 20 % aproximadamente de las tierras de regadío de todo el mundo las fugas de agua salinizan el suelo y reducen la productividad de las cosechas: los sistemas públicos de suministro de agua adolecen a menudo, en muchas zonas del mundo, de una profusión de fugas, que representa en ocasiones el 50 % del total.

El inevitable resultado de las actuales pautas de uso y abuso en el suministro de agua son las situaciones límite. Se dice que un país está en una situación límite, en cuanto al suministro de agua, cuando consume anualmente más del 20 % de las reservas de agua renovables. En la actualidad, unos 2.000 millones de personas viven en países que no disponen ni de recursos hídricos adecuados ni de los fondos necesarios para abandonar el regadío intensivo en aras de una práctica agrícola más sostenible.

Algunos, muchos en realidad, temen que las guerras por el agua sean una realidad en el futuro. Necesitaremos más agua para que la agricultura alimente a los miles de millones de personas que van a nacer y, sin embargo, el cambio climático podría llevarnos a una disminución de las precipitaciones en muchas de las regiones en las que se producen la mayor parte de los alimentos. A lo largo de este siglo, la mitad de la población de los países en desarrollo vivirá en las ciudades, lo cual acarreará una enorme demanda de agua en ellas. Muchas de esas ciudades tienen ya más de 10 millones de habitantes y un suministro de agua incierto. A medida que las metrópolis aumenten de tamaño y compitan por un volumen cada vez menor de agua, aumentarán las posibilidades de conflicto entre usuarios dentro de un mismo país, y entre países que compartan cuencas fluviales.

Sabemos que casi tres cuartas partes de nuestro planeta, un 70 % de la superficie, está cubierta por agua (océanos, mares, lagos, etc.), de forma que “aparentemente” sería más adecuado el nombre Planeta Agua que el habitual de Planeta Tierra; sin embargo no es así, puesto que eso sería cierto sólo en la superficie, pero no en el volumen. La realidad es que, comparada con la litosfera, es decir con la parte sólida del planeta, la hidrosfera, es decir el agua, ocupa apenas una fina capa de unos pocos kilómetros, que no puede compararse con los miles de kilómetros de profundidad de la parte sólida.

La siguiente imagen, publicada en una página de la NASA, All the Water on Planet Earth (Illustration Credit:  Jack Cook, Woods Hole Oceanographic Institution, Howard Perlman, USGS), permite hacernos una idea clara de la enorme diferencia entre tierra y agua, pero sobre todo nos muestra la extrema pequeñez de la porción de agua potable disponible.   

 

Aparecen en la imagen tres esferas, la mayor, de unos 1.400 km de diámetro, representa todo el agua existente en nuestro planeta, mares y océanos, lagos, ríos, hielo de polos y glaciares, y hasta el vapor de agua contenido en la atmósfera, lo que supone una cantidad del orden de 1.400 millones de kilómetros cúbicos (km3).

La segunda esfera, bastante más pequeña, con un diámetro de unos 270 Km, representa todo el agua potable existente en el planeta, poco más de 10 millones de km3, cantidad de la hay que quitar el 99%, por ser aguas subterráneas profundas, o de tipos que no resultan accesibles. El resultado es que el agua potable accesible está representada por la tercera y pequeñísima esfera, apenas visible, con poco más de 90.000 km3.

Y el agua de esa pequeña esfera es la que debe abastecer a los miles de millones de seres humanos de este planeta, para su consumo y para muchas de sus actividades ganaderas, agrícolas, industriales, etc.

 

Hace ya unos años, el International Food Policy Research Institute (IFPRI), planteaba algunas preguntas y ponía sobre la mesa algunos temas para el debate: ¿Puede la Tierra producir alimentos suficientes para 8.000 millones de personas?, ¿Para 10.000 millones?, ¿Dónde está el límite de esas posibilidades? Resulta que el agua será uno de los principales factores que podría limitar la producción futura de alimentos, y que este recurso escaso debe enfrentar en forma permanente una fuerte y difícilmente sostenible demanda de usuarios de todo tipo y, en cuanto se refiere al uso del agua, los productores agrícolas sufren una creciente competencia por parte de los residentes urbanos y las industrias. Los usos ambientales de ese preciado fluido que llamamos agua, pueden ser clave para asegurar la sostenibilidad de la oferta-demanda, no sólo del agua en sí, sino también de todos los alimentos que, a medio o largo plazo, no serían posibles sin ella en la Tierra; no obstante algunas de estas consideraciones son con frecuencia objeto de mínima, cuando no nula, atención.

Hablando a nivel global, planetario, que es como debemos considerar estos problemas, de nada sirve tener políticas, técnicas y tecnologías para ahorrar agua si las mismas no se llevan a la práctica. Cuando los incentivos para el ahorro no existen, o no son claros, y cuando los organismos de control no existen, o no son claros, el resultado es un uso ineficaz del agua. Lo cierto es que todos, los usuarios y las autoridades responsables, deberíamos dedicar mucha más atención a cuáles serán mañana los resultados de las decisiones que tomemos hoy.

En la actualidad, en todo el mundo se riegan unos 250 millones de hectáreas, casi cinco veces más que a comienzos del siglo XX. El riego ha ayudado a aumentar los rendimientos y la producción de la agricultura y a estabilizar la producción y el precio de los alimentos. Pero el crecimiento de la población y los ingresos no hará más que aumentar la demanda de agua para riego, con el fin de satisfacer las necesidades de la producción de alimentos. Si bien los logros en materia de riego han sido extraordinarios, en muchas regiones el mal uso del riego y los efectos del manido cambio climático, han reducido significativamente las cotas del agua subterránea, dañando los suelos y reduciendo la cantidad y calidad del agua.

El acceso seguro a agua para beber y para la higiene es crucial para mantener la salud; sin embargo, más de 1.000 millones de personas en todo el mundo carecen de agua segura suficiente para cubrir sus niveles mínimos de salud e ingresos. Si bien las familias y las industrias utilizan mucha menos agua que la agricultura, estos sectores han registrado un rápido aumento en su consumo. En términos globales, en la segunda mitad del siglo XX se cuadruplicó la extracción de agua para fines domésticos e industriales, lo que contrasta con la evolución de su uso en la agricultura, donde en el mismo período el aumento alcanzó apenas algo más que el doble.

El agua está íntimamente vinculada a la salud del medio ambiente, siendo vital para la supervivencia de los ecosistemas y de las plantas y animales que allí tienen su hábitat, y a su vez los ecosistemas ayudan a regular la cantidad y la calidad del agua. Los humedales almacenan agua durante las lluvias, la liberan en los períodos secos, y la purifican de muchos contaminantes; desgraciadamente durante el siglo XX la humanidad perdió más de la mitad de los humedales del mundo. Los bosques reducen la erosión y la sedimentación de los ríos y recargan el agua subterránea; pero, desgraciadamente también, los bosques están sufriendo el acoso del desarrollo insostenible.

 

Finalmente, es evidente que los países en vías de desarrollo tienen pleno derecho a conseguir ese desarrollo para sus habitantes, pero también resulta evidente que, si no queremos que cometan nuestros mismos errores, incluso aumentados, necesitan que se les facilite capacidad financiera, tecnológica e institucional para hacer frente a este tema, porque de lo contrario “sus errores” se sumarán a “nuestros errores”, y el resultado será muy malo para “sus y nuestros” herederos, a los que dejaremos un planeta peor del que nosotros encontramos al llegar.

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.