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El final del planeta Tierra será rendirse a un Sol moribundo
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Adolfo Marroquín Santoña | 12-02-2016 | 16:58

“Con toda probabilidad, la mejor parte de la humanidad nunca perecerá, sino que migrará de un sol a otro a medida que estos soles mueran. Por tanto no habrá final para la vida, el intelecto y la perfección alcanzada por la humanidad. Su progreso será perenne.” (Konstantin Tsiolkovsky, físico soviético, “Padre de la Cosmonáutica”).

Puesto que antes de que ocurra la inevitable rendición al Sol del planeta Tierra pasarán unos 4.500 millones de años, está claro que no debemos “preocuparnos” de momento, pero nunca está de más el “ocuparnos”, sin prisa pero sin pausa, en ir buscando soluciones para que los que en aquel entonces ocupen este planeta, puedan resolver los enormes problemas y dificultades de la solución que apuntaba Tsiolkovsky, hace casi un siglo, “la humanidad migrará de un sol a otro a medida que estos soles mueran”.

Pero antes de que eso ocurra nos encontraremos con otra amenaza mucho más cercana, aunque también lejos en el tiempo. En efecto, en la actualidad estamos viviendo una época interglaciar, y puesto que la última glaciación terminó hace 10.000 años, resulta que la próxima se producirá dentro de unos 15.000 años. De forma que bastante antes de tener que enfrentarse al brutal calentamiento final que supondrá la extinción del planeta Tierra, consumido por el Sol (en 4.500 millones de años), la humanidad tendrá que enfrentarse a un enfriamiento, también brutal (en 15.000 años).

He supuesto que entre el final de una glaciación y el comienzo de la siguiente trascurrirán unos 25.000 años, lo que supone una razonable aproximación, dado que si bien no existe una periodicidad y duración determinadas para este fenómeno, lo cierto es que las estimaciones sobre las glaciaciones habidas hasta ahora, aproximadamente en los últimos 800.000 años, permiten suponer  que, como decía, la próxima “toca” en unos 15.000 años. Y, como resultado de esa visita glaciar, buena parte del planeta se cubrirá de una capa de hielo de cientos de metros de espesor, durante miles de años, cubriendo cerca de la mitad de ambos hemisferios, lo que es evidente que hará muy difícil la vida en la Tierra.

A la vista de este futuro, lejano pero cierto, tal vez deberíamos hacer caso a los consejos de Tsiolkovsky  y de Carl Sagan, en el sentido de convertirnos en una “especie biplanetaria”, para asegurar, dentro de lo posible, la continuidad de la vida y de la civilización, más allá de la vida de nuestro propio planeta actual, que está sometido no sólo a las agresiones medioambientales infringidas por nosotros mismos, sino a otras mucho más serias, como son las citadas glaciaciones o la combustión final acompañando al Sol, agresiones lejanas en el tiempo, a las que hay que añadir, en un plazo imprevisible, el impacto de asteroides  de dimensiones “suficientes” para dar al traste con todo.

Podría parecer que soy agorero y que escribo este artículo envuelto en el pesimismo, pero nada más lejos de la realidad; les aseguro a ustedes que las dos amenazas más lejanas, la fusión del planeta dentro de 4.500 millones de años y la siguiente glaciación dentro de 15.000 años, son conclusiones científicas incontestables, ambas se cumplirán. Y en cuanto a la posibilidad de impacto sobre la Tierra de un asteroide de grandes dimensiones, podríamos preguntarnos… ¿Es previsible un impacto de ese calibre? Y la respuesta sería que, con lo que sabemos a día de hoy, la astrofísica nos dice que parece poco probable, pero cuidado, poco probable no significa imposible, y sino que se lo pregunten a los dinosaurios que se extinguieron en un episodio poco probable, pero posible.

Así las cosas, para ir buscando la solución biplanetaria que antes mencionaba, tal que garantice razonablemente la continuidad en el futuro de nuestra especie, deberíamos pensar en un planeta fuera de nuestra galaxia actual, la Vía Láctea, puesto que ésta está también amenazada por la extinción. El destino más próximo adecuado podría ser Alfa Centauri, situado a más de cuatro años luz de la Tierra, de forma que, aunque encontremos allí un planeta, con características aceptables, el problema sería cómo llegar hasta allí.

Los sistemas de transporte conocidos a día de hoy no servirían en absoluto, puesto que con ellos el viaje duraría decenas de miles de años; incluso otros propulsores, del tipo de los motores iónicos, los de plasma o los veleros solares, todos ellos muy superiores a los actuales medios convencionales, serían también insuficientes para el gran viaje interestelar necesario. Por ahora parece que cualquier viaje de ese tipo necesitaría disponer de una tripulación “multigeneracional”, es decir tal que llegarían al destino los descendientes de la tripulación que inició el viaje.

A la vista de las enormes dificultades que se presentan, que podrían retrasar cientos o miles de años la solución al problema de cómo hacer el viaje, tal vez lo más aconsejable, partiendo del convencimiento de que tiene que haber vida por ahí fuera, sería continuar investigando sobre las soluciones a esos problemas, pero al mismo tiempo tratar de conectar con posibles/probables habitantes de exoplanetas lejanos, tal como apuntaba en un artículo mío anterior, titulado Para orientarnos en el espacio, buscamos inteligencia extraterrestre, puesto que tal vez ellos lo hayan resuelto ya. ¡Preguntemos cómo lo han hecho “ellos”!

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.