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La luz es claridad, pero también oscuridad
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Adolfo Marroquín Santoña | 05-05-2016 | 17:05

La primera parte del título de este artículo “La luz es claridad…” es tan evidente que no entraremos, aquí y ahora, en el análisis de esa verdad, salvo tal vez para recomendar que, siempre que sea posible, demos preferencia a la fuente natural de luz, el SOL, frente a cualquier otra fuente artificial y, en caso de tener que recurrir a ésta, deberíamos hacerlo con las luminarias que los avances de la ciencia y la tecnología en esta materia, han puesto a nuestra disposición. En este sentido me permito recomendar la lectura de un artículo anterior referido a los LEDES, titulado “Iluminación LED (Diodo Emisor de Luz)” (Enlace).

Pero ahora la idea es fijarnos más en la segunda parte del título “… pero también oscuridad”, repasando algunos de los aspectos de ésta “poca claridad en la luz, o más bien en la utilización que hacemos de ella”.

Un ejemplo de esto es el hecho, que debemos tener en cuenta, de los efectos que la contaminación lumínica tiene sobre la salud. Desde que la vida apareció en nuestro planeta, se ha desarrollado siempre en un ambiente sometido a unos ritmos predecibles. Cada forma de vida ha evolucionado adaptándose al ritmo circadiano, en concreto al ciclo día-noche. Este ritmo de cambios, en el caso de los mamíferos, se sincroniza gracias a un reloj central, situado en una parte profunda de su cerebro y a otros sensores, que actúan como relojes periféricos, comunicando señales temporales al organismo a través de la melatonina, una hormona que alcanza el máximo de secreción durante la noche, mientras que durante el día se mantiene en niveles bajos.

La luz influye en este reloj central a través de un camino que comienza en un conjunto de células especializadas de la retina, que son sensibles sobre todo a la luz azul. La estimulación de estas células inhibe la secreción de melatonina durante el día, y lo mismo ocurre durante la noche en presencia de un tipo de luz, en la que predominen las componentes azules. Algunas investigaciones sugieren incluso que una exposición excesiva a luz blanca durante la noche genera problemas de adaptación del organismo, dificultando un orden temporal interno correcto, que puede dar lugar a algunos efectos indeseables en la salud.

Lo que parece suficientemente probado es que estos efectos de la iluminación nocturna son más severos en el caso de la utilización de la luz azul, y que por el contrario, son más ligeros con la conocida como luz cálida, de mayor longitud de onda; la conclusión sería que, si buscamos descansar y “cargar las pilas” durante las horas nocturnas, deberíamos evitar la utilización de lámparas que emitan luz por debajo de los 500 nm (nanometros), es decir la luz azul o violeta.

Pero además de la oscuridad que, desde el punto de vista de nuestra salud, física y mental, pueda ocasionar la utilización de determinados tipos de luz durante horas en las que el organismo reclama su “reposo lumínico”, existe otro tipo de oscuridad provocada por la luz mal dirigida, es decir provocada por la iluminación en todas direcciones, o al menos en muchas, en lugar de la iluminación dirigida a lo que se desea iluminar.

Es evidente que la iluminación artificial ofrece servicios indispensables, sin embargo debemos reconocer que también ha generado el problema de la contaminación lumínica. La luz emitida por dispositivos de iluminación al aire libre se ha vuelto tan omnipresente, y está generalmente tan mal dirigida, que en la mayoría de nuestros entornos urbanos es casi imposible distinguir las estrellas en la noche.

Y esto no solo representa una pérdida de energía en forma de luz inútil, sino que además anula nuestra percepción del universo. Sin embargo, mientras que las cuestiones relativas a la calidad del aire, a los niveles de ruido o a la contaminación medioambiental han sido prioritarias a nivel institucional, científico o cultural, la contaminación lumínica ha permanecido y permanece en la oscuridad.

Los seres humanos han transformado radicalmente las características físicas de la duración de la noche, provocando la pérdida de las pautas naturales de oscuridad en extensas zonas del planeta. La alternancia de la oscuridad y la luz natural, resultan indispensables para el correcto funcionamiento de multitud de organismos y ecosistemas. Por lo general olvidamos que durante millones de años de evolución, los ecosistemas se han adaptado a los ritmos naturales del día y la noche, de la luna y las estrellas.

Nuestros antepasados miraban al cielo nocturno y encontraban en él dibujos en las constelaciones y una historia en cada estrella. En medio de la oscuridad envolvente reinante, el paisaje nocturno les ofrecía un espectáculo único. Pero la contaminación lumínica ha ido cerrando las puertas a aquellas bellas visiones nocturnas de antaño y ha impedido apreciar a simple vista muchos fenómenos del universo.

No obstante, lejos de desaparecer, la belleza de las estrellas sigue ahí, esperando ser observada; y muchas personas buscan lugares, a veces incluso lejos de sus lugares de residencia, desde los que observar ese océano de puntos luminosos. De hecho está aumentado el conocido como “astro-turismo”, o turismo de estrellas, en enclaves con cielos limpios y localizados en sitios con zonas oscuras alrededor.

Hoy nos enfrentamos a una nueva situación en la que corremos el riesgo de limitar nuestra cultura astronómica a espacios restringidos y limitados, sólo disponibles para unos pocos astrónomos profesionales o simplemente aficionados. Una parte sustancial del planeta ha perdido toda referencia con las estrellas a causa de la contaminación lumínica, olvidando que la visión del firmamento y el estudio de la astronomía han permitido a la humanidad crear calendarios, navegar hacia lugares remotos y aportar cambios sustanciales en el desarrollo de la ciencia.

Para anular o al menos reducir en lo posible la creciente contaminación lumínica, bastaría con seguir tres principios que están al alcance de nuestra mano. El primero es iluminar solo lo que necesitemos que sea iluminado. El segundo, hacer uso de la iluminación exterior cuando sea realmente necesaria. Por último, usar luminarias que eviten totalmente el flujo de luz hacia el horizonte o hacia el cielo; es absurdo derrochar energía enviando luz hacia el espacio exterior.

Entre las formas de contaminación lumínica, la más polémica y frecuente es el brillo artificial del cielo nocturno en enormes áreas, sobre y alrededor, de las grandes ciudades. Una iluminación artificial inadecuada es la causa del actual incremento de ese brillo difuso del cielo nocturno que, al dirigirse parcialmente hacia arriba y hacia el horizonte, crea una burbuja de contaminación lumínica que diluye la oscuridad natural de la noche y nos impide ver las estrellas.

Un gran desafío actual es cómo conseguir una iluminación inteligente que pueda evitar y prevenir una buena parte de la contaminación lumínica y que por otra parte no incremente el consumo energético, puesto que ello supondría agravar el problema de la emisión de los tristemente famosos GEI (Gases de Efecto Invernadero), que tanto nos están complicado la búsqueda del equilibrio climático, por ser los principales causantes del cambio global.

Pues bien, algunas de las respuestas están en nuestras manos, siguiendo unas pocas decisiones inteligentes, entre las que están:

.- No dirigir el flujo luminoso fuera del área útil a iluminar, dirigiendo la luz sólo a la zona que necesitamos alumbrar y con la intensidad necesaria para cubrir las necesidades concretas de esa área.

.- Utilizar equipos de soporte y luminarias que permitan la iluminación direccional y que emitan luz en las longitudes de onda que convengan para la aplicación concreta que se pretenda conseguir, al tiempo que reduzcan la potencia instalada y con ella el consumo.

 .- No admitir proyectos que conlleven exagerados niveles de iluminación, con frecuencia no justificados, ni justificables, exigiendo reducirlos hasta el mínimo necesario.

.- Instalar sistemas para apagar las luminarias, o al menos reducir a mínimos la luz emitida, cuando una zona no esté en uso.

.- Utilizar soluciones de control adaptativas como reguladores de flujo, temporizadores o sensores de presencia y movimiento.

Mientras tanto, hasta que se resuelva el problema de la contaminación lumínica de nuestro planeta, es evidente que es mucho más fácil contemplar la Tierra y sus territorios desde el espacio, que  poder ver las estrellas y constelaciones que pueblan el espacio, desde la Tierra, sobre todo si lo intentamos desde alguna de las grandes ciudades del Hemisferio Norte.

Y, al paso que vamos, teniendo en cuenta el aumento de la población mundial y el incremento del nivel de vida, de no producirse cambios sustanciales en las políticas de iluminación, las necesidades de electricidad, sólo para iluminación, aumentarán en más de un 30% antes de mediados del siglo en curso.

¡¡QUE DIOS NOS ILUMINE!!

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.