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Las sabias decisiones del planeta Tierra
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Adolfo Marroquín Santoña | 16-05-2016 | 11:23

Si se analizan algunos de los episodios sufridos por el planeta Tierra, a lo largo de sus muchos millones de años de vida, se tiene la sensación de que, con mucha frecuencia, ha actuado de la mejor manera posible para salir airosamente de los problemas que se iba encontrando. ¡Sí, digo que la Tierra ha actuado…!

Y podemos pensar que ha actuado por iniciativa propia, puesto que la alternativa sería que “alguien” le haya ordenado actuar como lo ha hecho en cada caso, con lo que la conclusión sería que el planeta ha cumplido lo que ese “alguien” le ha ordenado.

En cualquiera de ambas opciones resulta que la Tierra ha actuado, bien por su cuenta, o bien acatando las órdenes de “dios”, permítanme la licencia de poner ese nombre al “alguien” que antes mencionábamos, puesto que en el propio DRAE (Diccionario de la lengua de la Real Academia Española) se establece que dios es “la deidad a que dan o han dado culto las diversas religiones y el ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo”.

 

No importa, a nuestros efectos, cuál sea la deidad que ha tomado la decisión, puesto que la simple enumeración de la lista de dioses, actuales o antiguos, de las diferentes religiones, culturas y mitologías del mundo, sería interminable. Pero basta saber que en cada caso se considera que esa deidad fue la autora de la creación del mundo, responsabilizándose de dirigir la posterior evolución del planeta.

La idea de que la Tierra es un sistema autorregulado, en el que los organismos y su entorno físico evolucionan de forma conjunta y mutuamente retroalimentados, es la conocida como Hipótesis Gaia, cuyo creador y defensor, el doctor James Lovelock, aclara que no se trata de que el planeta Tierra sea considerado como un ser vivo, excepto como una metáfora, puesto que la Tierra se comporta como si realmente estuviera viva, en el sentido de que, con sus actuaciones, mantiene constantes la temperatura y composición química frente a las perturbaciones de su propio entorno.

El devenir evolutivo de nuestro planeta, desde que el mundo es mundo, ha demostrado que toda la biosfera de la Tierra, o lo que es lo mismo, hasta el último ser viviente que habita, o habitó, en nuestro planeta, desde las bacterias a los elefantes, desde las sardinas hasta las ballenas, desde las amapolas hasta las secoyas y en general todo lo vivo que nos rodea y por extensión “todos nosotros”, podría ser considerado como un único organismo a escala planetaria en el que todas sus partes estaban casi tan relacionadas y eran tan independientes y a la vez tan interdependientes como las células de nuestro cuerpo.

 

Lovelock llegó a la conclusión de que es la vida, en concreto las plantas vivas, lo que produce constantemente el oxígeno en nuestro aire, el mismo oxígeno con que cuenta la vida, es decir los seres vivos, para sobrevivir. Partiendo de esa idea, estima que es la vida, toda la vida de la Tierra en su conjunto, la que interacciona y tiene la capacidad de mantener su entorno de manera que sea posible la continuidad de su propia existencia.

De forma que si algún cambio medioambiental amenazara a la vida, ésta actuaría para contrarrestar el cambio de manera parecida a como actúa un termostato para mantener tu casa confortable cuando cambia la temperatura, encendiendo la calefacción o el aire acondicionado. El término técnico para este tipo de comportamiento es homeostasis.

Son muchos los indicios que permiten pensar que ciertamente existe algo (¿Gaia?) que controla y coordina todo lo que ocurre en nuestro entorno natural; un ejemplo de ello es la misma composición del aire de la Tierra y su temperatura.

Por ejemplo, la atmósfera terrestre contiene una gran cantidad de oxigeno libre, que es un elemento químico muy activo, por lo que el hecho de que se encuentre libre en esas cantidades en la atmósfera significa que tiene que haber algo que lo esté reponiendo constantemente, al tiempo que dosifica y regula sus fuentes y sumideros, de forma que permanezca prácticamente constante a lo largo del tiempo.

 

Análogamente, en los orígenes de la Tierra hace millones de años, la radiación solar era inferior a la actual, hasta tal punto, que los océanos deberían haberse congelado, pero eso no ocurrió. Por el contrario, la temperatura media global de la Tierra ha permanecido entre límites bastante estrechos durante mil millones de años o más, aunque se sabe que en aquel tiempo la radiación solar, que junto con el efecto invernadero, es lo que determina básicamente dicha temperatura, iba aumentando.

Llegados a este punto, la solución fue cosa de Gaia, ya que entonces aparecieron las plantas, cada vez en mayor abundancia, para reducir la proporción de dióxido de carbono en el aire. El resultado fue que, a medida que aumentaba la irradiación solar, el dióxido de carbono disminuía en la proporción necesaria para mantener la temperatura terrestre en los márgenes aceptables para la vida.

Y las cosas han seguido funcionando así a lo largo de los tiempos, hasta que las actividades humanas en el último siglo y medio, y el desarrollo insostenible a que ha dado lugar la utilización de un modelo energético inadecuado, ha obligado al planeta a plantearse la búsqueda de soluciones más allá de las que le han sido útiles durante centenares de milenios.

Sin embargo, aunque bien está pensar que Gaia nos echará una mano para resolver los serios problemas que se nos avecinan, lo prudente es echar mano nosotros mismos del sabio refranero español, que nos recuerda aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Parece que, por un elemental Principio de Prudencia, lo razonable sería confiar en que el planeta Tierra, en definitiva Gaia, que a lo largo de toda la existencia del planeta ha ido tomando las sabias decisiones que convenían a cada situación en cada momento, conduzca la solución para salir del problema climático actual. Para ello, bastará con no meter más palitos en las ruedas del vehículo que, conducido por Gaia, nos sacará del túnel en que nos hemos metido nosotros solitos.

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.